abril 8, 2010 - 0 Comentarios
En las colinas, las ciudades
En el cuento de la semana esta extraña piezade terror de Clive Barker.
Juzguenla por ustedes mismos.
La foto es de Balam – Ha, este es su flickr, donde hay pura foto de calidad
En las colinas, las ciudades
Clive Barker
Hasta la primera semana de su viaje por Yugoslavia, Mick no descubrió la clase de fanático político que había elegido como amante. Ciertamente se lo habían advertido. Una de aquellas reinas en los Baños le había dicho que Judd se encontraba a la derecha de Atila el Huno, pero aquel hombre había sido una de las anteriores aventuras de Judd, y Mick supuso que había más despecho que realidad en tal afirmación.
Si le hubiera hecho caso no estaría ahora conduciendo por aquella interminable carretera un Volkswagen, que de pronto le parecía del tamaño de un ataúd, escuchando las teorías de Judd sobre el expansionismo soviético. Jesús, era tan aburrido. No conversaba, daba conferencias, interminables conferencias. En Italia, el sermón había tratado del modo en que los comunistas habían explotado el voto de los campesinos. Ahora, en Yugoslavia, Judd se había entusiasmado con el tema, y Mick estaba a punto de pegarle con un martillo en su terca cabeza.
No se trataba de que él estuviera en desacuerdo con todo lo que Judd decía. Algunos de sus argumentos (los que Mick entendía) parecían bastante razonables. Pero, ¿qué sabía él? Era profesor de danza. Judd era periodista, un erudito profesional. Sentía, como la mayoría de los periodistas que Mick había conocido, que estaba obligado a tener una opinión sobre todo lo que se encontraba bajo el sol. Especialmente en política; era su plato preferido. Podías meter el hocico, los ojos, la cabeza y las patas en aquel charco de porquería y pasar un buen rato chapoteando. Era una inagotable materia que devorar, una basura con un poco de todo; porque todo, según Judd, era política. Las artes eran política. El sexo era política. La religión, el comercio, la jardinería, el comer, el beber, y el tirarse pedos: todo política.
Jesús, era aburrido hasta hacerte estallar la cabeza; criminalmente, agonizantemente aburrido.
Peor aún, Judd no parecía darse cuenta de hasta qué punto aburría a Mick, y si lo hacía, no le importaba. Seguía divagando mientras sus argumentos se hacían más y más pomposos, y sus frases se iban alargando cada kilómetro que avanzaba.
Judd –Mick lo había decidido– era un bastardo egoísta, y tan pronto como su luna de miel acabara, iba a dejarlo.
Hasta su viaje, aquella inacabable caravana sin motivo a través de los cementerios de la cultura centroeuropea, Judd no se dio cuenta de la poca influencia política que tenía sobre Mick. El tipo no mostraba el más mínimo interés en la economía o en la política de los países que habían visitado. Se mostraba indiferente a los detallados hechos que se escondían tras la situación italiana; y bostezaba, sí, bostezaba cuando él intentaba (sin éxito) debatir sobre la amenaza rusa a la paz mundial. Tenía que afrontar la amarga verdad: Mick era una reina; no existía otra palabra para él. De acuerdo en que quizá no era demasiado amanerado al caminar, o no llevaba joyas en exceso; pero, con todo, era una reina, feliz de revolcarse en un mundo de ensueño, repleto de frescos de principios del Renacimiento y de iconos yugoslavos. Las complejidades, contradicciones, incluso las agonías que habían hecho florecer y marchitar las culturas, le aburrían. Su mente no era más profunda que sus miradas; era un don nadie con buena presencia.
¡Vaya luna de miel!
La carretera sur que conducía desde Belgrado a Novi Pazar se encontraba, teniendo en cuenta el nivel yugoslavo, en buen estado. Había menos baches que en la mayoría de las carreteras por las que habían viajado, y era relativamente recta. La ciudad de Novi Pazar estaba en el valle del río Raska; el sur de la ciudad se llamaba como el río. No se trataba de una zona particularmente turística. A pesar del buen estado de la carretera, era bastante inaccesible y carecía de atractivos sofisticados; pero Mick estaba empeñado en ver el monasterio de Sopocani, al oeste de la ciudad, y tras una amarga discusión había vencido.
El viaje había sido tedioso. Al otro lado de la carretera, los campos cultivados parecían secos y polvorientos. El verano había sido inusualmente caluroso, y la sequía estaba afectando a la mayoría de los pueblos. Las cosechas se habían estropeado, y el ganado había sido prematuramente sacrificado para prevenir una muerte por desnutrición. Había una mirada de derrota en las pocas caras que vieron al lado de la carretera. Incluso los niños tenían una expresión austera; las cejas tan espesas como el viciado calor que caía sobre todo el valle. Ahora, con las cartas sobre la mesa tras la discusión que habían tenido en Belgrado, viajaban en silencio la mayor parte del tiempo; pero el trazado rectilíneo de la carretera, como todas las carreteras rectas, invitaba a la discusión. Cuando la conducción era sencilla, la mente buscaba algo para mantenerse entretenida. ¿Y qué mejor que una pelea?
–¿Por qué demonios quieres ver ese maldito monasterio? –preguntó Judd.
Era una invitación inconfundible.
–Hemos recorrido todo ese camino… –Mick intentó conservar un tono tranquilo. No estaba de humor para mantener una discusión.
–Más jodidas Vírgenes, ¿verdad?
Manteniendo la voz tan imperturbable como pudo, Mick cogió la guía y leyó en alta voz:
–… allí se puede ver y disfrutar de algunas de las más grandes obras de la pintura servia, incluida la que muchos críticos consideran la obra maestra de la escuela Raska: El sueño de la Virgen.
Se hizo un silencio. Habló Judd:
–Estoy hasta aquí de iglesias.
–Es una obra maestra.
–Todas son obras maestras, según ese maldito libro.
Mick sintió que perdía el control.
–Dos horas y media como máximo…
–Te lo dije, no quiero ver otra iglesia; el olor de esos sitios me pone enfermo. Incienso pasado, sudor rancio, y mentiras…
–Es un pequeño rodeo; después podemos volver a la carretera y así me podrás dar otra conferencia sobre los subsidios de las granjas en Sandzak.
–Simplemente, intento mantener una conversación decente, en vez de seguir con esas tonterías acerca de las jodidas obras maestras servias.
–¡Para el coche!
–¿Qué?
–¡Que pares el coche!
Judd aparcó el Volkswagen a un lado de la carretera. Mick salió.
Hacía calor pero había una ligera brisa. Respiró profundamente, y avanzó hasta el centro del asfalto. Se encontraba vacía de coches y peatones en ambas direcciones. Vacía en cada dirección. Las colinas resplandecían en el calor entre los campos. Había amapolas salvajes en la cuneta. Mick cruzó la carretera, se puso en cuclillas y cogió una.
Detrás de él oyó el portazo del Volkswagen.
–¿Para qué hemos parado? –dijo Judd. Su voz estaba nerviosa, buscando aún discusión, suplicándola.
Mick permaneció de pie, jugando con la amapola.
Estaba a punto de germinar, aunque la estación estaba bien entrada. Los pétalos se desprendieron del receptáculo nada más tocarlos, pequeñas manchas rojas cayeron balanceándose sobre el gris alquitranado.
–Te he hecho una pregunta –dijo Judd de nuevo.
Mick se dio la vuelta. Judd estaba de pie en el lado más lejano del coche, sus cejas se fruncían dibujando una arruga de cólera incipiente. Pero estaba atractivo; oh, sí; una cara que hacía llorar de frustración a las mujeres cuando se enteraban de que era gay. Tenía un espeso bigote negro (perfectamente arreglado), y unos ojos que podías mirar eternamente y nunca ver en ellos la misma luz dos veces seguidas. ¿Por qué, en nombre de Dios, pensó Mick, un hombre tan guapo tenía que ser una pequeña mierda tan insensible?
Judd le devolvió una mirada desdeñosa, observando cómo aquel bonito muchacho hacía pucheros al otro lado de la carretera. Ver aquella escena que Mick estaba interpretando para él le hacía vomitar. Podía haber sido plausible en una virgen de dieciséis años. En un hombre de veinticinco, carecía de credibilidad.
Mick dejó caer la flor y se sacó la camiseta de los pantalones vaqueros. Un terso estómago primero y un esbelto y plano pecho después quedaron al descubierto mientras se quitaba la prenda. Tras sacar la cabeza, tenía el pelo despeinado y su boca dibujaba una amplia sonrisa. Judd miró el torso. Estaba bien proporcionado, sin demasiada musculatura. Una cicatriz de apendicitis se asomaba bajo sus gastados vaqueros. Una pequeña cadena de oro, brillante bajo el reflejo del sol, colgaba en el hueco de su garganta. Sin quererlo, devolvió la sonrisa a Mick, y una especie de paz se hizo entre ellos.
Mick estaba desabrochándose el cinturón.
–¿Quieres follar? –dijo sin perder la sonrisa.
–Es inútil –respondió, sin contestar a la pregunta.
–¿A qué te refieres?
–No somos compatibles.
–¿Quieres apostar?
Se había bajado la cremallera; se dirigió hacia el trigal que bordeaba la carretera.
Judd observó cómo Mick se envolvía en aquel mar oscilante. Su espalda, del mismo color que el grano, casi se confundía con él. Retozar al aire libre era un juego peligroso; esto no era San Francisco, ni siquiera Hampstead Heath. Judd miró nervioso la carretera. Aún seguía desierta en ambas direcciones. Y Mick se daba la vuelta, hundido en aquel campo, se volvía, sonreía y saludaba como un nadador flotando entre un dorado oleaje. Qué demonios… allí no había nadie que pudiera verlos, nadie que pudiera saberlo. Tan sólo las colinas, liquidas bajo aquella agobiante calina, con sus arboladas laderas inclinadas sobre la tierra; y un perro perdido, sentado al borde de la carretera, esperando algún perdido amo.
Judd siguió la senda de Mick a través del trigal, desabrochando su camisa mientras andaba. Un ratón de campo pasó ante él escabulléndose entre los tallos, mientras el gigante avanzaba por su camino, sintiendo sus pisadas como estruendos. Judd se dio cuenta de su pánico y sonrió. No quería hacerle daño, pero ¿cómo iba él a saberlo? Era posible que acabara con cientos de vidas, ratones, escarabajos, gusanos, antes de llegar al lugar donde Mick estaba tendido, desnudo con la polla tiesa, sobre una cama de grano pisoteado; aún sonriente.
Fue una relación satisfactoria la que tuvieron, buena, fuerte, igual de placentera para ambos; había una precisión en su pasión, sintiendo el momento en que el placer, que llegaba sin esfuerzo alguno, se hacía apremiante; cuando el deseo se convertía en necesidad. Se hicieron uno, miembro con miembro, lengua con lengua, entrelazados en un nudo que sólo el orgasmo podía desatar. Sus espaldas se abrasaban, y se arañaban alternativamente mientras rodaban intercambiando jadeos y besos. En el momento culminante de la situación, mientras se corrían juntos, oyeron el fut-fut-fut de un tractor que pasaba de largo; pero no se preocuparon en absoluto.
Volvieron al Volkswagen con el cuerpo cubierto de trigo, en el pelo y las orejas, en los calcetines, y entre los dedos de los pies. Sus amplias sonrisas se habían convertido en una leve expresión de felicidad. La tregua, si no permanente, al menos duraría unas cuantas horas.
El coche estaba ardiendo debido al calor, por lo que tuvieron que abrir todas las puertas y ventanas para que la brisa lo refrescara antes de reemprender la marcha hacia Novi Pazar. Eran las cuatro en punto y todavía les quedaba una hora de viaje.
Mientras entraban en el coche, Mick dijo:
–¿Olvidamos el monasterio, eh?
Judd se quedó boquiabierto.
–Pensé…
–… Que no podría soportar otra jodida virgen.
Se rieron alegremente. Después se besaron, paladeando en sus bocas una mezcla de saliva y un resto de sabor a semen salado.
El día siguiente era brillante aunque no particularmente caluroso. El cielo no era azul: estaba cubierto por una capa uniforme de nubes blancas. El aire de la mañana tenía un olor penetrante, como éter o hierbabuena.
Vaslav Jelovsek observaba cómo los pichones de la plaza mayor cortejaban la muerte mientras saltaban y aleteaban entre los vehículos que rugían a su alrededor. Algunos eran militares, otros civiles. Se respiraba un aire de sobriedad que apenas podía contener la excitación que sentía en ese día, una excitación que sabía compartida por cada hombre, cada mujer y cada niño de Popolac. Compartido por los pichones también, según veía. Podía ser ésa la razón por la que jugueteaban bajo las ruedas con tal destreza, sabiendo que ese día nada podría causarles daño.
Miró el cielo de nuevo, ese mismo cielo blanco que había estado observando desde el amanecer. La capa de nubes estaba baja; no era lo más idóneo para celebraciones. Una frase le vino a la cabeza, una frase inglesa que había oído a un amigo: «tener la cabeza en las nubes». Significaba, según había sabido, encontrarse absorto en un blanco, ciego sueño. Eso, pensó irónicamente, era todo lo que el oeste sabía de las nubes, que representaban los sueños. Aquel refrán adquiría en esas escondidas colinas un nuevo significado. ¿No se convertían aquellas frívolas palabras en una impresionante realidad? Un refrán vivo.
Una cabeza en las nubes.
El primer contingente ya se estaba reuniendo en la plaza. Había una o dos ausencias debido a enfermedad, pero los auxiliares se encontraban listos, esperando para reemplazarles. ¡Qué ansia! Aquellas amplias sonrisas cuando un auxiliar, hombre o mujer, escuchaba su nombre y número y salía de la fila para unirse al miembro que ya estaba tomando forma. En cada lugar se sucedían los milagros de organización. Todo el mundo tenía un trabajo que hacer y un sitio a donde ir. No había gritos ni empujones: es más, las voces apenas eran un ilusionado susurro. Permaneció observando con admiración cómo el trabajo de establecer las posiciones, de doblarse y atarse se llevaba a cabo.
Iba a ser un día largo y difícil. Vaslav se encontraba en la plaza desde un hora antes del amanecer, bebiendo café en tazas de plástico importadas, hablando de los partes meteorológicos que llegaban cada media hora de Pristina y Mitrovica, y observando cómo la luz del día se filtraba a través de aquel cielo sin estrellas. Estaba bebiendo su sexto café del día, y apenas eran las siete en punto. Al otro lado de la plaza, Metzinger parecía tan cansado y ansioso como Vaslav.
Habían estado observando juntos cómo surgía el amanecer desde el este. Pero ahora se habían separado olvidando su anterior camaradería y no volverían a hablarse hasta que la contienda hubiera acabado. Después de todo, Metzinger era de Podujevo. Tenía que apoyar a su propia ciudad en la inminente batalla. Mañana intercambiarían sus historias y aventuras, ahora debían comportarse como si no se conocieran, sin dedicarse siquiera una sonrisa. Durante el día de hoy tenían que ser totalmente partisanos, preocupándose tan sólo de buscar la victoria de su propia ciudad sobre la contraria.
Para mutua satisfacción de Metzinger y Vaslav, ya se había levantado la primera pierna de Popolac. Una vez realizados todos los controles de seguridad, la pierna abandonó la plaza mientras su inmensa sombra caía inmensa sobre la fachada del ayuntamiento.
Vaslav bebió su dulce, dulce café y se permitió un pequeño gruñido de satisfacción. Qué días. Días llenos de gloria, de banderas ondulantes y aquellas altísimas vistas que revolvían el estómago, suficientes para llenar toda la vida de un hombre. Era un dorado anticipo del cielo.
Que América gozara de sus simples placeres, de sus dibujos animados con ratones, de sus castillos cubiertos de chocolate, de sus cultos y su tecnología, él no quería ninguno de ellos. La más grandiosa maravilla del mundo se encontraba aquí, oculta en las colinas.
¡Ah, qué días!
En la plaza mayor de Podujevo la escena no era menos animada ni menos inspiradora. Quizás había un mudo sentimiento de tristeza subyacente en este día de celebración, pero era comprensible. Nita Obrenovic, la amada y respetada organizadora de Podujevo, ya no vivía. Se la había llevado el invierno anterior, a la edad de noventa y cuatro años, dejando a la ciudad desprovista de sus feroces opiniones y sus aún más feroces proporciones. Durante sesenta años había trabajado con los ciudadanos de Podujevo, siempre planeando la próxima contienda; mejorando los diseños, gastando sus energías en hacer la siguiente creación más ambiciosa y más realista que la anterior.
Ahora estaba muerta, y era amargamente añorada. No es que hubiera desorganización sin ella, la gente estaba demasiado disciplinada para que eso ocurriera; pero iban retrasados, y eran casi las siete y veinticinco. La hija de Nita había ocupado el lugar de su madre, pero carecía de su poder para galvanizar a la gente en la acción. Era, en una palabra, demasiado benévola para llevar a cabo el trabajo que tenía entre manos. Éste requería un líder que fuera mitad profeta, mitad director de circo para engatusar, intimidar e inspirar a los ciudadanos a colocarse en sus lugares correspondientes. Era posible que después de dos o tres décadas, y con unas cuantas batallas sobre sus hombros la hija de Hita Obrenovic diera la talla. Pero hoy Podujevo iba con retraso; los controles de seguridad se descuidaban; los nervios habían reemplazado la confianza de otros años.
Con todo, cuando faltaban seis minutos para las ocho, el primer miembro de Podujevo salía de la ciudad hacia el punto de reunión para esperar a su compañero.
A esa hora, en Popolac, los flancos ya estaban ensamblados y los contingentes armados esperaban órdenes en la plaza de la ciudad.
Mick se despertó puntualmente a las siete, a pesar de que no había despertador en el cuarto austeramente amueblado del hotel Beograd. Se quedó tendido en la cama escuchando la regular respiración de Judd desde su cama gemela al otro lado de la habitación. La pálida luz del día que se filtraba a través de las finas cortinas no animaba a efectuar una salida temprana. Tras unos minutos en que permaneció observando la rajada pintura del techo y un tosco crucifijo colgado sobre la pared opuesta, Mick se levantó y se acercó a la ventana. Era un día triste, como había supuesto. El cielo estaba cubierto y los tejados de Novi Pazar parecían grises y monótonos bajo la deprimente luz de la mañana. Más allá de los tejados podía ver las colinas. El sol estaba allí. Vio rayos de luz acariciando el verde azulado del bosque, invitando a visitar sus laderas.
Hoy quizá fueran hacia el sur, a Kosovska Mitrovica. Allí había un mercado, ¿no?; ¿y un museo? Podían bajar hasta el valle de Ibar, siguiendo la carretera que corría paralela al río, donde las colinas se elevaban salvajes y resplandecientes a cada lado. Las colinas, sí; había decidido que hoy irían a ver las colinas.
Eran las ocho y cuarto.
Hacia las nueve, las partes más importantes de Polac y Podujevo se encontraban casi montadas. En sus lugares asignados, los miembros de ambas ciudades se encontraban listos, esperando unirse a sus torsos expectantes.
Vaslav Jelovsek puso sus enguantadas manos sobre los ojos y examinó el cielo. Las compactas nubes se habían dispersado un tanto en la última hora, ahora había claros en el oeste. Incluso, a intervalos, se asomaban algunos rayos de sol. Quizá no fuera un día perfecto para la batalla, pero era ciertamente adecuado.
Mick y Judd desayunaron tarde hemendeks –tosca traducción de jamón y huevos– y varias tazas de buen café negro. El día se estaba aclarando, incluso en Novi Pazar, y tenían grandes proyectos para aquel día. Kosovska Mitrovica a la hora de la comida y era posible que visitaran el castillo de Zvecan por la tarde.
Sobre las nueve y media salían de Novi Pazar y tomaban la carretera sur hacia el valle de Ibar. El asfalto no estaba en buen estado, pero ni las sacudidas ni los baches podían estropear el nuevo día.
La carretera se encontraba vacía, sólo había algún peatón ocasional; y, en lugar de los maizales y campos de trigo que habían atravesado el día anterior, la carretera estaba flanqueada por unas onduladas colinas cuyas laderas estaban pobladas por espesos y oscuros bosques. Aparte de algunos cuantos pájaros no observaron vida salvaje. Incluso sus inhabituales compañeros de viaje desaparecieron totalmente después de unos kilómetros. Las únicas granjas por las que pasaron se encontraban cerradas, con las contraventanas echadas. Cerdos negros correteaban por el patio, sin ningún niño que los cuidara o les diera de comer. Había ropa colgada de una cuerda poco tensa, pero no se veía ninguna mujer por ningún lado.
Al principio este solitario viaje a través de las colinas fue refrescante por la falta de contacto humano, pero según avanzaba la mañana una cierta inquietud se apoderó de ellos.
–¿No deberíamos haber visto una señal que indicase Mitrovica, Mick?
Echó un vistazo al mapa.
–Es posible…
–… Nos hemos equivocado de carretera.
–Si hubiera habido una señal la habría visto. Creo que deberíamos intentar salir de esta carretera, avanzar hacia el sur un poco más, y encontrar el valle un poco más cerca de Mitrovica de lo que habíamos planeado.
–¿Y cómo salimos de esta maldita carretera?
–Hemos pasado por un par de desvíos.
–Pistas de ceniza.
–Bien, o eso, o seguimos por este camino.
Judd frunció los labios.
–¿Tienes un cigarrillo? –preguntó.
–Los acabamos hace varios kilómetros.
Frente a ellos, las colinas formaban una línea impenetrable. No había señales de vida; ni el más ligero rastro de humo salía de chimenea alguna. No se percibía ningún sonido, ni de voz ni de vehículo.
–De acuerdo –dijo Judd–. Tomaremos la siguiente desviación. Cualquier cosa es mejor que esto.
Siguieron avanzando. La carretera se deterioraba rápidamente. Los baches se estaban convirtiendo en cráteres y los morosos parecían cuerpos bajo las ruedas.
Y entonces:
–¡Allí!
Una desviación: una ostensible desviación. No se trataba ciertamente de una carretera principal, de hecho apenas era una pista de ceniza, como Judd había definido las anteriores. Pero era una salida a la perspectiva sin fin de la carretera en que se encontraban atrapados.
–Esto se está convirtiendo en un jodido safari –dijo Judd mientras el Volkswagen comenzaba a dar sacudidas y a avanzar con dificultad por aquel lúgubre camino.
–¿Dónde está tu sentido de la aventura?
–Olvidé meterlo en el equipaje.
Estaban comenzando a ascender; el camino serpenteaba entre aquellas laderas introduciéndose entre las colinas. El bosque se iba espesando, ocultando el cielo, por lo que una confusa variedad de luces y sombras se proyectaba sobre el capó del coche. Se oyó el canto de un pájaro, vacuo y optimista. Olía a pino fresco y a tierra virgen. Delante de ellos, un zorro cruzó el camino, permaneció observando cómo el coche avanzaba, traqueteando, hacia él. Entonces, con el pausado y largo paso de un príncipe sin miedo, desapareció tranquilamente entre los árboles.
A dondequiera que se dirigieran –pensó Mick– esto era mejor que la carretera que habían dejado. Era posible que pararan pronto, anduvieran un rato y se encontraran un promontorio desde el que podrían ver el valle; incluso Novi Pazar, asentada tras ellos.
Los dos hombres se encontraban todavía a una hora de viaje de Popolac, cuando la cabeza del contingente salía, al fin, de la plaza para ocupar su sitio encima del cuerpo principal.
Esta última salida dejó la ciudad completamente desierta. Ni siquiera los enfermos o los viejos eran olvidados aquel día; a nadie se le negaba el espectáculo y el triunfo de la batalla. Cada habitante, fuera joven o enfermo, los ciegos, los lisiados, los bebés, las mujeres embarazadas, todos salían de su orgullosa ciudad para dirigirse al prado. Era la ley y debían asistir: pero no era necesario obligarles; ningún ciudadano de cada respectiva ciudad se habría perdido la oportunidad de contemplar el espectáculo, para experimentar la emoción de la batalla.
La confrontación debía ser total, ciudad contra ciudad. Así había sido siempre.
Las ciudades subieron hacia las colinas. A mediodía, los habitantes de Popolac y Podujevo se encontraban reunidos en el secreto refugio de las colinas, ocultos a toda mirada civilizada, para celebrar una antigua batalla ritual.
Decenas de miles de corazones latían más rápido. Decenas de miles de cuerpos se estiraban, se tensaban y sudaban mientras las ciudades gemelas tomaban posiciones. Las sombras de los cuerpos oscurecían extensiones de tierra del tamaño de pequeñas ciudades; el peso de sus pies convertía la hierba en leche verde; su movimiento mataba animales, aplastaba arbustos y derribaba árboles. La tierra retumbaba, literalmente, a su paso. Las colinas resonaban al estruendo de sus pisadas.
En el elevado cuerpo de Podujevo, comenzaron a hacerse evidentes algunas dificultades técnicas. Una ligera grieta en la estructura del flanco izquierdo había producido cierta debilidad: como consecuencia, surgieron problemas en el mecanismo giratorio de las caderas. Estaba más rígido de lo que debía, por lo que los movimientos no eran suaves. Como resultado, existía un excesivo esfuerzo en esa región de la ciudad. Se estaba haciendo frente a este problema con gran valor; después de todo, la batalla consistía en presionar a los contendientes hasta el límite. Pero éste se encontraba más cerca de romperse de lo que cualquiera se hubiera atrevido a admitir. Los habitantes no eran tan resistentes como lo habían sido en batallas anteriores. Una mala década de cosechas había producido cuerpos mal nutridos, columnas vertebrales menos flexibles, voluntades menos resueltas. El flanco mal ensamblado podría no haber producido un accidente por sí mismo, pero, más tarde, debilitado por la fragilidad de los competidores, iba a producir una escena de muerte a una escala sin precedentes.
Pararon el coche.
–¿Has oído eso?
Mick sacudió la cabeza. Su oído no era bueno desde la adolescencia. Demasiados conciertos de rock habían mandado sus tímpanos al infierno.
Judd salió del coche.
Los pájaros estaban ahora más tranquilos. El ruido que había escuchado mientras conducía se oyó de nuevo. No era simplemente un ruido: era casi un movimiento en la tierra, un rugido que parecía surgir de las entrañas de las colinas.
¿Era un trueno?
No, demasiado rítmico. El sonido volvió de nuevo a través de las plantas de los pies.
Bum.
Mick lo oyó ahora. Sacó la cabeza por la ventana del coche.
–Viene de algún sitio de ahí arriba. Ahora lo oigo.
Judd asintió.
Bum.
El estruendo sonó de nuevo.
–¿Qué demonios es eso? –dijo Mick.
–Sea lo que sea, quiero verlo.
Judd, sonriendo, volvió a entrar en el Volkswagen.
–Suena casi como a armas de fuego –dijo mientras arrancaba el coche–. Cañones.
A través de sus prismáticos fabricados en Rusia, Vaslav Jelovsek observó cómo el oficial encargado de dar la salida levantaba su pistola. Vio cómo la blanca humareda salía del cañón; un segundo más tarde, oyó el sonido del disparo a través del valle.
La contienda había comenzado.
Miró las torres gemelas de Popolac y Podujevo. Cabezas en las nubes –bueno, casi–. Prácticamente se estiraban para tocar el cielo. Era una visión imponente que cortaba la respiración, una visión que apuñalaba el sueño. Dos ciudades oscilando, retorciéndose, preparándose para dar los primeros pasos la una hacia la otra en esta batalla ritual.
Podujevo parecía ser la menos estable de las dos. Hubo una pequeña oscilación cuando la ciudad levantó su pierna izquierda para comenzar la marcha. Nada serio, tan sólo una pequeña dificultad en la coordinación entre la cadera y los músculos del muslo. Un par de pasos y la ciudad encontraría su ritmo; otro más y sus habitantes se moverían como si fuera una sola criatura, un gigante perfecto dispuesto a enfrentar su gracia y su poder contra su propia imagen.
El disparo hizo que los pájaros revolotearan nerviosos sobre los árboles que poblaban el escondido valle. Elevaron su vuelo como celebración de la gran contienda, comentando su excitación mientras planeaban sobre el prado.
–¿Has oído el disparo? –preguntó Judd.
Mick asintió.
–¿Ejercicios militares…? –La sonrisa de Judd se ensanchó. Ya podía ver los titulares: «Reportaje exclusivo sobre maniobras secretas en el interior de Yugoslavia». Tanques rusos quizás, ejercicios tácticos llevados a cabo fuera de la entrometida mirada de occidente. Con suerte, él podría ser el transmisor de esta noticia.
Bum.
Bum.
Había pájaros en el aire. El estruendo se oía más fuerte.
Sonaba como a armas de fuego.
–Debe ser en la próxima cresta… –dijo Judd.
–Creo que no deberíamos ir más lejos.
–Tengo que verlo.
–Yo no. Es de suponer que no deberíamos estar aquí.
–No veo ninguna indicación.
–Nos echarán; nos deportarán. No sé… tan sólo creo que…
Bum.
–Tengo que verlo.
Apenas habían salido estas palabras de su boca cuando comenzó el griterío.
Podujevo estaba gritando: un grito de muerte. Alguien enterrado en el flanco más débil había muerto a causa del esfuerzo, y había iniciado una cadena de desmoronamiento en el sistema. Un hombre soltaba a su vecino, y ese vecino al suyo, extendiéndose un cáncer de caos por todo el cuerpo de la ciudad. La cohesión de la estructura de la torre se había deteriorado con una terrible rapidez; el fallo de una parte de la anatomía ejercía una inaguantable presión sobre la otra.
La obra maestra que los buenos ciudadanos de Podujevo habían construido con su propia carne y su propia sangre comenzó a tambalearse; entonces, como un rascacielos dinamitado, comenzó a caer.
El flanco roto vomito a sus habitantes como una arteria acuchillada escupiendo sangre. En aquel momento, con una elegante pereza que hizo sufrir a sus ciudadanos la más terrible de las agonías, se inclinó sobre la tierra, quebrando, mientras caía, todos sus miembros.
La enorme cabeza, que hacía tan sólo un momento había acariciado las nubes, se echó hacia atrás sobre su grueso cuello. Diez mil gargantas emitieron un solo grito por aquella vasta boca; una inarticulada, infinitamente lastimosa súplica al cielo. Un aullido de pérdida, un aullido de anticipación, un aullido de perplejidad. ¿Cómo, inquiría aquel grito, podía, «el día entre los días» acabar así, en una confusión de cuerpos derrumbándose?
–¿Has oído eso?
Era un sonido inequívocamente humano, aunque ensordecedoramente fuerte. A Judd se le retorció el estómago. Miró a Mick, que estaba blanco como una sábana.
Judd paró el coche.
–No –dijo Mick.
–Escucha, por amor de Dios.
Un estruendo de gemidos moribundos, súplicas e imprecaciones inundó el aire. Estaba muy cerca.
–Tenemos que irnos –imploró Mick.
Judd sacudió la cabeza. Estaba esperando algún espectáculo militar –todo el ejército ruso concentrado sobre la siguiente colina–, pero aquel sonido que retumbaba en sus oídos era un sonido de carne humana, demasiado humano para definirlo con palabras. Le recordó sus visiones infantiles del infierno; aquellos eternos, horribles tormentos con los que su madre le había amenazado si dejaba de abrazar a Cristo. Era un terror que había olvidado durante veinte años. Y, repentinamente, aquí estaba otra vez; de nuevo ante él. Era posible que el infierno estuviera con sus fauces abiertas tras el horizonte próximo; su madre, al borde de aquel abismo, invitándole a probar sus tormentos.
–Si tú no conduces, lo haré yo.
Mick salió del coche, y lo cruzó por la parte anterior, mirando hacia el camino. Hubo un momento de duda, nada más que un momento, en que sus ojos parpadearon con incredulidad. Antes de que diera la vuelta hacia el limpiaparabrisas, su cara se puso más pálida, incluso, de lo que había estado previamente, y, con una voz apagada por una náusea contenida, dijo:
–¡Cielo santo!
Su amigo estaba sentado tras el volante, con la cabeza entre las manos, intentando hacer desaparecer sus recuerdos.
–Judd…
Judd levantó la cabeza lentamente. Mick se quedó fijamente observándole como si fuera un hombre salvaje; su cara brillaba por un repentino sudor helado. Judd miró delante de él. Unos metros más arriba, el camino se había oscurecido misteriosamente. Una especie de torrente avanzaba hacia el coche, una espesa, profunda marea de sangre. La razón de Judd se revolvió intentando encontrar sentido a aquella visión. Pero no había alternativa posible. Aquello era sangre, en insufrible cantidad, sangre sin fin.
Y ahora, en la brisa había un gusto a cadáver recién abierto: un olor que salía de las entrañas del cuerpo humano, mitad dulce, mitad salado.
Mick volvió tropezando hacia la puerta del Volkswagen; asustado, forcejeó la cerradura. La puerta se abrió repentinamente y se abalanzó al interior; sus ojos estaban vidriosos.
–Da la vuelta –dijo.
Judd acercó la mano a la llave de contacto. La marea de sangre ya estaba manchando las ruedas delanteras. Arriba, el mundo se había teñido de rojo.
–¡Arranca, hijo de puta, arranca!
Judd no estaba intentando poner en marcha el coche.
–Debemos mirar –dijo sin convicción–. Tenemos que hacerlo.
–No tenemos que hacer nada –dijo Mick– más que salir de aquí. No es asunto nuestro…
–Un accidente de avión…
–No se ve humo.
–Eso son voces humanas.
El instinto de Mick le decía que se alejaran de allí. Ya leería la noticia de la tragedia en un periódico, ya vería mañana las imágenes grises y granuladas. Hoy todo estaba demasiado fresco, demasiado reciente.
Podía haber cualquier cosa al final del camino, sangrando.
–Tenemos…
Judd arrancó el coche mientras Mick, a su lado, comenzó a gemir silenciosamente. El Volkswagen empezó a avanzar chapoteando en aquel río de sangre. Las ruedas giraban sobre el liquido viscoso, formando espuma en la corriente.
–No –dijo Mick muy suavemente–. Por favor, no…
–Debemos ir –replicó Judd–. Debemos. Debemos.
Tan sólo unos metros más allá, la superviviente ciudad de Popolac se recobraba de las primeras convulsiones. Miró fijamente, con un millar de ojos, los restos de su enemigo ritual ahora extendido en una maraña de cuerdas y cuerpos sobre la tierra, hecho pedazos para siempre. Popolac se tambaleó ante aquel espectáculo; sus vastas piernas aplastaban el bosque que rodeaba el prado, sus brazos golpeaban el aire. Consiguió mantener el equilibrio, al mismo tiempo que una locura general, despertada por el horror que se encontraba a sus pies, surgía entre sus fibras y se apoderaba de su cerebro. Se dio la orden: el cuerpo se revolvió, retorciéndose, dio la espalda a aquella horripilante alfombra que había sido Podujevo, y huyó hacia las colinas.
Mientras partía a sumirse en el olvido, su imponente forma se interpuso entre el coche y el sol, proyectando su fría sombra sobre la ensangrentada carretera. Mick no vio nada debido a las lágrimas que cubrían su rostro; y Judd, con los ojos semicerrados por el temor al espectáculo que iba a contemplar tras la siguiente curva, sólo percibió débilmente que algo oscurecía la luz. Una nube, quizás. Una bandada de pájaros.
Si hubiera mirado hacia arriba en ese momento, tan sólo una breve mirada hacia el noreste, habría visto la cabeza de Popolac; la vasta, multitudinaria cabeza de una ciudad enloquecida, desapareciendo de su campo de visión, mientras se hundía en las colinas. Habría sabido que este territorio se encontraba más allá de su comprensión; y que no existía salvación alguna en este rincón del infierno. Pero no vio la ciudad, y la última posibilidad, para, él y para Mick, de dar marcha atrás había pasado. De ahora en adelante, como Popolac y su fallecida gemela, habían perdido la cordura y toda esperanza de vida.
Doblaron la curva y los restos de Podujevo aparecieron ante su vista.
Sus domesticadas imaginaciones nunca podrían haber concebido un espectáculo tan horriblemente brutal.
Quizás en los campos de batalla de Europa hubiera habido semejante cantidad de cuerpos amontonados juntos: pero ¿cuántos de ellos habrían sido de mujeres y niños abrazados a los cuerpos inertes de los hombres? Podían haber existido pilas de muertos tan altas, pero ¿semejante cantidad, tan recientemente llena de vida? Era posible que se hubieran aniquilado ciudades con tanta rapidez, pero ¿una ciudad entera perdida por el simple dictado de la gravedad?
Era una visión que se encontraba más allá de la enfermedad. Ante un espectáculo de tal magnitud la mente se ralentizaba al paso de un caracol, las fuerzas de la razón ponían sus meticulosas manos sobre la evidencia buscando algún error, un lugar donde dijera: «Esto no está sucediendo. Esto es un sueño de muerte, no la muerte misma». Pero la razón no podría encontrar ningún resquicio en el muro. Era verdad. Se trataba de la muerte en persona.
Podujevo había caído.
Treinta y ocho mil setecientos sesenta y cinco habitantes se encontraban esparcidos sobre el suelo, o más bien desparramados en desorden, amontonados en pilas. Aquellos que no habían muerto a causa de la caída, o por asfixia, estaban agonizando. No había supervivientes en la ciudad, excepto un grupo de espectadores que habían salido de sus casas para asistir a la contienda. Esos pocos podujevianos, los inválidos, los enfermos, unos cuantos ancianos, estaban ahora –como Mick y Judd– contemplando la carnicería; intentando no creer lo que estaban viendo.
Judd fue el primero en salir del coche. La tierra, bajo sus zapatos de ante, estaba pegajosa por la sangre coagulada. Examinó la carnicería. No había restos de accidente alguno: ningún signo de explosión, fuego u olor a combustible. Sólo decenas de miles de cuerpos frescos, todos ellos desnudos o vestidos en un idéntico gris estameño, hombres, mujeres y niños. Algunos de ellos, según pudo ver, llevaban arreos de cuero fuertemente abrochados alrededor de sus pechos; de estos dispositivos salían cuerdas, kilómetros y kilómetros de cuerdas. Cuanto más cerca miraba, más se cercioraba del extraordinario sistema de nudos y lazos que aún mantenía unidos los cuerpos. Por alguna razón, esta gente había sido atada junta, la una al lado de la otra. Algunos se encontraban unidos a la espalda de su vecino con una pierna a cada lado como niños jugando a montar a caballo. Otros estaban trabados brazo contra brazo, atados juntos con trozos de cuerdas en un muro de músculo y hueso. Los había liados como una pelota, con la cabeza hundida entre las rodillas. Todos estaban de algún modo conectados con sus compañeros; atados juntos como si de algún demente juego de esclavitud colectiva se tratara.
Se oyó otro disparo.
Mick miró hacia arriba.
Al otro lado del campo, un hombre solitario, vestido con un abrigo gris, caminaba entre los cuerpos con un revólver, rematando a los moribundos. Era un –lastimosamente inadecuado– acto de misericordia; sin embargo, continuaba, eligiendo primero a los niños que sufrían. Vaciando el revólver, cargándolo de nuevo, vaciándolo, cargándolo, vaciándolo…
Mick reacciono.
Gritó con todas sus fuerzas, elevando su voz por encima de los gemidos de los moribundos.
–¿Qué es esto?
El hombre dejó aquella espantosa tarea y levantó la cabeza. Su cara tenía el mismo color gris muerto que su abrigo.
–¿Uh? –gruñó, mirando ceñudo a los dos intrusos a través de unas gruesas gafas.
–¿Qué ha ocurrido aquí? –gritó Mick.
Gritar le hacía sentirse bien, le hacía sentirse bien parecer enfadado ante aquel hombre. Era posible que él tuviera la culpa. Era bueno tener alguien a quien culpar.
–Cuéntenos… –dijo Mick. Podía oír las lágrimas estremeciendo su voz–. Cuéntenos, por amor de Dios. Explíquese.
El hombre del abrigo gris sacudió la cabeza. No comprendía una palabra de lo que aquel joven idiota estaba diciendo. Era inglés lo que hablaba, pero eso era todo lo que sabía. Mick comenzó a caminar hacia el hombre sintiendo durante todo el tiempo los ojos de los muertos fijos en él. Ojos negros, joyas relucientes engarzadas en rostros destrozados. Ojos mirándole de arriba a abajo, sobre cabezas separadas de sus cuerpos. Ojos de cabezas que emitían aullidos en lugar de voces. Ojos de cabezas que se encontraban más allá de los aullidos, más allá del aliento.
Miles de ojos.
Llegó hasta donde se encontraba el hombre del abrigo gris; tenía la pistola casi vacía. Se había quitado las gafas, y las había tirado. También él estaba llorando, pequeños escalofríos recorrían su enorme, desgarbado cuerpo.
Alguien estaba intentando alcanzar el pie de Mick. No quiso mirar, pero una mano tocó su zapato, y no tuvo más elección que ver a su dueño. Un hombre joven, tendido en forma de esvástica, tenía rotas todas las articulaciones. Una niña yacía debajo de él, sus piernas ensangrentadas sobresalían como dos palos rosados.
Quiso el revólver para hacer que aquella mano cesara de tocarle. Aun mejor, quiso una ametralladora, un lanzallamas, algo que hiciese desaparecer aquella agonía.
Mientras levantaba la vista de aquel cuerpo destrozado, Mick vio al hombre del abrigo gris alzar el arma.
–Judd… –dijo, pero mientras la palabra salía de sus labios, el hombre del abrigo gris deslizó el cañón del arma por su boca y apretó el gatillo.
Había guardado la última bala para él. La parte de atrás de la cabeza se abrió como un huevo chafado, la tapa de los sesos salió volando. El cuerpo cayó, fláccido, y se hundió en el suelo; el revólver aún estaba entre sus labios.
–Debemos… –comenzó Mick sin dirigirse a nadie–. Debemos… ¿Cuál era el imperativo? ¿Qué debían hacer en esta situación?
–Debemos…
Judd estaba detrás de él.
–Ayuda… –dijo a Mick.
–Sí. Debemos conseguir ayuda. Debemos…
–Irnos.
¡Irse! Eso era lo que debían hacer. Bajo cualquier pretexto, por frágil o cobarde que fuera la razón, debían irse. Salir de aquel campo de batalla, salir del alcance de una mano moribunda que pertenecía a una herida en lugar de a un cuerpo.
–Tenemos que comunicarlo a las autoridades. Encontrar una ciudad. Conseguir ayuda…
–Sacerdotes –dijo Mick–. Necesitan sacerdotes.
Era absurdo pensar en administrar los últimos sacramentos a tanta gente. Habría sido necesario un ejército de sacerdotes, un cañón lleno de agua bendita, un altavoz para dar las bendiciones.
Dieron la vuelta, huyendo juntos de aquel horror; protegiéndose el uno en los brazos del otro, se abrieron camino entre aquella carnicería hasta llega