abril 21, 2009 - 13 Comentarios
A dos días
Dentro de dos días publicarán el resultado del concurso al que envié Romper el espíritu. Estoy nervioso. Lo cual es raro. Apenas hoy, durante el transcurso del día me di cuenta de lo importante que es para mí. No sé cómo pero me di cuenta. Lo común habría sido hacer como que nada pasara, como si apenas me interesara; convencerme que el resultado en nada afectaría mi vida. Ser impasible, pensar en otra cosa y evitar la decepción y la tristeza en caso de perder. Eso he hecho toda mi vida; el viejo truco de hacer como que apenas me interesa y que, pase lo que pase, no me afectará.
Me acuerdo de una vez, cuando tenía unos siete u ocho años, en una azotea en el edificio de la vecindad donde vivía mi primo Roberto. Era de noche y abajo, en el patio, mi papá y los demás bailaban; la música subía, embriagadora, hasta la azotea donde yo y mi primo, y tal vez sus amigos, jugábamos. Entre brumas me acuerdo de una niña que me gustó y con la cual me empezaron a molestar. Hacía calor, probablemente. Aunque estaba avergonzado y me moría de pena quería que me siguieran molestando con ella. Después de esa imagen la pantalla se desvanece y se hace obscura, más todavía que la noche y el miedo, y aparezco en un Wolkswagen, tal vez de mi papá, mirando por la ventana, empañando el vidrio con mi aliento, sintiendo todavía los nervios y la extraña sensación que me presionó el estomago cuándo vi a la niña. Mi papá aún no arrancaba el coche y yo aún podía oír la misma música pegostiosa que hasta hace poco había envuelto la azotea: “Tengo un corazón/ Mutilado de esperanza y de razón/Tengo un corazón/ que madruga donde quiera”.
Me acuerdo de esa canción y de esa noche y de convencerme, de algún forma, que la niña no me gustaba y que en realidad me importaba poco no volver a verla.
Desde entonces, y tal vez desde antes, no he parado de hacerlo una y otra vez. Siempre que quiero algo o tengo un nuevo proyecto me dedico a él con entusiasmo, con toda mi fuerza y luego, cuando el resultado ya no depende de mí, lo suelto y me digo que bueno, si no funciona no importa, hay miles de oportunidades más y si lo pienso un poquito, en realidad no era para tanto.
Me cuesta trabajo recordar haber llorado, con el corazón roto, por alguna chica. Y me cuesta más todavía recordarme diciéndole a alguien que me sentía mal, que las cosas no me habían salido como quería y que estaba triste y decepcionado.
Ni siquiera a mí mismo.
Es como si frente a mí un telón cubriera dos habitaciones. En la de la izquierda está la alegría y la intensa, palpitante, culminación de mis ilusiones y deseos. En la habitación de la derecha está el rechazo, el No, el miedo a perder y quedar en ridículo, desprotegido y vulnerable. Casi siempre antes de que llegue el momento y caiga el telón, lucho por convencerme, ferozmente, que la habitación del rechazo no es tan mala. Que seguro aprenderé un montón de cosas y creceré como persona y me levantaré, incansablemente, y seguiré luchando hasta que la otra habitación se abra. Incluso, de pronto, hasta me parece atractivo el verme luchando, como un guerrero, tocando puerta tras puertas hasta que la otra habitación al fin se abra. Inevitablemente cuando el telón cae y la puerta de la habitación del rechazo se abre, estoy tan mareado y convencido de mis teorías que el dolor apenas se siente y la decepción se pierde entre mis pensamientos.
Pero la mayoría de las veces intento, por todos los medios, alejarme del telón y de la posibilidad de caer de golpe en una u otra habitación y sumergirme en sus sensaciones. La mayoría de las veces tiro los dados y me volteo a hacer otra cosa, a jugar cartas, a ver pasar a la gente y luego de que el telón se ha levantado, lejos de mi presencia, volteo a ver el resultado, de reojo, como si apenas me importara.
Esta vez estuve a apunto de hacer lo mismo con Romper el espíritu. En cuanto terminé la historia y la mandé al concurso me dije: bueno, ya está hecho, hice mi parte y lo que pase ya no depende de mí. Ahora mejor me olvido de todo”.
Pero los días después de mandarla han sido raros; creo mucho en la historia, siento que es muy buena y me parece que tiene muchas posibilidades de ganar. Luego, conforme la fecha del veredicto se acerca y me pongo más nervioso, empiezo a pensar en todas las posibilidades que tengo en caso de no ganar; puedo mandarla a editoriales o a más concursos y luchar, tal vez por mucho tiempo, hasta que alguien la acepte y la publiquen.
Pero esta vez, algo, a diferencia de todas las otras veces, no funciona: no quiero forzarme a no estar triste en caso de perder. No quiero hacer como si no me importara y como si nunca hubiera querido, con todas mis ganas, ganar y que me publicaran. No quiero revisar la computadora, solo, de reojo, y al ver el resultado, gane o pierda, hacer como que estoy más allá de eso y que no es tan importante.
Esta vez mejor quiero escribir lo mucho que me importa Romper el espíritu y lo mucho que significa para mí. Al fin, después de casi cuatro meses, el día con el que soñé desde que vi la convocatoria y decidí escribir la historia y mandarla, está muy cerca. Y me importa mucho, me importa mucho haber llegado a este día y me siento orgulloso de lo que escribí y de haber alcanzado paso a paso, dentro del tiempo, lo que me propuse.
Ufffff. Por otro lado estoy triste, por que gane o pierda el ciclo con el que empezó está historia está por terminar. Estoy triste porque no quiero dejar tan pronto a Amina, a Omar, a los caballos y lo que significan en mi vida.
Hoy hablé con Alejandra de esto y ella me contó algo que me sirvió. Me contó de cuando había mandado un proyecto a un concurso a Holanda y de las ilusiones y el entusiasmo que tenía y de lo triste que se sintieron ella y su equipo en la cena después de que se los rechazaran.
Cuando me lo contó me acordé de la selección de futbol. Del tricolor de Javier Aguirre. De aquel partido contra Estados Unidos en el mundial de Corea-Japón: Yo vivía en Barcelona, específicamente en Cornella de Llobregat, un zona conurbada en las afueras de la ciudad Comtal; Ese día bajé hasta un bar cerca del centro de Cornella donde atendía una señora gorda y blanca y chimuela que me daba mucha ternura; me pedí un bocata de lomo con queso y vi el partido con unos amigos. Después de perder regresamos tristes y decepcionados al piso, sin querer saber de futbol ni de ilusiones por un tiempo. Me acuerdo de ese momento de tristesa compartida y también me acuerdo de todos los demás mundiales donde la selección nos ha dejado a todos, al menos a los que nos gusta el futbol, con esa sensación de haber estado muy cerca, muy cerca, y al final, otra vez, tener que regresar a casa tristes. Aún cuando esa sensación es muy fea al final no es tan grave. Después de un día o dos, en el caso del futbol, se te olvida y surgen nuevas ilusiones y proyectos. Es una sensación inevitable que no es tan malo compartir con tus amigos. Ahora veo que es mucho más feo y antinatural vivir esas cosas solo y además, hacer como si apenas existieran.
No sé cómo he logrado convencerme que dolor y la tristeza son malos y que entrar al menos unos minutos en la habitación del rechazo y la tristeza está prohibido. Aún cuando he querido evitar entrar allí, no he podido y el hacer como que no pasa nada y pensar positivo me ha hecho mucho daño, mas que pasar unos minutos o un par de horas saludablemente en ese cuarto.
Si todo se acaba y todo cambia es inevitable que la tristeza y la desilusión desaparezcan también y que la habitación, por más triste, se ilumine. Así. Sólo porque sí. Por que así funcionan las cosas y por que todo cambia.
Mientras escribo, otra canción, esta de David Bowie, se me pega a los oídos. Es una de mis canciones favoritas y la oía todo el tiempo en la prepa: “My heart was never broken/ My patience never tried/I got seven days to live my life or seven ways to die”. “Mi corazón nunca se ha roto/mi paciencia nunca ha sido probada/ Tengo siete dias para vivir mi vida o siete formas distintas para morir”.
Quiero ganar el concurso, primero, para que me publiquen. Eso es lo que más me ilusiona. Después, por el dinero. Con esa lana podría ir a Marruecos y a Barcelona y en especial a San benedetto del Tronto, un pueblito cerca de Roma, a ver a mi maestro. Y podría pagar deudas y las cuotas de un año. Además, en algún sentido, sería una confirmación de que lo que escribo le gusta a la gente y de que puedo tener éxito y lograr que muchas personas al rededor del mundo me lean.
Como no quiero pasar el día D solo voy a invitar a mi mamá, a mi hermano, a Alejandra, al Pastor y a algunos amigos más al café desde donde escribí Romper el espíritu (y desde el que escribo en este momento) para sentarnos frente a la computadora y ver los resultados. Si alguno de ustedes se quiere apuntar, avísenme y con mucho gusto les digo cómo llegar.
¡Quiero ganar! ¡Uy!, ojalá que gané. ¡Me emocionaría mucho!
Si checan este blog el viernes en la tarde les cuento que pasó.
La fotografía esta tomada de esta web.
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