enero 25, 2011 - 0 Comentarios
Un sueño
Acababa de escribir uno de lo poemas perfectos, de los que se dice sólo ha habido tres, o acaso cinco en la historia del mundo. Lo llevaba en la bolsa, caminando entre las barrancas y las ciudades que los sueños hacían crecer conforme caminaba.
Con el poema en la mano llegó a una iglesia; una mole antiquísima remodelada hacía unos meses por un gran proyecto que intentaba rescatar monumentos históricos. Una de las capillas había sido habilitada como museo tienda y era la parte donde más se había invertido; las paredes eran de madera de pino; la luz de los focos rebotaba contra su superficie engrasada y brillante, bañando también los estantes donde se vendían postales y litografías religiosas.
No eran un horario habitual para que alguien visitara la iglesia, de modo que detrás del mostrador de la tienda había un guardia. Alejandro llegó hasta ahí, todavía con el pedazo de poema en el bolsillo, aunque se le había olvidado que lo traía. Ahora sólo le importaba la carta. La carta con un mapa dibujado para encontrar un tesoro enterrado bajo la iglesia.
Le preguntó al guardía:
—Disculpe, jefe, ¿habrán mandado una carta? Sí… una carta con un mapa para encontrar un tesoro, sí, el que está enterrado por aquí…
-Huy, si mi jefe, de hecho ya hasta vinieron por ella.
A pear del desánimo, hizo cómo si no lo hubiera escuchado y le dijo que hechara otro viztaso, que seguro ahí tenía otra. El guardía le respondió:
-¿Sabe qué, mi jefe? pensandolo bien, ahora que veo, si tengo algo para usted…
Y el cuidador, con su reluciente uniforme nuevo, se metió en un pasillito oscuro que iba a dar a la parte de atrás de la tienda, donde guardaban algunas cosas, entre ellas la correspondencia. Volvío con un sobre de papel estrasa que tenía un montón de sellos y estamplillas. Estaba abierto.
-Mi jefe, este es para usted, no tiene su nombre pero desde que usté llegó lo reconocí por la foto…
Alejandro tomó el sobre y metio la mano, nervioso, como si en el fondo hubiera una serpiente y estuviera apunto de morderlo. Sacó un pedazo de papel.
Era una foto que su maestro le había tomado hacía algunos años, en una visita que Alejandro le había hecho en Ankara, Turquía… sé acordó de lo que cababa de decirle al policia: “ disculpe, jefe, ¿habrán mandado una carta? Sí… una carta con un mapa para encontrar un tesoro, sí, el que está enterrado por aquí…”. En la foto Alejandro estaba enterrado en un hoyo en la arena, junto a una persona con el cuerpo pintado con una capa de engrudo negro, o chapopote, o una mezcla de hierbas oscuras sobre la cual había una leyenda que no se alcanzaba a ver, pero que parecia escrita con los dedos, como cuando se escribe con ellos sobre el vaho de un vidrio.
Estaba sorprendido. No sabía que su maestro hubiera tomado esa foto. Además, hacía años que había hecho ese viaje. Ahora le parecía le parecía muy lejano, como si hubiera pasado hacía una década; el momento en el que había volado hasta Turquía, la serie de “coincidencias” que lo había llevado Konya, el museo donde descasan los restos de Rumi y al encuentro con su maestro, en un pueblo diminuto muy cerca de la carretera.
Hacía mucho de todo eso. Se había olvidado de su maestro, había dejado de ir a la mezquita por cuestiones de trabajo, porque se sentía abrumado y no le quedaba mucho tiempo. Por eso la sorpesa fue como tomar una bocanada helada, en medio del desierto, a medio día.
Un ruido metálico lo sacó de su sueño; la iglesia y su tienda-museo, y su carta se desvanecieron con el estruendo del timbre que llamaba. Se paró, todavía mareado porque el sueño no se le iba, y abrió la puerta.
Un hombre le dijo, hey, mi jefe, ¿es usted Alejandro?
Si, contestó él.
Pus entonces este paquete es para usted. Mi hija me mandó a entregárselo.
El paquete venía dentro de una bolsa de papel cafe. Se lo dio. Adentro había un libro. En él, la figura borrosa de su maestro caminaba sobre la arena alejándose hacía la mañana negra del sol que se ponía. Había prestado el libro hacía mucho, ya ni se acoradaba.
Se despidió del señor, se lavó la cara y lo abrió en cualquier página: decía: “El hombre es un tesoro ocultos entre las ruinas”.
-La foto es de LEONEJM, visiten aquí su flickr
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- Alejandro Carrillo: Gracias, qué chido que te gustó y que te transmitió algo. Saludos.
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