agosto 16, 2010 - 5 Comentarios
Sobre la emoción de escribir
No se muy bien por donde empezar. Si me tardo mucho y me detengo para encontrar una frase que suene bien la sensación se enfría y la ganas de escribir que arden en la superficie de la piel se quedan bajo los escombros de la mente. Si, en cambio, escribo con los ojos cerrados, como un ciego, las letras empiezan a hilarse unas con otras completamente libres. Sin importar si quiera si tengo algo importante que decir, o si lo hago bien. Sólo me suelto (escribe para tí, recogido, asombrado, dice Kerouac) y trato de escarbar bajo la cortina de misterio, manteniéndome solo del impulso físico. Sí además subo el volumen de la música y si la canción que escogo se empalma con el momento y permito que me envuelva, la sensación física aumenta; es cómo si el cuerpo tomara el control de las cosas y me aventara contra la vida. Entonces puedo ver más cosas, sentir la temperatura, fijarme de reojo en la luz del faro que se estrella contra la ventana al lado de mi escritorio y al mismo tiempo sentir mis pies descalzos golpeando contra el piso, y el sabor de mi lengua.
Me emociona escribir. Me emociona aprender a escribir. Me emociona intentar ser escritor. Me emociona haber escogido esta profesión sobre todas las demás. Me emociona más allá de los resultados que pueda tener, de si algún día gano un premio o publico un libro. ¡Y claro que quiero ganar premios y vender montones de libros! Pero eso es independiente del hecho de escribir. Eso sucede en otro universo, distanciado totalmente de esta otra parte de la profesión. El sábado pasado en un taller el maestro nos leyó un texto donde Henry Miller habla del oficio de escribir y dice algo como que deberíamos aprender a disfrutar estar en el otro lado, en el lado oscuro donde nadie te conoce, donde no sabes si algún día te reconocerán, en el lado donde siempre te tambaleas entre el fracaso, entre si eres realmente bueno o no.
Cada que leo ensayos de ese tipo, libros y artículos donde los escritores consagrados se ponen recordar como llegaron ahí, la manera en la que escriben, lo que piensan sobre la literatura, una ola de emoción sube de la parte baja de mi estómago y se riega por mis piernas y brazos hasta llegar a la manos, ala punta de mis dedos, y entonces ya quiero que pase el tiempo para ponerme frente a la computadora y escribir. Escribir. Escribir. Escribir de cualquier cosa. De que no me gané la beca del FONCA y de que por eso anduve el viernes medio triste porque de haberla ganado habría resuelto un montón de cosas, escribir de mi papá y de que mi relación con él de algún modo está mejorando ( ayer fuimos juntos ver Incepcion -antes de entrar al cine me contó que se quería retirar, tomarse un año, que tenía trabajando desde los quince años y ya estaba cansado-), escribir de Bob Dylan y de que las últimas semanas no he oído más canciones que las suyas con el pretexto de que la novela que estoy escribiendo trata de él, escribir de las dudas, de que he dejado de hacer ejercicio- lo abandonó con facilidad-, escribir de los libros que estoy leyendo (Trópico de Cáncer de Henry Miller, Crónicas de Dylan y una antología de poesía de vanguardia),escribir del cansancio crónico (a pesar de la acupuntura me siento igual y me sigue doliendo el brazo y la pierna izquierda) escribir de que el pasado doce de agosto cumplí 29 años y de que cuando ya casi se acababa la celebración llegó una chica que me gusta y la forma en que me miró me puso nervioso y me despertó (me había empezado a dar sueño), escribir, finalmente, sobre la emoción de escribir. Sobre como se atan las letras unas a otras y formas figuras brillantes en la pantalla de la computadora.
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