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	<title>Diario de un chico trabajador &#187; El cuento</title>
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		<title>Por un bistec</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Dec 2010 05:01:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Jack London]]></category>
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		<description><![CDATA[Esta semana les dejo uno de mis cuentos favoritos. Me acuerdo de la primera vez que lo leí; al borde del asiento, emocionado conforme avanzaba cada round. En pocos cuentos he encontrado tanta tensión dramática, ni nunca había deseado con tanta fuerza  que todo acabara con un final feliz....<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/12/por-un-bistec/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta semana les dejo uno de mis cuentos favoritos. Me acuerdo de la primera vez que lo leí; al borde del asiento, emocionado conforme avanzaba cada round. En pocos cuentos he encontrado tanta tensión dramática, ni nunca había deseado con tanta fuerza  que todo acabara con un final feliz.</p>
<p>Si no les gusta el Box este cuento les ayudará a entender por que nos gusta tanto a los que sí nos gusta. A mí, además, me hace recordar mis tiempos en el cuadrilátero (en realidad sólo estuve  como cuatro meses, en una gimnasio en Xochimilco pero, eso sí, mi entrenador era el Bolillo González, el campeón mundial) sudando como un loco y pegándole a la pera.</p>
<p>Ahhh, y todo por un bistec. </p>
<p>¡Bueno, ha sonado la campana, los peleadores están en el ring! ¡Ahora de empezar!</p>
<p><strong>Por un bistec </strong><br />
Jack London</p>
<p>Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado.<br />
La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de enfrente le había prestado la harina para las gachas. Los dos medio peniques que le quedaban los había invertido en pan.</p>
<p>Tom King se sentó junto a la ventana, en una silla desvencijada que crujió al recibir su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar tabaco, se dio cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de contrariedad, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos y premiosos, como si el extraordinario volumen de sus músculos le abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto nada simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus destrozados zapatos eran demasiado endebles para soportar el peso de las gruesas suelas que les había puesto él mismo hacía ya bastante tiempo. Su camisa de algodón (un modelo de no más de dos chelines) tenía el cuello deshilachado y unas manchas de pintura que no se quitaban con nada. </p>
<p>Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era una fisonomía que intimidaba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba perfectamente rasurado. Sus labios informes, de expresión extremadamente dura, daban la impresión de una cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula inferior era maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus tupidas y aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su semblante, realzaban el aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían los ojos soñolientos de un león o de cualquier otro animal de presa. La frente hundida y angosta lindaba con un cabello que, cortado al cero, mostraba todas las protuberancias de aquella cabeza monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de golpes, y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el doble de su tamaño y que hacía pensar en una coliflor, completaban el cuadro. Y en cuanto a su barba, aunque recién afeitada, apuntaba bajo la piel, dando a su tez un tono azulado negruzco. </p>
<p>Si bien aquella fisonomía era la de uno de esos hombres con los que no deseamos encontrarnos a solas en un callejón oscuro o en un lugar apartado, Tom King no era un criminal ni había cometido nunca una mala acción. Dejando aparte las reyertas en que se había visto mezclado y que eran cosa corriente en los medios que frecuentaba, no había hecho daño a nadie. No se le consideraba un pendenciero. Era un profesional de la contienda y reservaba toda su combatividad para sus apariciones en el ring. Fuera del tablado, era un hombre bonachón, de movimientos tardos, y en su juventud, cuando ganaba el dinero a espuertas, había sido, no ya generoso, sino despilfarrador. Para él el boxeo era un negocio. Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba con intención de hacer daño, de lesionar, de destruir; pero no había animosidad en sus golpes: era una simple cuestión de intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se vapuleaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor se quedaba con la parte del león de la bolsa. Hacía veinte años, cuando Tom King se enfrentó con el «Salta Ojos», de Woolloomoolloo, sabía que la mandíbula de su contrincante sólo estaba firme desde hacía cuatro meses, pues anteriormente se la habían partido en un combate celebrado en Newcastle. Por eso dirigió todos sus golpes contra ella, y consiguió fracturarla nuevamente en el noveno asalto. No lo movía ningún resentimiento contra su adversario: procedió así porque era el medio más seguro de dejar fuera de combate a aquel hombre y, de este modo, ganar la mayor parte de la bolsa ofrecida. En cuanto al «Salta Ojos», no le guardó rencor alguno. Ambos sabían que así era el boxeo, y había que atenerse a sus reglas. </p>
<p>Tom King no era nada hablador. En aquel momento en que permanecía sentado junto a la ventana, se hallaba sumido en un huraño silencio, mientras se miraba las manos. En el dorso de ellas se destacaban las venas gruesas e hinchadas. El aspecto de los nudillos, aplastados, estropeados, deformes, atestiguaba el empleo que había hecho de ellos. Tom no había oído decir nunca que la vida de un hombre dependía de sus arterias, pero sabía muy bien lo que significaban aquellas venas prominentes, dilatadas. Su corazón había hecho correr demasiada sangre por ellas a una presión excesiva. Ya no funcionaban bien. Habían perdido la elasticidad, y su distensión había acabado con su antigua resistencia. Ahora se fatigaba fácilmente. Ya no podía resistir un combate a veinte asaltos con el ritmo acelerado de antes, con fuerza y violencia sostenidas, luchando infatigablemente desde que sonaba el gong, acosando sin cesar a su adversario, retrocediendo hasta las cuerdas o llevando a su oponente hacia ellas, recibiendo golpes y devolviéndolos. Ya no multiplicaba su acometividad y la rapidez de sus golpes en el vigésimo y último asalto, levantando al público de sus asientos y provocando sus aclamaciones, cuando él acometía, pegaba, esquivaba, hacía caer una lluvia de golpes sobre su adversario y recibía otra igual mientras su corazón no dejaba de enviar, con impetuosa fidelidad, sangre a sus venas jóvenes y elásticas. Sus arterias, dilatadas durante el combate, se encogían de nuevo, pero no del todo; al principio, esta diferencia era imperceptible, pero cada vez quedaban un poco más distendidas que la anterior. Se contempló las venas y los estropeados nudillos. Por un momento le pareció ver los magníficos puños que tenía en su juventud, antes de romperse el primer nudillo contra la cabeza de Benny Jones, apodado el «Terror de Gales». </p>
<p>Experimentó de nuevo la sensación de hambre. </p>
<p>-¡Lo que daría yo por un buen bistec! -murmuró, cerrando sus enormes puños y lanzando un juramento en voz baja. </p>
<p>-He ido a la carnicería de Burke y luego a la de Sawley -dijo la mujer en son de disculpa.</p>
<p>-¿Y no te quisieron fiar? </p>
<p>-Ni medio penique. Burke me dijo que&#8230; </p>
<p>Vacilaba, no se atrevía a seguir. </p>
<p>-¡Vamos! ¿Qué dijo? </p>
<p>-Que como esta noche Sandel te zurraría de lo lindo, no quería aumentar tu cuenta, ya es bastante crecida. </p>
<p>Tom King lanzó un gruñido por toda respuesta. Se acordaba del bulldog que tuvo en su juventud, al que echaba continuamente bistecs crudos. En aquella época, Burke le habría concedido crédito para mil bistecs. Pero los tiempos cambian. Tom King estaba envejecido, y un viejo que tenía que enfrentarse con un boxeador joven en un club de segunda categoría, no podía esperar que ningún comerciante le fiase. </p>
<p>Aquella mañana se había levantado con el deseo de comer un bistec, y aquel deseo no lo había abandonado. No había podido entrenarse debidamente para aquel combate. En Australia el año había sido de sequía y los tiempos eran difíciles. Había dificultades para encontrar trabajo, fuera de la índole que fuere. No había tenido sparring, no siempre había comido los alimentos debidos y en la cantidad necesaria. Había trabajado varios días como peón en una obra, y algunas mañanas había corrido para hacer piernas. Pero era difícil entrenarse sin compañero y teniendo que atender a las necesidades de una esposa y dos hijos. Cuando se anunció su combate con Sandel, los tenderos apenas le concedieron un poco más de crédito. El secretario del Gayety Club le adelantó tres libras -la cantidad que percibiría si perdía el combate-, y se negó a darle un céntimo más. De vez en cuando consiguió que sus antiguos compañeros le prestasen unos centavos, pero no pudieron prestarle más, porque corrían malos tiempos y ellos también pasaban sus apuros. En resumen, que era inútil tratar de ocultarse que no estaba debidamente preparado para la pelea. Le había faltado comida y le habían sobrado preocupaciones. Además, ponerse «en forma» no es tan fácil para un hombre de cuarenta años como para otro de veinte. </p>
<p>-¿Qué hora es, Lizzie? &#8211; preguntó. </p>
<p>Su mujer fue a preguntarlo a la vecina y, al regresar, le dio la respuesta. </p>
<p>-Las ocho menos cuarto. </p>
<p>-El primer match empezará dentro de unos minutos -observó Tom-. No es más que un combate de prueba. Después hay un encuentro a cuatro asaltos entre Dealer Wells y Gridley, y luego uno a diez asaltos entre Starlight y un marinero. Yo aún tengo para una hora. </p>
<p>Otros diez minutos de silencio y Tom se puso en pie. </p>
<p>-La verdad es, Lizzie, que no me he entrenado todo lo que debía. </p>
<p>Cogió el sombrero y se dirigió a la puerta. No le pasó por la mente besar a su mujer -nunca la besaba al marcharse-, pero aquella noche ella lo hizo por su cuenta y riesgo: le echó los brazos al cuello y lo obligó a inclinarse hacia su rostro. Se veía menudita y frágil junto al macizo corpachón de su marido. </p>
<p>-Buena suerte, Tom -le dijo-. Tienes que ganar. </p>
<p>-Sí, tengo que ganar -repitió él-. Ni más ni menos. </p>
<p>Se echó a reír, tratando de mostrarse despreocupado, mientras ella se apretaba más contra él. Tom contempló la desnuda estancia por encima del hombro de su esposa. Aquel cuartucho, del que debía varios meses de alquiler, era, con Lizzie y los niños, cuanto tenía en el mundo. Y aquella noche salía en busca de comida para su hembra y sus cachorros, no como el obrero de hoy que va a la fábrica, sino al estilo antiguo, primitivo, arrogante y animal de las bestias de presa. </p>
<p>-Tengo que ganar -volvió a decir a su esposa, esta vez con un rictus de desesperación-. Si gano, son treinta libras, con lo que podré pagar todas las deudas y, además, verme un buen sobrante en el bolsillo. Si pierdo, no me darán nada, ni un penique para tomar el tranvía de vuelta, pues el secretario ya me ha dado todo lo que me correspondería en caso de perder. Adiós, mujercita. Si gano, volveré inmediatamente. </p>
<p>-Te espero -dijo ella cuando Tom estaba ya en el rellano. </p>
<p>Había más de tres kilómetros hasta el Gayety y, mientras los recorría, recordó sus días de triunfo, cuando era el campeón de pesos pesados de Nueva Gales del Sur. Entonces habría tomado un coche de punto para ir al combate, y con toda seguridad alguno de sus admiradores se habría empeñado en pagar el coche para tener el privilegio de acompañarlo. Entre estos admiradores se contaban Tommy Burns y el yanqui Jack Johnson, que poseían automóvil propio. ¡Y ahora tenía que ir a pie! Como todo el mundo sabe, una marcha de tres kilómetros no es la mejor preparación para un combate. Él era un viejo para el pugilismo, y el mundo no trata bien a los viejos. Él sólo servía ya para picar piedra, e incluso para esto era un obstáculo su nariz rota y su oreja hinchada. Ojalá hubiera aprendido un oficio. A la larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo había enseñado. Por otra parte, una voz interior le decía que él no habría prestado atención si alguien hubiera tratado de enseñárselo. Su vida fue demasiado fácil. Ganó mucho dinero. Tuvo combates duros y magníficos, separados por períodos de descanso y holgazanería. Estuvo rodeado de aduladores que se desvivían por acompañarle, por darle palmadas en la espalda, por estrecharle la mano; de petimetres que lo invitaban a beber para tener el privilegio de charlar con él cinco minutos. Además, ¡aquellos magníficos combates ante un público delirante de entusiasmo! ¡Y aquel último asalto en que se lanzaba a fondo como un torbellino y el árbitro lo proclamaba vencedor! ¡Y leer su nombre en las secciones deportivas de todos los periódicos al día siguiente&#8230;! </p>
<p>¡Ah, qué tiempos aquéllos! Pero, de pronto, su mente tarda y premiosa comprendió que en aquellos lejanos días él dejaba fuera de combate a los viejos. Él era entonces la juventud que despuntaba, y sus adversarios la vejez que decaía. Era natural que resultara fácil para él: ellos tenían las venas hinchadas, los nudillos rotos y los huesos desvencijados por una larga serie de combates. Recordaba el día en que «noqueó» al maduro Stowsher Bill en Rush-Cutters Bay al decimoctavo asalto y luego lo vio llorando en los vestuarios, llorando como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios meses de alquiler, y acaso lo esperaban en su casa su mujer y sus hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo día, el del combate, había sentido el deseo de comerse un buen bistec! Bill combatió valientemente, recibiendo a pie firme una soberana paliza. Ahora que él pasaba el mismo calvario, comprendía que aquella noche de hacía veinte años Bill luchó por algo más importante que su adversario, el joven Tom King, que sólo trataba de ganar dinero y gloria fácilmente. No era extraño que Stowsher Bill hubiese llorado en los vestuarios amargamente después del combate. </p>
<p>No cabía duda de que cada púgil podía soportar un número limitado de combates. Era una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros durísimos, otros sólo veinte. Cada cual, según sus dotes físicas, podía subir al ring tantas o cuantas veces. Después, quedaba al margen. </p>
<p>Él se había pasado de la raya, había librado más combates encarnizados de los que debía, encuentros en que el corazón y los pulmones parecía que iban a estallar; contiendas que hacían perder elasticidad a las arterias y convertían un cuerpo esbelto y juvenil en un montón de músculos nudosos; combates que desgastaban los nervios y los músculos, el cerebro y los huesos, por obra del esfuerzo. Sí, él había resistido más que nadie. No quedaba ya ni uno solo de sus antiguos compañeros. Él era el último de la vieja guardia. Había visto cómo iban cayendo todos y había contribuido a poner punto final a la carrera de algunos de ellos. </p>
<p>Lo opusieron a los boxeadores ya viejos y él los fue liquidando uno tras otro. Y después, cuando los veía llorar en los vestuarios, como había llorado el viejo Stowsher Bill, se reía. Pero ahora el viejo era él, y a su vez tenía que enfrentarse con los jóvenes. Con Sandel, por ejemplo. Había llegado de Nueva Zelanda precedido de un brillante historial. Pero como en Australia aún era un desconocido, se acordó enfrentarlo con el viejo Tom King. Si Sandel hacía un buen combate, se le opondrían mejores púgiles y las bolsas serían más crecidas. Así, pues, era de esperar que luchara como un demonio. Aquel combate era decisivo para él, ya que si ganaba tendría dinero, cobraría nombre y habría dado el primer paso de una brillante carrera. Tom King no era para él más que el muro viejo que le cerraba el paso a la fama y la fortuna. En cambio, a lo único que Tom King podía aspirar era a recibir treinta libras, que le servirían para pagar al dueño de la casa y a los tenderos. Y mientras cavilaba así, Tom King vio alzarse ante sus ojos hinchados el cuadro de la juventud triunfadora, exuberante e invencible, de músculos suaves y piel sedosa, de corazón y pulmones que no sabían lo que era el cansancio y se reían del jadeo de los viejos. Los jóvenes destruían a los viejos sin pensar que, al hacerlo, se destruían a sí mismos, dilatando sus arterias y aplastando sus nudillos, para ser, al fin, aniquilados por una nueva generación de jóvenes. Pues la juventud ha de ser siempre joven. </p>
<p>Al llegar a la calle de Castlereagh dobló a la izquierda y, después de recorrer tres manzanas, llegó al Gayety. Una multitud de golfillos apiñados frente a la puerta se apartaron respetuosamente al verle y oyó que decían: </p>
<p>-¡Es Tom King! </p>
<p>Una vez dentro, cuando se dirigía a los vestuarios, encontró al secretario, un joven de mirada viva y expresión astuta, que le estrechó la mano. </p>
<p>-¿Cómo te encuentras, Tom? &#8211; le preguntó. </p>
<p>-Estupendamente -respondió King, a sabiendas de que mentía y de que le hacía tanta falta un buen bistec, que si tuviera una libra la daría a cambio de él sin vacilar. </p>
<p>Cuando salió de los vestuarios, seguido por sus segundos, y se dirigió al cuadrilátero, que se alzaba en el centro de la sala, estalló una tempestad de aplausos y vítores en el público. Él respondió saludando a derecha e izquierda, aunque conocía muy pocas de aquellas caras. En su mayoría, eran muchachos que aún tenían que nacer cuando él cosechaba sus primeros laureles en el ring. Saltó con ligereza a la alta plataforma y, después de pasar entre las cuerdas, se dirigió a su ángulo y se sentó en un taburete plegable. Jack Ball, el árbitro, se acercó a él para estrecharle la mano. Ball era un boxeador fracasado que desde hacía diez años no pisaba el ring como púgil. King se alegró de tenerlo por árbitro. Ambos eran veteranos. Si él apretaba las tuercas a Sandel algo más de lo que permitía el reglamento, sabía que Ball haría la vista gorda. </p>
<p>Subieron al tablado, uno tras otro, varios jóvenes aspirantes a la categoría de pesos pesados, y el árbitro los fue presentando sucesivamente al público. Asimismo, expuso sus carteles de desafío. </p>
<p>-Young Pronto -anunció Ball-, de Sidney del Norte, reta al ganador por cincuenta libras. </p>
<p>El público aplaudió y los aplausos se renovaron cuando Sandel trepó ágilmente al ring y fue a sentarse en su rincón. Tom King, desde el ángulo opuesto, lo miró con curiosidad, pensando que minutos después ambos estarían enzarzados en implacable combate, y pondrían todo su empeño en noquearse. Pero apenas pudo ver nada, pues Sandel llevaba, como él, un mono de entrenamiento sobre su calzón corto de pugilista. Su cara era muy atractiva. Estaba coronada por un mechón rizado de pelo rubio, y su cuello grueso y musculoso anunciaba un cuerpo de atleta verdaderamente magnífico.</p>
<p>Young Pronto se dirigió sucesivamente a los dos ángulos y, después de estrechar las manos a los boxeadores, salió del ring. Continuaron los desafíos. Un joven tras otro pasaba entre las cuerdas. Aquellos muchachos desconocidos pero ambiciosos estaban convencidos, y así lo pregonaban, de que con su fuerza y destreza eran capaces de medirse con el vencedor. Unos años antes, cuando su carrera se hallaba en su apogeo y él se consideraba invencible, aquellos preliminares hubieran divertido y aburrido a Tom King. Pero a la sazón los contemplaba fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de la juventud. Siempre existirían aquellos jóvenes que subían al ring, y saltaban por las cuerdas para lanzar su reto a los cuatro vientos; y siempre tendrían que caer ante ellos los boxeadores gastados. Ascendían hacia el éxito trepando sobre los cuerpos de los viejos púgiles. Y continuaban afluyendo en número creciente, como una oleada de juventud incontenible que arrollaba a los viejos, para envejecer a su vez y seguir el camino descendente, a impulsos de la juventud eterna, de los nuevos mozos que desarrollaban sus músculos y derribaban a sus mayores, mientras tras ellos se formaba una nueva masa de jóvenes. Y así ocurriría hasta el fin de los tiempos, pues aquella juventud voluntariosa era algo inseparable de la humanidad. </p>
<p>King dirigió una mirada al palco de la prensa y saludó con un movimiento de cabeza a Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego tendió las manos para que Sid Sullivan y Charles Bates, sus segundos, le pusieran los guantes y se los atasen fuertemente, bajo la atenta fiscalización de uno de los segundos de Sandel, que ya había examinado con ojo crítico las vendas que cubrían los nudillos de King. Uno de los segundos de Tom cumplía la misma misión en el ángulo ocupado por Sandel. Este levantó las piernas para que le despojasen de los pantalones del mono y luego se levantó para que acabaran de quitarle la prenda por la cabeza. Tom King vio entonces ante sí una encarnación de la juventud, un pecho ancho y desbordante de vigor, unos músculos elásticos que se movían como seres vivos bajo la piel blanca y satinada. Todo aquel cuerpo estaba pletórico de vida, de una vida que aún no había dejado escapar nada de ella por los doloridos poros en los largos combates en que la juventud ha de pagar su tributo, dejando algo de ella misma en los tablados. </p>
<p>Los dos púgiles avanzaron hacia el centro del cuadrilátero y cuando los segundos saltaron por las cuerdas, llevándose los taburetes plegables, ellos simularon estrecharse las manos enguantadas e inmediatamente se pusieron en guardia. Acto seguido, como un mecanismo de acero puesto en marcha por un fino resorte, Sandel se lanzó al ataque. Asestó a Tom un gancho de izquierda al entrecejo y un derechazo a las costillas. Luego, entre fintas y sin cesar de saltar sobre las puntas de los pies, se alejó ligeramente de su contrincante para volverse a acercar en seguida, ágil y agresivo. Era un boxeador rápido e inteligente, que había iniciado la pelea con una espectacular exhibición. El público vociferaba entusiasmado. Pero King no se dejó impresionar. Había librado demasiados encuentros y había visto a demasiados jóvenes. Supo apreciar el verdadero valor de aquellos golpes: eran demasiado rápidos y hábiles para ser peligrosos. Evidentemente, Sandel trataba de forzar el curso del combate desde el comienzo. No le sorprendió. Esto era muy propio de la juventud, inclinada a malgastar sus espléndidas facultades en furiosos ataques y locas acometidas, alentada por un ilimitado deseo de gloria que redoblaba sus fuerzas. </p>
<p>Sandel atacaba, retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies ligeros y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose como una ardilla, eslabonando mil movimientos ofensivos, todos ellos encaminados a la destrucción de Tom King, del hombre que se alzaba entre él y la fortuna. Y Tom King soportaba pacientemente el chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la juventud, ahora que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros mientras se agachaba para parar un fuerte directo con la base del cráneo. Era una argucia innoble, pero correcta, según el reglamento del pugilismo. El boxeador tenía que velar por sus nudillos y, si se empeñaba en golpear a su adversario en la cabeza, allá él. King podía haberse agachado más para que el golpe no lo alcanzara, pero se acordó de sus primeros encuentros y de cómo se partió por primera vez un nudillo contra la cabeza del «Terror de Gales». Aun ajustándose a las reglas del juego, al agacharse había atentado contra los nudillos de Sandel. De momento, éste no lo notaría. Seguro de sí mismo e indiferente, seguiría propinando golpes con la misma fuerza durante todo el combate. Pero, andando el tiempo, cuando en su historial tuviera muchos encuentros, el nudillo lesionado se resentiría, y entonces él, volviendo la vista atrás, recordaría el potente golpe asestado a la cabeza de Tom King. </p>
<p>El primer asalto lo ganó Sandel por puntos. El joven boxeador mantuvo a la sala en vilo con sus fulminantes arremetidas. Lanzó sobre King un verdadero diluvio de golpes, y King no devolvió ni uno solo: se limitó a cubrirse, mantener una guardia cerrada, esquivar y llegar a veces al cuerpo a cuerpo para eludir el castigo. De vez en cuando hacía alguna finta, movía la cabeza cuando encajaba un directo, e iba evolucionando imperturbable por el ring, sin saltar ni bailar para no malgastar ni un átomo de energías. Debía dejar que Sandel desahogara el ardor de su juventud y sólo entonces replicarle, pues no debía olvidar sus cuarenta años. </p>
<p>Los movimientos de King eran lentos y metódicos. Sus ojos, casi inmóviles bajo los gruesos párpados, le daban el aspecto de un hombre adormilado y aturdido. Sin embargo, no se le escapaba ningún detalle: su experiencia de más de veinte años le permitía verlo todo. </p>
<p>Sus ojos no pestañeaban ni se desviaban al recibir un golpe, porque así podían ver y medir mejor las distancias. </p>
<p>Cuando, al terminar el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se recostó con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto que formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a subir y a bajar en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el rostro el aire de las toallas con que le abanicaban sus segundos. </p>
<p>Con los ojos cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público. </p>
<p>-¿Por qué no luchas, Tom? -le gritaron- ¿Es que tienes miedo?</p>
<p>-Le pesan los músculos -oyó que comentaba un espectador de primera fila-. No puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de Sandel! </p>
<p>Sonó el gong y los dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres cuartas partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King apenas se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de ahorro de fuerzas. No había podido entrenarse como era debido, no había comido lo suficiente, y el menor movimiento innecesario tenía su importancia. Además, había que tener en cuenta que había recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring. Aquel asalto fue una repetición del primero: Sandel atacaba en tromba y el público, indignado, abucheaba a King al ver que no combatía. Aparte algunas fintas y varios golpes lentos e ineficaces, se limitaba a mantener una guardia cerrada, parar golpes y agarrarse al adversario. Sandel deseaba acelerar el ritmo del combate, y King, hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía economizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un boxeador maduro. Sandel era joven y derrochaba sus energías con la prodigalidad propia de su juventud. El generalato del ring correspondía a Tom, y suya era también la sabiduría cosechada a costa de largos y dolorosos combates. Observaba a su adversario con mirada fría y ánimo sereno, moviéndose lentamente, en espera de que se agotara el ardor de Sandel. Para la mayoría de espectadores, aquello era buena prueba de que King era incapaz de medirse con su joven adversario, opinión que expresaban en voz alta, apostando a razón de tres a uno a favor de Sandel. Pero aún quedaban algunos espectadores prudentes que conocían a King desde hacía años y aceptaban estas ofertas, con grandes esperanzas de ganar. </p>
<p>El tercer asalto comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y castigaba duramente a su adversario. Pero, cuando aún no había transcurrido medio minuto, el joven, excesivamente confiado, se olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia adelante. Fue su primer golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el hábil movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en un lado de la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife. El público se quedó pasmado: algunos aplaudieron tímidamente, mientras por toda la sala corrían murmullos de admiración. ¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan embotados como se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos. </p>
<p>Sandel quedó casi inconsciente, hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado e intentó levantarse, pero, al oír los gritos de sus segundos que le aconsejaban esperar hasta el último instante, no acabó de ponerse en pie, sino que quedó con una rodilla en el suelo. El árbitro se inclinó hacia él y empezó a contar los segundos con voz estentórea junto a su oído. Cuando oyó decir «¡nueve!» Sandel se levantó con gesto agresivo y Tom King hubo de hacerle frente, mientras se lamentaba de no haberle dado el golpe un par de centímetros más cerca del mentón, pues entonces habría conseguido el fuera de combate y vuelto a casa con treinta libras para su mujer y sus hijos. </p>
<p>El asalto continuó hasta que se cumplieron los tres minutos reglamentarios. Sandel empezó a mirar con respeto a su oponente. Por su parte, King seguía moviéndose con lentitud y su mirada aparecía tan soñolienta como antes. Cuando el asalto estaba a punto de terminar, King se dio cuenta de ello al ver a los segundos agazapados junto al cuadrilátero. Estaban preparados para subir, pasando entre las cuerdas. Entonces llevó el combate hacia su rincón, y, cuando sonó el gong, pudo sentarse inmediatamente en el taburete que ya tenían preparado. En cambio, Sandel tuvo que cruzar de ángulo a ángulo todo el ring para llegar a su sitio. Esto era una pequeñez, pero muchas pequeñeces juntas pueden formar algo importante. Al verse obligado a dar aquellos pasos de más, Sandel perdió no sólo cierta cantidad de energía, sino una parte de los preciosos sesenta segundos de descanso. Al principio de cada asalto King salía perezosamente de su rincón, con lo que obligaba a su adversario a recorrer una distancia mayor, y cuando el asalto terminaba, King estaba en su sitio y podía sentarse inmediatamente. </p>
<p>Transcurrieron otros dos asaltos en los que King economizó sus fuerzas con toda parsimonia, mientras Sandel derrochaba energías. Los esfuerzos que el joven púgil hacía por imponer un ritmo más vivo a la lucha resultaron bastante enojosos para King, que hubo de encajar una parte bastante crecida del diluvio de golpes que cayó sobre él. Sin embargo, King mantuvo su deliberada lentitud, sin importarle el griterío de los jóvenes vehementes que querían verle pelear. </p>
<p>En el sexto asalto, Sandel volvió a tener un descuido, y la terrible derecha de Tom King lanzó un nuevo disparo contra su mandíbula. Otra vez contó el árbitro hasta nueve. </p>
<p>Al comenzar el séptimo asalto se vio claramente que el ardor de Sandel se había esfumado. El joven boxeador se percataba de que estaba librando el combate más duro de su carrera. Tom King era un boxeador gastado, pero el de más calidad que se le había opuesto hasta entonces; un boxeador maduro que no perdía la cabeza, que se defendía con extraordinaria habilidad, cuyos golpes eran verdaderos mazazos y que tenía un fuera de combate en cada puño. Pero Tom King no se atrevía a utilizar estos potentes puños demasiado, pues no se olvidaba de que tenía los nudillos lesionados y sabía que, para que pudieran resistir todo el combate, tenía que racionar los golpes prudentemente. </p>
<p>Mientras permanecía sentado en su rincón, mirando a su adversario, pensó que la unión de su experiencia y de la juventud de Sandel producirían un campeón mundial. Pero esta mezcla era imposible. Sandel no sería campeón del mundo. Le faltaba experiencia y ésta sólo podía obtenerse a costa de la juventud. Cuando Sandel tuviera experiencia, advertiría que había gastado su juventud para adquirirla. </p>
<p>King recurrió a todas las tretas y argucias. No desaprovechaba ocasión de agarrarse a su adversario y, cada vez que llegaba al cuerpo a cuerpo, clavaba con fuerza el hombro en las costillas de Sandel. En la teoría pugilística no había diferencia entre un hombro y un puño si con ambos podía hacerse el mismo daño, y el hombro aventajaba al puño en lo concerniente a la pérdida de energías. Asimismo, cuando se agarraban los dos púgiles, King descargaba todo el peso de su cuerpo sobre su contrincante y se resistía a soltarse. Esto obligaba al árbitro a intervenir para separarlos, en lo cual hallaba las mayores facilidades por parte de Sandel, que todavía no había aprendido a descansar de este modo. El joven no podía dejar de emplear sus magníficos brazos ni su lozana musculatura. Cuando King se aferraba a él, clavándole el hombro en las costillas e introduciendo la cabeza bajo su brazo izquierdo, Sandel le golpeaba el rostro pasando su brazo derecho por detrás de su espalda. Era un castigo espectacular que provocaba murmullos de admiración en el público, pero sin ninguna eficacia. Por el contrario, sólo servía para hacer perder energías a Sandel. Éste, incansable, no se daba cuenta de que todo tiene un límite. King sonreía y no se apartaba de su prudente táctica.  </p>
<p>Sandel asestó un sonoro derechazo al cuerpo de King, que la masa de espectadores consideró como un rudo castigo, pero los pocos expertos que había en la sala percibieron el hábil movimiento del guante izquierdo de Tom, que tocó el bíceps de Sandel en el momento en que éste lanzaba el fuerte derechazo. Sandel repitió una y otra vez este golpe, consiguiendo que siempre llegara a su destino, pero nunca con eficacia, debido al ligero contragolpe de King. </p>
<p>En el noveno asalto, y en un solo minuto, Tom alcanzó con tres ganchos de derecha la mandíbula de Sandel, y las tres veces el corpachón del joven besó la lona y el árbitro hubo de contar hasta nueve. Sandel quedó aturdido y ligeramente conmocionado, pero conservaba las energías. Había perdido velocidad y economizaba sus fuerzas. Tenía el ceño fruncido, pero seguía contando con el arma más importante del boxeador: la juventud. El arma principal de King era la experiencia. Cuando empezó el declive de su vitalidad, cuando su vigor empezó a disminuir, lo reemplazó con la astucia, la sabiduría cosechada en mil combates y una escrupulosa economía de sus fuerzas. King no era el único que sabía eludir los movimientos superfluos, pero nadie como él poseía el arte de incitar al adversario a despilfarrar sus energías. </p>
<p>Una y otra vez, haciendo fintas con los pies, los puños y el cuerpo, siguió engañando a Sandel: obligándolo a saltar hacia atrás sin motivo, a esquivar golpes imaginarios, a lanzar inútiles contraataques. King descansaba, pero no daba descanso a su rival. Era la estrategia de un boxeador maduro. </p>
<p>Al iniciarse el décimo asalto, King detuvo las embestidas de Sandel con directos de izquierda a la cara, y Sandel, que ahora procedía con cautela, respondió esgrimiendo su izquierda, para bajarla en seguida, mientras lanzaba un gancho de derecha a la cara de Tom King. El golpe fue demasiado alto para resultar decisivo, pero King notó que ese negro velo de inconsciencia tan conocido por los boxeadores se extendía sobre su mente. Durante una fracción casi inapreciable de tiempo, Tom dejó de luchar. Momentáneamente, desaparecieron de su vista su adversario y el telón de fondo formado por las caras blancas y expectantes del público&#8230;, pero sólo momentáneamente. Le pareció que abría los ojos tras un sueño fugaz. El intervalo de inconsciencia fue tan breve, que no tuvo tiempo de caer. El público sólo lo vio vacilar y doblar las rodillas. Inmediatamente, Tom King se recuperó y ocultó más su barbilla en el refugio que le ofrecía su hombro izquierdo. </p>
<p>Sandel repitió varias veces este golpe, aturdiendo parcialmente a King. Pero el experto boxeador consiguió elaborar su defensa, que fue también una forma de contraatacar. Retrocediendo ligeramente sin dejar de hacer fintas con el brazo izquierdo, lanzó a Sandel un uppercut con toda la potencia de su puño derecho. Lo calculó con tanta precisión, que consiguió alcanzar de pleno la cara de Sandel cuando éste se agachaba haciendo un regate. El joven, levantado en vilo, cayó hacia atrás y fue a dar en la lona con la cabeza y la espalda. King repitió este golpe dos veces. Después dio rienda suelta a su acometividad y acorraló a su adversario contra las cuerdas, lanzando sobre él una lluvia de golpes. Sus puños funcionaron sin cesar hasta que el público, puesto en pie, le tributó una estruendosa salva de aplausos. Pero Sandel poseía una energía y una resistencia inagotables, y se mantenía en pie. Se mascaba el knock-out. Un capitán de policía, impresionado por el terrible castigo que recibía Sandel, se acercó al cuadrilátero para suspender el combate, pero en este preciso instante sonó el gong, señalando el fin del asalto, y Sandel regresó tambaleándose a su rincón, donde aseguró al capitán que estaba bien y conservaba las fuerzas. Para demostrarlo, dio un par de saltos, y el policía, convencido, volvió a sentarse. </p>
<p>Tom King, mientras descansaba en su rincón, jadeante, se decía, contrariado, que si el combate se hubiera suspendido, el árbitro se habría visto obligado a declararlo vencedor y la bolsa hubiera ido a parar a sus manos. A diferencia de Sandel, él no luchaba por la gloria ni para abrirse paso, sino para ganar treinta libras esterlinas. En aquel minuto de descanso, Sandel se recuperaría. </p>
<p>La juventud será servida&#8230; Esta frase cruzó como un relámpago por el cerebro de King. Se acordó también de la ocasión en que la oyó: fue la noche en que dejó fuera de combate a Stowsher Bill. El señorito que la había pronunciado tenía razón. Aquella noche, tan lejana ya, él encarnaba a la juventud. «Pero esta noche -se dijo- la juventud se sienta en el rincón de enfrente.» Ya llevaba media hora de pelea y los años le pesaban. Si hubiese luchado como Sandel, no hubiera resistido ni quince minutos. Lo peor era que no se recuperaba. Sus venas hinchadas y su corazón fatigado no le permitían recobrar las perdidas fuerzas en los descansos entre asalto y asalto. Las energías le faltarían ya desde el comienzo de los asaltos. Notaba las piernas pesadas y empezaba a sentir calambres. No debió haber hecho a pie aquellos tres kilómetros que mediaban desde su casa a la sala de deportes. Y para colmo de desdichas, aquel bistec que no se había podido comer aquella mañana y que tanto había deseado. Se despertó en él un odio terrible contra los carniceros que se habían negado a fiarle. Un hombre de sus años no podía boxear sin haber comido lo suficiente. ¿Qué era, al fin y al cabo, un bistec? Una insignificancia que valía unos cuantos peniques. Sin embargo, para él significaba treinta libras esterlinas. </p>
<p>Cuando el gong señaló el comienzo del undécimo asalto, Sandel se levantó impetuosamente, aparentando una gallardía que estaba muy lejos de poseer. King supo apreciar el justo valor de semejante actitud: se trataba de un farol tan antiguo como el mismo boxeo. Para no gastar fuerzas en balde, Tom se abrazó a su adversario. Luego, cuando lo soltó, permitió que el joven se pusiera en guardia. Esto era lo que King esperaba. Hizo una finta con la izquierda, consiguió que su contrincante se agachara para rehuirla, y al mismo tiempo le lanzó un gancho de derecha. Seguidamente King, retrocediendo un poco, asestó a Sandel un uppercut que lo alcanzó en plena cara y lo derribó. Después no le dio punto de reposo. Encajó mucho, pero pegó mucho más. Acorraló a Sandel contra las cuerdas mediante una serie de ganchos y con toda clase de golpes. Después de desprenderse de sus brazos, le impidió que lo volviera a abrazar, propinándole un directo cada vez que lo intentaba. Y cuando Sandel iba a caer, lo sostenía con una mano y lo golpeaba inmediatamente con la otra para arrojarlo contra las cuerdas, donde no le era posible desplomarse. </p>
<p>El público parecía haber enloquecido. Todos los espectadores, puestos en pie, lo animaban con sus gritos. </p>
<p>-¡Duro con él, Tom! ¡Ya es tuyo! ¡Lo tienes en el bolsillo! </p>
<p>Querían que el combate terminara con una lluvia de golpes irresistibles. Esto era lo que deseaban ver; para esto pagaban. </p>
<p>Y Tom King, que durante media hora había economizado sus fuerzas, las derrochó a manos llenas en lo que debía ser el esfuerzo final, un esfuerzo que no podría repetir. Era su única oportunidad. ¡Ahora o nunca! Las fuerzas lo abandonaban rápidamente, y todas sus esperanzas se cifraban en que, antes de que lo abandonasen del todo, habría conseguido que su adversario permaneciera tendido en la lona durante diez segundos. Y mientras seguía pegando y atacando, calculando fríamente la fuerza de sus golpes y el daño que causaban, comprendió lo difícil que era dejar a Sandel fuera de combate. La resistencia de aquel hombre, realmente extraordinaria, era la resistencia virgen de la juventud. Desde luego, Sandel tenía ante sí un futuro lleno de promesas. Él también lo tuvo. Todos los buenos boxeadores poseían el temple que demostraba Sandel.</p>
<p>Sandel retrocedía dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir calambres en las piernas y cuyos nudillos comenzaban a resentirse. Sin embargo, siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor que cada uno de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos, viejas y torturadas. Aunque en aquellos momentos no recibía ninguna réplica de su adversario, King se debilitaba a toda prisa, de modo que pronto su estado igualaría el de Sandel. No fallaba un solo golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno de ellos suponía para Tom un esfuerzo extraordinario. Sus piernas parecían de plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los partidarios de Sandel lo advirtieron y empezaron a dirigir gritos de aliento al joven boxeador. </p>
<p>Esto decidió a King a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi simultáneos: uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron demasiado fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó en la lona, donde quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre él y empezó a contarle al oído los segundos fatales. Si antes del décimo no se levantaba, habría perdido el combate. En la sala reinaba un silencio de muerte. King apenas se mantenía en pie sobre sus piernas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se balanceaba mientras a sus oídos llegaba, al parecer desde una distancia remotísima, la voz del árbitro que contaba los segundos. Pero consideraba el combate suyo. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse. </p>
<p>Solamente la juventud se podía levantar&#8230; Y Sandel se levantó. Al cuarto segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a tientas las cuerdas. Al séptimo segundo ya había conseguido incorporarse hasta quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura, mientras su aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando el árbitro gritó «¡nueve!» Sandel se levantó del todo, adoptando la adecuada posición de guardia, cubriéndose la cara con el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus puntos vitales, mientras avanzaba agachado hacia King, con la esperanza de agarrarse a él para ganar más tiempo. </p>
<p>Tan pronto como Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos golpes que le envió tropezaron con los brazos protectores. Acto seguido, Sandel se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separarlo, ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se recobraba la juventud y, al mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel sería suyo si podía evitar que se repusiera. Un enérgico directo lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no cabía duda. Él había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor experiencia que su contrincante, le llevaba ventaja de puntos. Sandel se desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la derrota y la supervivencia. Un buen golpe lo derribaría definitivamente, y, ante esta idea, Tom King, presa de súbita amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera tenido y contara con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus últimas energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni bastante rápido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con paso vacilante, retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas. King, también tambaleándose, lo siguió y, experimentando un dolor indescriptible, le asestó un nuevo golpe. Pero las fuerzas lo habían abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de luchador, turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido darlo más alto, pero sus cansados músculos no lo obedecieron. Y, por efecto del impacto, el propio Tom King retrocedió, dando traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo lo intentó. Esta vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su debilidad que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no desplomarse definitivamente a sus pies.</p>
<p>King ya no hizo nada por separarse. Había puesto toda la carne en el asador: ya no podía hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo notaba cómo Sandel iba recuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro los separó, King vio claramente cómo se recobraba su joven adversario. Segundo a segundo, Sandel se iba mostrando más fuerte. Sus directos, débiles y vacilantes al principio, cobraron dureza y precisión. Los ofuscados ojos de Tom King vieron el guante que se acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo. Vio el peligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba demasiado y no pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal de plomo. El brazo no quería levantarse y él deseó con toda su alma levantarlo. El guante de Sandel ya le había llegado a la cara. Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo eléctrico y el negro velo de la inconsciencia envolvió su mente. </p>
<p>Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el clamoreo del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi. Alguien le oprimía una esponja empapada contra la base del cráneo, y Sid Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le habían quitado ya los guantes y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No sintió rencor alguno hacia el hombre que lo había dejado fuera de combate, y le devolvió el apretón de manos tan cordialmente que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel se dirigió al centro del cuadrilátero y el griterío del público se acalló para oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y que proponía aumentar la apuesta a cien libras. King lo contemplaba, indiferente, mientras sus segundos secaban el agua que corría a raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por la cara y lo preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran debilidad, una serie de palpitaciones en la boca del estómago que repercutían en todo su cuerpo. Se acordó del momento en que había tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde del knock-out. ¡Ah, si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada habría salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec. </p>
<p>Sus segundos trataron de ayudarlo a pasar entre las cuerdas, pero él los apartó, se agachó y saltó solo al piso de la sala. Precedido por sus cuidadores, avanzó por el pasillo central abarrotado de público. Poco después, cuando salió de los vestuarios y se dirigió a la calle, se encontró con un muchacho que le dijo: </p>
<p>-¿Por qué no le pegaste de firme cuando lo tenías atontado?</p>
<p>-¡Vete al diablo! -le respondió Tom King mientras bajaba los escalones del portal. </p>
<p>Las puertas de la taberna de la esquina estaban abiertas de par en par. Tom King vio las luces cegadoras del local y las sonrientes camareras, y, entre el alegre tintineo de las monedas que saltaban en el mármol del mostrador, oyó diversas voces que comentaban el combate. Alguien lo llamó para invitarlo a una copa, pero él rechazó la invitación y siguió su camino. </p>
<p>No llevaba un céntimo encima. Los tres kilómetros que lo separaban de su casa le parecieron muy largos. Era evidente que envejecía. Cuando cruzaba el Dominio, se dejó caer de pronto en un banco. La idea de que su mujer estaría esperándolo, ansiosa de saber cómo había terminado el encuentro, lo sumió en una angustiosa desesperación. Esto era peor que un knock-out: no se sentía con fuerzas para mirarla a la cara. </p>
<p>Estaba desfallecido y amargado. El vivo dolor que sentía en los nudillos le hizo comprender que, aunque encontrase trabajo como peón de albañil, tardaría lo menos una semana en poder empuñar la pala o el pico. Las palpitaciones que le producía el hambre en la boca del estómago le hacían sentir náuseas. Una profunda desolación se apoderó de él y notó que sus ojos se llenaban de lágrimas incontenibles. Se cubrió la cara con las manos y lloró. Y mientras lloraba se acordó de la paliza que propinó a Stowsher Bill una noche ya lejana. ¡Pobre Stowsher Bill! Ahora comprendía por qué lloró aquella noche en los vestuarios.</p>

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		<title>La señora trude</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Apr 2010 17:46:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta semana un cuento de los hermanos Grimm.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>LA SEÑORA TRUDE</strong></p>
<p>Hace mucho tiempo vivía una niña obstinada y preguntona; desobedecía cualquier cosa que le dijeran sus padres, no le hacía caso a nadie.</p>
<p>Un día la niña les dijo a su papás: &#8220;He escuchado hablar de la señora Trude muchas veces y tengo ganas de ir con ella. Me dijeron que la señora Trude es muy extraña y tiene muchas cosas raras. No puedo quedarme tranquila si no visito esa casa, necesito ir para satisfacer mi curiosidad&#8221;.</p>
<p>Sus padres respondieron muy alterados y se lo prohibieron diciéndole: &#8220;La mujer Trude es una mujer mala y hace cosas extrañas. Si vas con ella te desconoceremos como nuestra hija&#8221;.</p>
<p>Pero la niña no hizo caso a sus padres y fue a la casa de la señora Trude.</p>
<p>La señora Trude vio llegar a la niña y le preguntó: &#8220;¿Qué te pasa, por qué estás pálida?&#8221;</p>
<p>La niña contestó temblando: &#8220;Vi algo que me dio mucho miedo&#8221;.</p>
<p>-¿Qué viste?</p>
<p>-Había un hombre negro en las escaleras</p>
<p>-Tan sólo era un carbonero</p>
<p>-También vi a una persona verde</p>
<p>-Era un cazador</p>
<p>-Luego vi a una persona roja como la sangre</p>
<p>-Era un carnicero</p>
<p>-¡Ah!, señora Trude, cuando me asomé por la ventana me dieron escalofríos porque vi a un diablo al que se le estaba quemando la cabeza y no a una señora.</p>
<p>La señora Trude contestó: &#8220;Ahora entiendo, tú viste a la bruja tal como es. Te estaba esperando y deseando desde hace mucho tiempo. Ahora tú me darás algo de luz&#8221;.</p>
<p>Dicho esto, la señora Trude transformó a la niña en un palo de madera y la arrojó al fuego. Mientras el palo de madera ardía resplandeciente, la señora Trude se sentó cerca del fuego para calentarse y exclamo: &#8220;Qué luminoso, qué luminoso&#8221;</p>
<p>La foto es de poyzindrink, este es su <a href="http://www.flickr.com/photos/poyzindrink/3835941088/in/photostream/">flickr</a></p>

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		<title>En las colinas, las ciudades</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Apr 2010 01:43:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Yugoslvia]]></category>

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		<description><![CDATA[Hasta la primera semana de su viaje por Yugoslavia, Mick no descubrió la clase de fanático político que había elegido como amante. Ciertamente se lo habían advertido. Una de aquellas reinas en los Baños le había dicho que Judd se encontraba a la derecha de Atila el Huno, pero aquel hombre había sido una de las anteriores aventuras de Judd, y Mick supuso que había más despecho que realidad en tal afirmación. Si le hubiera hecho caso no estaría ahora conduciendo por aquella interminable carretera un Volkswagen, que de pronto le parecía del tamaño de un ataúd...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/en-las-colinas-las-ciudades/"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el cuento de la semana esta extraña piezade terror de Clive Barker.</p>
<p>Juzguenla por ustedes mismos.</p>
<p>La foto es de Balam &#8211; Ha, este es su <a href="http://www.flickr.com/photos/balamha/">flickr</a>, donde hay pura foto de calidad</p>
<p style="text-align: center;"><strong>En las colinas, las ciudades </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Clive Barker<br />
</strong></p>
<p>Hasta la primera semana de su viaje por Yugoslavia, Mick no descubrió la clase de fanático político que había elegido como amante. Ciertamente se lo habían advertido. Una de aquellas reinas en los Baños le había dicho que Judd se encontraba a la derecha de Atila el Huno, pero aquel hombre había sido una de las anteriores aventuras de Judd, y Mick supuso que había más despecho que realidad en tal afirmación.</p>
<p>Si le hubiera hecho caso no estaría ahora conduciendo por aquella interminable carretera un Volkswagen, que de pronto le parecía del tamaño de un ataúd, escuchando las teorías de Judd sobre el expansionismo soviético. Jesús, era tan aburrido. No conversaba, daba conferencias, interminables conferencias. En Italia, el sermón había tratado del modo en que los comunistas habían explotado el voto de los campesinos. Ahora, en Yugoslavia, Judd se había entusiasmado con el tema, y Mick estaba a punto de pegarle con un martillo en su terca cabeza.</p>
<p>No se trataba de que él estuviera en desacuerdo con todo lo que Judd decía. Algunos de sus argumentos (los que Mick entendía) parecían bastante razonables. Pero, ¿qué sabía él? Era profesor de danza. Judd era periodista, un erudito profesional. Sentía, como la mayoría de los periodistas que Mick había conocido, que estaba obligado a tener una opinión sobre todo lo que se encontraba bajo el sol. Especialmente en política; era su plato preferido. Podías meter el hocico, los ojos, la cabeza y las patas en aquel charco de porquería y pasar un buen rato chapoteando. Era una inagotable materia que devorar, una basura con un poco de todo; porque todo, según Judd, era política. Las artes eran política. El sexo era política. La religión, el comercio, la jardinería, el comer, el beber, y el tirarse pedos: todo política.</p>
<p>Jesús, era aburrido hasta hacerte estallar la cabeza; criminalmente, agonizantemente aburrido.</p>
<p>Peor aún, Judd no parecía darse cuenta de hasta qué punto aburría a Mick, y si lo hacía, no le importaba. Seguía divagando mientras sus argumentos se hacían más y más pomposos, y sus frases se iban alargando cada kilómetro que avanzaba.</p>
<p>Judd –Mick lo había decidido– era un bastardo egoísta, y tan pronto como su luna de miel acabara, iba a dejarlo.</p>
<p>Hasta su viaje, aquella inacabable caravana sin motivo a través de los cementerios de la cultura centroeuropea, Judd no se dio cuenta de la poca influencia política que tenía sobre Mick. El tipo no mostraba el más mínimo interés en la economía o en la política de los países que habían visitado. Se mostraba indiferente a los detallados hechos que se escondían tras la situación italiana; y bostezaba, sí, bostezaba cuando él intentaba (sin éxito) debatir sobre la amenaza rusa a la paz mundial. Tenía que afrontar la amarga verdad: Mick era una reina; no existía otra palabra para él. De acuerdo en que quizá no era demasiado amanerado al caminar, o no llevaba joyas en exceso; pero, con todo, era una reina, feliz de revolcarse en un mundo de ensueño, repleto de frescos de principios del Renacimiento y de iconos yugoslavos. Las complejidades, contradicciones, incluso las agonías que habían hecho florecer y marchitar las culturas, le aburrían. Su mente no era más profunda que sus miradas; era un don nadie con buena presencia.</p>
<p>¡Vaya luna de miel!</p>
<p>La carretera sur que conducía desde Belgrado a Novi Pazar se encontraba, teniendo en cuenta el nivel yugoslavo, en buen estado. Había menos baches que en la mayoría de las carreteras por las que habían viajado, y era relativamente recta. La ciudad de Novi Pazar estaba en el valle del río Raska; el sur de la ciudad se llamaba como el río. No se trataba de una zona particularmente turística. A pesar del buen estado de la carretera, era bastante inaccesible y carecía de atractivos sofisticados; pero Mick estaba empeñado en ver el monasterio de Sopocani, al oeste de la ciudad, y tras una amarga discusión había vencido.</p>
<p>El viaje había sido tedioso. Al otro lado de la carretera, los campos cultivados parecían secos y polvorientos. El verano había sido inusualmente caluroso, y la sequía estaba afectando a la mayoría de los pueblos. Las cosechas se habían estropeado, y el ganado había sido prematuramente sacrificado para prevenir una muerte por desnutrición. Había una mirada de derrota en las pocas caras que vieron al lado de la carretera. Incluso los niños tenían una expresión austera; las cejas tan espesas como el viciado calor que caía sobre todo el valle. Ahora, con las cartas sobre la mesa tras la discusión que habían tenido en Belgrado, viajaban en silencio la mayor parte del tiempo; pero el trazado rectilíneo de la carretera, como todas las carreteras rectas, invitaba a la discusión. Cuando la conducción era sencilla, la mente buscaba algo para mantenerse entretenida. ¿Y qué mejor que una pelea?</p>
<p>–¿Por qué demonios quieres ver ese maldito monasterio? –preguntó Judd.</p>
<p>Era una invitación inconfundible.</p>
<p>–Hemos recorrido todo ese camino&#8230; –Mick intentó conservar un tono tranquilo. No estaba de humor para mantener una discusión.</p>
<p>–Más jodidas Vírgenes, ¿verdad?</p>
<p>Manteniendo la voz tan imperturbable como pudo, Mick cogió la guía y leyó en alta voz:</p>
<p>–&#8230; allí se puede ver y disfrutar de algunas de las más grandes obras de la pintura servia, incluida la que muchos críticos consideran la obra maestra de la escuela Raska: <em>El sueño de la Virgen.</em></p>
<p>Se hizo un silencio. Habló Judd:</p>
<p>–Estoy hasta aquí de iglesias.</p>
<p>–Es una obra maestra.</p>
<p>–Todas son obras maestras, según ese maldito libro.</p>
<p>Mick sintió que perdía el control.</p>
<p>–Dos horas y media como máximo&#8230;</p>
<p>–Te lo dije, no quiero ver otra iglesia; el olor de esos sitios me pone enfermo. Incienso pasado, sudor rancio, y mentiras&#8230;</p>
<p>–Es un pequeño rodeo; después podemos volver a la carretera y así me podrás dar otra conferencia sobre los subsidios de las granjas en Sandzak.</p>
<p>–Simplemente, intento mantener una conversación decente, en vez de seguir con esas tonterías acerca de las jodidas obras maestras servias.</p>
<p>–¡Para el coche!</p>
<p>–¿Qué?</p>
<p>–¡Que pares el coche!</p>
<p>Judd aparcó el Volkswagen a un lado de la carretera. Mick salió.</p>
<p>Hacía calor pero había una ligera brisa. Respiró profundamente, y avanzó hasta el centro del asfalto. Se encontraba vacía de coches y peatones en ambas direcciones. Vacía en cada dirección. Las colinas resplandecían en el calor entre los campos. Había amapolas salvajes en la cuneta. Mick cruzó la carretera, se puso en cuclillas y cogió una.</p>
<p>Detrás de él oyó el portazo del Volkswagen.</p>
<p>–¿Para qué hemos parado? –dijo Judd. Su voz estaba nerviosa, buscando aún discusión, suplicándola.</p>
<p>Mick permaneció de pie, jugando con la amapola.</p>
<p>Estaba a punto de germinar, aunque la estación estaba bien entrada. Los pétalos se desprendieron del receptáculo nada más tocarlos, pequeñas manchas rojas cayeron balanceándose sobre el gris alquitranado.</p>
<p>–Te he hecho una pregunta –dijo Judd de nuevo.</p>
<p>Mick se dio la vuelta. Judd estaba de pie en el lado más lejano del coche, sus cejas se fruncían dibujando una arruga de cólera incipiente. Pero estaba atractivo; oh, sí; una cara que hacía llorar de frustración a las mujeres cuando se enteraban de que era gay. Tenía un espeso bigote negro (perfectamente arreglado), y unos ojos que podías mirar eternamente y nunca ver en ellos la misma luz dos veces seguidas. ¿Por qué, en nombre de Dios, pensó Mick, un hombre tan guapo tenía que ser una pequeña mierda tan insensible?</p>
<p>Judd le devolvió una mirada desdeñosa, observando cómo aquel bonito muchacho hacía pucheros al otro lado de la carretera. Ver aquella escena que Mick estaba interpretando para él le hacía vomitar. Podía haber sido plausible en una virgen de dieciséis años. En un hombre de veinticinco, carecía de credibilidad.</p>
<p>Mick dejó caer la flor y se sacó la camiseta de los pantalones vaqueros. Un terso estómago primero y un esbelto y plano pecho después quedaron al descubierto mientras se quitaba la prenda. Tras sacar la cabeza, tenía el pelo despeinado y su boca dibujaba una amplia sonrisa. Judd miró el torso. Estaba bien proporcionado, sin demasiada musculatura. Una cicatriz de apendicitis se asomaba bajo sus gastados vaqueros. Una pequeña cadena de oro, brillante bajo el reflejo del sol, colgaba en el hueco de su garganta. Sin quererlo, devolvió la sonrisa a Mick, y una especie de paz se hizo entre ellos.</p>
<p>Mick estaba desabrochándose el cinturón.</p>
<p>–¿Quieres follar? –dijo sin perder la sonrisa.</p>
<p>–Es inútil –respondió, sin contestar a la pregunta.</p>
<p>–¿A qué te refieres?</p>
<p>–No somos compatibles.</p>
<p>–¿Quieres apostar?</p>
<p>Se había bajado la cremallera; se dirigió hacia el trigal que bordeaba la carretera.</p>
<p>Judd observó cómo Mick se envolvía en aquel mar oscilante. Su espalda, del mismo color que el grano, casi se confundía con él. Retozar al aire libre era un juego peligroso; esto no era San Francisco, ni siquiera Hampstead Heath. Judd miró nervioso la carretera. Aún seguía desierta en ambas direcciones. Y Mick se daba la vuelta, hundido en aquel campo, se volvía, sonreía y saludaba como un nadador flotando entre un dorado oleaje. Qué demonios&#8230; allí no había nadie que pudiera verlos, nadie que pudiera saberlo. Tan sólo las colinas, liquidas bajo aquella agobiante calina, con sus arboladas laderas inclinadas sobre la tierra; y un perro perdido, sentado al borde de la carretera, esperando algún perdido amo.</p>
<p>Judd siguió la senda de Mick a través del trigal, desabrochando su camisa mientras andaba. Un ratón de campo pasó ante él escabulléndose entre los tallos, mientras el gigante avanzaba por su camino, sintiendo sus pisadas como estruendos. Judd se dio cuenta de su pánico y sonrió. No quería hacerle daño, pero ¿cómo iba él a saberlo? Era posible que acabara con cientos de vidas, ratones, escarabajos, gusanos, antes de llegar al lugar donde Mick estaba tendido, desnudo con la polla tiesa, sobre una cama de grano pisoteado; aún sonriente.</p>
<p>Fue una relación satisfactoria la que tuvieron, buena, fuerte, igual de placentera para ambos; había una precisión en su pasión, sintiendo el momento en que el placer, que llegaba sin esfuerzo alguno, se hacía apremiante; cuando el deseo se convertía en necesidad. Se hicieron uno, miembro con miembro, lengua con lengua, entrelazados en un nudo que sólo el orgasmo podía desatar. Sus espaldas se abrasaban, y se arañaban alternativamente mientras rodaban intercambiando jadeos y besos. En el momento culminante de la situación, mientras se corrían juntos, oyeron el fut-fut-fut de un tractor que pasaba de largo; pero no se preocuparon en absoluto.</p>
<p>Volvieron al Volkswagen con el cuerpo cubierto de trigo, en el pelo y las orejas, en los calcetines, y entre los dedos de los pies. Sus amplias sonrisas se habían convertido en una leve expresión de felicidad. La tregua, si no permanente, al menos duraría unas cuantas horas.</p>
<p>El coche estaba ardiendo debido al calor, por lo que tuvieron que abrir todas las puertas y ventanas para que la brisa lo refrescara antes de reemprender la marcha hacia Novi Pazar. Eran las cuatro en punto y todavía les quedaba una hora de viaje.</p>
<p>Mientras entraban en el coche, Mick dijo:</p>
<p>–¿Olvidamos el monasterio, eh?</p>
<p>Judd se quedó boquiabierto.</p>
<p>–Pensé&#8230;</p>
<p>–&#8230; Que no podría soportar otra jodida virgen.</p>
<p>Se rieron alegremente. Después se besaron, paladeando en sus bocas una mezcla de saliva y un resto de sabor a semen salado.</p>
<p>El día siguiente era brillante aunque no particularmente caluroso. El cielo no era azul: estaba cubierto por una capa uniforme de nubes blancas. El aire de la mañana tenía un olor penetrante, como éter o hierbabuena.</p>
<p>Vaslav Jelovsek observaba cómo los pichones de la plaza mayor cortejaban la muerte mientras saltaban y aleteaban entre los vehículos que rugían a su alrededor. Algunos eran militares, otros civiles. Se respiraba un aire de sobriedad que apenas podía contener la excitación que sentía en ese día, una excitación que sabía compartida por cada hombre, cada mujer y cada niño de Popolac. Compartido por los pichones también, según veía. Podía ser ésa la razón por la que jugueteaban bajo las ruedas con tal destreza, sabiendo que ese día nada podría causarles daño.</p>
<p>Miró el cielo de nuevo, ese mismo cielo blanco que había estado observando desde el amanecer. La capa de nubes estaba baja; no era lo más idóneo para celebraciones. Una frase le vino a la cabeza, una frase inglesa que había oído a un amigo: «tener la cabeza en las nubes». Significaba, según había sabido, encontrarse absorto en un blanco, ciego sueño. Eso, pensó irónicamente, era todo lo que el oeste sabía de las nubes, que representaban los sueños. Aquel refrán adquiría en esas escondidas colinas un nuevo significado. ¿No se convertían aquellas frívolas palabras en una impresionante realidad? Un refrán vivo.</p>
<p>Una cabeza en las nubes.</p>
<p>El primer contingente ya se estaba reuniendo en la plaza. Había una o dos ausencias debido a enfermedad, pero los auxiliares se encontraban listos, esperando para reemplazarles. ¡Qué ansia! Aquellas amplias sonrisas cuando un auxiliar, hombre o mujer, escuchaba su nombre y número y salía de la fila para unirse al miembro que ya estaba tomando forma. En cada lugar se sucedían los milagros de organización. Todo el mundo tenía un trabajo que hacer y un sitio a donde ir. No había gritos ni empujones: es más, las voces apenas eran un ilusionado susurro. Permaneció observando con admiración cómo el trabajo de establecer las posiciones, de doblarse y atarse se llevaba a cabo.</p>
<p>Iba a ser un día largo y difícil. Vaslav se encontraba en la plaza desde un hora antes del amanecer, bebiendo café en tazas de plástico importadas, hablando de los partes meteorológicos que llegaban cada media hora de Pristina y Mitrovica, y observando cómo la luz del día se filtraba a través de aquel cielo sin estrellas. Estaba bebiendo su sexto café del día, y apenas eran las siete en punto. Al otro lado de la plaza, Metzinger parecía tan cansado y ansioso como Vaslav.</p>
<p>Habían estado observando juntos cómo surgía el amanecer desde el este. Pero ahora se habían separado olvidando su anterior camaradería y no volverían a hablarse hasta que la contienda hubiera acabado. Después de todo, Metzinger era de Podujevo. Tenía que apoyar a su propia ciudad en la inminente batalla. Mañana intercambiarían sus historias y aventuras, ahora debían comportarse como si no se conocieran, sin dedicarse siquiera una sonrisa. Durante el día de hoy tenían que ser totalmente partisanos, preocupándose tan sólo de buscar la victoria de su propia ciudad sobre la contraria.</p>
<p>Para mutua satisfacción de Metzinger y Vaslav, ya se había levantado la primera pierna de Popolac. Una vez realizados todos los controles de seguridad, la pierna abandonó la plaza mientras su inmensa sombra caía inmensa sobre la fachada del ayuntamiento.</p>
<p>Vaslav bebió su dulce, dulce café y se permitió un pequeño gruñido de satisfacción. Qué días. Días llenos de gloria, de banderas ondulantes y aquellas altísimas vistas que revolvían el estómago, suficientes para llenar toda la vida de un hombre. Era un dorado anticipo del cielo.</p>
<p>Que América gozara de sus simples placeres, de sus dibujos animados con ratones, de sus castillos cubiertos de chocolate, de sus cultos y su tecnología, él no quería ninguno de ellos. La más grandiosa maravilla del mundo se encontraba aquí, oculta en las colinas.</p>
<p>¡Ah, qué días!</p>
<p>En la plaza mayor de Podujevo la escena no era menos animada ni menos inspiradora. Quizás había un mudo sentimiento de tristeza subyacente en este día de celebración, pero era comprensible. Nita Obrenovic, la amada y respetada organizadora de Podujevo, ya no vivía. Se la había llevado el invierno anterior, a la edad de noventa y cuatro años, dejando a la ciudad desprovista de sus feroces opiniones y sus aún más feroces proporciones. Durante sesenta años había trabajado con los ciudadanos de Podujevo, siempre planeando la próxima contienda; mejorando los diseños, gastando sus energías en hacer la siguiente creación más ambiciosa y más realista que la anterior.</p>
<p>Ahora estaba muerta, y era amargamente añorada. No es que hubiera desorganización sin ella, la gente estaba demasiado disciplinada para que eso ocurriera; pero iban retrasados, y eran casi las siete y veinticinco. La hija de Nita había ocupado el lugar de su madre, pero carecía de su poder para galvanizar a la gente en la acción. Era, en una palabra, demasiado benévola para llevar a cabo el trabajo que tenía entre manos. Éste requería un líder que fuera mitad profeta, mitad director de circo para engatusar, intimidar e inspirar a los ciudadanos a colocarse en sus lugares correspondientes. Era posible que después de dos o tres décadas, y con unas cuantas batallas sobre sus hombros la hija de Hita Obrenovic diera la talla. Pero hoy Podujevo iba con retraso; los controles de seguridad se descuidaban; los nervios habían reemplazado la confianza de otros años.</p>
<p>Con todo, cuando faltaban seis minutos para las ocho, el primer miembro de Podujevo salía de la ciudad hacia el punto de reunión para esperar a su compañero.</p>
<p>A esa hora, en Popolac, los flancos ya estaban ensamblados y los contingentes armados esperaban órdenes en la plaza de la ciudad.</p>
<p>Mick se despertó puntualmente a las siete, a pesar de que no había despertador en el cuarto austeramente amueblado del hotel Beograd. Se quedó tendido en la cama escuchando la regular respiración de Judd desde su cama gemela al otro lado de la habitación. La pálida luz del día que se filtraba a través de las finas cortinas no animaba a efectuar una salida temprana. Tras unos minutos en que permaneció observando la rajada pintura del techo y un tosco crucifijo colgado sobre la pared opuesta, Mick se levantó y se acercó a la ventana. Era un día triste, como había supuesto. El cielo estaba cubierto y los tejados de Novi Pazar parecían grises y monótonos bajo la deprimente luz de la mañana. Más allá de los tejados podía ver las colinas. El sol estaba allí. Vio rayos de luz acariciando el verde azulado del bosque, invitando a visitar sus laderas.</p>
<p>Hoy quizá fueran hacia el sur, a Kosovska Mitrovica. Allí había un mercado, ¿no?; ¿y un museo? Podían bajar hasta el valle de Ibar, siguiendo la carretera que corría paralela al río, donde las colinas se elevaban salvajes y resplandecientes a cada lado. Las colinas, sí; había decidido que hoy irían a ver las colinas.</p>
<p>Eran las ocho y cuarto.</p>
<p>Hacia las nueve, las partes más importantes de Polac y Podujevo se encontraban casi montadas. En sus lugares asignados, los miembros de ambas ciudades se encontraban listos, esperando unirse a sus torsos expectantes.</p>
<p>Vaslav Jelovsek puso sus enguantadas manos sobre los ojos y examinó el cielo. Las compactas nubes se habían dispersado un tanto en la última hora, ahora había claros en el oeste. Incluso, a intervalos, se asomaban algunos rayos de sol. Quizá no fuera un día perfecto para la batalla, pero era ciertamente adecuado.</p>
<p>Mick y Judd desayunaron tarde <em>hemendeks </em>–tosca traducción de jamón y huevos– y varias tazas de buen café negro. El día se estaba aclarando, incluso en Novi Pazar, y tenían grandes proyectos para aquel día. Kosovska Mitrovica a la hora de la comida y era posible que visitaran el castillo de Zvecan por la tarde.</p>
<p>Sobre las nueve y media salían de Novi Pazar y tomaban la carretera sur hacia el valle de Ibar. El asfalto no estaba en buen estado, pero ni las sacudidas ni los baches podían estropear el nuevo día.</p>
<p>La carretera se encontraba vacía, sólo había algún peatón ocasional; y, en lugar de los maizales y campos de trigo que habían atravesado el día anterior, la carretera estaba flanqueada por unas onduladas colinas cuyas laderas estaban pobladas por espesos y oscuros bosques. Aparte de algunos cuantos pájaros no observaron vida salvaje. Incluso sus inhabituales compañeros de viaje desaparecieron totalmente después de unos kilómetros. Las únicas granjas por las que pasaron se encontraban cerradas, con las contraventanas echadas. Cerdos negros correteaban por el patio, sin ningún niño que los cuidara o les diera de comer. Había ropa colgada de una cuerda poco tensa, pero no se veía ninguna mujer por ningún lado.</p>
<p>Al principio este solitario viaje a través de las colinas fue refrescante por la falta de contacto humano, pero según avanzaba la mañana una cierta inquietud se apoderó de ellos.</p>
<p>–¿No deberíamos haber visto una señal que indicase Mitrovica, Mick?</p>
<p>Echó un vistazo al mapa.</p>
<p>–Es posible&#8230;</p>
<p>–&#8230; Nos hemos equivocado de carretera.</p>
<p>–Si hubiera habido una señal la habría visto. Creo que deberíamos intentar salir de esta carretera, avanzar hacia el sur un poco más, y encontrar el valle un poco más cerca de Mitrovica de lo que habíamos planeado.</p>
<p>–¿Y cómo salimos de esta maldita carretera?</p>
<p>–Hemos pasado por un par de desvíos.</p>
<p>–Pistas de ceniza.</p>
<p>–Bien, o eso, o seguimos por este camino.</p>
<p>Judd frunció los labios.</p>
<p>–¿Tienes un cigarrillo? –preguntó.</p>
<p>–Los acabamos hace varios kilómetros.</p>
<p>Frente a ellos, las colinas formaban una línea impenetrable. No había señales de vida; ni el más ligero rastro de humo salía de chimenea alguna. No se percibía ningún sonido, ni de voz ni de vehículo.</p>
<p>–De acuerdo –dijo Judd–. Tomaremos la siguiente desviación. Cualquier cosa es mejor que esto.</p>
<p>Siguieron avanzando. La carretera se deterioraba rápidamente. Los baches se estaban convirtiendo en cráteres y los morosos parecían cuerpos bajo las ruedas.</p>
<p>Y entonces:</p>
<p>–¡Allí!</p>
<p>Una desviación: una ostensible desviación. No se trataba ciertamente de una carretera principal, de hecho apenas era una pista de ceniza, como Judd había definido las anteriores. Pero era una salida a la perspectiva sin fin de la carretera en que se encontraban atrapados.</p>
<p>–Esto se está convirtiendo en un jodido safari –dijo Judd mientras el Volkswagen comenzaba a dar sacudidas y a avanzar con dificultad por aquel lúgubre camino.</p>
<p>–¿Dónde está tu sentido de la aventura?</p>
<p>–Olvidé meterlo en el equipaje.</p>
<p>Estaban comenzando a ascender; el camino serpenteaba entre aquellas laderas introduciéndose entre las colinas. El bosque se iba espesando, ocultando el cielo, por lo que una confusa variedad de luces y sombras se proyectaba sobre el capó del coche. Se oyó el canto de un pájaro, vacuo y optimista. Olía a pino fresco y a tierra virgen. Delante de ellos, un zorro cruzó el camino, permaneció observando cómo el coche avanzaba, traqueteando, hacia él. Entonces, con el pausado y largo paso de un príncipe sin miedo, desapareció tranquilamente entre los árboles.</p>
<p>A dondequiera que se dirigieran –pensó Mick– esto era mejor que la carretera que habían dejado. Era posible que pararan pronto, anduvieran un rato y se encontraran un promontorio desde el que podrían ver el valle; incluso Novi Pazar, asentada tras ellos.</p>
<p>Los dos hombres se encontraban todavía a una hora de viaje de Popolac, cuando la cabeza del contingente salía, al fin, de la plaza para ocupar su sitio encima del cuerpo principal.</p>
<p>Esta última salida dejó la ciudad completamente desierta. Ni siquiera los enfermos o los viejos eran olvidados aquel día; a nadie se le negaba el espectáculo y el triunfo de la batalla. Cada habitante, fuera joven o enfermo, los ciegos, los lisiados, los bebés, las mujeres embarazadas, todos salían de su orgullosa ciudad para dirigirse al prado. Era la ley y debían asistir: pero no era necesario obligarles; ningún ciudadano de cada respectiva ciudad se habría perdido la oportunidad de contemplar el espectáculo, para experimentar la emoción de la batalla.</p>
<p>La confrontación debía ser total, ciudad contra ciudad. Así había sido siempre.</p>
<p>Las ciudades subieron hacia las colinas. A mediodía, los habitantes de Popolac y Podujevo se encontraban reunidos en el secreto refugio de las colinas, ocultos a toda mirada civilizada, para celebrar una antigua batalla ritual.</p>
<p>Decenas de miles de corazones latían más rápido. Decenas de miles de cuerpos se estiraban, se tensaban y sudaban mientras las ciudades gemelas tomaban posiciones. Las sombras de los cuerpos oscurecían extensiones de tierra del tamaño de pequeñas ciudades; el peso de sus pies convertía la hierba en leche verde; su movimiento mataba animales, aplastaba arbustos y derribaba árboles. La tierra retumbaba, literalmente, a su paso. Las colinas resonaban al estruendo de sus pisadas.</p>
<p>En el elevado cuerpo de Podujevo, comenzaron a hacerse evidentes algunas dificultades técnicas. Una ligera grieta en la estructura del flanco izquierdo había producido cierta debilidad: como consecuencia, surgieron problemas en el mecanismo giratorio de las caderas. Estaba más rígido de lo que debía, por lo que los movimientos no eran suaves. Como resultado, existía un excesivo esfuerzo en esa región de la ciudad. Se estaba haciendo frente a este problema con gran valor; después de todo, la batalla consistía en presionar a los contendientes hasta el límite. Pero éste se encontraba más cerca de romperse de lo que cualquiera se hubiera atrevido a admitir. Los habitantes no eran tan resistentes como lo habían sido en batallas anteriores. Una mala década de cosechas había producido cuerpos mal nutridos, columnas vertebrales menos flexibles, voluntades menos resueltas. El flanco mal ensamblado podría no haber producido un accidente por sí mismo, pero, más tarde, debilitado por la fragilidad de los competidores, iba a producir una escena de muerte a una escala sin precedentes.</p>
<p>Pararon el coche.</p>
<p>–¿Has oído eso?</p>
<p>Mick sacudió la cabeza. Su oído no era bueno desde la adolescencia. Demasiados conciertos de rock habían mandado sus tímpanos al infierno.</p>
<p>Judd salió del coche.</p>
<p>Los pájaros estaban ahora más tranquilos. El ruido que había escuchado mientras conducía se oyó de nuevo. No era simplemente un ruido: era casi un movimiento en la tierra, un rugido que parecía surgir de las entrañas de las colinas.</p>
<p>¿Era un trueno?</p>
<p>No, demasiado rítmico. El sonido volvió de nuevo a través de las plantas de los pies.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Mick lo oyó ahora. Sacó la cabeza por la ventana del coche.</p>
<p>–Viene de algún sitio de ahí arriba. Ahora lo oigo.</p>
<p>Judd asintió.</p>
<p>Bum.</p>
<p>El estruendo sonó de nuevo.</p>
<p>–¿Qué demonios es eso? –dijo Mick.</p>
<p>–Sea lo que sea, quiero verlo.</p>
<p>Judd, sonriendo, volvió a entrar en el Volkswagen.</p>
<p>–Suena casi como a armas de fuego –dijo mientras arrancaba el coche–. Cañones.</p>
<p>A través de sus prismáticos fabricados en Rusia, Vaslav Jelovsek observó cómo el oficial encargado de dar la salida levantaba su pistola. Vio cómo la blanca humareda salía del cañón; un segundo más tarde, oyó el sonido del disparo a través del valle.</p>
<p>La contienda había comenzado.</p>
<p>Miró las torres gemelas de Popolac y Podujevo. Cabezas en las nubes –bueno, casi–. Prácticamente se estiraban para tocar el cielo. Era una visión imponente que cortaba la respiración, una visión que apuñalaba el sueño. Dos ciudades oscilando, retorciéndose, preparándose para dar los primeros pasos la una hacia la otra en esta batalla ritual.</p>
<p>Podujevo parecía ser la menos estable de las dos. Hubo una pequeña oscilación cuando la ciudad levantó su pierna izquierda para comenzar la marcha. Nada serio, tan sólo una pequeña dificultad en la coordinación entre la cadera y los músculos del muslo. Un par de pasos y la ciudad encontraría su ritmo; otro más y sus habitantes se moverían como si fuera una sola criatura, un gigante perfecto dispuesto a enfrentar su gracia y su poder contra su propia imagen.</p>
<p>El disparo hizo que los pájaros revolotearan nerviosos sobre los árboles que poblaban el escondido valle. Elevaron su vuelo como celebración de la gran contienda, comentando su excitación mientras planeaban sobre el prado.</p>
<p>–¿Has oído el disparo? –preguntó Judd.</p>
<p>Mick asintió.</p>
<p>–¿Ejercicios militares&#8230;? –La sonrisa de Judd se ensanchó. Ya podía ver los titulares: «Reportaje exclusivo sobre maniobras secretas en el interior de Yugoslavia». Tanques rusos quizás, ejercicios tácticos llevados a cabo fuera de la entrometida mirada de occidente. Con suerte, él podría ser el transmisor de esta noticia.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Había pájaros en el aire. El estruendo se oía más fuerte.</p>
<p>Sonaba como a armas de fuego.</p>
<p>–Debe ser en la próxima cresta&#8230; –dijo Judd.</p>
<p>–Creo que no deberíamos ir más lejos.</p>
<p>–Tengo que verlo.</p>
<p>–Yo no. Es de suponer que no deberíamos estar aquí.</p>
<p>–No veo ninguna indicación.</p>
<p>–Nos echarán; nos deportarán. No sé&#8230; tan sólo creo que&#8230;</p>
<p>Bum.</p>
<p>–Tengo que verlo.</p>
<p>Apenas habían salido estas palabras de su boca cuando comenzó el griterío.</p>
<p>Podujevo estaba gritando: un grito de muerte. Alguien enterrado en el flanco más débil había muerto a causa del esfuerzo, y había iniciado una cadena de desmoronamiento en el sistema. Un hombre soltaba a su vecino, y ese vecino al suyo, extendiéndose un cáncer de caos por todo el cuerpo de la ciudad. La cohesión de la estructura de la torre se había deteriorado con una terrible rapidez; el fallo de una parte de la anatomía ejercía una inaguantable presión sobre la otra.</p>
<p>La obra maestra que los buenos ciudadanos de Podujevo habían construido con su propia carne y su propia sangre comenzó a tambalearse; entonces, como un rascacielos dinamitado, comenzó a caer.</p>
<p>El flanco roto vomito a sus habitantes como una arteria acuchillada escupiendo sangre. En aquel momento, con una elegante pereza que hizo sufrir a sus ciudadanos la más terrible de las agonías, se inclinó sobre la tierra, quebrando, mientras caía, todos sus miembros.</p>
<p>La enorme cabeza, que hacía tan sólo un momento había acariciado las nubes, se echó hacia atrás sobre su grueso cuello. Diez mil gargantas emitieron un solo grito por aquella vasta boca; una inarticulada, infinitamente lastimosa súplica al cielo. Un aullido de pérdida, un aullido de anticipación, un aullido de perplejidad. ¿Cómo, inquiría aquel grito, podía, «el día entre los días» acabar así, en una confusión de cuerpos derrumbándose?</p>
<p>–¿Has oído eso?</p>
<p>Era un sonido inequívocamente humano, aunque ensordecedoramente fuerte. A Judd se le retorció el estómago. Miró a Mick, que estaba blanco como una sábana.</p>
<p>Judd paró el coche.</p>
<p>–No –dijo Mick.</p>
<p>–Escucha, por amor de Dios.</p>
<p>Un estruendo de gemidos moribundos, súplicas e imprecaciones inundó el aire. Estaba muy cerca.</p>
<p>–Tenemos que irnos –imploró Mick.</p>
<p>Judd sacudió la cabeza. Estaba esperando algún espectáculo militar –todo el ejército ruso concentrado sobre la siguiente colina–, pero aquel sonido que retumbaba en sus oídos era un sonido de carne humana, demasiado humano para definirlo con palabras. Le recordó sus visiones infantiles del infierno; aquellos eternos, horribles tormentos con los que su madre le había amenazado si dejaba de abrazar a Cristo. Era un terror que había olvidado durante veinte años. Y, repentinamente, aquí estaba otra vez; de nuevo ante él. Era posible que el infierno estuviera con sus fauces abiertas tras el horizonte próximo; su madre, al borde de aquel abismo, invitándole a probar sus tormentos.</p>
<p>–Si tú no conduces, lo haré yo.</p>
<p>Mick salió del coche, y lo cruzó por la parte anterior, mirando hacia el camino. Hubo un momento de duda, nada más que un momento, en que sus ojos parpadearon con incredulidad. Antes de que diera la vuelta hacia el limpiaparabrisas, su cara se puso más pálida, incluso, de lo que había estado previamente, y, con una voz apagada por una náusea contenida, dijo:</p>
<p>–¡Cielo santo!</p>
<p>Su amigo estaba sentado tras el volante, con la cabeza entre las manos, intentando hacer desaparecer sus recuerdos.</p>
<p>–Judd&#8230;</p>
<p>Judd levantó la cabeza lentamente. Mick se quedó fijamente observándole como si fuera un hombre salvaje; su cara brillaba por un repentino sudor helado. Judd miró delante de él. Unos metros más arriba, el camino se había oscurecido misteriosamente. Una especie de torrente avanzaba hacia el coche, una espesa, profunda marea de sangre. La razón de Judd se revolvió intentando encontrar sentido a aquella visión. Pero no había alternativa posible. Aquello era sangre, en insufrible cantidad, sangre sin fin.</p>
<p>Y ahora, en la brisa había un gusto a cadáver recién abierto: un olor que salía de las entrañas del cuerpo humano, mitad dulce, mitad salado.</p>
<p>Mick volvió tropezando hacia la puerta del Volkswagen; asustado, forcejeó la cerradura. La puerta se abrió repentinamente y se abalanzó al interior; sus ojos estaban vidriosos.</p>
<p>–Da la vuelta –dijo.</p>
<p>Judd acercó la mano a la llave de contacto. La marea de sangre ya estaba manchando las ruedas delanteras. Arriba, el mundo se había teñido de rojo.</p>
<p>–¡Arranca, hijo de puta, arranca!</p>
<p>Judd no estaba intentando poner en marcha el coche.</p>
<p>–Debemos mirar –dijo sin convicción–. Tenemos que hacerlo.</p>
<p>–No tenemos que hacer nada –dijo Mick– más que salir de aquí. No es asunto nuestro&#8230;</p>
<p>–Un accidente de avión&#8230;</p>
<p>–No se ve humo.</p>
<p>–Eso son voces humanas.</p>
<p>El instinto de Mick le decía que se alejaran de allí. Ya leería la noticia de la tragedia en un periódico, ya vería mañana las imágenes grises y granuladas. Hoy todo estaba demasiado fresco, demasiado reciente.</p>
<p>Podía haber cualquier cosa al final del camino, sangrando.</p>
<p>–Tenemos&#8230;</p>
<p>Judd arrancó el coche mientras Mick, a su lado, comenzó a gemir silenciosamente. El Volkswagen empezó a avanzar chapoteando en aquel río de sangre. Las ruedas giraban sobre el liquido viscoso, formando espuma en la corriente.</p>
<p>–No –dijo Mick muy suavemente–. Por favor, no&#8230;</p>
<p>–Debemos ir –replicó Judd–. Debemos. Debemos.</p>
<p>Tan sólo unos metros más allá, la superviviente ciudad de Popolac se recobraba de las primeras convulsiones. Miró fijamente, con un millar de ojos, los restos de su enemigo ritual ahora extendido en una maraña de cuerdas y cuerpos sobre la tierra, hecho pedazos para siempre. Popolac se tambaleó ante aquel espectáculo; sus vastas piernas aplastaban el bosque que rodeaba el prado, sus brazos golpeaban el aire. Consiguió mantener el equilibrio, al mismo tiempo que una locura general, despertada por el horror que se encontraba a sus pies, surgía entre sus fibras y se apoderaba de su cerebro. Se dio la orden: el cuerpo se revolvió, retorciéndose, dio la espalda a aquella horripilante alfombra que había sido Podujevo, y huyó hacia las colinas.</p>
<p>Mientras partía a sumirse en el olvido, su imponente forma se interpuso entre el coche y el sol, proyectando su fría sombra sobre la ensangrentada carretera. Mick no vio nada debido a las lágrimas que cubrían su rostro; y Judd, con los ojos semicerrados por el temor al espectáculo que iba a contemplar tras la siguiente curva, sólo percibió débilmente que algo oscurecía la luz. Una nube, quizás. Una bandada de pájaros.</p>
<p>Si hubiera mirado hacia arriba en ese momento, tan sólo una breve mirada hacia el noreste, habría visto la cabeza de Popolac; la vasta, multitudinaria cabeza de una ciudad enloquecida, desapareciendo de su campo de visión, mientras se hundía en las colinas. Habría sabido que este territorio se encontraba más allá de su comprensión; y que no existía salvación alguna en este rincón del infierno. Pero no vio la ciudad, y la última posibilidad, para, él y para Mick, de dar marcha atrás había pasado. De ahora en adelante, como Popolac y su fallecida gemela, habían perdido la cordura y toda esperanza de vida.</p>
<p>Doblaron la curva y los restos de Podujevo aparecieron ante su vista.</p>
<p>Sus domesticadas imaginaciones nunca podrían haber concebido un espectáculo tan horriblemente brutal.</p>
<p>Quizás en los campos de batalla de Europa hubiera habido semejante cantidad de cuerpos amontonados juntos: pero ¿cuántos de ellos habrían sido de mujeres y niños abrazados a los cuerpos inertes de los hombres? Podían haber existido pilas de muertos tan altas, pero ¿semejante cantidad, tan recientemente llena de vida? Era posible que se hubieran aniquilado ciudades con tanta rapidez, pero ¿una ciudad entera perdida por el simple dictado de la gravedad?</p>
<p>Era una visión que se encontraba más allá de la enfermedad. Ante un espectáculo de tal magnitud la mente se ralentizaba al paso de un caracol, las fuerzas de la razón ponían sus meticulosas manos sobre la evidencia buscando algún error, un lugar donde dijera: «Esto no está sucediendo. Esto es un sueño de muerte, no la muerte misma». Pero la razón no podría encontrar ningún resquicio en el muro. Era verdad. Se trataba de la muerte en persona.</p>
<p>Podujevo había caído.</p>
<p>Treinta y ocho mil setecientos sesenta y cinco habitantes se encontraban esparcidos sobre el suelo, o más bien desparramados en desorden, amontonados en pilas. Aquellos que no habían muerto a causa de la caída, o por asfixia, estaban agonizando. No había supervivientes en la ciudad, excepto un grupo de espectadores que habían salido de sus casas para asistir a la contienda. Esos pocos podujevianos, los inválidos, los enfermos, unos cuantos ancianos, estaban ahora –como Mick y Judd– contemplando la carnicería; intentando no creer lo que estaban viendo.</p>
<p>Judd fue el primero en salir del coche. La tierra, bajo sus zapatos de ante, estaba pegajosa por la sangre coagulada. Examinó la carnicería. No había restos de accidente alguno: ningún signo de explosión, fuego u olor a combustible. Sólo decenas de miles de cuerpos frescos, todos ellos desnudos o vestidos en un idéntico gris estameño, hombres, mujeres y niños. Algunos de ellos, según pudo ver, llevaban arreos de cuero fuertemente abrochados alrededor de sus pechos; de estos dispositivos salían cuerdas, kilómetros y kilómetros de cuerdas. Cuanto más cerca miraba, más se cercioraba del extraordinario sistema de nudos y lazos que aún mantenía unidos los cuerpos. Por alguna razón, esta gente había sido atada junta, la una al lado de la otra. Algunos se encontraban unidos a la espalda de su vecino con una pierna a cada lado como niños jugando a montar a caballo. Otros estaban trabados brazo contra brazo, atados juntos con trozos de cuerdas en un muro de músculo y hueso. Los había liados como una pelota, con la cabeza hundida entre las rodillas. Todos estaban de algún modo conectados con sus compañeros; atados juntos como si de algún demente juego de esclavitud colectiva se tratara.</p>
<p>Se oyó otro disparo.</p>
<p>Mick miró hacia arriba.</p>
<p>Al otro lado del campo, un hombre solitario, vestido con un abrigo gris, caminaba entre los cuerpos con un revólver, rematando a los moribundos. Era un –lastimosamente inadecuado– acto de misericordia; sin embargo, continuaba, eligiendo primero a los niños que sufrían. Vaciando el revólver, cargándolo de nuevo, vaciándolo, cargándolo, vaciándolo&#8230;</p>
<p>Mick reacciono.</p>
<p>Gritó con todas sus fuerzas, elevando su voz por encima de los gemidos de los moribundos.</p>
<p><em>–¿Qué es esto?</em></p>
<p>El hombre dejó aquella espantosa tarea y levantó la cabeza. Su cara tenía el mismo color gris muerto que su abrigo.</p>
<p>–¿Uh? –gruñó, mirando ceñudo a los dos intrusos a través de unas gruesas gafas.</p>
<p>–¿Qué ha ocurrido aquí? –gritó Mick.</p>
<p>Gritar le hacía sentirse bien, le hacía sentirse bien parecer enfadado ante aquel hombre. Era posible que él tuviera la culpa. Era bueno tener alguien a quien culpar.</p>
<p>–Cuéntenos&#8230; –dijo Mick. Podía oír las lágrimas estremeciendo su voz–. Cuéntenos, por amor de Dios. Explíquese.</p>
<p>El hombre del abrigo gris sacudió la cabeza. No comprendía una palabra de lo que aquel joven idiota estaba diciendo. Era inglés lo que hablaba, pero eso era todo lo que sabía. Mick comenzó a caminar hacia el hombre sintiendo durante todo el tiempo los ojos de los muertos fijos en él. Ojos negros, joyas relucientes engarzadas en rostros destrozados. Ojos mirándole de arriba a abajo, sobre cabezas separadas de sus cuerpos. Ojos de cabezas que emitían aullidos en lugar de voces. Ojos de cabezas que se encontraban más allá de los aullidos, más allá del aliento.</p>
<p>Miles de ojos.</p>
<p>Llegó hasta donde se encontraba el hombre del abrigo gris; tenía la pistola casi vacía. Se había quitado las gafas, y las había tirado. También él estaba llorando, pequeños escalofríos recorrían su enorme, desgarbado cuerpo.</p>
<p>Alguien estaba intentando alcanzar el pie de Mick. No quiso mirar, pero una mano tocó su zapato, y no tuvo más elección que ver a su dueño. Un hombre joven, tendido en forma de esvástica, tenía rotas todas las articulaciones. Una niña yacía debajo de él, sus piernas ensangrentadas sobresalían como dos palos rosados.</p>
<p>Quiso el revólver para hacer que aquella mano cesara de tocarle. Aun mejor, quiso una ametralladora, un lanzallamas, algo que hiciese desaparecer aquella agonía.</p>
<p>Mientras levantaba la vista de aquel cuerpo destrozado, Mick vio al hombre del abrigo gris alzar el arma.</p>
<p>–Judd&#8230; –dijo, pero mientras la palabra salía de sus labios, el hombre del abrigo gris deslizó el cañón del arma por su boca y apretó el gatillo.</p>
<p>Había guardado la última bala para él. La parte de atrás de la cabeza se abrió como un huevo chafado, la tapa de los sesos salió volando. El cuerpo cayó, fláccido, y se hundió en el suelo; el revólver aún estaba entre sus labios.</p>
<p>–Debemos&#8230; –comenzó Mick sin dirigirse a nadie–. Debemos&#8230; ¿Cuál era el imperativo? ¿Qué <em>debían </em>hacer en esta situación?</p>
<p>–Debemos&#8230;</p>
<p>Judd estaba detrás de él.</p>
<p>–Ayuda&#8230; –dijo a Mick.</p>
<p>–Sí. Debemos conseguir ayuda. Debemos&#8230;</p>
<p>–Irnos.</p>
<p>¡Irse! Eso era lo que debían hacer. Bajo cualquier pretexto, por frágil o cobarde que fuera la razón, debían irse. Salir de aquel campo de batalla, salir del alcance de una mano moribunda que pertenecía a una herida en lugar de a un cuerpo.</p>
<p>–Tenemos que comunicarlo a las autoridades. Encontrar una ciudad. Conseguir ayuda&#8230;</p>
<p>–Sacerdotes –dijo Mick–. Necesitan sacerdotes.</p>
<p>Era absurdo pensar en administrar los últimos sacramentos a tanta gente. Habría sido necesario un ejército de sacerdotes, un cañón lleno de agua bendita, un altavoz para dar las bendiciones.</p>
<p>Dieron la vuelta, huyendo juntos de aquel horror; protegiéndose el uno en los brazos del otro, se abrieron camino entre aquella carnicería hasta llegar al coche.</p>
<p>Estaba ocupado.</p>
<p>Vaslav Jelovsek estaba sentado tras el volante, intentando poner en marcha el Volkswagen. Giró la llave de contacto una vez. Dos veces. Al tercer intento, el motor arrancó; las ruedas comenzaron a girar sobre el barro carmesí al tiempo que ponía la marcha atrás y retrocedía hacia el camino. Vaslav vio a los ingleses correr hacia el coche maldiciéndole. No había más remedio, no quería robar el vehículo, pero tenía trabajo que hacer. Había sido uno de los jueces, había sido responsable de la contienda de la seguridad de los participantes. Una de las heroicas ciudades había caído ya. Debía hacer todo lo que estuviera en su poder, para evitar que Popolac siguiera a su gemela. Debía dar alcance a la ciudad, y razonar con ella. Disipar sus terrores con palabras tranquilizadoras y promesas. Si fracasaba, ocurriría un desastre de igual magnitud al que tenía frente a él; y su conciencia ya se encontraba lo bastante destrozada.</p>
<p>Mick se encontraba todavía intentando dar alcance al Volkswagen, gritando a Jelovsek. El ladrón no hizo caso, concentrado en hacer maniobrar el coche marcha atrás por aquel estrecho y resbaladizo camino. Furioso, y sin aliento para expresar su furia, Mick se quedó en la carretera con las manos sobre las rodillas, resoplando y sollozando.</p>
<p>–¡Bastardo! –dijo Judd.</p>
<p>Mick miró hacia el camino. El coche ya había desaparecido.</p>
<p>–Ese cabrón no sabe ni conducir correctamente.</p>
<p>–Tenemos&#8230; tenemos&#8230; que&#8230; alcanzarle&#8230; –dijo Mick, sin recuperar el aliento.</p>
<p>–¿Cómo?</p>
<p>–A pie&#8230;</p>
<p>–Ni siquiera tenemos un mapa&#8230; Está en el coche.</p>
<p>–Jesús&#8230; Cristo&#8230; Todopoderoso.</p>
<p>Bajaron juntos por el camino, alejándose del prado.</p>
<p>Tras unos cuantos metros la riada de sangre comenzó a desaparecer. Tan sólo unos regueros coagulados descendían hacia la carretera principal, Mick y Judd siguieron las ensangrentadas marcas de los neumáticos hasta el cruce.</p>
<p>La carretera de Srbovac estaba desierta en ambas direcciones. Las marcas de los neumáticos mostraban un giro a la izquierda.</p>
<p>–Se ha metido en las colinas –dijo Judd, mirando fijamente a lo largo de la carretera hacia la verdiazul distancia–. ¡Ha perdido el juicio!</p>
<p>–¿Regresamos por donde vinimos?</p>
<p>–A pie nos tomará toda la noche.</p>
<p>–Haremos autostop.</p>
<p>Judd sacudió la cabeza. Tenía la cara inerte, la mirada perdida.</p>
<p>–¿No te das cuenta, Mick? Todos sabían lo que iba a ocurrir. La gente de las granjas se marchó al infierno, lejos de aquí, mientras esos otros se volvían locos allí arriba. No va a haber ningún coche en esta carretera, te apuesto lo que quieras a que ningún turista, excepto un par de tontos de mierda como nosotros, recoge a gente con esta pinta.</p>
<p>Tenía razón. Parecían carniceros salpicados de sangre. Las caras brillantes de mugre, los ojos enloquecidos.</p>
<p>–Tendremos que caminar por el camino que él ha seguido –dijo Judd.</p>
<p>Señaló hacia la carretera. Las colinas estaban ahora más oscuras; el sol había desaparecido de sus laderas. Mick se encogió de hombros. Tenían una noche de viaje cualquiera que fuese el camino que tomaran. Pero quería ir hacia algún sitio, no importaba cuál. Era suficiente con poner distancia entre él y la muerte.</p>
<p>En Popolac reinaba una especie de paz. En lugar de un delirio de pánico, había un entumecimiento, una pacífica aceptación ovejuna del mundo tal como era. Encerrados en sus posiciones, sujetos, atados y arreados el uno al otro en un sistema vivo que no permitía que una voz sonara más fuerte que otra, o que el trabajo de un individuo fuese menor que el del vecino, dejaron que un demente consenso ocupara el lugar de la tranquila voz de la razón. Se encontraban crispados, como una sola mente, por un solo pensamiento, una única ambición. Se convirtieron, en tan sólo unos momentos, en el gigante de una única inteligencia que tan brillantemente habían recreado. La ilusión de que existían insignificantes individualidades fue barrida por un irresistible torrente de sentimiento colectivo; no era la pasión de una multitud, sino una oleada telepática que disolvía miles de voces en una sola orden irresistible.</p>
<p>Y la voz decía: ¡Adelante!</p>
<p>La voz decía: Que esta horrible visión desaparezca de mi vista en algún sitio donde no tenga que verla otra vez.</p>
<p>Popolac se volvió hacia las colinas, sus piernas daban zancadas de más de medio kilómetro de largo. Cada hombre, cada mujer y cada niño de aquella torre hirviente estaban ciegos. Sólo veían a través de los ojos de la ciudad. No pensaban, tenían tan sólo los pensamientos de la ciudad. Se creían inmortales en su pesada, implacable fuerza. Inmensa, loca e inmortal.</p>
<p>Habían recorrido dos millas por la carretera, cuando Mick y Judd olieron a gasolina en el aire. Un poco más allá vieron el Volkswagen. Había volcado, el coche estaba atrapado entre los juncos de una acequia a un lado de la carretera. No se había incendiado.</p>
<p>La puerta del conductor estaba abierta, el cuerpo de Vaslav Jelovsek había caído fuera. El rostro en calma; estaba inconsciente. No había señales de heridas, excepto uno o dos pequeños cortes en su serena cara. Suavemente sacaron al ladrón de entre los restos del vehículo, apartaron el cuerpo de la suciedad de la acequia y lo tendieron sobre la carretera. Gimió levemente mientras lo trasladaban; usaron el suéter de Mick de almohada y le quitaron la chaqueta y la corbata.</p>
<p>Tardó poco en abrir los ojos. Se quedó mirándolos.</p>
<p>–¿Se encuentra bien? –preguntó Mick.</p>
<p>El hombre no dijo nada al principio. Parecía no comprender. Luego habló:</p>
<p>–¿Ingleses?</p>
<p>Tenía un acento cerrado, pero la pregunta fue bastante clara.</p>
<p>–Sí.</p>
<p>–Oí sus voces. Ingleses.</p>
<p>Frunció el entrecejo e hizo una mueca de dolor.</p>
<p>–¿Le duele? –dijo Judd.</p>
<p>El hombre pareció encontrarlo divertido.</p>
<p>–¿Me duele? –repitió. Su cara se contrajo en una mezcla de agonía y placer.</p>
<p>–Voy a morir –dijo apretando los dientes.</p>
<p>–No. Se repondrá.</p>
<p>El hombre sacudió la cabeza con absoluta autoridad.</p>
<p>–Voy a morir –dijo otra vez con la voz llena de determinación–. Quiero morir.</p>
<p>Judd se acercó más a él. Su voz se debilitaba por momentos.</p>
<p>–Díganos qué debemos hacer –dijo.</p>
<p>El hombre cerró los ojos. Judd le sacudió violentamente para mantenerlo despierto.</p>
<p>–Díganos –repitió. Su muestra de compasión desapareció de pronto–. Díganos de qué trata todo esto.</p>
<p>–¿Esto? –dijo el hombre. Sus ojos permanecían cerrados–. Fue una caída. Eso es todo. Tan sólo una caída.</p>
<p>–¿Qué cayó?</p>
<p>–La ciudad. Podujevo. Mi ciudad.</p>
<p>–¿De dónde cayó?</p>
<p>–De sí misma, por supuesto.</p>
<p>Aquel hombre no estaba explicando nada; tan sólo respondía con un acertijo tras otro.</p>
<p>–¿Adónde iba? –inquirió Mick intentando parecer lo más inofensivo posible.</p>
<p>–Tras Popolac –dijo el hombre.</p>
<p>–¿Popolac? –dijo Judd.</p>
<p>Mick comenzó a encontrar algún sentido a la historia.</p>
<p>–Popolac es otra ciudad. Como Podujevo. Ciudades gemelas. Están en el mapa.</p>
<p>–¿Dónde está la ciudad ahora? –preguntó Judd.</p>
<p>Vaslav Jelovsek pareció decidirse a contar la verdad. Hubo un momento en que dudó entre morir con un enigma en sus labios, o vivir lo suficiente para confesar su historia. ¿Qué importaba si narraba lo sucedido ahora? Nunca habría otra contienda: todo había acabado.</p>
<p>–Vinieron a luchar –dijo; la voz era ahora muy suave–. Popolac y Podujevo. Vienen cada diez años.</p>
<p>–¿A luchar? –se extrañó Judd–. ¿Quiere decir que toda esa gente fue asesinada?</p>
<p>Vaslav sacudió la cabeza.</p>
<p>–No, no. Cayeron. Ya se lo dije.</p>
<p>–Bien, ¿cómo luchaban? –dijo Mick.</p>
<p>–Vayan a las colinas –fue la única respuesta.</p>
<p>Vaslav abrió levemente los ojos. Las caras que se asomaban sobre él estaban exhaustas y enfermas. Habían sufrido, estos inocentes. Merecían alguna explicación.</p>
<p>–Como gigantes –dijo–. Luchaban como gigantes. Construían un cuerpo con sus cuerpos, ¿entienden? El esqueleto; los músculos, el hueso, los ojos, la nariz, los dientes, todo hecho con hombres y mujeres.</p>
<p>–Está delirando –dijo Judd.</p>
<p>–Vayan a las colinas –repitió el hombre–. Vean ustedes mismos la verdad.</p>
<p>–Incluso suponiendo&#8230; –comenzó Mick.</p>
<p>Vaslav le interrumpió, impaciente por terminar.</p>
<p>–Eran buenos en el juego de los gigantes. Costó muchos siglos de práctica. Cada diez años la figura se hacía más y más grande. Una siempre ambicionando ser más grande que la otra. Cuerdas para atarlos a todos juntos, impecablemente. Tendones&#8230; ligamentos&#8230; había comida en su estómago&#8230; Había conductos desde los lomos, para recuperar el gasto. Los que tenían mejor vista se situaban en la cuenca del ojo, los que tenían la mejor voz en la boca y en la garganta. No lo creerían, era una maravilla de ingeniería.</p>
<p>–No me lo creo –dijo Judd poniéndose en pie.</p>
<p>–Es el cuerpo del estado –dijo Vaslav tan suavemente que su voz apenas era un susurro–. Es nuestra forma de vivir.</p>
<p>Hubo un silencio. Pequeñas nubes pasaron por encima de la carretera deshaciéndose silenciosas en el aire,</p>
<p>–Era un milagro –dijo. Parecía haberse dado cuenta, por primera vez, de la verdadera grandeza de aquel hecho–. Era un milagro.</p>
<p>Era suficiente. Sí. Ya era bastante.</p>
<p>Dichas estas palabras, cerró la boca y murió.</p>
<p>Mick sintió esta muerte más profundamente que las miles de muertes de las que habían huido; más aún, este momento fue la llave que desencadenó la angustia que sentía por todas ellas.</p>
<p>Mick se sentía incapaz, a primera vista, de saber si aquel hombre había decidido contar una fantasía antes de morir, o si de algún modo la historia era cierta. Su imaginación era demasiado estrecha para aceptar la idea. Le dolía el cerebro tan sólo de pensar en ello, su compasión se hundía bajo el peso de la miseria que padecía.</p>
<p>Se quedaron de pie en la carretera, mientras las nubes pasaban rápidamente con sus vagas, grises sombras avanzando sobre sus cabezas hacia las enigmáticas colinas.</p>
<p>Estaba anocheciendo.</p>
<p>Popolac no podía dar un paso más. Tenía todos los músculos exhaustos. Aquí y allá, a lo largo y ancho de su enorme anatomía, se producían muertes. Pero no había congoja en la ciudad por las células fallecidas. Si los muertos se encontraban en el interior, los cuerpos quedaban colgando de sus arreos. Si formaban parte de la piel de la ciudad, eran desatados de sus posiciones y liberados, para caer en el bosque.</p>
<p>El gigante era incapaz de sentir piedad. No tenía otra ambición que seguir andando hasta morir.</p>
<p>Cuando el sol desapareció en el horizonte, Popolac descansó, sentada sobre un pequeño montículo meciendo su enorme cabeza entre sus vastas manos.</p>
<p>Las estrellas comenzaban a salir, con su habitual prudencia. La noche se aproximaba, vendando con compasión las heridas del día, cegando ojos que habían visto demasiado.</p>
<p>Popolac se puso en pie de nuevo, y comenzó a moverse con un retumbante andar. No pasaría mucho tiempo antes de que la fatiga la venciera; antes de que pudiera yacer en la tumba de algún perdido valle y morir allí.</p>
<p>Todavía debía seguir caminando por un tiempo, cada paso más agónicamente lento que el anterior, mientras el manto negro de la noche iba envolviendo su cabeza.</p>
<p>Mick quería enterrar al ladrón de coches en algún sitio a la entrada del bosque. No obstante, Judd señaló que enterrar un cuerpo podía parecer, bajo la más sensata luz de la mañana, un tanto sospechoso. Además, ¿no era absurdo preocuparse por un solo cuerpo cuando había literalmente miles de ellos yaciendo a pocas millas de donde se encontraban?</p>
<p>Por esta razón, dejaron que el cuerpo quedara tendido en el suelo, y que el coche se hundiera más profundamente en la acequia.</p>
<p>Comenzaron a andar de nuevo.</p>
<p>El frío aumentaba por momentos y estaban hambrientos. Las pocas casas que encontraron en su camino estaban todas desiertas, cerradas, incluso las contraventanas, todas.</p>
<p>–¿Qué quiso decir? –dijo Mick mientras se quedaba mirando otra puerta cerrada.</p>
<p>–Estaba hablando metafóricamente.</p>
<p>–¿Y todo eso de los gigantes?</p>
<p>–Tonterías trotskistas –insistió Judd.</p>
<p>–No lo creo.</p>
<p>–Lo sé. Era su discurso del lecho de muerte. Probablemente lo había estado preparando durante años.</p>
<p>–No lo creo –dijo Mick otra vez, volviendo hacia la carretera.</p>
<p>–¿Qué quieres decir? –Judd se encontraba a su espalda.</p>
<p>–No estaba refiriéndose a ninguna doctrina de partido.</p>
<p>–¿Me estás diciendo que crees que hay un gigante cerca de aquí, en algún sitio? ¡Por amor de Dios!</p>
<p>Mick se volvió hacia Judd. Era difícil distinguir su rostro en el crepúsculo. Pero su voz sonó seria al afirmar:</p>
<p>–Sí, creo que estaba diciendo la verdad.</p>
<p>–Eso es absurdo. Es ridículo. No.</p>
<p>Judd odió a Mick en ese momento. Odiaba su ingenuidad, su pasión por creer cualquier historia estúpida con tal de que tuviera cierto aire romántico. ¿Y esto? Esto era lo peor, lo más absurdo&#8230;</p>
<p>–No –dijo otra vez–. No. No. No.</p>
<p>El cielo, liso como la porcelana, dibujaba el perfil de las colinas, negras como la pez.</p>
<p>–Me estoy helando –dijo Mick cambiando de conversación–. ¿Te vas a quedar aquí o vienes conmigo?</p>
<p>Judd gritó:</p>
<p>–No vamos a encontrar nada por este lado.</p>
<p>–Es que el camino de vuelta es largo.</p>
<p>–Estamos metiéndonos cada vez más en las colinas.</p>
<p>–Haz lo que quieras. Yo voy a seguir andando.</p>
<p>Sus pasos retrocedieron: le envolvió la oscuridad. Después de un minuto, Judd le siguió.</p>
<p>Era una noche despejada y fría. Siguieron caminando, llevaban los cuellos de las chaquetas subidos para combatir el frío; tenían los pies hinchados. Sobre ellos el cielo se había convertido en un desfile de estrellas. Un triunfo de luz desbordante donde el ojo podía dibujar tantas formas como paciencia tuviera para ello. Después de un rato se cubrieron mutuamente con sus cansados brazos, para darse consuelo y calor.</p>
<p>Sobre las once vieron el resplandor de una luz en la distancia.</p>
<p>La mujer que se encontraba en la puerta de la cabaña de madera no sonrió, pero comprendió su situación y les dejó entrar. Parecía no tener objeto intentar explicar, bien a la mujer, bien a su lisiado marido, lo que habían visto. La cabaña no tenía teléfono ni había indicios de que hubiera algún vehículo; por eso, aunque encontraran algún medio de expresarse no podían hacer nada.</p>
<p>Mediante mímica y gesticulaciones con la cara explicaron que se encontraban hambrientos y exhaustos. Intentaron además explicar que estaban perdidos, maldiciéndose a sí mismos por haber dejado el libro de frases en el Volkswagen. Ella no parecía entender demasiado lo que decían, pero les hizo sentarse junto a un brillante fuego y puso a calentar en la cocina una cazuela con comida.</p>
<p>Comieron una espesa sopa de guisantes y huevos sin sal. De vez en cuando sonreían agradecidos a la mujer. Su marido, que se encontraba sentado junto al fuego, no hizo intento alguno de hablar, ni siquiera miró a los visitantes.</p>
<p>La comida estaba buena. Les levantó el ánimo.</p>
<p>Dormirían hasta la mañana siguiente y entonces emprenderían el largo camino de vuelta. Al amanecer, los cuerpos que yacían sobre el prado serían contados, identificados, embalados, y enviados a sus familias. El aire se llenaría de sonidos tranquilizadores, apagando los gemidos que aún resonaban en sus oídos. Habría helicópteros, camiones cargados de hombres que dispondrían las operaciones de limpieza. Todos los ritos<strong> </strong>y la parafernalia de un desastre civilizado.</p>
<p>Y en un tiempo todo sería digerible. Se convertiría en parte de su historia: una tragedia, por supuesto, pero una tragedia que podrían explicar, clasificar, con la que aprenderían a vivir. Todo iría bien, sí, todo iría bien. Que llegara la mañana.</p>
<p>El sueño, debido a su inmensa fatiga, vino súbitamente. Estaban echados donde habían caído, aún sentados a la mesa con las cabezas sobre los brazos cruzados. Unos cuantos cuencos vacíos y varios mendrugos de pan les rodeaban en desorden.</p>
<p>No sabían nada. No soñaban nada. No sentían nada. Entonces el estruendo comenzó.</p>
<p>En la tierra, en las profundidades de la tierra, unas rítmicas pisadas, como de un titán, se acercaban poco a poco, más y más.</p>
<p>La mujer despertó a su esposo. Apagó la lámpara y fue hacia la puerta. Era una luminosa noche de estrellas. Las negras colinas se cernían a cada lado.</p>
<p>Aún se oía el estruendo: medio minuto entre cada estampido, ahora se oía más fuerte. Y más fuerte a cada paso.</p>
<p>Marido y mujer permanecieron juntos en la puerta escuchando el eco que resonaba en las colinas, delante y atrás. No había relámpago alguno que acompañara el trueno.</p>
<p>Tan sólo el bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Hacía temblar la tierra. Caía polvo del dintel de la puerta, los pestillos de las ventanas crujían.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>No sabían qué se acercaba, pero cualquiera que fuera su forma, tuviera el propósito que tuviera, parecía no tener sentido intentar huir. Donde ellos se encontraban, en el lastimoso refugio de su cabaña, estaban tan seguros como en cualquier rincón del bosque. ¿Cómo podían elegir, entre cientos de árboles, uno que se mantuviera en pie cuando aquel estruendo hubiera pasado? Mejor esperar y observar.</p>
<p>La vista de la mujer no era buena, y dudó de lo que había visto cuando la negrura de la colina cambió de forma y se levantó, ocultando las estrellas. Su marido también lo vio: aquella cabeza inconcebiblemente enorme, más vasta aún en la engañosa oscuridad, se elevaba más y más, empequeñeciendo las colinas mismas.</p>
<p>El hombre cayó de rodillas balbuciendo una oración con sus artríticas piernas retorcidas tras él.</p>
<p>La mujer chilló. No conocía palabras que pudieran mantener a raya a aquel monstruo; ninguna oración, ninguna súplica tenían poder sobre él.</p>
<p>En la cabaña, Mick se despertó. Su brazo extendido se contrajo por un calambre, tirando el plato y la lámpara de la mesa.</p>
<p>Se rompieron.</p>
<p>Judd se despertó.</p>
<p>El grito del exterior había cesado. La mujer había desaparecido de la puerta, y había huido hacia el bosque. Un árbol, cualquier árbol, era mejor que una visión. Su marido aún seguía babeando sartas de oraciones por su inerte boca, mientras la grandiosa pierna del gigante se levantaba para dar otro paso.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>La cabaña tembló. Los platos saltaron del aparador y se rompieron. Una pipa de arcilla rodó por la repisa de la chimenea haciéndose pedazos en el hogar.</p>
<p>Los amantes conocían aquel sonido que resonaba en sus entrañas: el estruendo de la tierra.</p>
<p>Mick estiró el brazo hacia Judd y le cogió del hombro.</p>
<p>–¿Lo ves? –dijo. Sus dientes tenían un color gris azulado en la penumbra de la cabaña–. ¿Lo ves? ¿Lo ves?</p>
<p>Había una especie de rebosante histeria en sus palabras. Corrió hacia la puerta, tropezando con una silla en la oscuridad. Maldiciendo y magullado, salió tambaleando a la noche.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El estruendo era ensordecedor. Esta vez rompió todas las ventanas de la cabaña. En el dormitorio, una de las vigas del techo se quebró; los escombros cayeron al piso de abajo.</p>
<p>Judd se unió a su amante en la puerta. El viejo estaba con la cara sobre el suelo, tenía sus enfermos e hinchados dedos encrespados; los suplicantes labios apretados contra el húmedo piso.</p>
<p>Mick miró hacia arriba, hacia el cielo. Judd siguió su mirada. Había un lugar donde no había estrellas. Era una oscuridad con la forma de un hombre; una vasta, extensa figura humana, un coloso que se elevaba hasta encontrar el cielo. No era un gigante perfecto. Su silueta no era constante; hervía y hormigueaba.</p>
<p>Parecía, también, más ancho que cualquier hombre real. Tenía las piernas anormalmente gruesas y achaparradas, y los brazos no eran tan largos. Las manos, que se abrían y cerraban, parecían extrañamente articuladas y demasiado delicadas para su torso.</p>
<p>Entonces levantó un inmenso pie plano y lo puso sobre la tierra, avanzando hacia ellos.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El paso hizo que el techo se derrumbara sobre la cabaña. Todo lo que había contado el ladrón de coches era verdad. Popolac era una ciudad y un gigante; y se había dirigido hacia las colinas&#8230;</p>
<p>Sus ojos ya se estaban acostumbrando a la luz de la noche. Podían distinguir la estructura de aquel monstruo. Era una obra maestra de ingeniería humana: un hombre hecho enteramente de hombres. Mejor, un gigante sin sexo, construido con hombres, mujeres y niños. Todos los habitantes de Popolac retorcidos y deformados en el cuerpo de este gigante tejido con carne, con los músculos extendidos hasta la máxima tensión tolerable y los huesos a punto de quebrarse.</p>
<p>Podían ver cómo los arquitectos de Popolac habían alterado, sutilmente, las proporciones del cuerpo humano; cómo la criatura había sido construida desproporcionadamente rechoncha para bajar el centro de gravedad; cómo la cabeza se encontraba hundida entre los anchos hombros de manera que los problemas que podía haber causado un cuello débil quedaran minimizados.</p>
<p>A pesar de estas malformaciones, parecía horriblemente vivo. Los cuerpos estaban unidos de tal manera que hacían que la superficie fuese –excepto los arreos– completamente lisa, brillante a la luz de las estrellas como un vasto torso humano. Incluso los músculos estaban bien copiados, aunque simplificados. Podían ver el modo en que los cuerpos atados se empujaban y tiraban uno contra otro, formando sólidas cuerdas de carne y hueso. Podían ver a la gente entrelazada que confeccionaba el cuerpo: las espaldas, como tortugas comprimidas juntas para formar la curva de los pectorales; los acróbatas, atados y anudados en las articulaciones de brazos y piernas, enrollándose y desenrollándose para articular la ciudad.</p>
<p>Pero seguramente la más asombrosa visión de la ciudad era la cara.</p>
<p>Las mejillas hechas con cuerpos; las cavernosas cuencas de los ojos, desde donde unas cabezas miraban fijamente, cinco cabezas unidas formaban cada globo ocular; una ancha, aplastada nariz y una boca que se abría y cerraba, mientras los músculos de la mandíbula se juntaban y separaban rítmicamente. Y de aquella boca revestida de dientes por niños desnudos, la voz del gigante, que ahora sólo era una débil copia de su anterior potencia, emitía una única nota de música estúpida.</p>
<p>Popolac caminaba y Popolac cantaba.</p>
<p>¿Había habido alguna vez en Europa una visión semejante?</p>
<p>Mick y Judd observaban mientras la ciudad daba otro paso hacia ellos.</p>
<p>El viejo se había mojado los pantalones. Llorando y suplicando, se alejó reptando de la cabaña en ruinas, para esconderse entre los árboles cercanos, arrastrando tras él sus piernas muertas.</p>
<p>Los ingleses se quedaron donde estaban, observando el espectáculo mientras se aproximaba. No sentían pavor ni horror alguno, sólo un temor reverencial que los tenía inmovilizados. Sabían que aquello era una visión que nunca podrían volver a ver; era la cumbre, tras esto sólo había experiencias corrientes. Era mejor quedarse, aunque cada paso trajera la muerte mas cerca; mejor quedarse y contemplar aquel espectáculo mientras estuviera allí para poder verlo. Y si aquel monstruo les mataba, al menos habrían vislumbrado un milagro, habrían conocido aquella terrible majestad durante un breve instante. Parecía un trato justo.</p>
<p>Popolac se encontraba apenas a dos pasos de la cabaña. Podían ver las complejidades de su estructura con bastante claridad. Las caras de sus habitantes se concretaban por momentos: blancas, empapadas de sudor, satisfechas en su cansancio. Algunos muertos colgaban de sus arreos, con las piernas balanceándose hacia delante y hacia detrás como los ahorcados. Otros, los niños en particular, habían cesado de cumplir sus ejercicios, y habían relajado sus posiciones de manera que la forma del cuerpo se estaba degenerando, comenzando a borbotear con los hervores de las células rebeldes.</p>
<p>A pesar de todo aún caminaba, y cada paso suponía un incalculable esfuerzo de coordinación y potencia.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El paso que alcanzaba la cabaña llegó antes de lo que pensaban.</p>
<p>Mick vio cómo se levantaba la pierna; vio las caras de la gente de la espinilla, del tobillo y del pie –ahora tenían su mismo tamaño–, todos ellos hombres inmensos elegidos para llevar el peso de la gran creación. Muchos de ellos estaban muertos. La planta del pie, según pudo ver, era un amasijo de cuerpos aplastados y ensangrentados, presionados hasta morir por el peso de sus conciudadanos.</p>
<p>El pie descendió con un rugido.</p>
<p>En cuestión de segundos la cabaña quedó reducida a astillas y polvo.</p>
<p>Popolac ocultó completamente el cielo. Se convirtió durante unos instantes en el mundo entero, cielo y tierra; su presencia llenaba los sentidos hasta desbordarlos. A esta distancia, una mirada no podía abarcar al gigante, el ojo tenía que oscilar hacia delante y hacia atrás sobre su volumen para poder abarcarlo e, incluso entonces, la mente rehusaba aceptar toda la verdad.</p>
<p>Un fragmento de piedra, que había salido violentamente despedido de la cabaña mientras ésta se derrumbaba, dio de lleno en la cara de Judd. Oyó en su cabeza el golpe mortal, como una pelota golpeando un muro: fue una muerte de patio de recreo. No sintió ningún dolor: ningún remordimiento. Se extinguió como una llama, una pequeña, insignificante llama; su grito de muerte se perdió en aquel estruendo infernal, su cuerpo quedó escondido entre el humo y la oscuridad. Mick no vio ni oyó morir a Judd.</p>
<p>Estaba demasiado ocupado mirando fijamente cómo el pie se apoyaba, sólo un momento, sobre las ruinas de la cabaña, mientras la otra pierna reunía la voluntad necesaria para moverse.</p>
<p>Mick aprovechó su oportunidad. Aullando como un demonio, corrió hacia la pierna, anhelando abrazarse al monstruo. Tropezó entre las ruinas y, ensangrentado, se levantó de nuevo, intentando alcanzar el pie antes de que éste se levantara y lo dejara atrás, Hubo un clamor de agónico aliento cuando el mensaje que ordenaba moverse llegó al pie; Mick vio cómo los músculos de la espinilla se agrupaban y unían mientras la pierna comenzaba a levantarse. Hizo una última embestida sobre el miembro cuando éste iniciaba su ascenso, aferrándose a un arreo, o a una cuerda, o al pelo humano, o a la carne misma; cualquier cosa que le sirviera para asirse a este milagro pasajero y formar parte de él. Mejor ir con él a cualquier parte, servir a su propósito, cualquiera que fuese; mejor morir con él, que vivir sin él.</p>
<p>Cogió el pie, y encontró un asidero firme en su tobillo. Chillando en un éxtasis absoluto por su éxito, sintió cómo la enorme pierna se levantaba, y echó una mirada hacia abajo entre un torbellino de polvo, hasta el lugar donde había estado; se iba alejando mientras la extremidad subía.</p>
<p>La tierra había quedado por debajo de él, era el autoestopista de un dios: la vida sencilla que había dejado no significaba nada ahora, o nunca. Viviría con este ser, sí, viviría con él, mirándolo y mirándolo, devorándolo con los ojos hasta que muriera de pura glotonería.</p>
<p>Gritaba y aullaba, se columpiaba en las cuerdas saboreando su triunfo. Abajo, allá abajo, vio por un instante el cuerpo de Judd, acurrucado, pálido sobre el oscuro suelo, irrecuperable. El amor, la vida y la cordura habían desaparecido; se habían ido como el recuerdo de su nombre, de su sexo, o de su ambición.</p>
<p>No significaba nada. Nada en absoluto.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Popolac caminaba, el sonido de sus pasos se alejaba hacia el este. Popolac caminaba, el murmullo de su voz se perdía en la noche.</p>
<p>Un día después, llegaron pájaros, llegaron zorros, moscas y mariposas, llegaron avispas. Judd se movió, Judd cambió de sitio, Judd dio a luz. Los gusanos buscaron el calor de su estómago, la buena carne de sus muslos fue devorada en la madriguera de una raposa. Después de eso, todo fue rápido: sus huesos se volvieron amarillos, sus huesos se desmoronaron: pronto, aquel espacio que una vez había estado lleno de aliento y de opiniones quedó vacío.</p>
<p>Oscuridad, luz, oscuridad, luz. Ni siquiera interrumpió con su nombre</p>

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		<title>La máquina de languidecer</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Feb 2010 08:54:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<category><![CDATA[Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito (La líbélula, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco son extraidos de su último libro "La máquina de languidecer" ...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/02/la-maquina-de-languidecer/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/02/la-máquina-de-languidecer.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito <em><a href="http://www.rtve.es/podcast/radio-3/la-libelula/">(La líbélula</a></em>, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco son extraidos de su último libro <a href="http://www.adamar.org/ivepoca/node/1140">&#8220;La máquina de languidecer&#8221;</a> -qué gran título- integrado por 100 microrelatos&#8230; no he leído el libro completo pero las dos siguientes microficciones que escuché en la transmisión de <em>La libélula</em> me dicen que sera muy buena idea hacerlo cuanto antes. ¡Lastima que el libro no se consiga de este lado del charco! Si alguien viene de España pronto, traígamelo, regálemelo o véndamelo:  ¡quiero leerlo!</p>
<p><strong>CONJUGACIÓN</strong></p>
<p>YO grité. Tú  torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos  olvidarán”.</p>
<p><strong>EN LA GALERÍA</strong></p>
<p>EN UNA EXPOSICIÓN El desconocido, como los que saben que pronto volverán al cauce mudo de la soledad, no dejó de hablar durante toda la tarde. Coincidimos en la valoración de los dibujos de José Hernández expuestos en la galería, y ello estableció una proximidad de algún modo amistosa. Había algo gallináceo en su aspecto de empleado que agita nerviosamente el portafolios con una mano y arruga El Eco del Comercio con la otra. Yo apenas abrí la boca mientras fluía el curso de sus reflexiones y me aleccionaba en voz baja sobre morbosas patologías artísticas, antiquísimas creencias o los estigmas físicos de los mitos. No le presté especial atención hasta que un comentario suyo me provocó escalofríos. Dijo que las manos de los demonios no tienen dorso, que son palmas por ambos lados. Miré con cautela alrededor. No había ya público y la noche crecía tras el cristal de la entrada. De pronto quise evitar aquella conversación, aquella compañía, aquella sala de arte. Me despedí verbalmente del desconocido, que pareció quedar un tanto contrariado, entre la sorpresa y la curiosidad, a la espera tal vez de un gesto menos seco, de que le tendiera una tarjeta o estrechara su mano. Me alejé con las mías en los bolsillos del pantalón, de donde en ningún momento las había sacado, y reparé en lo mucho que me sudaban las palmas. Las cuatro. &#8230;</p>

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		<title>El contador de historias</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Jan 2010 04:46:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[El siguiente cuento es parte de un cuento más grande, de una historia armada por muchas otras historias. Lo escuché por primera vez en la pasada feria del libro de Guadalajara en una conferencia sobre poesía y novela árabe contemporanea. Lo escribió Rabih Alameddine, escritor libanes radicado en Estados Unidos. A su lado, en la conferencia, una poeta árabe-francesa, guapisima, llamada Maram al Masri encandiló a todos con sus ojos y no digo sus poemas, por que llegué algo tarde y sólo pude oir la siguiente historia que, igual que a todos los demás asistentes, me dejó frío...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/01/el-contador-de-historias/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/01/El-cuento-de-la-semana_El-contador-de-historias.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<p>El siguiente cuento es parte de un cuento más grande, de una historia armada por muchas otras historias. Lo escuché por primera vez en la pasada feria del libro de Guadalajara en una conferencia sobre poesía y novela árabe contemporanea. Lo escribió Rabih Alameddine, escritor libanes radicado en Estados Unidos. A su lado, en la conferencia, una poeta árabe-francesa, guapisima, llamada <a href="http://contralasinrazon.bitacoras.com/archivos/2005/06/19/maram_al_masri_iii">Maram al Masri </a> encandiló a todos con sus ojos y no digo sus poemas, por que llegué algo tarde y sólo pude oir la siguiente historia que, igual que a todos los demás asistentes, me dejó frío.</p>
<p>Aquí, pues, una de las historias de <em>El contador de historias</em>, el último libro de Rabih Alameddine.</p>
<p>Una vez, no hace mucho tiempo, había un niño de tu misma edad, que vivía con su familia en un pequeño pueblo, no muy distinto a este, no muy lejos de aquí. La familia no tenía mucho dinero. El padre era albañil, la madre se ocupaba de las labores domésticas y era una gran cocinera. Todos los hijos tenían tareas asignadas: nuestro héroe era el pastor de la familia.</p>
<p>Todas las mañanas llevaba a las ovejas hasta los campos. Las veía pastar, se aseguraba de que no se alejaban y las protegía de zorros, lobos y hienas indeseables. Las ovejas apreciaban al niño, así que no se apartaban mucho de él. Su trabajo se convirtió en una tarea fácil que le dejaba tiempo para jugar. Al principio jugaba con palos y piedras; formó un cuadrado a base de ramas y construyó un corral, con piedrecitas como si fueran ovejas. Pero luego los corderitos se acercaron al falso corral, para llamar su atención. Así que dejó de jugar con piedras y palos y se convirtió en un cordero más: saltaba con ellos, se revolcaba como ellos y fingía mascar los arbustos silvestres de lavanda. Era uno más del rebaño.</p>
<p>Aquella noche al volver a casa pensó que se había divertido tanto jugando que desearía ser un cordero. Antes de acostarse oyó que sus padres discutían por temas de dinero.</p>
<p>-Tenemos tantas bocas que alimentar. Se quejaba la madre-. ¿Cómo vamos a conseguir comida para todos?</p>
<p>-Tenemos las ovejas -la tranquilizó el padre-. Tenemos un poco de dinero. Yo trabajo. Sobreviviremos. Hemos sobrevivido durante generaciones.</p>
<p>Pero siguieron discutiendo, y el chico no pudo conciliar el sueño.</p>
<p>Al día siguiente él y los corderos volvieron a jugar con las ovejas como únicos testigos. El chico y los corderitos corrieron,  retozaron y chocaron unos con otros. Volvió a casa muy contento, pero al abrir la puerta, ansioso por contarles a sus padres lo mucho que había disfrutado ese día, los encontró discutiendo de nuevo.</p>
<p>-¿Cómo has podido prometer algo así? –preguntaba la madre-.</p>
<p>No tenemos suficiente comida para nuestros hijos, ¿y quieres dar un banquete? ¿Es que no tienes cabeza? ¿No comprendes lo grave de nuestra situación?</p>
<p>-¿Cómo te atreves? -gritó el padre a la madre-. Estamos hablando del bey. Es un honor. Se presencia bendecirá esta casa. No comprendo como puedes pensar que no lo quieres en casa. La mayoría de la gente moriría por disfrutar de una oportunidad igual.</p>
<p>-¿Qué ha hecho el bey por mi familia?- susurró la madre.</p>
<p>El padre le propinó una bofetada. El niño corrió a su cuarto.</p>
<p>Antes de dormirse, nuestro héroe rezó. Deseó ser un cordero y poder pasarse el día sn más preocupaciones que corretear por los pastos. Deseó que su familia fuera feliz. Deseó ser él quien les proporcionara esa felicidad. Al día siguiente despertó en el corral de las ovejas. Miró a su alrededor y vio a todos sus amigos, los demás corderos, y se sintió feliz por hallarse con ellos, por ser finalmente un cordero más. Balaban con alegría. Todos brincaban.</p>
<p>El padre y la madre salieron juntos de la casa y se encaminaron hacia el corral.</p>
<p>-Peligro, peligro-dijo la oveja de más edad-. Los malvados se acercan.</p>
<p>-No, no-dijo el chico-. No son malos. Son mi familia.</p>
<p>- Cuando esos dos vienen juntos -dijo otra oveja-, una de nosotras desaparece.<br />
El padre y la madre entraron en el corral. Intentaron decidir que cordero escoger.</p>
<p>-Miradme-gritaba el chico-. Miradme. Miradme.</p>
<p>- Este-dijo la madre-. Hace mucho ruido.</p>
<p>-Parece tierno y jugoso- añadió el padre. Puso el lazo alrededor de la cabeza del niño y lo sacó del corral.</p>
<p>-¡Pobre cordero! –dijo la más vieja de las ovejas mientras todas veían cómo se lo llevaban.</p>
<p>Papá, papá -decía el corderito-. Ahora soy un cordero. ¿No te parece un milagro?</p>
<p>Y su padre cogió el cuchillo y le rajó la garganta.</p>
<p>Y el corderito vio cómo brotaba su propia sangre.</p>
<p>Y el padre le cortó la cabeza.</p>
<p>Y el padre le colgó de los tobillos para que se desangrara.</p>
<p>Y la madre empezó a despellejarlo con sus propias manos. Levantaba un pedacito de piel y golpeaba entre piel y cuerpo, levantaba, golpeaba, levantaba, golpeaba, hasta que por fin llegó al último fragmento de piel en sus tobillos. Y le amputó los pies y las manos. Y le sacó las entrañas. Y su madre lo asó a fuego lento.</p>
<p>Su padre esperaba. Su madre cocinaba. Sus hermanos ayudaron a poner la mesa bajo el roble gigantesco. Sus hermanas limpiaron la casa, esmerándose. Se vistieron con sus mejores galas. A la hora del almuerzo, se colocaron en fila y esperaron. La madre se preguntó donde se habría metido nuestro héroe. Sus hermanos apuntaron que probablemente soñando despierto, como siempre. Aquel crío escurridizo se había vuelto a librar de sus tareas. La familia esperó, esperó y esperó. Por fin llegó el alcalde y anunció que el bey había decidido no venir al pueblo.</p>
<p>El cordero estaba dispuesto en el centro de la mesa. Toda la familia salivaba.</p>
<p>-Hoy te has superado a ti misma -dijo el padre a la madre.</p>
<p>-Este cordero tenía una carne especialmente suculenta-dijo la madre.<br />
Y el niño notó como su padre lo cortaba.</p>
<p>-Id pasando los platos, niños –dijo la madre—Hoy comeremos bien para variar.</p>
<p>Y el niño sintió cómo sus hermanos le mordían la carne. Cómo sus hermanas masticaban jugosos trozos de él.</p>
<p>-Sabe tan bien-dijeron sus hermanos.</p>
<p>- La mejor comida de nuestras vidas-dijeron sus hermanas.</p>
<p>Y la madre le extrajo el estómago. Sus hermanos y hermanas se pelearon por sus intestinos.</p>
<p>-Toma esto, querida –dijo el padre- Sé que te encanta.</p>
<p>-Y tú esto querido- repuso la madre-. Sé que te encanta.</p>
<p>- Soy muy feliz -dijo el padre.</p>
<p>-Soy muy feliz -convino la madre.</p>
<p>Y el niño sintió como su madre le mordía los testículos.</p>
<p>Y el niño sintió cómo su padre se tragaba un pedazo de su corazón.</p>
<p>Y el niño fue feliz.</p>

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		<title>Sobre causas de títeres</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jan 2010 18:37:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento de la semana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[adultos]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Efrén Hernández]]></category>
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		<category><![CDATA[niños]]></category>
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		<category><![CDATA[Vida]]></category>

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		<description><![CDATA[Aquí pues Sobre causas de títeres, de  otro  escritor mexicano, que, particularmente, me llena de orgullo. Efrén Hernández,  nacido en 1904 y que tiene un estilo personalisimo, tierno, reflexivo, sencillo, brillante...lleno de imágenes y poesía... él, igual que Francisco Tario algunos años después, escribió sobre sus propias inquietudes y no sobre lo que todos los escritores de la época lo hacían: la revolución mexicana...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/01/sobre-causas-de-titeres/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/01/Sobre-causas-de-títeres.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>&#8220;Es evidente, si dejaras de ser igual a un niño, si perdieras el poder de animar de diamantes, la corona de papeles con que juegas al rey, tampoco animarás ni proyectarás ningún valor sobre la corona de diamantes. Porque no es la estrella la que alumbra el ojo, sino la fuente de que ha manado el ojo la que nos da la estrella. Y si la ves arder, es porque en tu conciencia luce ardiente tu ojo. Y ten por cierto que si la sombra, cuando cierras tus ojos, no se puebla de soles y luceros, el sol te será noche, el lirio, arena, miseria  el polvo de oro, y todo vanidad&#8221;.</p>
<p>Este es uno de los párrafos que leeran, si deciden aventarse el cuento de la semana,  en el cuento de Efrén Hernandez, un párrafo que, además, como todo el cuento, me dejó con la boca abierta.</p>
<p>Aquí pues <em>Sobre causas de títeres</em>, de  otro  escritor mexicano, que, particularmente, me llena de orgullo. Efrén Hernández,  nacido en 1904 y que tiene un estilo personalisimo, tierno, reflexivo, sencillo, brillante&#8230;lleno de imágenes y poesía&#8230; él, igual que Francisco Tario algunos años después, escribió sobre sus propias inquietudes y no sobre lo que todos los escritores de la época lo hacían: la revolución mexicana.</p>
<p>Efrén es famoso por uno de sus cuentos que aparece como impresindible en casi todas las antologías de los mejores cuentos mexicanos. El cuento se llama Tachas y si aún no lo han leído háganlo aquí. Además de divertirse muchisimo su forma de escribir les sorprendera.</p>
<p>Aquí, Sobre causas de títeres, de Efrén, también apodado por todos sus amigos como &#8220;El tachas&#8221;</p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Sobre causas de títeres de Efrén Hernández</strong></p>
<p>A Octavio Ponzanelli</p>
<p>Ya, viejo, ya no estamos en edad de soñar sueños de niños, ni, acaso, nuestro estado civil es ya el más propio para esto de andarnos con Jesús por los rincones, y contándonoslo.</p>
<p>Porque es notorio, y todo el mundo empieza a darse cuenta que ya no somos niños, y murmura.</p>
<p>Y es justicia, pues es un hecho que no lo somos ya. Tú, desde hace ya casi dos meses, desde que te casaste. Yo, desde hace apenas un poco más de veinte años, desde muchísimo antes de que me casara.</p>
<p>Sin embargo, tú y yo aún seguimos siendo teóricos y líricos, y de sesos volátiles los dos. Tú, a pesar de tus dieciséis verdes diciembres. Yo a pesar de mis cuarenta violadas primaveras.</p>
<p>Lo mismo que dos niños retardados, así somos tú y yo. Y esto es lo que nos junta, mejor dicho, lo que me une a ti. Mira, antes que tú nacieras, en un tiempo apenas anterior a este hoy, cuando yo iba cumpliendo vente años, mis contemporáneos, haciendo como yo, también iban cumpliendo veinte años. Parece que fue ayer, lo recuerdo clarito, clarito como si lo estuviera viendo. Veníamos de subida, subiendo como tiernos árboles que se exhalan del mundo.</p>
<p>Y qué dichosos sueños soñábamos entonces. Pero a partir de entonces, aproximadamente desde entonces, mis contemporáneos empezaron a perder su espíritu infantil, empezaron a hacerse serios, a adquirir espíritu de responsabilidad, a subordinarse a las exigencias de la vida práctica, a trabajar, a negociar, a prosperar como personas serias.</p>
<p>Yo, en cambio, mal dotado, retrasado, inadaptable a un modo de vida cuyas realidades no logro percibir, continué siendo irresponsable, ciego, sordo y, sobre todo, tonto para la vida práctica. Y esto fue distanciándome de mis contemporáneos.</p>
<p>De mis amigos de entonces, fui perdiendo primero uno, luego otro, hasta que me quedé sin nadie, sin nadie. Y así, sin proponérmelo, sin analizarlo, sin notarlo siquiera todavía, por puro instinto me acogí a amigos inmediatamente más jóvenes que yo.</p>
<p>Más tarde, estos amigos, digo aquellos, a quienes llamaré de la segunda serie, fueron también creciendo, y, a su tiempo, llegaron, lo mismo que habían llegado los primeros, a la edad en que los hombres empiezan a tornarse serios, y me fueron dejando, y tuve que bajar a rodearme de una tercera serie.</p>
<p>Así ha ido sucediendo indefinidas veces.</p>
<p>Y ahora, me he hecho amigo tuyo, ahora te ha tocado a ti.</p>
<p>Y, no sé por qué, pero tengo esperanza que contigo no ha de pasarme igual que con los otros.</p>
<p>En mi esperanza existen, es posible, migajas de egoísmo; pero al mismo tiempo un poco he pensado en ti, olvidándome un tanto de mí mismo.</p>
<p>Es cierto, ciertamente, que el no apartarte de esa forma de existencia, te atraerá juicios en contra, menosprecios, incomprensión y escarnios; pero es la eficiencia íntima, el suceso insostenible de la sensibilidad, no la acomodación externa, lo que es valor. Para el alma, lo único cierto es lo que ella vive. Para el sujeto seco, que se ha objetivizado, todo resulta seco, y el destuetanado que ha extravertido su caudal, siempre estará mentando que esto es vanidad.</p>
<p>Una misma fue la mano con que se escribieron el Cantar de los Cantares y el Eclesiastés. Una misma fue la mano que los escribió. Advierte, no obstante, como se contraponen: “Manojito de mirra es para mí, mi amado.” “Vanidad de vanidades y todo vanidad.”</p>
<p>En el primer escrito está la vida, su desbordamiento proyectándose, entregando, encendiendo de “valor absoluto”, una florida brizna. En el segundo, está el cansancio, la sequía, el aniquilamiento, consintiendo su astenismo y su no ser, en toda cosa.</p>
<p>No, “no tuerzas el cuello al cisne”, tuérceselos más bien y no dejes de hacerlo si, por dicha, alguna vez se te presenta la ocasión, a Stalin, a Mussolini, a Hitler, a todo hombre y mujer, a todo tipo que fuere como tubo destapado de abajo, y a todo ente con entidad vacía; al que nació vacío o se vació después, y, luego, no sabe ya llenarse, y todo el mundo quisiérase comer; mas le resulta en vano, pues del objeto inerte no puede ser corroborado el individuo, ni de la cosa el ser.</p>
<p>Es evidente, si dejaras de ser igual a un niño, si perdieras el poder de animar de diamantes, la corona de papeles con que juegas al rey, tampoco animarás ni proyectarás ningún valor sobre la corona de diamantes. Porque no es la estrella la que alumbra el ojo, sino la fuente de que ha manado el ojo la que nos da la estrella. Y si la ves arder, es porque en tu conciencia luce ardiente tu ojo. Y ten por cierto que si la sombra, cuando cierras tus ojos, no se puebla de soles y luceros, el sol te será noche, el lirio, arena, miseria  el polvo de oro, y todo vanidad.</p>
<p>Advierte que esta alma que tenemos es como el carbón, que por más que la pongas entre mayores focos, oscuro se verá, y sólo entrará en lumbre, si él mismo se hace llama y se da a arder.</p>
<p>Y dime, ¿qué es el Universo; la música, el color y los aromas, las caricias del gusto y las del tacto, y la espina y lo negro, y lo callado mismo, para una piedra?</p>
<p>Y, ¿no has tratado tú alguna vez, de conmover al perezoso o con sueño, que ni el sol naciendo, ni el rayo retumbando ni cosa alguna le abre la atención?</p>
<p>En cambio, al vigilante, ¿no le basta un murmullo, un fulgorcito tenue, un  parpadeo del aire para vivir arderse y conmoverse?</p>
<p>Y al niño, al fresco y tierno que no ha hecho aún su gasto, ¿no le has visto atar a un hilo dos carretes, o tres, e irlos rodando, y obtener con un delgado hilo el ser del maquinista estremecido, en un gran tren que hace del mundo un soplo y una ráfaga?</p>
<p>Pues bien, yo soñé un sueño.</p>
<p>Recordarás cierto día, aquel que viniste a esta casa, y que luego salimos, y que en el camino encontramos un vendedor de títeres de barro, a quien compraste estos que todavía la última vez que fui a tu casa vi colgados de la lámpara del comedor. Te lo recuerdo, porque, según yo, aquel fue el estímulo de dónde arrancó este sueño que te digo que soñé.</p>
<p>Y fue, y ojalá y no lo entiendas, el siguiente:</p>
<p>Íbamos tú y tu servidor por unas calles. Entramos con sigilo a un estanquillo. Y tú, a la que lo atendía, le preguntaste si no vendía títeres. Ella dijo que sí, y trajo una rueda de donde pendían no menos de cien mil figuras. Los empezaste a ver</p>
<p>—¿A cómo son, señora —le preguntaste—, estos títeres?</p>
<p>—Pues de éstos —contestó la vieja—, cien docenas le cuestan un centavo.</p>
<p>—Oh, —le replicaste—, ¡cien docenas me cuestan un centavo! No los llevo, deben ser muy corrientes. ¿No tiene otros más finos? Porque , entiéndalo usted, yo no sé nada de títeres, ni de ninguna cosa. Para mí, todo es magnífico, de manera que, cuando compro una cosa, para saber si es buena o mala no tengo otra base, sino el precio a como la venden.</p>
<p>Muy mala me pareció tu táctica. Y más, cuando vi a la estanquillera no contestarte nada. Y sólo entrarse y volver al cabo de un gran rato, con una rueda igual a la que había traído de primero; pero sólo con un títere, el cual puso a tu vista.</p>
<p>Nosotros, viendo el títere, advertimos que era en todo igual a los primeros, hasta tal punto que, tú mismo, tan cándido en cosas de negocios, llevándome a un rincón del estanquillo me dijiste:</p>
<p>—¿Qué opinas tú de esto? Yo te apuesto a que si lo resolvemos, la misma vieja no va a poderlo separar de entre los otros.</p>
<p>Y luego nos tornamos a la vieja y, mirándola con toda impasibilidad:</p>
<p>—Y este títere que acaba de traer, -le preguntamos sincrónicamente-,¿a cómo es?</p>
<p>—Pues éste, contestó la vendedora—, este sí es de veras fino, y cuesta, él solo, ocho cientos de pesos.</p>
<p>—¡Ocho cientos de pesos éste solo! Está muy bien, envuélvamelo para regalo; pero dígame: ¿por qué es tanta la diferencia?</p>
<p>—Oh, contestó la vieja—, porque este es finísimo, porque éste está perfectamente hecho. ¿Ve usted cómo, de los que traje primero, cada uno está colgado nada más de un sólo hilo?, pues es que no saben hacer más que una sola cosa, bailar a saltitos, lo mismo que cualquier monito atado a un hilo; en tanto que este último tiene, él solo, tantos hilos, cuantos los otros todos juntos. Pues es que cada hilo es llave para hacerlo ejecutar una función distinta. Mire, tómelo usted en sus manos</p>
<p>Y lo puso en tus manos, y te instó a que fueras comprobándolo. Y cuando, de entre sus innumerables hilos, llamaste a uno, al primero que se te ocurrió, el insignificante titerito aquel de mal cocido barro que, por su humilde y astroso aspecto, era en todo semejante a los de 1200 por centavo, mostró resueltamente su talento para actuar como diablo, entrando a fruncir el ceño y a cambiar los colores de sus ojos, de pardos en azules, de azules en verdosos, amarillos, cárdenos, violáceos, indefinidamente, sin repetirse nunca. En seguida llamaste a otro hilo, y empezó a apestar azufre y a arrojar humo por las orejas.</p>
<p>Ibas a llamar, más tarde, a otro hilo; pero la mujer, arrojándose convulsa sobre ti, toda espantada, te conjuró que no lo hicieras, que aquel hilo no fueras a tocarlo nunca, porque era el más terrible, el más profundo, el más trascendental de cuantos hilos habían existido hasta hoy sobre la tierra. Que ya te había indicado cómo aquel diablo era de construcción acabadísima, y estaba tan esmeradamente hecho, que podría, sin el menor empacho, ejecutar la más osada y endiablada cosa, que jamás pudiera un diablo de verdad. Y que, por tanto, te advertía, te rogaba —ella que no había rogado nunca— que el hilo aquel no lo tocaras, pues si lo hacías, el diablo se volvería en tu contra y, como uno auténtico, con tanta realidad como podría el propio Lucifer, te arrancaría el alma y te conduciría al infierno.</p>
<p>Siguió un momento inane. Todos nos estuvimos quedos y callados, durante tres momentos: uno, el momento que era necesario para reponernos del susto y la sorpresa; dos, el momento que era necesario para volver a entrarnos adentro de nuestra conciencia, y tres, el momento que era necesario para pensar en lo que debería hacerse.</p>
<p>Y luego que nos repusimos, que entramos en nuestra conciencia y que meditamos en lo que debía hacerse, con inmanente calma, con ademán amable y trascendente —aunque no sin misterio—, le dijiste:</p>
<p>—Señora, yo, en verdad, como le dije, deseo con toda el alma un títere de estos, pero uno que no sea diablo, uno que sea más bien, un ángel.</p>
<p>Y la mujer te vio con tal mirada, que era cual si hubiera leído, como en un libro abierto, en el cartapacio por de fuera invisible, de tus pensamientos, y, sonriente, comprensiva, maliciosa, benigna, misteriosa, sin espacio ni prisa, entróse dentro y tornó a no mucho, con otra rueda en la cual estaba suspendido el títere que habías solicitado. Y lo puso a tu alcance, y tú sacaste cuentas, comparaste los hilos, y cuando creíste dar con el correspondiente a aquel del diablo que no osaste llamar, llamaste a él. Y he aquí, el angelito hizo ademán de posarse sobre el piso, con movimiento que hacía creer a los espectadores, que venía, no de la trastienda, sino del firmamento. Y una vez posado, con angelical mesura, blanda y celestemente se inclinó ante ti y te dijo que, por orden de la superioridad, venía a hacerte sabedor de que en la Quinta Delegación del celestial Distrito, se había presentado, en contra tuya, acusación de ser persona soñadora y poco seria, nada apropiada para este mundo, y que, en tal virtud, se le había confiado la misión de conducirte vivo o muerto, y por las buenas o de una oreja, a un lugar más propio para tu condición romántica.</p>
<p>Válgame Dios, y cuán penosa y larga, mas cuán encantadora era la senda por donde íbamos. Era en subida y llana, sin ninguna aspereza, antes pulida, tersa, y sólida como un espejo. Hierbas, no se veían, tampoco troncos, ni céspedes, ni rosas. Sólo profundidad y estrellas se ofrecían como suelo a nuestros pasos, y cada paso había que darlo con honda precaución, pues el peligro de resbalar sin caer, patinando de pie, hacia atrás y para abajo, era infinito . . .</p>
<p>. . . Ya, viejo, ya no estamos en edad de soñar sueños de niños, ni, acaso, nuestro estado es ya el más propio para esto de andárnoslo contando. Porque no somos niños ya. Tú , desde hace ya casi dos meses, desde que te casaste. Yo, desde hace apenas un poco más de veinte años, desde muchísimo antes de que me casara.</p>
<p>Pero ¿qué quieres? se duerme uno, se duerme, y suelta sus controles, se le evaden sus pitas, las riendas de su imaginación se independizan, y entonces sueña uno, sueña, y a veces sueña lo que no se espera, a veces, lo que no debiera, y, a veces, ay, a veces, hasta lo que no quisiera . . .</p>
<p>Ya, viejo, ya muy cierto es que no estamos en edad de soñar sueños de niños; pero estamos en ello, tan lejos como cerca de nosotros, vamos por la pendiente resbalosa y luciente de los sueños, y el peligro de resbalar sin caer, patinando de pie, hacia atrás, sin objeto a donde asirse y para abajo, es infinito . . .</p>

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		<title>Anamnesis</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/anamnesis/</link>
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		<pubDate>Tue, 29 Dec 2009 00:54:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>

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		<description><![CDATA[...Alyssa es una chica fuerte y flexible, con las manos firmes de una masajista, y espero con ansia su tacto. Oscar es un espécimen igualmente bueno, aunque con el cabello algo largo para ser padre. Y como, de acuerdo con Platón, olvidaré todo lo que sé una vez que nazca, y todo lo que aprenda a partir de ahí será una forma de recordarlo, pasará un largo tiempo antes de que nuestros gustos de lectura y música causen conflicto. Además, tienen corazón noble: por ejemplo, siempre le dan dinero a la drogadicta del lobby, que desde que me acuerdo ha estado tratando de recuperar su carro del empeño...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/anamnesis/"/>sigue leyendo</a>

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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
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</span></h5>
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<p>Janet Sarbanes es una escritora de los Ángeles. Este cuentito fue publicado en la última edición de Luvina (la revista de la universidad de Guadalajara). Estuve buscando algunos datos sobre ella y pude encontrar muy poco (sólo este podcast  donde ella y otras dos escritoras de L.A leen algo y responden a algunas preguntas). Así que mejor pasemos directamente al cuento que, la verdad sea dicha, habla muy bien de ella.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Anamnesis</strong><strong> de Janet Sarbanes</strong></p>
<p><strong>Al principio</strong> me esforcé por mantenerme con vida. Alyssa aún no sabía de mí, y no era muy cuidadosa. Sus amigos venían todo el tiempo, con vino y cigarros, y se sentaban con nosotros en el techo a mirar las luces y las palmeras de Los Ángeles, que irradian desde nuestro edificio de departamentos en filas ordenadas que llegan hasta donde alcanza la vista. De día parecía agobiada por su nuevo trabajo en un nuevo <em>spa </em>hasta el otro lado de la ciudad, pero en esas noches y largas tardes de beber y fumar estaba relajada y brillante. Oscar siempre se quedaba después de que los otros se habían ido, y entre los dos había un entendimiento.<br />
Por supuesto, cuando Alyssa finalmente se enteró de mí, fue en la dirección contraria, un poco exagerada, si me preguntan, porque me gustaba cuando estaba relajada y brillante, sin esa arruga en la frente y esa aguda nota de miedo cada que hablaba con Oscar. Sin estar del todo seguro, pude ver desde el primer instante que Oscar quería estar con nosotros para siempre, y eventualmente ella lo vio también. Era difícil no verlo cuando él se quedaba mañana, tarde y noche, y siempre se metía a nuestro lado de la cama.<br />
Pero no habría más desmayos placenteros para mí, ni me perdería ya pedazos enteros del día —y no más despertarme repentinamente sintiéndome totalmente agitado, tampoco, porque Alyssa había dejado el alcohol <em>y </em>el café. Las cosas se acomodaron en una rutina bastante más aburrida, hablando fisiológicamente, pero al menos ya podía pensar de forma un poco más clara y percibir mis alrededores. Alyssa, ahora con Oscar, vive en un departamento en el sexto piso en algún lugar de Hollywood. Tiene pisos de madera dura sin pulir y necesita una nueva capa de pintura, pero es encantador, en especial en la madrugada, antes de que Alyssa y Oscar despierten; entonces parece un lugar dorado, mi nuevo hogar, o mi futuro hogar, hermosamente simple, un arreglo de alojamiento arquetípico, con sus techos altos, su cama baja, su mesa de roble y sus dos sillas, su chistoso sillón con adornos de brocado amarillos.<br />
Estamos suscritos a <em>Los Angeles Times, </em>aunque realmente no estoy seguro para qué, porque todo lo que parecen leer Alyssa y Oscar son el horóscopo y las tiras cómicas. A veces intentan resolver el sudoku, pero les resulta muy difícil. Pasamos horas y horas en la mesa del desayuno en estas actividades. Ocasionalmente, veo de reojo la primera plana o la sección de opinión camino al sudoku y grito: «¡deténganse! ¡quiero leer eso!», como para poder entender un poco el mundo al que estoy por llegar, pero Alyssa sólo eructa y sigue adelante. Me preocupa un poco que mis padres no sean gente seria, pero Oscar dice que el sudoku mantiene la mente activa y previene el<br />
Alzheimer, y no quiero que ninguno de ellos acabe teniendo eso.<br />
Últimamente, han estado pasando mucho tiempo en el techo, pensando en extraterrestres. No si existen o no, sino si las luces que ven en el cielo son sus naves espaciales. La tía de Oscar fue brevemente secuestrada por los extraterrestres en Minnesota y tiene una imagen clara de cómo se ven: una gran cabeza en un pequeño cuerpo plateado, grandes ojos negros sin párpados, piel arrugada. «¡soy yo de quien está hablando!», le grito a Alyssa, que escucha sentada con una expresión soñadora, sobándose la panza como si inconscientemente supiera sobre la conexión. «No creo que los extraterrestres sigan siendo hostiles», dice Oscar, «si alguna vez lo fueron. Eso era paranoia de los cincuenta. Creo que sólo están tratando de ayudarnos». Alyssa asiente pensativa: «O de estar con nosotros. Desde hace años y años luz».<br />
Sería muy difícil llamar a mis padres gente ambiciosa. Pero Oscar no tiene trabajo, así que supongo que no puedo resentirme por sus pequeños placeres. Aparentemente es un momento terrible para buscar trabajo, por lo que no pueden ponerme ese nombre en swahili que les gusta, que significa «aquél que nace en tiempos de prosperidad». Escojan algo simple y pónganme el nombre de alguno de sus padres, quiero decirles, pero mientras no me pongan el nombre de un lugar o un mes o un sentimiento, consideraré que tengo suerte.<br />
No tener trabajo significa que Oscar dispone de más tiempo para su banda, y pasamos muchas noches en ensayos y trabajos en un dolor insoportable. Alyssa se retuerce y gira al ritmo de la música y yo hago lo mismo, con las manos sobre los oídos. Prefiero la música del elevador del consultorio del doctor, pero así es esto del amor, y Alyssa ama a Oscar y yo también. ¿Qué puedes hacer que no sea amar a tus padres, que están dispuestos a atenderte en todo?<br />
Alyssa es una chica fuerte y flexible, con las manos firmes de una masajista, y espero con ansia su tacto. Oscar es un espécimen igualmente bueno, aunque con el cabello algo largo para ser padre. Y como, de acuerdo con Platón, olvidaré todo lo que sé una vez que nazca, y todo lo que aprenda a partir de ahí será una forma de recordarlo, pasará un largo tiempo antes de que nuestros gustos de lectura y música causen conflicto. Además, tienen corazón noble: por ejemplo, siempre le dan dinero a la drogadicta del <em>lobby</em>, que desde que me acuerdo ha estado tratando de recuperar su carro del empeño.<br />
Y también está esa vez en que todavía me estaba agarrando de la pared del útero de Alyssa casi con los dientes, antes de que mi propio departamento dorado y simple se formara alrededor mío, y me solté un poco en un chorro de sangre —se había roto un vaso sanguíneo justo arriba de mí—, y casi me lleva la corriente. Oh, cómo sollozaron camino a emergencias, y por las cuatro horas que esperamos para ver a un doctor, aunque para cuando lo vimos ya estaba agarrándome fuerte de nuevo.<br />
No, estoy bastante feliz con mis padres. El problema es mi tía. Gina, la hermana de Alyssa. Viene cada tercer día y sube los pies al sillón amarillo y deja que Alyssa cuide a su terrorífico bebé, August. Si Alyssa no persigue a August, destroza la página del sudoku, tira los aceites esenciales y orina en el ficus. Gina se queda ahí sentada, con los pies en el sillón, limándose las uñas y viendo a su hermana menor, que ha ido bastante lejos, y diciendo: «Hay que aguantar el paso, Alyssa, ¿cómo vas a poder criar un niño así?». Cuando está Oscar, él persigue a August y Gina le da palmadas al sillón para que Alyssa se siente junto a ella, y entonces nos entretiene con las historias de parto más horrendas que se han contado. «¡yo nunca le haría eso!», grito, y pateo hacia ella a través del estómago de Alyssa. A veces le doy a la vejiga de Alyssa por error, lo que causa que haga un gesto de dolor, y Gina dice: «¡El parto es mil veces peor!». Me retuerzo más, tratando de atacarla, y Alyssa se queda ahí, pálida y con náuseas. No es una escena bonita. Oh, y entonces Gina le pide a Alyssa que le sobe los pies. «Yo lo haría por ti», dice, sonriendo con poca sinceridad, «pero yo no soy la profesional».<br />
No soy ingenuo sobre el pasaje de aquí hasta allá. Sé que no es nada placentero ni para la madre ni para el bebé, pero estoy entrenando constantemente para el gran evento. Me refiero a rutinas de entrenamiento de ocho a diez horas, a veces doce a catorce: marometas, trote, boxeo, patadas de karate. Alyssa, por su parte, hace yoga prenatal y respiración profunda, pero Gina se burla de eso también, de la idea de que cualquier mujer esté lista para el parto. «Sueño crepuscular», dice, «lo tenían en los viejos tiempos. ¡Denme ese sueño crepuscular!». «¿Pero qué hay del bebé?», dice Alyssa. «Los narcóticos drogan al bebé». «A la mierda con el bebé», dice Gina casi en silencio, mientras August vacía la bolsa de Alyssa en el piso. ¡a la mierda con el bebé! Estoy de acuerdo, y Alyssa se pone la mano en la panza y suspira.<br />
El otro día fuimos a la casa de Gina, una gran mansión de estuco cubierta de malvas en las colinas de Hollywood, donde medio vive con el padre de August, un productor. Digo que medio vive con él porque nunca está: casi se divorcian antes de que llegara August, y la idea sigue sobre la mesa. Pero la gente de Hollywood puede tardar eternidades en estas cosas porque siempre están en locaciones. Gina era directora de <em>casting</em> antes de embarazarse, pero ahora pasa todo el día sentada en el sillón, cuidándose el <em>manicure</em> —en su casa o en la nuestra— y dándole órdenes a la criada o a Alyssa. Al menos en casa de Gina podemos flotar en la alberca, y como Alyssa no me está presionando puedo hacer rutinas olímpicas en serio. Si tan sólo pudieran ver lo que hago aquí adentro, pienso, y me pone triste porque no voy a poder hacer esto cuando puedan verme, sólo seré una bola patética e inútil.<br />
En la tarde, Gina empieza de nuevo a hablarle a Alyssa sobre todo el equipo que tendrá que comprar para mí —puesto que Gina no me esperaba y le regaló todo el equipo de August a la chica del vestuario de su última película—, y lo cara que va a ser la guardería, y luego la escuela y la universidad —porque ¿qué tal si soy muy inteligente y quiero ir a la universidad?—, y lo irresponsables que son Alyssa y Oscar por traerme al mundo en su situación financiera. Alyssa se queda muy callada y se acurruca en su silla y Oscar miente y dice que tiene que ir a practicar con su banda, nada más para sacarnos de ahí. El colmo es cuando August se acerca, le sonríe dulcemente a Alyssa y le dice «Levántate, tonta, estás sentada en mi Transformer».<br />
Alyssa está callada todo el camino a casa, y cuando llegamos al departamento, que está a cien grados por dentro, Oscar la toma de la mano y la lleva al techo, donde pone una cobija y almohadas. Se acuestan ahí, mirando el cielo, y Oscar dice muchas cosas sabias, sorprendentemente sabias, sobre lo infeliz que es Gina, lo solitaria y lo celosa que está de Alyssa, y que no importa lo diferente que sean, ellos siempre tendrán mucho amor que darme. Alyssa asiente y toma su mano, doblando sus dedos entre los de él. Entonces nos quedamos callados y escudriñamos el cielo, buscando naves espaciales, criaturas diferentes a nosotros, que entrarán a nuestras vidas y las cambiarán para siempre. Puede que me tome mucho tiempo recordar este momento después de nacer, pero algún día lo haré.</p>
<div>Traducción de Héctor Ortiz Partida</div>

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		<title>Calidoscopio</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 23:49:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un chohete explota en millones de pedacitos y los tripulantes, dispersos sobre el universo, caen hacia su irrmediable muerte. No pueden más que caer,  hablar entre ellos y aceptar su muerte... qué harías tú si estuvieras cayendo, si supieras que tu muerte es inevitable... en el cuento de la semana otra historia del maestro de maestros Ray Bradbury...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/calidoscopio/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
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<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: left;">Un chohete explota en millones de pedacitos y los tripulantes, dispersos sobre el universo, caen hacia su irrmediable muerte. No pueden más que caer,  hablar entre ellos y aceptar su muerte&#8230; qué harías tú si estuvieras cayendo, si supieras que tu muerte es inevitable&#8230; en el cuento de la semana otra historia del maestro de maestros Ray Bradbury.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;"><strong>Calidoscopio</strong></p>
<p>El primer impacto rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.<br />
—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?<br />
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.<br />
—¡Woode, Woode!<br />
—¡Capitán!<br />
—Hollis, Hollis, aquí Stone.<br />
—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?<br />
—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo&#8230; Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!<br />
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.<br />
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.<br />
—Nos alejamos unos de otros.<br />
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.<br />
Pasaron diez minutos. E1 terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.<br />
—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?<br />
—Depende de tu velocidad y la mía.<br />
—Una hora, supongo.<br />
—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.<br />
—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.<br />
—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?<br />
—¿Hacia dónde caes?<br />
—Creo que me estrellaré en el Sol.<br />
—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, Arderé como una cerilla.<br />
Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.</p>
<p>Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.<br />
—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!<br />
—¿Quién habla?<br />
—No lo sé.<br />
—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?<br />
—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!<br />
—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?<br />
Una pausa. Seguían separándose unos de otros.<br />
—¿Stimson?<br />
—Sí —replicó por fin.<br />
—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.<br />
—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.<br />
—Hay una posibilidad de que nos encuentren.<br />
—Si, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.<br />
—Es una pesadilla —dijo alguien.<br />
—¡Cállate! —ordenó Hollis.<br />
—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.<br />
Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo&#8230;, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.<br />
¡Y seguían cayendo y cayendo!</p>
<p>Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.<br />
—¡Basta!<br />
El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.<br />
Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.<br />
&#8220;Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?&#8221;<br />
Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.<br />
Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.<br />
—Hollis, ¿sigues ahí?<br />
Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.<br />
—Aquí Applegate otra vez.<br />
—¿Qué hay, Applegate?<br />
—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.<br />
El capitán intervino.<br />
—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.<br />
—Capitán, ¿por qué no se calla?<br />
—¿Qué?<br />
—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.<br />
—¡Compórtese, Applegate!<br />
—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.<br />
—¡Le ordeno que se calle!<br />
—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estabamos, Hollis? Ah, sí ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.<br />
Hollis, desesperado, cerró los puños.<br />
—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.<br />
Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.<br />
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de si mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad&#8230; Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.</p>
<p>¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.<br />
—¿Estás enfadado, Hollis?<br />
—No.<br />
Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.<br />
—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.<br />
—No tiene importancia.<br />
Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso&#8230; El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.<br />
Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?<br />
Uno de los otros hombros estaba hablando.<br />
—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.<br />
&#8220;Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.&#8221;<br />
Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:<br />
—¡Todo ha terminado, Lespere!<br />
Silencio.<br />
—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!<br />
—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.<br />
—Soy Hollis.<br />
Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.<br />
—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?<br />
—No.<br />
—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?<br />
—¡Sí, es mejor!<br />
—¿Por qué?<br />
—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.</p>
<p>Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.<br />
—¿Y para qué te sirve eso? —gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.<br />
—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.<br />
—¿Perverso?<br />
Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. &#8220;Perverso&#8221;. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.<br />
—Cálmate, Hollis.<br />
Alguien había escuchado su voz sofocada.<br />
Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson&#8230; Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la &#8220;serenidad&#8221;, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.<br />
—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.<br />
&#8220;Pero, ¿no somos iguales? —se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.&#8221;<br />
Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.<br />
Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?<br />
Un momento después descubrió que su pié derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. E1 aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.<br />
—¿Hollis?<br />
Hollis respondió cansinamente, harta de aguardar la muerte.<br />
—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.<br />
—Sí.<br />
—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?<br />
—Sí<br />
—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Guando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.</p>
<p>Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.<br />
—Gracias, Applegate.<br />
—No hay de qué. Y anímate, bobo.<br />
—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?<br />
—¿Stimson?<br />
Todos escuchaban atentamente:<br />
—Debe de haber muerto.<br />
—No lo creo. ¡Stimson!<br />
Volvieron a escuchar.<br />
Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta&#8230;<br />
—Es él. Escuchad.<br />
—¡Stimson!<br />
Nadie respondió.<br />
Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.<br />
—No contestará.<br />
—Ha perdido el conocimiento. Dios le ayude.<br />
—Es él, escuchad.<br />
Una respiración apenas audible, el silencio.<br />
—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Consideradlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.<br />
Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.<br />
—¡Eh! —dijo Stone.<br />
—¿Qué?<br />
Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.<br />
—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.<br />
—¿Meteoritos?<br />
—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, que hermoso es todo esto!<br />
Silencio.<br />
—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.<br />
Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.<br />
—Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.<br />
—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.<br />
—No te hagas el gracioso —dijo Stone.<br />
Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.<br />
T odas las voces, iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.<br />
—Adiós.<br />
—Tómatelo con calma.<br />
—Adiós, Hollis —dijo Applegate.<br />
Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.<br />
Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood&#8230; Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.<br />
&#8220;¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta&#8230; Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.&#8221;<br />
Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz&#8230; Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.<br />
&#8220;Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.&#8221;<br />
—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.</p>
<p>Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.<br />
—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!<br />
La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.<br />
—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.</p>

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		<title>Gótico americano</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Nov 2009 18:28:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tomado de las páginas de la serie de antologías clásicas de la serie "Stephen King Horrror" y especialmente del volumen 7, esta historia de Ray Russell, es el cuento de la semana. He aquí el divertidisimo, cachondo, muy cachondo cuento de Ray Russell, inspirado por cierto en el cuadro de Grant Wood(el mismo que ilustra esta entrada) llamado también gótico americano...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/11/gotico-americano/"/>sigue leyendo</a>...
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Oye este cuento, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Gótico-americano.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Tomado de las páginas de la serie de antologías clásicas de la serie &#8220;Stephen King Horrror&#8221; y especialmente del volumen 7, esta historia de Ray Russell, es el cuento de la semana.</p>
<p>Ray Russell fue un escritor gringo nacido en 1929 y muerto en 1999. Era especialmente bueno escribiendo cuentos aunque de una de sus novelas,&#8221; Sardonicus&#8221;, Stephen King dijera: &#8220;Es quizás uno de los mejores exemplos de gótico moderno jamás escrito&#8221;.</p>
<p>Ray trabajó durante años escribiendo notas de humor y cuentos para la revista playboy, para la que compiló la antología <a href="http://www.fantasticfiction.co.uk/r/ray-russell/playboy-book-of-horror-and-supernatural.htm">The Playboy Book of Horror and the Supernatural</a><span> de <a href="http://www.fantasticfiction.co.uk/years/1967.htm">1967.</a></span> Durante esos años la revista de Hugh Hefner publicaba en sus páginas a grandes escritores de ciencia ficción y fantasía, entre ellos a Ray Bradbury, Henry Slesar, Frederic Brown, Frederik Pohl, Richard Matheson, Jack Finney, Robert Bloch y a Kurt Vonnegut, cuyo mágnífico libro &#8220;Bienvenido a la casa del mono&#8221; apareció por primera vez publicado en las páginas de está revista junto a fotos de rubias de pechos enormes brincando  desnudas.(<a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/05/harrison-bergeron/">lee un cuento de ese libro aquí</a>)</p>
<p>Bueno, sin más, he aquí el divertidisimo, cachondo, muy cachondo cuento de Ray Russell, inspirado por cierto en el cuadro de Grant Wood(el mismo que ilustra esta entrada) llamado también gótico americano.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">&#8212;</p>
<p style="text-align: center;"><strong>GÓTICO AMERICANO</strong></p>
<p style="text-align: center;">por RAY RUSSELL</p>
<p>I</p>
<p>¿Queréis que os cuente el caso de la hechicera y el asesinato que tuvimos por estos lugares? Pues bien, ella era una poderosa hechicera, y ésta es una verdad como un templo; si hasta se sabía un montón de palabras raras y todo: en fin, la cuestión es que la cosa ocurrió hace mucho tiempo. He contado esta historia un montón de veces, pero creo que no me ocurrirá nada si la cuento ahora de nuevo.<br />
Supongo que será mejor que empiece por hablaros de la muchachita que nos llevamos aquel verano a la granja. Era extranjera, de Hungría, Polonia, Pennsylvania o un país por el estilo. Tendría unos quince años. Más tonta que hecha de encargo, pero resultona.* Llevaba dos trenzas amarillas, y tenía los ojos del mismo color que la flor del maíz, y los senos más bien desarrollados&#8230; El suyo era el trasero más bonito que yo había visto en mi vida. En fin, un día, a mi hijo Jug se le ocurrió mirar a la chica cuando estaba agachada dando de comer a las gallinas, eso sería al primero o segundo día de trabajar para nosotros, y aquél fue el día en que se podría decir que Jug se hizo hombre.<br />
La única pega era que no sabía cómo hacerlo. Por todos los diablos, el muchacho sólo tenía catorce años. Lo único que sabía era que cuando la chavala estaba agachada de aquella manera, con el vestido de tela de saco ceñido al trasero, él notaba aquella sensación en los tejanos, como si fuera cosa de magia. Y no sabía la razón. Pero ahí estaba. De modo que se acercó a la muchacha a grandes trancos, la miró directo a los ojos y se desabrochó los pantalones.<br />
* A lo largo del relato, el lenguaje que el autor pone en boca de sus personajes es el propio de gente algo inculta. (N. de la T.)</p>
<p>—Mira esto —dijo—. ¿Has visto algo así alguna vez? Bueno, pues la chica no supo qué decir. La boca se le abrió como una pala mecánica. De todos modos, ni siquiera sabía hablar inglés. Y echó a correr.<br />
Pero corrió hacia donde no debía. Se dirigió hacia el granero. Ése fue su gran error. Yo me quedé en la casa todo el rato, tomando café en la cocina, y desde allí oí sus gritos. Chillaba como un gorrino atascado. Después de aquello, los dos siguieron como una casa en llamas. La madre de Jug había muerto al nacer el chico, pobre. Yo la quería mucho. Está enterrada en el pastizal de atrás, debajo del olmo grande. Yo mismo crié a Jug. Tal vez por eso salió tan salvaje, no tuvo una madre que lo amansara y le enseñase modales. Jug no era su nombre verdadero. Yo lo llamaba así por sus orejas.*<br />
Un día, la criada que habíamos contratado se me acercó, y en su inglés chapurreado me dijo que no le daba tiempo a hacer el trabajo, porque no podía quitarse a Jug de encima. Hablé con el muchacho.<br />
—Papá —me dijo—, cuando veo a esa chica pasar por delante de mí, con ese vestido fino y esas piernas, esta puñetera cosa se me levanta como la cola de un zorro y no puedo hacer nada más que agarrarla y metérsela.<br />
En aquel momento, la muchacha pasó por delante de la ventana, cargada con un cubo, y cuando vi de qué forma se le movía el trasero debajo del vestido, entendí lo que Jug quería decir. La mañana era fresca, y los pezones empujaban contra la tela como un par de cartuchos de escopeta.<br />
—Ve a dar de comer a los cerdos —dije al muchacho—, que yo hablaré con la chica.<br />
Jug salió disparado y yo también hice lo mismo, pero detrás de la chica. La alcancé cerca de la bomba y le dije que se tomara un descanso y volviese a la casa a beber una taza de café.<br />
Cuando estaba sentada en la cocina, tomándose el café, a mí me dio por pensar en mi vida, y en lo solo que me encontraba. Y no paraba de mirar aquellas piernas de quince años, suaves y firmes. Y los senos. Y sus grandes ojos, azules y tontos.<br />
—Niña —dije—, me parece que te vendría bien un baño. Y buena falta que le hacía. Así que calenté un poco de agua y llené la tina allí mismo, en el centro de la cocina. Le dije que se quitara el vestido. Al principio, no quería; pero luego supongo que pensó que podía fiarse de mí porque yo era como un padre o algo así; me imagino que le parecería un hombre mayor. Bueno, el caso es que se quitó el vestido, y por Judas, qué cuerpo tenía la niña. Casi no lo podía creer. Le pedí que se metiera en la tina, y entonces cogí la barra de jabón casero, me arrodillé cerca de la tina y empecé a enjabonarla a conciencia. La lavé por delante y por detrás. Le lavé las piernas. Para entonces, yo estaba ya medio loco.<br />
* Jug: jarra, en inglés. (N. de la T.)</p>
<p>Cuando salió de la tina, toda brillante y mojada, y con olor a jabón, no pude aguantarme más. Allí mismo, en el suelo de la cocina, sobre una toalla grande, me la cepillé; y en verdad os digo que aquello fue como una ciruela blandita y madura, calentita por el sol, y tan llena de jugo dulce que se partía por el medio. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, y todo acabó antes de que pudiera decir ni pío.<br />
Después, la envolví con la toalla grande, me la llevé arriba, al dormitorio, y me la cepillé de nuevo, pero despacio y con calma esta vez.<br />
Claro que aquello no solucionó el problema. Más bien lo complicó. En lugar de perseguirla un moscardón, la perseguían dos. Cuando Jug no se la cepillaba, lo hacía yo. La chica no se quejaba, pero tampoco llevaba a cabo su trabajo. La granja se fue al carajo. Aunque la verdad es que nunca había sido una granja como Dios manda, apenas unas hectáreas, propiedad de mi mujer, por cierto. Ella la había heredado de su padre, y. como es natural, al morir ella pasó a ser mía. Pero, como ya he dicho, se fue derechita al carajo. Con tanto cepillarse a la niña, nadie se acordaba de arar los campos. Los cerdos llegaron a estar tan flacos que pensamos en el acto piadoso que sería matarlos para convertirlos en tocino antes de que enflaquecieran más. Nunca teníamos tiempo para darles de comer. Jug y yo estábamos siempre muy cansados. Pero tuve mano dura con el muchacho.<br />
—Jug —dije un buen día—, sal de una vez y ordeña las vacas. Luego, engancha el caballo al arado. Además, hay un montón de paja por meter y&#8230;<br />
—Vete a la porra, papá —respondió—. Si en esta granja hay trabajo por hacer, nos lo repartiremos entre los dos. No pienso romperme el culo ahí fuera durante todo el santo día, para que tú te quedes aquí, metiéndosela a la criada.<br />
—Hijo, un poco más de respeto hacia tu padre.<br />
—Mira, papá, no me vengas con esas mierdas.<br />
Bueno, acabamos por repartirnos el trabajo, tal como él había dicho. También hicimos la parte que le tocaba a la chica. No nos parecía justo que trabajara cuando se ocupaba tan bien de nosotros en otros aspectos. Claro que como ya no hacía nada, dejamos de pagarle. Pero a ella no le importó. Tenía casa y comida. Y cocinaba para nosotros, claro; aunque era peor cocinera que Jug, que ya es decir. Pero nosotros sabíamos distinguir cuándo estábamos bien; o sea, que nos comíamos lo que preparaba.<br />
Un día vino a vernos el predicador, el reverendo Simms. Era un tipo alto, huesudo y bizco, vestido de negro. Más o menos de mi edad. Su esposa tenía el rostro igualito al de George Washington en los billetes de dólar. Pero aquel día la había dejado en casa, detalle que fue de agradecer. Llegó a la granja, en su viejo y traqueteante cacharro, cuando yo estaba sentado en el porche de atrás, mientras fumaba mi pipa y miraba la rojiza puesta del sol.<br />
—Hermano Taggott —me dijo.<br />
—Buenas tardes, reverendo.<br />
—He oído por ahí unos comentarios muy peculiares. Taggott. Parece ser que ha contratado usted a una muchacha extranjera para trabajar en la granja.<br />
—Eso mismo. Es de Pennsylvania o algo parecido.<br />
—Hermano, no pretendo ofenderle, porque sé que es usted un hombre de Dios, pero este asunto no me parece correcto. Quiero decir, que en la granja no hay ninguna otra mujer que pueda ocuparse de la muchacha. Sólo usted y su hijo. Y el chico&#8230;, en fin, ya tiene edad para fijarse en la niña. Y aquí la tiene, sola con dos hombres en una granja, y sin nadie que la proteja o le diga lo que está bien o está mal.<br />
—Y según usted, ¿qué deberíamos hacer, reverendo?<br />
—La chica es menor de edad. Tendría que estar en el orfanato del condado. Allí la pondrían a trabajar y le enseñarían los principios morales.<br />
—¿Y cómo lo harían? Apenas habla inglés.<br />
—También le enseñarán a hablar. Hermano Taggott, es la única manera decente de hacer las cosas. Mi esposa me ha dado la idea, y, que yo sepa, jamás se ha equivocado en cuestiones de moralidad y decencia.<br />
—Bien, reverendo, supongo que usted y su señora tienen razón.<br />
—Me alegra que lo tome así.<br />
—La cuestión es que tal vez a la chica no le haga gracia ir a un orfanato. Le gusta esto.<br />
—Eso no importa. Es por su propio bien.<br />
—Ya lo sé. Pero ¿cómo voy a explicárselo? Apenas habla inglés; además, es más bruta que un arado.<br />
—Hermano, la fe mueve montañas.<br />
—Amén. ¿Sabe una cosa? Creo que será mejor que le hable usted.<br />
—Buena idea.<br />
—No sé. al ser usted un hombre de iglesia&#8230;<br />
—Muy bien, hermano. Estoy de acuerdo. Si fuera tan amable de conducirme hasta ella, aclararé las cosas.<br />
—Pase, reverendo. —Le llevé a la cocina y le serví una taza de café—. Siéntese un momento, que voy a decirle a la chica que está aquí.<br />
Ella estaba en el dormitorio, descansando; como pude, le conté lo del reverendo y para qué estaba en la granja. Bueno, para ser sincero, no era verdad que no hablara inglés. Cuando yo y Jug llegamos a conocerla mejor, logramos entendernos con ella; además, la chica había aprendido algo de inglés y nosotros unas cuantas palabras de su lengua, y entre eso y las señas, incluso podíamos conversar. Le hice entender lo que el predicador se proponía, y luego bajé otra vez a la cocina.<br />
—La encontrará arriba, reverendo. Le espera. Es toda suya.<br />
—Gracias, hermano Taggott. La suya es una actitud muy encomiable.<br />
—Yo quiero hacer lo que está bien, nada más. Y el reverendo subió.<br />
Permaneció arriba una media hora. Cuando bajó, la chica no lo acompañaba.<br />
—¿No se marcha con usted? —pregunté.<br />
— Hermano Taggott, los designios del Señor son inescrutables.<br />
—Amén.<br />
—Y pueden pasar a través de una chiquilla.<br />
—Una verdad indiscutible.<br />
—Esa niña sencilla y sincera de ahí arriba me ha enseñado, a pesar de su incultura, que existen unos designios más elevados que los del hombre. Es la ley de Dios y del Amor.<br />
—¡Aleluya!<br />
—Según las leyes de los hombres, la chica debe ir al orfanato. Pero ¿puede una institución tan fría como ésa ofrecerle Amor? ¿Puede darle el sencillo calor humano que recibe en esta casa?<br />
—Claro que no.<br />
—En efecto, hermano. Por eso he decidido que la niña debe quedarse aquí, bajo su tutela.<br />
—Lo que usted diga, reverendo.<br />
—Pero debo imponer una condición.<br />
—¿Cuál?<br />
—Es verdad que usted puede cubrir casi todas las necesidades materiales de esa niña. Le da una casa. Un techo para guarecerse de la lluvia. Comida con que alimentar su cuerpo. Y ese Amor tan importante al que acabo de referirme. La única cosa que no puede usted proporcionarle, hermano Taggot, es consejo espiritual. De manera que la cuestión es ésta: permitiré que la chica se quede con usted, «siempre y cuando» yo pueda venir y verla a solas, para darle orientación espiritual. Digamos&#8230; una vez a la semana; ¿qué le parece?<br />
—¿Qué tal el viernes por la noche, después de cenar?<br />
—Muy bien. Me va estupendamente.<br />
Cuando se dirigió hacia la puerta, me acordé de una cosa y le pregunté:<br />
—Oiga, reverendo, ¿y la señora Simms?<br />
—Yo me encargaré de ella, no se preocupe.<br />
Después de aquello, las cosas marcharon bastante bien durante un tiempo. Yo y Jug estábamos contentos. La chica que habíamos contratado no se quejaba. Cada viernes, después de la cena, aparecía el reverendo, se la llevaba a un sitio apartado y la aconsejaba espiritualmente durante unos veinte minutos. La vida fluía como el agua de un arroyo.<br />
Hasta que un día, la señora Simms se presentó en la granja en aquel cacharro. Se detuvo justo delante de mí y me miró de frente, con aquellas chapas de botella de Coca-Cola que tenía por ojos. No quiero decir con esto que fuera fea. Aquel rostro habría parecido muy atractivo en un hombre. Pero en una mujer, no encajaba.<br />
—Señor Taggot&#8230;<br />
Tenía una voz muy parecida a la de Dewey Elgin, el bajo del coro de la iglesia.<br />
—Señora.<br />
—Esa chica a la que mi marido ha estado aconsejando espiritualmente&#8230;<br />
—Sí, señora.<br />
—Quiero verla.<br />
—Muy bien. Si tiene la bondad de seguirme&#8230;<br />
Se apeó del cacharro y me siguió de cerca mientras me dirigía hacia la casa. Me tenía preocupado lo que pudiera ver en ella. Si la criada que habíamos contratado estaba arriba con Jug, no habría problemas, porque tendría tiempo más que suficiente para hacer salir a Jug por la puerta lateral y preparar a la chica para que estuviera presentable, antes de que la esposa del reverendo le echara una ojeada. Pero si la muchacha se encontraba en la cocina, fregando platos o limpiando los fogones, era probable que estuviese tan desnuda como Dios la trajo al mundo. Le había dado por pasearse en cueros por la casa casi todo el tiempo. No se lo recrimino. En vista de cómo estaban las cosas entre ella. Jug y yo, no valía la pena que se molestara en vestirse.<br />
Me adelanté a la señora Simms, me dirigí rápidamente al porche trasero y entré en la cocina. No hubo problemas. La chica llevaba un vestido. Incluso se había calzado. Me intrigó saber de dónde habría sacado los zapatos, hasta que me acordé de que pertenecieron a la mamá de Jug. Eran unos zapatos de vestir que se había comprado en cierta ocasión. De color rojo brillante. Con unos tacones de cinco centímetros y una abertura delante por donde se le veían los dedos. Con aquellos zapatos, las piernas de la chica se veían más bonitas que de costumbre, y estuve a punto de pedirle que se los quitara y los escondiera debajo del fregadero cuando detrás de mí oí cerrarse de golpe la puerta mosquitera y sentí aquella mirada tan fría clavada en mi nuca.<br />
—Muchacha, ha venido a verte la señora Simms —dije—. Muy amable de su parte, ¿no te parece?<br />
La señora Simms miró a la chica de la cabeza a los pies. Puedo jurar que aquello fue como si una víbora estuviera observando a un pajarillo.<br />
—¿Cómo se llama, señorita? —le preguntó. La muchacha se lo dijo—. ¿Le gusta vivir en la granja de los Taggot?<br />
La chica asintió con la cabeza. La señora Simms la perforó con los ojos. Después, la agarró del brazo.<br />
—Está bastante gordita —observó—. Según parece, no la matan de hambre. En cambio, «a usted» se le ve muy demacrado, señor Taggott&#8230;<br />
La verdad, tenía razón. Estaba demacrado; casi en los huesos. Y a Jug le ocurría lo mismo. Como los cerdos, que se habían quedado tan flacos que nosotros dos estábamos siempre demasiado cansados para darles de comer.<br />
Entonces, la señora Simms me dijo algo raro en verdad. Todo mezclado con unas palabras que sonaban extranjeras, no como las de la criada que habíamos contratado, más bien sonaban a franchute, como el que hablaba mi viejo tío Maynard al volver de la guerra mundial, mamuasel de Armentiers, parlivú y cosas así. Lo que la señora Simms dijo sonó más o menos así:<br />
—La Bel dom son mer sí. — Luego lo repitió otra vez—: La Bel dom son mer sí te ha esclavizado. Dios se apiade de ti.<br />
—Amén —añadí.<br />
Y lo hice porque es lo que digo siempre cuando se menciona el nombre de Dios, sobre todo si lo menciona un predicador, o la esposa de un predicador. Con esto no quiero decir que supiese de qué hablaba. Supongo que sería algo de las Escrituras, porque aquella mujer tenía mucha educación.<br />
—Buenos días. señor Taggott —me dijo.<br />
Después dio media vuelta y se marchó cerrando de un golpazo la puerta mosquitera.<br />
Juro que respiré mucho mejor cuando oí que su cacharro se ponía en marcha y bajaba traqueteando por el camino.<br />
A partir de entonces, los problemas empezaron.<br />
II<br />
Unos días más tarde, la chica me dijo que estaba preñada.<br />
—¿Qué? Ella asintió.<br />
—¿Estás segura? —pregunté. Me contestó por señas.<br />
—Jesús, María y José —repuse; después le pregunté—: ¿De quién es? No entendió mi pregunta.<br />
—El padre. E] papá. El papaíto. ¿Yo? ¿Jug? «¿Quién?»<br />
La muchacha se encogió de hombros. Fue como un mazazo para mí.<br />
Encontré a Jug en el granero, durmiendo como un tronco entre la paja. Le sacudí una patada en el trasero y se sentó más tieso que un palo.<br />
—¿Qué cuernos te pasa, papá? —gritó.<br />
—La criada tiene un bollo en el horno.<br />
—¡Qué bien! Porque tengo un hambre que me comería un oso con garras y todo.<br />
—¡Imbécil, que está preñada!<br />
—¡Jesús, María y José! —exclamó.<br />
—¿Qué vamos a hacer?<br />
—¿Me lo preguntas a mí? ¡Yo soy joven todavía!<br />
—¡Tienes edad suficiente para cepillarte a la chica!<br />
— ¡Y tú tienes edad suficiente para saber lo que iba a pasar!<br />
—Muchacho, métete esto en la cabeza: alguien tendrá que casarse con ella.<br />
—¡Joder, papá, yo no quiero casarme!<br />
—Yo tampoco. Ya tuve bastante con casarme con tu madre cuando quedó preñada de ti. No me van a cazar por segunda vez.<br />
—Ahí está la cosa, papá&#8230;. tú ya estás acostumbrado. ¡Note pasará nada!<br />
—A ti tampoco te ocurrirá nada. Todo hombre que se precie debe casarse al menos una vez en su vida. Pero dos veces son demasiadas. Yo ya he cumplido. Ahora te toca a ti.<br />
— ¡Joder, papá, el crío podría ser tuyo! ¡Eso lo convertiría en mi medio hermano!<br />
—¡Y si yo me casara con la chica y el crío fuera tuyo, yo sería el abuelo! En fin, muchacho, que nos hemos metido en un buen lío. En aquel momento, oí el cacharro del reverendo.<br />
—¿Qué día es hoy? —pregunté.<br />
—Viernes.<br />
—Volvamos a casa. Tenemos que hablar con el pastor. Al reverendo Simms no le entusiasmaba demasiado hablar con nosotros; él quería quedarse a solas con la chica para darle consejo espiritual&#8230;. hasta que le dimos la noticia. Quitó la mano del hombro de la muchacha como si se tratara de un hierro al rojo vivo.<br />
—Comprendo —dijo—. ¿Y qué piensa hacer?<br />
—Reverendo —respondí yo—, no hay muchas salidas. Tendrá que desposar a la chica.<br />
—¡Yo!<br />
—Quiero decir que deberá casarla con uno de nosotros dos, y por la iglesia, tal como está mandado.<br />
—Ah, ya —dijo, como si le faltaran las fuerzas.<br />
—Pero ¿cuál de nosotros? —pregunté.<br />
—¿Cuál? Pues, el que&#8230; el que&#8230; —Y ahí se detuvo en seco para rascarse la cabeza—. Ah, ya comprendo el problema.<br />
Nos quedamos en la cocina durante un rato, sin decir palabra. Después, saqué una jarra con licor de maíz. Le serví un vaso al reverendo (que estaba pálido como un muerto) y escancié otro para mí.<br />
—Papá, ¿no puedo tomar un poco? —preguntó Jug.<br />
—Eres muy joven todavía —contesté.<br />
El predicador y yo levantamos los vasos, nos metimos el licor entre pecho y espalda, nos estremecimos y esperamos sus efectos. Sólo tardaron cinco segundos en producirse. Como si un par de herraduras nos hubiera caído en la cabeza.<br />
—La puta madre&#8230; —dije yo.<br />
—Señor. Señor —murmuró el reverendo.<br />
—La muchacha tendrá que elegir —dijo cuando recuperó el aliento. Entonces fuimos y se lo preguntamos. Pero no hizo más que encogerse de hombros y poner expresión de tonta.<br />
—Tal como están las cosas, ¿por qué no lanzamos una moneda al aire? —preguntó el predicador.<br />
—No me parece justo —dije—. De ese modo todo depende de la suerte. Tendríamos que utilizar algo más parecido a un juego; algo que exija un poco de maña.<br />
—¿Tiene una baraja? —preguntó el reverendo.<br />
—No.<br />
—¿Y dados?<br />
—Tampoco.<br />
—Me alegra saber que su casa no guarda esos instrumentos del demonio, hermano Taggott, pero ¿cómo cuernos vamos a decidir entonces?<br />
Le contestó Jug:<br />
—Con esos juegos que montan en las ferias. Carreras de sacos. O atrapar al cerdito untado de grasa.<br />
—Estoy demasiado viejo para una carrera de sacos —protesté—. Me ganarías.<br />
—Pero no estás demasiado viejo para atrapar a un cerdo engrasado, papá. El año pasado lograste agarrar uno. Yo te vi.<br />
—El chico tiene razón —convine—. Los dos tenemos práctica en eso de atrapar cerdos engrasados.<br />
—Entonces sería un enfrentamiento justo —comentó el reverendo<br />
Simms.<br />
—Supongo.<br />
—La única pega es que no tenemos cerdos —dijo Jug.<br />
—¿Que no tienen cerdos? —inquirió el predicador.<br />
—Matamos al último la semana pasada —le expliqué, con un chasquido de los dedos; se me había olvidado por completo el detalle.<br />
—¡Espléndido! —exclamó el predicador—. Los problemas crecen y se multiplican. ¿Podríamos tomar un poco más de esa cosa, hermano? Quizá nos aclare la mente.<br />
Serví otros dos vasos de la jarra y nos los echamos al coleto.<br />
—Señor, Señor —dije.<br />
—La puta madre —masculló el reverendo. El licor no nos refrescó la mente, pero al parecer sí se la refrescó a Jug; quizá fuera el efecto del olor. El caso es que sugirió:<br />
—Reverendo, ¿y si engrasáramos a la muchacha?<br />
Bien, debo reconocer aquí y ahora que si el predicador y yo hubiéramos estado en estado normal, la idea de Jug no hubiese pasado de ahí; pero, a aquellas alturas, los dos llevábamos entre pecho y espalda casi medio litro de aquel recio licor, así que no nos pareció tan mala. Todavía nos pareció mejor cuando tomamos otro par de vasos. Tal como el reverendo dijo, era muy apropiado. Al fin y al cabo, por decirlo de alguna manera, el premio iba a ser la chica, de modo que, ¿por qué no engrasarla a ella?<br />
Así que salimos todos y nos fuimos detrás del establo. Para entonces, el sol ya se había puesto, pero había luna llena; o sea, que veíamos bien. Si había algo que nos sobraba era grasa de cerdo. Jug y yo sacamos un barril. Tratamos de explicarle a la chica lo que hacíamos, pero no sé si nos entendió. Se portó bien y no se movió cuando Jug y yo le quitamos el vestido y la untamos de grasa desde la barbilla hasta la planta de los pies. Si nunca habéis untado grasa con vuestras propias manos por todo el cuerpo a una muchacha corpulenta y desnuda, os juro, aquí y ahora, que os habéis perdido algo bueno. En cuestión de nada, la muchacha estuvo tan resbaladiza como una trucha recién pescada.<br />
—¿Le parece que está lista, reverendo? —pregunté.<br />
—Supongo que sí.<br />
En ese momento, sentí algo muy extraño, como un temblor que me recorrió todo el cuerpo, y sin motivo alguno. Quizá fuera la luz de la luna, que hacía que todo pareciera frío y azul; como ya he dicho, había luna llena. Hasta la muchacha, así desnuda y brillante como un pez, parecía fría.<br />
Pero quizá fuera por otra causa. Porque recuerdo que pensé —al ver a Jug y al reverendo allí de pie, tan flacos y chupados, a la luz de la luna, y a sabiendas de que yo no tenía mejor aspecto que ellos—, recuerdo que pensé en la grasa que llevaba en las manos, la grasa con la que acababa de untar a la muchacha&#8230;. bueno, pensé que la habíamos sacado de los cerdos que matamos antes de tiempo porque se habían quedado muy flacos, pues nunca nos decidíamos a darles de comer, porque Jug y yo estábamos muy cansados de tanto cepillarnos a la criada&#8230;<br />
No sé si me entendéis, es como si aquella muchachita nos hubiese chupado las fuerzas y nos hubiera dejado esmirriados; nos había consumido a mí, a Jug y al predicador hasta dejarnos hechos unos trapos, y hasta se podía decir que había consumido a los cerdos hasta el punto de que tuvimos que sacrificarlos y convertirlos en grasa para untársela a ella por todo el cuerpo. Ella era el único ser de la granja que seguía saludable, relleno&#8230;<br />
Pero los pensamientos estúpidos como éste volaron de mi cabeza cuando el reverendo me habló.<br />
—Sí, hermano Taggott, supongo que la muchacha ha absorbido toda la grasa de cerdo que su dulce cuerpecito puede aguantar.<br />
—¡Entonces, empecemos, papá! —gritó Jug—. ¡Me muero por atrapar a esa chica entre mis brazos y clavarla al suelo! ¡Tengo tantas ganas que estoy a punto de reventar!<br />
—Pero antes —dijo el predicador—, hemos de establecer ciertas reglas. Normalmente, gana la persona que atrapa al cerdo. Pero si tenemos en cuenta que ni uno ni otro se siente demasiado ansioso por llevar a la muchacha al altar, puede que ninguno de los dos se esfuerce demasiado por atraparla. De modo que deberemos invertir las reglas. Quien atrape a la muchacha, la perderá. Y quien no la atrape, la ganará y habrá de casarse con ella.<br />
Aquello representó un obstáculo para mi plan, porque eso era justamente lo que yo pretendía: dejarla escapar adrede. Pero el predicador me ganó por la mano.<br />
—Reverendo, para que todo sea más justo —dijo Jug—, ¿no le parece que yo y mi papá deberíamos desnudarnos?<br />
—Vamos, Jug —protesté yo—. Estoy demasiado viejo para esas cosas. Además, hace un poco de fresco.<br />
—Hermano, he de admitir que el muchacho tiene razón —dijo el predicador—. Si los dos van desnudos como Adán, entonces nadie podrá decir que las ropas del vencedor eran más ásperas que las del perdedor. Eso igualaría las cosas.<br />
Jug y yo nos quitamos la ropa y en cueros vivos nos quedamos allí de pie, como un par de idiotas.<br />
—Hermano Taggott —dijo entonces el predicador—, su edad le da derecho a intentarlo en primer lugar.<br />
—De acuerdo —repuse—, pero con la condición de que volvamos a untarla de grasa cuando mi turno haya acabado. No seré tan tonto como para llevarme toda la grasa y facilitarle así las cosas a Jug.<br />
El predicador asintió.<br />
—En ese caso —dijo&#8212;, ayudaré a aplicar otra capa de grasa.<br />
—Me lo imaginaba.<br />
Sacó del bolsillo un reloj enorme.<br />
—Este reloj pertenecía a un jugador. Lo utilizaba para cronometrar caballos. Al comprender lo errado de sus costumbres y salvarle, en señal de gratitud, me lo regaló a mí. Cada uno tendrá sesenta segundos exactos para atrapar a la niña. Hermano, antes de comenzar, sugiero que celebremos este evento tomándonos otro traguito de esa jarra que, según he comprobado, ha traído con usted.<br />
Le entregué la jarra, él se la llevó a la boca y se echó al coleto como un cuarto de litro. Cuando me la devolvió, yo hice otro tanto. Jug volvió a pedirme si podía beber un poco y yo le repetí que no.<br />
—¿Preparado, hermano Taggott? —me preguntó el predicador.<br />
—Preparado. Miró su reloj y gritó:<br />
—¡A por ella, pues!<br />
La muchacha echó a correr y yo fui tras ella. Cuando rodeamos en la esquina del bebedero de los cerdos, la así del hombro pero se me resbaló. Después, cuando pasábamos delante de la leña apilada, la agarré por la cintura y la tiré al suelo. Se me escapó de entre las manos como una rana. La apreté por los senos, pero se me soltaron de las manos como si fueran un par de melocotones pelados. Le hundí los dedos en el trasero, pero también se me resbalaron los dos cachetes. Traté de agarrarla por los muslos, pero mis manos se deslizaron a lo largo de sus piernas hasta las rodillas, luego hasta los tobillos, y la chica escapó.<br />
—¡Tiempo! —aulló el reverendo Simms. Yo iba cubierto de grasa de cerdo de la cabeza a los pies. Llevaba más grasa que la chica.<br />
—¡Has ganado, papá! —gritó Jug.<br />
—Todavía no —protesté —. A lo mejor empatamos. Volvamos a untar a la chica.<br />
El predicador nos echó una mano; esta vez, la muchacha vio dónde estaba la diversión, y todo el tiempo que nos pasamos untándola de grasa se lo pasó riendo y chillando.<br />
—¿Preparado, Jug? —preguntó el reverendo cuando terminamos la faena.<br />
—¡Sí, señor reverendo, y tan preparado! Que estaba preparado saltaba a la vista, tendría que haber estado ciego para no darme cuenta.<br />
El reverendo volvió a mirar el reloj y gritó:<br />
—¡Ya, muchacho!<br />
Salió tras ella como el sabueso tras la liebre. La chica lo hizo correr de lo lindo: hasta el retrete, y de vuelta hasta los pastizales de atrás. Entonces ella tropezó con una raíz, cayó boca abajo y Jug se le sentó encima. El se aferró a ella como si de eso dependiera su vida. ¿Que si la chica no se retorció y luchó? ¡Aquí estoy yo para jurar que lo hizo! En un momento dado, estuvo a punto de escapársele, pero entonces la oímos chillar como un cerdo atascado y supuse que Jug la había clavado al suelo, tal como dijo que haría.<br />
¿No lo entendéis? La culpa fue del licor de maíz. Me volvió tan torpe que no logré agarrarla bien. Pero Jug no había probado una sola gota del destilado casero.<br />
—Se ha acabado el tiempo y la chica sigue en el suelo —anunció el reverendo—. Supongo que gana el muchacho. Quiero decir, pierde. La chica seguía chillando como si la estuvieran matando.<br />
—¡Jug! —grité—. Suelta a la muchacha ahora mismo, ¿me has oído?<br />
—En seguida&#8230; papá&#8230; —me contestó, casi sin aliento.<br />
—¡Ahora mismo! —volví a gritar—. ¡Esa muchacha es mi futura esposa!<br />
—Con todo respeto, sugiero un enlace rápido —dijo el predicador—. ¿Qué le parece mañana por la mañana, a eso de las diez? No venga antes, porque a las nueve he de bautizar al hijo de Geer.<br />
—¿De Jed Geer? Creí que en la guerra le habían destrozado las partes.<br />
—Ya se lo dije en otra ocasión, y se lo vuelvo a repetir ahora, hermano Taggott: los designios del Señor son inescrutables.<br />
—Amén. ¿Jug? ¡Deja que la chica se levante!<br />
—Sí, papá. ¡Ya&#8230; ya acabo!<br />
Bueno, pues así fue como me comprometí con la criada que habíamos contratado. Lo de la boda fue otra historia.<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, nos lavamos a fondo hasta quedar relucientes. Jug iba a hacerme de padrino. Ya estaba lo bastante crecido como para llevar el traje azul a rayas que yo usaba los domingos; en cuanto a mí, me puse el viejo traje negro con colas que cuelgan por atrás que perteneció al padre de la mamá de Jug. Lo heredé junto con la granja. Sólo me lo había puesto en dos ocasiones: para mi primera boda y cuando asistí al entierro de la mamá de Jug. Era mi deseo que me enterraran con ese mismo traje. Con mucho trabajo logramos meter a la muchacha en el viejo vestido blanco que había pertenecido a la mamá de Jug. Aquello fue como meter dos kilos de forraje en un saco de un kilo de capacidad. La mamá de Jug era una cosita delgaducha, mientras que la criada que habíamos contratado no lo era, lo puedo asegurar. Le quedaba bien y no pasaría nada con tal de que no se sentara, ni se agachase, ni respirara. También se puso los zapatos rojos. Estaba muy guapa.<br />
—Como para comérsela —comentó la señora Simms, cuando la vio de pie, en medio de la cocina, arreglada para la boda.<br />
La mujer del reverendo vino en el cacharro para llevar a la muchacha hasta la iglesia y entregarla en matrimonio. Yo y Jug tuvimos que ir en el carro. La esposa del reverendo dijo que no quedaba bien que llegásemos todos juntos, o alguna tontería parecida. Así que até el caballo al carro y yo y Jug partimos para la iglesia.<br />
Cuando llegamos, encontramos al reverendo Simms esperándonos en la puerta.<br />
—Buenos días, hermano Taggott. Está usted emperifollado como un pavo de Navidad.<br />
—Muy amable por su parte.<br />
—¿Y dónde está la ruborosa novia?<br />
—Su esposa la trae hacia aquí en su cacharro, reverendo. Yo y Jug vinimos en el carro.<br />
—Vaya, la señora Simms no me ha comentado nada de eso. Bueno, supongo que no tardarán en llegar.<br />
Pasó media hora antes de que el cacharro se acercara a la iglesia, traqueteando y echando humo. La señora Simms se apeó, pero de la criada que habíamos contratado no vimos ni rastro. Yo estaba acalorado de tanto esperar, y cuando vi que la chica no venía con ella, no pude más y la interpelé a gritos:<br />
—¿Dónde cuernos está la muchacha?<br />
—Donde no brilla la luna, señor Taggott, ni el sol —replicó—. Oye, quiero hablar contigo —dijo el reverendo.<br />
Lo condujo al interior de la iglesia y nos dejó a mí y a Jug, allí de pie, como un par de terneros recién nacidos.<br />
Más tarde, el reverendo me lo explicó todo. No me enteré ni de la mitad, pero a lo mejor vosotros lo entendéis bien. Al parecer, su señora supo lo que hacíamos los tres en el momento mismo en que le puso los ojos encima a la chica. Se dio cuenta de que no era como la gente normal. Una basura del extranjero, ¿me explico? La señora Simms conocía el tema, y, como os he dicho ya, era una poderosa hechicera, por eso dijo que la muchacha era una chupa no sé qué, dijo que existían muchas como ella en el país del que venía, y que había un montón de libros escritos sobre ellos, y también poemas, como La Bel dom son mer sí. Dijo que nos estaba chupando la vida a mí, a Jug y al reverendo, y que la única forma de acabar con uno de ellos era clavándole una estaca en el corazón. O sea que eso fue lo que hizo, y enterró a la muchacha en mi granja, en el pastizal de atrás, debajo del enorme olmo, junto a mi esposa. Así que, después de todo, no tuve que volverá casarme.<br />
La señora Simms dijo que la chica ni siquiera era de Pennsylvania, como habíamos creído, sino de otro lugar llamado Transilvania, me parece.<br />
A veces, por las noches, incluso ahora, no sabéis cómo echo de menos a la muchacha. Cuando me siento solo, pienso mucho en ella, y recuerdo cómo le brillaba la luz de la luna sobre el cuerpo desnudo, volviéndose azul, y entonces no me importa un pimiento si era o no lo que la señora Simms dijo.<br />
Claro que el sheriff no se creyó una sola palabra y la acusó de asesinato. El móvil fueron los consejos espirituales que el reverendo le daba a la chica una vez por semana. Dicen que la declararon no culpable por enajenación mental y fue a parar a un manicomio. Si cuando entró no estaba loca, seguro que sí lo estaría diez años más tarde, cuando murió sin haber salido.<br />
Y juro por éstas que no me he inventado nada.</p>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Farmers_Daughter_R56116_large.jpg"><img title="Farmers_Daughter_R56116_large" src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Farmers_Daughter_R56116_large.jpg" alt="Farmers_Daughter_R56116_large" width="314" height="600" /></a></span></h5>

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		<title>Luz antigua</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Nov 2009 23:52:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En el cuento de la semana este relato de José Luis Zárate, uno de los escritores mexicanos actuales más interesantes. Escribiendo siempre en el campo de la fantasía y la Ciencia Ficción, Zárate tiene cuentos y novelas muy interesantes...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/11/luz-antigua/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/El-cuento-d-ela-semana_-Luz-Antigua.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p style="text-align: left;">En el cuento de la semana este relato de José Luis Zárate, uno de los escritores mexicanos actuales más interesantes. Escribiendo siempre en el campo de la fantasía y la Ciencia Ficción, Zárate tiene cuentos y novelas muy interesantes. En España acaban de editar uno libro suyo , <em>La máscara del héroe</em>, que incluye tres de novelas, entre ellas: <em>La ruta del hielo y la sal</em> (aún no la he leído pero el tema suena muy interesante: nos relata lo que le sucedió al Démeter, <em> el barco que zarpo de Transilvania hacia Londres con Drácula dentro y cuya historia no llegamos a conocer en el gran libro de Bram Stoker).</em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Me gustan los escritores como José Luis y me gusta que haya escritores así en México. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Si quieren leer más de Zárate háganlo <a href="http://zarate.blogspot.com/">en su blog</a> o en su <a href="http://twitter.com/joseluiszarate">Twitter</a> o en su<a href="http://www.facebook.com/home.php#/joseluis.zarate?ref=search&amp;sid=1588269827.1098985948..1"> Facebook</a>. Si quieren algunos de sus libros, escríbanle a su blog, seguro les dice cómo conseguirlos. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Disfruten entonces de Luz Antigua. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>La foto de la mesera es de Flapweb, busquen más de él en su<a href="http://www.flickr.com/photos/billjeffries10/"> flickr</a><br />
</em></p>
<p style="text-align: left;"><em><br />
</em></p>
<p align="center">
<p align="center"><strong>LUZ ANTIGUA</strong></p>
<p style="text-align: center;">Por José Luis Zárate</p>
<p>Un dolor constante en algún punto de la espalda, los músculos tirantes del cuello, la boca seca y el hastío: el pago de tantas horas al volante.</p>
<p>Dios detuvo el motor y se quedó ahí, mirando el parador. Un lugar patético y grasiento a la espera de chóferes, viajeros, almas perdidas.</p>
<p>Debería bajar y entrar a hacer lo que tenía que hacer. ¿Porqué no? Al mal paso darle prisa. Ella estaba ahí.</p>
<p>Su esposa.</p>
<p>Ex-esposa, se recordó Dios. Ex. Esposa.</p>
<p>En el pecho una opresión, la punta de los dedos vibrando, ansiosa. Deseaba un trago, un cigarrillo, a ella de vuelta.</p>
<p>La piel también causa adicción.</p>
<p>Lo mejor era arrancar de nuevo, meterse a la ruta, dejando todo atrás, tal vez buscarse un hermoso y adecuado muro y dirigirse a toda velocidad a él.</p>
<p>Sin desearlo realmente miró a ninguna parte. Lejos, 3 o 4 kilómetros al sur, algo acababa de morir, pequeño e insignificante. Un gato.</p>
<p>La piel tibia bajo el despiadado sol, los ojos abiertos al resplandor. No tardarían en evaporarse, en convertir el globo ocular en una reseca membrana blanquecina.</p>
<p>El cuerpo cantaba: los mil sonidos de la descomposición al iniciarse, del cerebro al morir minutos después de que el cuerpo se había rendido ya, crepitando. Siseo de bacterias, de gases al expandirse, de sangre depositándose en el punto más bajo. Mil vidas iniciándose en los desechos, mil desapareciendo. Tanta actividad en lo inerte.</p>
<p>Tanta que danzaba en lo inmóvil.</p>
<p>Dios parpadeó un par de veces y dejó de ver todo ello. Ahí sólo estaba la ruta. Él asándose estúpidamente dentro del auto.</p>
<p>Suspiró antes de bajar del vehículo. Caminó sin prisa hacia la entrada, buscando un par de monedas en los gastados pantalones.</p>
<p>Un café, le diría a ella. Un café y un par de minutos, por favor.</p>
<p>No le quedaba moneda alguna.</p>
<p>Debería prescindir del café. Aparte de atención no podía suplicar por ese líquido horrible que preparaba, por un par de huevos fritos crujientes de grasa, los bocados que llevaba días sin probar.</p>
<p>Al menos la gasolina había alcanzado.</p>
<p>Era tanto lo que necesitaba&#8230; pero no iba pedirle mucho a ella.</p>
<p><em> Un par de minutos, linda, sólo necesito que toques mi frente y me digas que no sientes el fragor, el millón de voces ahí dentro, gritando, presionando, contenidas apenas por el hueso, por la piel llena de sudor, por tu mano.</em></p>
<p><em> Tócame y sálvame de mí mismo, linda. De mis sentidos.</em></p>
<p><em> Déjame hundirme en tu piel, amor, deja que sea lo único que exista.</em></p>
<p><em> No pido más.</em></p>
<p><em> Hunde tu mano en mí y deja llevármela.</em></p>
<p><em> Justo ¿no? ¿Qué es una mano a cambio de una vida?. </em>Mi<em> vida.</em></p>
<p>Tal vez sólo deba pedir el café, se dijo Dios al entrar.</p>
<p>Dentro, un par de ventiladores movía apenas la atmósfera caliente. El sol levantaba el aroma a plástico de los asientos, diluyéndose en el olor de la comida frita, del sudor del par de chóferes que se habían refugiado ahí, hartos de la ruta.</p>
<p>Ella anotaba las ordenes.</p>
<p>Dios la miró.</p>
<p>Hace un par de años, no era un lugar de desesperación y abandono. Sólo un sitio. Él iba a verla y los dos reían de chistes tontos en la barra.</p>
<p>Repasó los recuerdos como si fueran el cuerpo del gato muerto, y ahí estaban ellos, felices y enamorados, una imagen cubierta de amargura, resentimiento y dolor.</p>
<p>Eso somos, se dijo, M&amp;M´s de hiel, con un centro dulce. Cubiertos de tiempo y hechos y lo que hicimos de nuestras promesas.</p>
<p>Debería irse.</p>
<p>Ella no era esa mujer dulce y él ya no el que iba a verla cada tarde, al final de la ruta.</p>
<p>Yo Soy El Que Soy, se dijo. Por eso no iba a irse. Por qué debía decirle sobre el resplandor y el plano galáctico.</p>
<p>Tan sencillo como eso.</p>
<p>Debía saberlo.</p>
<p>Se sentó en un lugar, sin más compañía que un servilletero, y una tarjeta plástica del menú.</p>
<p>Carraspeó levemente y ella alzó la vista.</p>
<p>Se mantuvieron la mirada y ninguno pudo decirse que leyó en el otro.</p>
<p>Ella cerró su libreta, la metió en la bolsa del delantal y le dijo algo al de la cocina.</p>
<p>— Oh, por Dios — fue toda la respuesta, cargada de un tono más expresivo que esas tres palabras. “¿Por qué te haces esto? ¿para qué te molestas en hablarle siquiera? ¿no deseas que lo lance fuera de aquí? ¿por qué debo decirte algo que debería ser tan claro para ti?”</p>
<p>Ella se acercó, con la expresión de quien está agotado, hastiado, tal vez enfermo, pero sabe perfectamente que la larga jornada no ha hecho más que empezar.</p>
<p>Se acerca como si le hubieran servido un trago amargo que debe apurar, se dijo Dios.</p>
<p>Ella podía haber pedido que apartaran ese cáliz de sus labios, pero en lugar de ello se sentó frente a él.</p>
<p>— ¿Ahora qué, Carl?</p>
<p>Ojeras profundas, ojos enrojecidos. Ella tampoco dormía bien. ¿Por él? ¿penaba por él? ¿Por su lejanía o por las heridas frescas que dejó atrás?</p>
<p>Dios no pudo sostenerle la mirada, en cambio la dirigió afuera, a la carretera solitaria, el sol de mediodía, las corrientes del aire, esa cosa inasible que deslizaba sus mil extremidades obscenas a lo largo del continente, nadando entre la roca y la materia, supurando&#8230;</p>
<p>Tal vez fuera bueno que nadie más que él pudiera ver su piel enferma, varicosa, los parásitos adheridos  que ocasionalmente atrapaban algo vivo, para lamer su esencia.</p>
<p>La cosa había avanzado poco ese día, derivaba y Dios supo que estaba muriéndose.</p>
<p>¿Dónde iniciaría su multitudinaria corrupción?</p>
<p>Había mundos pudriéndose con lo invisible.</p>
<p>Mundos&#8230;</p>
<p>Supo entonces exactamente qué decirle.</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>Ella había dejado las manos sobre la mesa, él las tomo suave, cuidadosamente.</p>
<p>La miro a los ojos.</p>
<p>— La luz que llega a la tierra es luz vieja — dijo.</p>
<p>Ella trató de apartarse.</p>
<p>— Leemos en ella historias pasadas, vemos el cielo y lo vemos como fue millones de años atrás. Si todo hubiera estallado en llamas nosotros no lo sabríamos siquiera. Linda, nadie ve lo que es sino lo que fue. Como si al observarnos en este instante sólo vieran lo enamorados que estuvimos&#8230;</p>
<p>— ¿Qué&#8230;?</p>
<p>— Espera, escúchame. Necesito decírtelo. Necesito contarte algo porque me ahogo. Por que me estoy hundiendo y debo contárselo a alguien.</p>
<p>Abrió las manos. Ella libre de huir. Se quedo ahí, como siempre se quedaba.</p>
<p>Dios sintió que la amaba más que nunca y que ella estaba lejos de él. Mil veces lejos.</p>
<p>— La galaxia es como el gas, ¿sabes?, hay tan poca materia en su estructura que parece una voluta de humo, burbuja de jabón: planetas, soles, agujeros negros, cuásares, todo ello separado unos de otros, casi independientes. Pero a veces, muy a veces, pueden influenciarse unos a otros. Pueden incendiarse mutuamente. Se han calentado, mil supernovas agravaron el asunto. Y están incendiándose. ¿Sabes lo que es que una galaxia se incendie a sí misma?¿sabes cuántos mundos van a ver a lo que consideran el Universo entero estallar en llamas? Eso es lo que pasa, amor, eso es lo que sucede.</p>
<p>— No entiendo&#8230;</p>
<p>— ¿Sabes cuál es el problema? Que no recuerdo por qué lo hice. No recuerdo el porqué freí toda una sección del Todo.</p>
<p>Una lágrima se deslizó lentamente por el rostro de ella, y la galaxia perdió importancia.</p>
<p>— Oh, Carl&#8230; — suspiró la mujer</p>
<p>Lenta, cuidadosamente, los dedos de la mujer tocaron su rostro, buscando sin esperanzas en la piel de Dios, quien reconoció el gesto.</p>
<p>Así era como ella acariciaba las cosas rotas.</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>De alguna manera ella lo abrazó, en alguna forma fueron a casa. Dios quizá lloró todo el camino, hablándole de cómo el mundo entero danzaba en lo inmóvil, como un gato muerto, de las cosas que le decía su propia piel y del incesante estruendo de las esferas girando allá arriba.</p>
<p>Tal vez ella lo desnudó lentamente y lo ayudó a quitarse un poco del abandono que lo ahogaba.</p>
<p>Pudiera ser que le ofreció sus labios porqué lo sentía perdido, posiblemente le dio su cuerpo como un refugio.</p>
<p>Dios acarició la piel de la mujer, mientras sentía que se quebraba.</p>
<p>El universo entero cantando para él. Como había cantado siempre desde que lo creó, como cantaría hasta el final del tiempo.</p>
<p>Era hermoso y terrible, pero sobre todo, demasiado.</p>
<p>Hubo un momento en que las pequeñas cosas importaron más, el dolor del matrimonio roto y la pérdida  de ella importaron más, en que la voz de lo ido, de lo irremediablemente perdido, ahogó el fragor.</p>
<p>Ella cerró los ojos.</p>
<p>Dios se hundió en la carne de la mujer. Durante un terrible instante ella sintió que era dos seres, que Carl se había derretido dentro de su propia carne, no unidos por el sexo sino fusionados.</p>
<p>Gritó, no sabía si de placer, o miedo, o vértigo.</p>
<p>En ese instante infinito perdieron todo significado las galaxias&#8230; el choque&#8230; el canto&#8230;</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>Dios abrió los ojos, se sintió cansado, triste, sucio de si mismo.</p>
<p>¿Porqué había permitido que pasara? ¿por qué dejo que el sexo fuera la última, única expresión de cariño, de piedad?</p>
<p>Se puso de pie. Se vio al espejo.</p>
<p>¿Por qué dejaba hablar siempre al cuerpo? ¿no era más que un receptáculo?</p>
<p>¿Por ello regresaba él, siempre a su piel?</p>
<p>Dios se puso su vestido, sintió algo duro en un bolsillo.</p>
<p>Aún estaba ahí el pedido del día anterior.</p>
<p>Dos ordenes de carne asada, un par de cervezas, leyó.</p>
<p>Dudo entre dejar dormir a Carl o despertarlo. ¿Debería dejarlo en su casa, las puertas abierta de nuevo para él?</p>
<p>¿Lo amo? se preguntó Dios, sintiendo — levemente — el semen del hombre dentro de su cuerpo.</p>
<p>Lo averiguaría luego.</p>
<p>Era hora de trabajar.</p>
<p>A su pesar levantó la vista: ahí, noche adentro, donde nadie más podía verlo, entre las estrellas: un leve resplandor que tardaría un millón de años en llegar.</p>

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