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	<title>El podcast del Diario de un chico trabajador</title>
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	<itunes:summary>Semana a semana escucha aquí las entradas de diariodeunchicotrabajador.com Descaraga el podcast de la canción de la semana, el cuento de la semana y algunas categorías más a tu  reproductor de mp3 y escucha el diario de un chico trabajador en el metro, en el coche,  o en el estéreo o mientras haces el amor.  </itunes:summary>
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	<itunes:author>Alejandro Carrillo</itunes:author>
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		<itunes:name>Alejandro Carrillo</itunes:name>
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		<title>¿Qué se ama cuando se ama?</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/02/%c2%bfque-se-ama-cuando-se-ama/</link>
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		<pubDate>Thu, 18 Feb 2010 06:29:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El poema]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Gonzálo Rojas]]></category>
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		<description><![CDATA[En el poema de la semana, este prodigio de Gonzálo Rojas: ¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida/o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué/es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus/volcanes,/o este sol colorado que es mi sangre furiosa/cuando entro en ella hasta las últimas raíces?...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/02/¿que-se-ama-cuando-se-ama/"/>sigue leyendo</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/02/¿qué-se-ama-cuando-se-ama"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>En el poema de la semana, este prodigio de Gonzálo Rojas.</p>
<p><strong>¿Qué se ama cuando se ama?</strong></p>
<p>¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida<br />
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué<br />
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus<br />
volcanes,<br />
o este sol colorado que es mi sangre furiosa<br />
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?</p>
<p>¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer<br />
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,<br />
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces<br />
de eternidad visible?</p>
<p>Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra<br />
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar<br />
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,<br />
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.</p>
]]></content:encoded>
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&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en&lt;a href=&quot;http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 &quot;&gt; iTunes&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;
&lt;/span&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;h4 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/02/¿qué-se-ama-cuando-se-ama&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png&quot; alt=&quot;&quot; width=&quot;61&quot; height=&quot;61&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h4&gt;
&lt;p&gt;En el poema de la semana, este prodigio de Gonzálo Rojas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;¿Qué se ama cuando se ama?&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida&lt;br /&gt;
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volcanes,&lt;br /&gt;
o este sol colorado que es mi sangre furiosa&lt;br /&gt;
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer&lt;br /&gt;
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,&lt;br /&gt;
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces&lt;br /&gt;
de eternidad visible?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra&lt;br /&gt;
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar&lt;br /&gt;
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,&lt;br /&gt;
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.&lt;/p&gt;
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<itunes:subtitle>En el poema de la semana, este prodigio de Gonzálo Rojas: ¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida/o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué/es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, [...]</itunes:subtitle>
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		<title>La máquina de languidecer</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/02/la-maquina-de-languidecer/</link>
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		<pubDate>Wed, 10 Feb 2010 08:54:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento de la semana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[demonios]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[micro-relatos]]></category>
		<category><![CDATA[microficción]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito (La líbélula, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco son extraidos de su último libro "La máquina de languidecer" ...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/02/la-maquina-de-languidecer/"/>sigue leyendo</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/02/la-máquina-de-languidecer.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito <em><a href="http://www.rtve.es/podcast/radio-3/la-libelula/">(La líbélula</a></em>, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco son extraidos de su último libro <a href="http://www.adamar.org/ivepoca/node/1140">&#8220;La máquina de languidecer&#8221;</a> -qué gran título- integrado por 100 microrelatos&#8230; no he leído el libro completo pero las dos siguientes microficciones que escuché en la transmisión de <em>La libélula</em> me dicen que sera muy buena idea hacerlo cuanto antes. ¡Lastima que el libro no se consiga de este lado del charco! Si alguien viene de España pronto, traígamelo, regálemelo o véndamelo:  ¡quiero leerlo!</p>
<p><strong>CONJUGACIÓN</strong></p>
<p>YO grité. Tú  torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos  olvidarán”.</p>
<p><strong>EN LA GALERÍA</strong></p>
<p>EN UNA EXPOSICIÓN El desconocido, como los que saben que pronto volverán al cauce mudo de la soledad, no dejó de hablar durante toda la tarde. Coincidimos en la valoración de los dibujos de José Hernández expuestos en la galería, y ello estableció una proximidad de algún modo amistosa. Había algo gallináceo en su aspecto de empleado que agita nerviosamente el portafolios con una mano y arruga El Eco del Comercio con la otra. Yo apenas abrí la boca mientras fluía el curso de sus reflexiones y me aleccionaba en voz baja sobre morbosas patologías artísticas, antiquísimas creencias o los estigmas físicos de los mitos. No le presté especial atención hasta que un comentario suyo me provocó escalofríos. Dijo que las manos de los demonios no tienen dorso, que son palmas por ambos lados. Miré con cautela alrededor. No había ya público y la noche crecía tras el cristal de la entrada. De pronto quise evitar aquella conversación, aquella compañía, aquella sala de arte. Me despedí verbalmente del desconocido, que pareció quedar un tanto contrariado, entre la sorpresa y la curiosidad, a la espera tal vez de un gesto menos seco, de que le tendiera una tarjeta o estrechara su mano. Me alejé con las mías en los bolsillos del pantalón, de donde en ningún momento las había sacado, y reparé en lo mucho que me sudaban las palmas. Las cuatro. &#8230;</p>
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&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en&lt;a href=&quot;http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 &quot;&gt; iTunes&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;
&lt;/span&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;h4 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/02/la-máquina-de-languidecer.mp3&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png&quot; alt=&quot;&quot; width=&quot;61&quot; height=&quot;61&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h4&gt;
&lt;p&gt;Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito &lt;em&gt;&lt;a href=&quot;http://www.rtve.es/podcast/radio-3/la-libelula/&quot;&gt;(La líbélula&lt;/a&gt;&lt;/em&gt;, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco son extraidos de su último libro &lt;a href=&quot;http://www.adamar.org/ivepoca/node/1140&quot;&gt;“La máquina de languidecer”&lt;/a&gt; -qué gran título- integrado por 100 microrelatos… no he leído el libro completo pero las dos siguientes microficciones que escuché en la transmisión de &lt;em&gt;La libélula&lt;/em&gt; me dicen que sera muy buena idea hacerlo cuanto antes. ¡Lastima que el libro no se consiga de este lado del charco! Si alguien viene de España pronto, traígamelo, regálemelo o véndamelo:  ¡quiero leerlo!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;CONJUGACIÓN&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;YO grité. Tú  torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos  olvidarán”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;EN LA GALERÍA&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;EN UNA EXPOSICIÓN El desconocido, como los que saben que pronto volverán al cauce mudo de la soledad, no dejó de hablar durante toda la tarde. Coincidimos en la valoración de los dibujos de José Hernández expuestos en la galería, y ello estableció una proximidad de algún modo amistosa. Había algo gallináceo en su aspecto de empleado que agita nerviosamente el portafolios con una mano y arruga El Eco del Comercio con la otra. Yo apenas abrí la boca mientras fluía el curso de sus reflexiones y me aleccionaba en voz baja sobre morbosas patologías artísticas, antiquísimas creencias o los estigmas físicos de los mitos. No le presté especial atención hasta que un comentario suyo me provocó escalofríos. Dijo que las manos de los demonios no tienen dorso, que son palmas por ambos lados. Miré con cautela alrededor. No había ya público y la noche crecía tras el cristal de la entrada. De pronto quise evitar aquella conversación, aquella compañía, aquella sala de arte. Me despedí verbalmente del desconocido, que pareció quedar un tanto contrariado, entre la sorpresa y la curiosidad, a la espera tal vez de un gesto menos seco, de que le tendiera una tarjeta o estrechara su mano. Me alejé con las mías en los bolsillos del pantalón, de donde en ningún momento las había sacado, y reparé en lo mucho que me sudaban las palmas. Las cuatro. …&lt;/p&gt;
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<itunes:subtitle>Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito (La líbélula, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco [...]</itunes:subtitle>
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		<title>El contador de historias</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Jan 2010 04:46:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[El siguiente cuento es parte de un cuento más grande, de una historia armada por muchas otras historias. Lo escuché por primera vez en la pasada feria del libro de Guadalajara en una conferencia sobre poesía y novela árabe contemporanea. Lo escribió Rabih Alameddine, escritor libanes radicado en Estados Unidos. A su lado, en la conferencia, una poeta árabe-francesa, guapisima, llamada Maram al Masri encandiló a todos con sus ojos y no digo sus poemas, por que llegué algo tarde y sólo pude oir la siguiente historia que, igual que a todos los demás asistentes, me dejó frío...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/01/el-contador-de-historias/"/>sigue leyendo</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/01/El-cuento-de-la-semana_El-contador-de-historias.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<p>El siguiente cuento es parte de un cuento más grande, de una historia armada por muchas otras historias. Lo escuché por primera vez en la pasada feria del libro de Guadalajara en una conferencia sobre poesía y novela árabe contemporanea. Lo escribió Rabih Alameddine, escritor libanes radicado en Estados Unidos. A su lado, en la conferencia, una poeta árabe-francesa, guapisima, llamada <a href="http://contralasinrazon.bitacoras.com/archivos/2005/06/19/maram_al_masri_iii">Maram al Masri </a> encandiló a todos con sus ojos y no digo sus poemas, por que llegué algo tarde y sólo pude oir la siguiente historia que, igual que a todos los demás asistentes, me dejó frío.</p>
<p>Aquí, pues, una de las historias de <em>El contador de historias</em>, el último libro de Rabih Alameddine.</p>
<p>Una vez, no hace mucho tiempo, había un niño de tu misma edad, que vivía con su familia en un pequeño pueblo, no muy distinto a este, no muy lejos de aquí. La familia no tenía mucho dinero. El padre era albañil, la madre se ocupaba de las labores domésticas y era una gran cocinera. Todos los hijos tenían tareas asignadas: nuestro héroe era el pastor de la familia.</p>
<p>Todas las mañanas llevaba a las ovejas hasta los campos. Las veía pastar, se aseguraba de que no se alejaban y las protegía de zorros, lobos y hienas indeseables. Las ovejas apreciaban al niño, así que no se apartaban mucho de él. Su trabajo se convirtió en una tarea fácil que le dejaba tiempo para jugar. Al principio jugaba con palos y piedras; formó un cuadrado a base de ramas y construyó un corral, con piedrecitas como si fueran ovejas. Pero luego los corderitos se acercaron al falso corral, para llamar su atención. Así que dejó de jugar con piedras y palos y se convirtió en un cordero más: saltaba con ellos, se revolcaba como ellos y fingía mascar los arbustos silvestres de lavanda. Era uno más del rebaño.</p>
<p>Aquella noche al volver a casa pensó que se había divertido tanto jugando que desearía ser un cordero. Antes de acostarse oyó que sus padres discutían por temas de dinero.</p>
<p>-Tenemos tantas bocas que alimentar. Se quejaba la madre-. ¿Cómo vamos a conseguir comida para todos?</p>
<p>-Tenemos las ovejas -la tranquilizó el padre-. Tenemos un poco de dinero. Yo trabajo. Sobreviviremos. Hemos sobrevivido durante generaciones.</p>
<p>Pero siguieron discutiendo, y el chico no pudo conciliar el sueño.</p>
<p>Al día siguiente él y los corderos volvieron a jugar con las ovejas como únicos testigos. El chico y los corderitos corrieron,  retozaron y chocaron unos con otros. Volvió a casa muy contento, pero al abrir la puerta, ansioso por contarles a sus padres lo mucho que había disfrutado ese día, los encontró discutiendo de nuevo.</p>
<p>-¿Cómo has podido prometer algo así? –preguntaba la madre-.</p>
<p>No tenemos suficiente comida para nuestros hijos, ¿y quieres dar un banquete? ¿Es que no tienes cabeza? ¿No comprendes lo grave de nuestra situación?</p>
<p>-¿Cómo te atreves? -gritó el padre a la madre-. Estamos hablando del bey. Es un honor. Se presencia bendecirá esta casa. No comprendo como puedes pensar que no lo quieres en casa. La mayoría de la gente moriría por disfrutar de una oportunidad igual.</p>
<p>-¿Qué ha hecho el bey por mi familia?- susurró la madre.</p>
<p>El padre le propinó una bofetada. El niño corrió a su cuarto.</p>
<p>Antes de dormirse, nuestro héroe rezó. Deseó ser un cordero y poder pasarse el día sn más preocupaciones que corretear por los pastos. Deseó que su familia fuera feliz. Deseó ser él quien les proporcionara esa felicidad. Al día siguiente despertó en el corral de las ovejas. Miró a su alrededor y vio a todos sus amigos, los demás corderos, y se sintió feliz por hallarse con ellos, por ser finalmente un cordero más. Balaban con alegría. Todos brincaban.</p>
<p>El padre y la madre salieron juntos de la casa y se encaminaron hacia el corral.</p>
<p>-Peligro, peligro-dijo la oveja de más edad-. Los malvados se acercan.</p>
<p>-No, no-dijo el chico-. No son malos. Son mi familia.</p>
<p>- Cuando esos dos vienen juntos -dijo otra oveja-, una de nosotras desaparece.<br />
El padre y la madre entraron en el corral. Intentaron decidir que cordero escoger.</p>
<p>-Miradme-gritaba el chico-. Miradme. Miradme.</p>
<p>- Este-dijo la madre-. Hace mucho ruido.</p>
<p>-Parece tierno y jugoso- añadió el padre. Puso el lazo alrededor de la cabeza del niño y lo sacó del corral.</p>
<p>-¡Pobre cordero! –dijo la más vieja de las ovejas mientras todas veían cómo se lo llevaban.</p>
<p>Papá, papá -decía el corderito-. Ahora soy un cordero. ¿No te parece un milagro?</p>
<p>Y su padre cogió el cuchillo y le rajó la garganta.</p>
<p>Y el corderito vio cómo brotaba su propia sangre.</p>
<p>Y el padre le cortó la cabeza.</p>
<p>Y el padre le colgó de los tobillos para que se desangrara.</p>
<p>Y la madre empezó a despellejarlo con sus propias manos. Levantaba un pedacito de piel y golpeaba entre piel y cuerpo, levantaba, golpeaba, levantaba, golpeaba, hasta que por fin llegó al último fragmento de piel en sus tobillos. Y le amputó los pies y las manos. Y le sacó las entrañas. Y su madre lo asó a fuego lento.</p>
<p>Su padre esperaba. Su madre cocinaba. Sus hermanos ayudaron a poner la mesa bajo el roble gigantesco. Sus hermanas limpiaron la casa, esmerándose. Se vistieron con sus mejores galas. A la hora del almuerzo, se colocaron en fila y esperaron. La madre se preguntó donde se habría metido nuestro héroe. Sus hermanos apuntaron que probablemente soñando despierto, como siempre. Aquel crío escurridizo se había vuelto a librar de sus tareas. La familia esperó, esperó y esperó. Por fin llegó el alcalde y anunció que el bey había decidido no venir al pueblo.</p>
<p>El cordero estaba dispuesto en el centro de la mesa. Toda la familia salivaba.</p>
<p>-Hoy te has superado a ti misma -dijo el padre a la madre.</p>
<p>-Este cordero tenía una carne especialmente suculenta-dijo la madre.<br />
Y el niño notó como su padre lo cortaba.</p>
<p>-Id pasando los platos, niños –dijo la madre—Hoy comeremos bien para variar.</p>
<p>Y el niño sintió cómo sus hermanos le mordían la carne. Cómo sus hermanas masticaban jugosos trozos de él.</p>
<p>-Sabe tan bien-dijeron sus hermanos.</p>
<p>- La mejor comida de nuestras vidas-dijeron sus hermanas.</p>
<p>Y la madre le extrajo el estómago. Sus hermanos y hermanas se pelearon por sus intestinos.</p>
<p>-Toma esto, querida –dijo el padre- Sé que te encanta.</p>
<p>-Y tú esto querido- repuso la madre-. Sé que te encanta.</p>
<p>- Soy muy feliz -dijo el padre.</p>
<p>-Soy muy feliz -convino la madre.</p>
<p>Y el niño sintió como su madre le mordía los testículos.</p>
<p>Y el niño sintió cómo su padre se tragaba un pedazo de su corazón.</p>
<p>Y el niño fue feliz.</p>
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&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en&lt;a href=&quot;http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 &quot;&gt; iTunes&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;
&lt;/span&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;h4 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/01/El-cuento-de-la-semana_El-contador-de-historias.mp3&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png&quot; alt=&quot;&quot; width=&quot;61&quot; height=&quot;61&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h4&gt;
&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; &lt;/span&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;p&gt;El siguiente cuento es parte de un cuento más grande, de una historia armada por muchas otras historias. Lo escuché por primera vez en la pasada feria del libro de Guadalajara en una conferencia sobre poesía y novela árabe contemporanea. Lo escribió Rabih Alameddine, escritor libanes radicado en Estados Unidos. A su lado, en la conferencia, una poeta árabe-francesa, guapisima, llamada &lt;a href=&quot;http://contralasinrazon.bitacoras.com/archivos/2005/06/19/maram_al_masri_iii&quot;&gt;Maram al Masri &lt;/a&gt; encandiló a todos con sus ojos y no digo sus poemas, por que llegué algo tarde y sólo pude oir la siguiente historia que, igual que a todos los demás asistentes, me dejó frío.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Aquí, pues, una de las historias de &lt;em&gt;El contador de historias&lt;/em&gt;, el último libro de Rabih Alameddine.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Una vez, no hace mucho tiempo, había un niño de tu misma edad, que vivía con su familia en un pequeño pueblo, no muy distinto a este, no muy lejos de aquí. La familia no tenía mucho dinero. El padre era albañil, la madre se ocupaba de las labores domésticas y era una gran cocinera. Todos los hijos tenían tareas asignadas: nuestro héroe era el pastor de la familia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Todas las mañanas llevaba a las ovejas hasta los campos. Las veía pastar, se aseguraba de que no se alejaban y las protegía de zorros, lobos y hienas indeseables. Las ovejas apreciaban al niño, así que no se apartaban mucho de él. Su trabajo se convirtió en una tarea fácil que le dejaba tiempo para jugar. Al principio jugaba con palos y piedras; formó un cuadrado a base de ramas y construyó un corral, con piedrecitas como si fueran ovejas. Pero luego los corderitos se acercaron al falso corral, para llamar su atención. Así que dejó de jugar con piedras y palos y se convirtió en un cordero más: saltaba con ellos, se revolcaba como ellos y fingía mascar los arbustos silvestres de lavanda. Era uno más del rebaño.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Aquella noche al volver a casa pensó que se había divertido tanto jugando que desearía ser un cordero. Antes de acostarse oyó que sus padres discutían por temas de dinero.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;-Tenemos tantas bocas que alimentar. Se quejaba la madre-. ¿Cómo vamos a conseguir comida para todos?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;-Tenemos las ovejas -la tranquilizó el padre-. Tenemos un poco de dinero. Yo trabajo. Sobreviviremos. Hemos sobrevivido durante generaciones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero siguieron discutiendo, y el chico no pudo conciliar el sueño.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Al día siguiente él y los corderos volvieron a jugar con las ovejas como únicos testigos. El chico y los corderitos corrieron,  retozaron y chocaron unos con otros. Volvió a casa muy contento, pero al abrir la puerta, ansioso por contarles a sus padres lo mucho que había disfrutado ese día, los encontró discutiendo de [...]</itunes:summary>
<itunes:subtitle>El siguiente cuento es parte de un cuento más grande, de una historia armada por muchas otras historias. Lo escuché por primera vez en la pasada feria del libro de Guadalajara en una conferencia sobre poesía y novela árabe contemporanea. Lo [...]</itunes:subtitle>
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		<title>Anamnesis</title>
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		<comments>http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/anamnesis/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 29 Dec 2009 00:54:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[aborto]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[bebés]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[embarazo]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>

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		<description><![CDATA[...Alyssa es una chica fuerte y flexible, con las manos firmes de una masajista, y espero con ansia su tacto. Oscar es un espécimen igualmente bueno, aunque con el cabello algo largo para ser padre. Y como, de acuerdo con Platón, olvidaré todo lo que sé una vez que nazca, y todo lo que aprenda a partir de ahí será una forma de recordarlo, pasará un largo tiempo antes de que nuestros gustos de lectura y música causen conflicto. Además, tienen corazón noble: por ejemplo, siempre le dan dinero a la drogadicta del lobby, que desde que me acuerdo ha estado tratando de recuperar su carro del empeño...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/anamnesis/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
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<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/12/Anamnesis.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Janet Sarbanes es una escritora de los Ángeles. Este cuentito fue publicado en la última edición de Luvina (la revista de la universidad de Guadalajara). Estuve buscando algunos datos sobre ella y pude encontrar muy poco (sólo este podcast  donde ella y otras dos escritoras de L.A leen algo y responden a algunas preguntas). Así que mejor pasemos directamente al cuento que, la verdad sea dicha, habla muy bien de ella.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Anamnesis</strong><strong> de Janet Sarbanes</strong></p>
<p><strong>Al principio</strong> me esforcé por mantenerme con vida. Alyssa aún no sabía de mí, y no era muy cuidadosa. Sus amigos venían todo el tiempo, con vino y cigarros, y se sentaban con nosotros en el techo a mirar las luces y las palmeras de Los Ángeles, que irradian desde nuestro edificio de departamentos en filas ordenadas que llegan hasta donde alcanza la vista. De día parecía agobiada por su nuevo trabajo en un nuevo <em>spa </em>hasta el otro lado de la ciudad, pero en esas noches y largas tardes de beber y fumar estaba relajada y brillante. Oscar siempre se quedaba después de que los otros se habían ido, y entre los dos había un entendimiento.<br />
Por supuesto, cuando Alyssa finalmente se enteró de mí, fue en la dirección contraria, un poco exagerada, si me preguntan, porque me gustaba cuando estaba relajada y brillante, sin esa arruga en la frente y esa aguda nota de miedo cada que hablaba con Oscar. Sin estar del todo seguro, pude ver desde el primer instante que Oscar quería estar con nosotros para siempre, y eventualmente ella lo vio también. Era difícil no verlo cuando él se quedaba mañana, tarde y noche, y siempre se metía a nuestro lado de la cama.<br />
Pero no habría más desmayos placenteros para mí, ni me perdería ya pedazos enteros del día —y no más despertarme repentinamente sintiéndome totalmente agitado, tampoco, porque Alyssa había dejado el alcohol <em>y </em>el café. Las cosas se acomodaron en una rutina bastante más aburrida, hablando fisiológicamente, pero al menos ya podía pensar de forma un poco más clara y percibir mis alrededores. Alyssa, ahora con Oscar, vive en un departamento en el sexto piso en algún lugar de Hollywood. Tiene pisos de madera dura sin pulir y necesita una nueva capa de pintura, pero es encantador, en especial en la madrugada, antes de que Alyssa y Oscar despierten; entonces parece un lugar dorado, mi nuevo hogar, o mi futuro hogar, hermosamente simple, un arreglo de alojamiento arquetípico, con sus techos altos, su cama baja, su mesa de roble y sus dos sillas, su chistoso sillón con adornos de brocado amarillos.<br />
Estamos suscritos a <em>Los Angeles Times, </em>aunque realmente no estoy seguro para qué, porque todo lo que parecen leer Alyssa y Oscar son el horóscopo y las tiras cómicas. A veces intentan resolver el sudoku, pero les resulta muy difícil. Pasamos horas y horas en la mesa del desayuno en estas actividades. Ocasionalmente, veo de reojo la primera plana o la sección de opinión camino al sudoku y grito: «¡deténganse! ¡quiero leer eso!», como para poder entender un poco el mundo al que estoy por llegar, pero Alyssa sólo eructa y sigue adelante. Me preocupa un poco que mis padres no sean gente seria, pero Oscar dice que el sudoku mantiene la mente activa y previene el<br />
Alzheimer, y no quiero que ninguno de ellos acabe teniendo eso.<br />
Últimamente, han estado pasando mucho tiempo en el techo, pensando en extraterrestres. No si existen o no, sino si las luces que ven en el cielo son sus naves espaciales. La tía de Oscar fue brevemente secuestrada por los extraterrestres en Minnesota y tiene una imagen clara de cómo se ven: una gran cabeza en un pequeño cuerpo plateado, grandes ojos negros sin párpados, piel arrugada. «¡soy yo de quien está hablando!», le grito a Alyssa, que escucha sentada con una expresión soñadora, sobándose la panza como si inconscientemente supiera sobre la conexión. «No creo que los extraterrestres sigan siendo hostiles», dice Oscar, «si alguna vez lo fueron. Eso era paranoia de los cincuenta. Creo que sólo están tratando de ayudarnos». Alyssa asiente pensativa: «O de estar con nosotros. Desde hace años y años luz».<br />
Sería muy difícil llamar a mis padres gente ambiciosa. Pero Oscar no tiene trabajo, así que supongo que no puedo resentirme por sus pequeños placeres. Aparentemente es un momento terrible para buscar trabajo, por lo que no pueden ponerme ese nombre en swahili que les gusta, que significa «aquél que nace en tiempos de prosperidad». Escojan algo simple y pónganme el nombre de alguno de sus padres, quiero decirles, pero mientras no me pongan el nombre de un lugar o un mes o un sentimiento, consideraré que tengo suerte.<br />
No tener trabajo significa que Oscar dispone de más tiempo para su banda, y pasamos muchas noches en ensayos y trabajos en un dolor insoportable. Alyssa se retuerce y gira al ritmo de la música y yo hago lo mismo, con las manos sobre los oídos. Prefiero la música del elevador del consultorio del doctor, pero así es esto del amor, y Alyssa ama a Oscar y yo también. ¿Qué puedes hacer que no sea amar a tus padres, que están dispuestos a atenderte en todo?<br />
Alyssa es una chica fuerte y flexible, con las manos firmes de una masajista, y espero con ansia su tacto. Oscar es un espécimen igualmente bueno, aunque con el cabello algo largo para ser padre. Y como, de acuerdo con Platón, olvidaré todo lo que sé una vez que nazca, y todo lo que aprenda a partir de ahí será una forma de recordarlo, pasará un largo tiempo antes de que nuestros gustos de lectura y música causen conflicto. Además, tienen corazón noble: por ejemplo, siempre le dan dinero a la drogadicta del <em>lobby</em>, que desde que me acuerdo ha estado tratando de recuperar su carro del empeño.<br />
Y también está esa vez en que todavía me estaba agarrando de la pared del útero de Alyssa casi con los dientes, antes de que mi propio departamento dorado y simple se formara alrededor mío, y me solté un poco en un chorro de sangre —se había roto un vaso sanguíneo justo arriba de mí—, y casi me lleva la corriente. Oh, cómo sollozaron camino a emergencias, y por las cuatro horas que esperamos para ver a un doctor, aunque para cuando lo vimos ya estaba agarrándome fuerte de nuevo.<br />
No, estoy bastante feliz con mis padres. El problema es mi tía. Gina, la hermana de Alyssa. Viene cada tercer día y sube los pies al sillón amarillo y deja que Alyssa cuide a su terrorífico bebé, August. Si Alyssa no persigue a August, destroza la página del sudoku, tira los aceites esenciales y orina en el ficus. Gina se queda ahí sentada, con los pies en el sillón, limándose las uñas y viendo a su hermana menor, que ha ido bastante lejos, y diciendo: «Hay que aguantar el paso, Alyssa, ¿cómo vas a poder criar un niño así?». Cuando está Oscar, él persigue a August y Gina le da palmadas al sillón para que Alyssa se siente junto a ella, y entonces nos entretiene con las historias de parto más horrendas que se han contado. «¡yo nunca le haría eso!», grito, y pateo hacia ella a través del estómago de Alyssa. A veces le doy a la vejiga de Alyssa por error, lo que causa que haga un gesto de dolor, y Gina dice: «¡El parto es mil veces peor!». Me retuerzo más, tratando de atacarla, y Alyssa se queda ahí, pálida y con náuseas. No es una escena bonita. Oh, y entonces Gina le pide a Alyssa que le sobe los pies. «Yo lo haría por ti», dice, sonriendo con poca sinceridad, «pero yo no soy la profesional».<br />
No soy ingenuo sobre el pasaje de aquí hasta allá. Sé que no es nada placentero ni para la madre ni para el bebé, pero estoy entrenando constantemente para el gran evento. Me refiero a rutinas de entrenamiento de ocho a diez horas, a veces doce a catorce: marometas, trote, boxeo, patadas de karate. Alyssa, por su parte, hace yoga prenatal y respiración profunda, pero Gina se burla de eso también, de la idea de que cualquier mujer esté lista para el parto. «Sueño crepuscular», dice, «lo tenían en los viejos tiempos. ¡Denme ese sueño crepuscular!». «¿Pero qué hay del bebé?», dice Alyssa. «Los narcóticos drogan al bebé». «A la mierda con el bebé», dice Gina casi en silencio, mientras August vacía la bolsa de Alyssa en el piso. ¡a la mierda con el bebé! Estoy de acuerdo, y Alyssa se pone la mano en la panza y suspira.<br />
El otro día fuimos a la casa de Gina, una gran mansión de estuco cubierta de malvas en las colinas de Hollywood, donde medio vive con el padre de August, un productor. Digo que medio vive con él porque nunca está: casi se divorcian antes de que llegara August, y la idea sigue sobre la mesa. Pero la gente de Hollywood puede tardar eternidades en estas cosas porque siempre están en locaciones. Gina era directora de <em>casting</em> antes de embarazarse, pero ahora pasa todo el día sentada en el sillón, cuidándose el <em>manicure</em> —en su casa o en la nuestra— y dándole órdenes a la criada o a Alyssa. Al menos en casa de Gina podemos flotar en la alberca, y como Alyssa no me está presionando puedo hacer rutinas olímpicas en serio. Si tan sólo pudieran ver lo que hago aquí adentro, pienso, y me pone triste porque no voy a poder hacer esto cuando puedan verme, sólo seré una bola patética e inútil.<br />
En la tarde, Gina empieza de nuevo a hablarle a Alyssa sobre todo el equipo que tendrá que comprar para mí —puesto que Gina no me esperaba y le regaló todo el equipo de August a la chica del vestuario de su última película—, y lo cara que va a ser la guardería, y luego la escuela y la universidad —porque ¿qué tal si soy muy inteligente y quiero ir a la universidad?—, y lo irresponsables que son Alyssa y Oscar por traerme al mundo en su situación financiera. Alyssa se queda muy callada y se acurruca en su silla y Oscar miente y dice que tiene que ir a practicar con su banda, nada más para sacarnos de ahí. El colmo es cuando August se acerca, le sonríe dulcemente a Alyssa y le dice «Levántate, tonta, estás sentada en mi Transformer».<br />
Alyssa está callada todo el camino a casa, y cuando llegamos al departamento, que está a cien grados por dentro, Oscar la toma de la mano y la lleva al techo, donde pone una cobija y almohadas. Se acuestan ahí, mirando el cielo, y Oscar dice muchas cosas sabias, sorprendentemente sabias, sobre lo infeliz que es Gina, lo solitaria y lo celosa que está de Alyssa, y que no importa lo diferente que sean, ellos siempre tendrán mucho amor que darme. Alyssa asiente y toma su mano, doblando sus dedos entre los de él. Entonces nos quedamos callados y escudriñamos el cielo, buscando naves espaciales, criaturas diferentes a nosotros, que entrarán a nuestras vidas y las cambiarán para siempre. Puede que me tome mucho tiempo recordar este momento después de nacer, pero algún día lo haré.</p>
<div>Traducción de Héctor Ortiz Partida</div>
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&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en&lt;a href=&quot;http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 &quot;&gt; iTunes&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;
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&lt;p&gt;Janet Sarbanes es una escritora de los Ángeles. Este cuentito fue publicado en la última edición de Luvina (la revista de la universidad de Guadalajara). Estuve buscando algunos datos sobre ella y pude encontrar muy poco (sólo este podcast  donde ella y otras dos escritoras de L.A leen algo y responden a algunas preguntas). Así que mejor pasemos directamente al cuento que, la verdad sea dicha, habla muy bien de ella.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;strong&gt;Anamnesis&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt; de Janet Sarbanes&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Al principio&lt;/strong&gt; me esforcé por mantenerme con vida. Alyssa aún no sabía de mí, y no era muy cuidadosa. Sus amigos venían todo el tiempo, con vino y cigarros, y se sentaban con nosotros en el techo a mirar las luces y las palmeras de Los Ángeles, que irradian desde nuestro edificio de departamentos en filas ordenadas que llegan hasta donde alcanza la vista. De día parecía agobiada por su nuevo trabajo en un nuevo &lt;em&gt;spa &lt;/em&gt;hasta el otro lado de la ciudad, pero en esas noches y largas tardes de beber y fumar estaba relajada y brillante. Oscar siempre se quedaba después de que los otros se habían ido, y entre los dos había un entendimiento.&lt;br /&gt;
Por supuesto, cuando Alyssa finalmente se enteró de mí, fue en la dirección contraria, un poco exagerada, si me preguntan, porque me gustaba cuando estaba relajada y brillante, sin esa arruga en la frente y esa aguda nota de miedo cada que hablaba con Oscar. Sin estar del todo seguro, pude ver desde el primer instante que Oscar quería estar con nosotros para siempre, y eventualmente ella lo vio también. Era difícil no verlo cuando él se quedaba mañana, tarde y noche, y siempre se metía a nuestro lado de la cama.&lt;br /&gt;
Pero no habría más desmayos placenteros para mí, ni me perdería ya pedazos enteros del día —y no más despertarme repentinamente sintiéndome totalmente agitado, tampoco, porque Alyssa había dejado el alcohol &lt;em&gt;y &lt;/em&gt;el café. Las cosas se acomodaron en una rutina bastante más aburrida, hablando fisiológicamente, pero al menos ya podía pensar de forma un poco más clara y percibir mis alrededores. Alyssa, ahora con Oscar, vive en un departamento en el sexto piso en algún lugar de Hollywood. Tiene pisos de madera dura sin pulir y necesita una nueva capa de pintura, pero es encantador, en especial en la madrugada, antes de que Alyssa y Oscar despierten; entonces parece un lugar dorado, mi nuevo hogar, o mi futuro hogar, hermosamente simple, un arreglo de alojamiento arquetípico, con sus techos altos, su cama baja, su mesa de roble y sus dos sillas, su chistoso sillón con adornos de brocado amarillos.&lt;br /&gt;
Estamos suscritos a &lt;em&gt;Los Angeles Times, &lt;/em&gt;aunque realmente no estoy seguro para qué, porque todo lo que parecen leer Alyssa y Oscar son el horóscopo y las tiras cómicas. A veces intentan resolver el sudoku, pero les resulta muy difícil. Pasamos horas y horas en la [...]</itunes:summary>
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		<title>Cassius Clay</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Dec 2009 19:39:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El poema]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[Box]]></category>
		<category><![CDATA[Cassius Clay]]></category>
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		<category><![CDATA[poetas]]></category>

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		<description><![CDATA[A partir de hoy el diariodeunchicotrabajador.com estrena nueva sección: "El poema de la semana". Y para empezar este poema de Omar Pimienta (poeta y artista visual nacido en Tijuana) que recientemente fue publicado en la revista Luvina (la número 57, todavía la encuentran en los sanborns) y que me dejó impresionado...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/cassius-clay/"/>sigue leyendo</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada y escucha el poema en la voz del autor, sólo da click en el iPod.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/12/El-poema-de-la-semana-Cassius-Clay.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>A partir de hoy el diariodeunchicotrabajador.com estrena  nueva sección: &#8220;El poema de la semana&#8221;. Y para empezar este poema de <a href="http://www.omarpimienta.blogspot.com/">Omar Pimienta</a> (poeta y artista visual nacido en Tijuana) que recientemente fue publicado en la revista Luvina (la número 57, todavía la encuentran en los sanborns) y que me dejó impresionado.</p>
<p>El poema ideal para inaguarar esta sección y, de la mejor manera, ya que si le pican al iconito del iPod podrán oir el poema en la voz del autor.</p>
<p>La foto, por cierto, es de Omar pimienta y viene incluida con el poema. Originalmente era parte de una serie de cuatro poemas con cuatro fotografías llamado <em>Album de familia</em>.</p>
<p><strong>Cassius Clay de OMAR PIMIENTA</strong></p>
<p>He was Cassius Clay!</p>
<p>Me dicen que escriba       que escriba y guarde<br />
que entre y salga      al papel        al teclado<br />
el uno-dos               algún intercambio</p>
<p>que recuerde: verso fallido desgasta el doble</p>
<p>que salte la cuerda por lo menos dos horas diarias<br />
alimentarme bien     dos      uno-dos     libros       más libros</p>
<p>que no diga todo       que levante la guardia       que me guarde hasta el final</p>
<p>Me sugieren que me ponga a escribir para mí: Shadow Writing</p>
<p>pero al verme con los ojos hinchados   la boca reventada mi sparring me dice:<br />
hazlo como cuando creías en tu magia<br />
tú puedes muchacho    lo tienes en ti</p>
<p>por tu madre que también luchaba con su puño y letra<br />
por tus hermanos que te ven desde su propio ring<br />
por tu padre que se partió el lomo</p>
<p>por ella que pide a gritos la campanada</p>
<p>y entro y salgo      con intercambios cada vez menos favorables<br />
el hígado               cuídate el hígado<br />
la retina despegada                       las manchas que te confunden</p>
<p style="text-align: left;">me dicen que ya: 7<br />
que no me levante: 8<br />
que me darán la revancha: 9<br />
que no puedo seguir pensando que escribir es de vida o muerte.</p>
<p style="text-align: left;">
]]></content:encoded>
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&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; Descarga el podcast de esta entrada y escucha el poema en la voz del autor, sólo da click en el iPod.&lt;br /&gt;
&lt;/span&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;h4 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/12/El-poema-de-la-semana-Cassius-Clay.mp3&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png&quot; alt=&quot;&quot; width=&quot;61&quot; height=&quot;61&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h4&gt;
&lt;p&gt;A partir de hoy el diariodeunchicotrabajador.com estrena  nueva sección: “El poema de la semana”. Y para empezar este poema de &lt;a href=&quot;http://www.omarpimienta.blogspot.com/&quot;&gt;Omar Pimienta&lt;/a&gt; (poeta y artista visual nacido en Tijuana) que recientemente fue publicado en la revista Luvina (la número 57, todavía la encuentran en los sanborns) y que me dejó impresionado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El poema ideal para inaguarar esta sección y, de la mejor manera, ya que si le pican al iconito del iPod podrán oir el poema en la voz del autor.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La foto, por cierto, es de Omar pimienta y viene incluida con el poema. Originalmente era parte de una serie de cuatro poemas con cuatro fotografías llamado &lt;em&gt;Album de familia&lt;/em&gt;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Cassius Clay de OMAR PIMIENTA&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;He was Cassius Clay!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me dicen que escriba       que escriba y guarde&lt;br /&gt;
que entre y salga      al papel        al teclado&lt;br /&gt;
el uno-dos               algún intercambio&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;que recuerde: verso fallido desgasta el doble&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;que salte la cuerda por lo menos dos horas diarias&lt;br /&gt;
alimentarme bien     dos      uno-dos     libros       más libros&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;que no diga todo       que levante la guardia       que me guarde hasta el final&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me sugieren que me ponga a escribir para mí: Shadow Writing&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;pero al verme con los ojos hinchados   la boca reventada mi sparring me dice:&lt;br /&gt;
hazlo como cuando creías en tu magia&lt;br /&gt;
tú puedes muchacho    lo tienes en ti&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;por tu madre que también luchaba con su puño y letra&lt;br /&gt;
por tus hermanos que te ven desde su propio ring&lt;br /&gt;
por tu padre que se partió el lomo&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;por ella que pide a gritos la campanada&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;y entro y salgo      con intercambios cada vez menos favorables&lt;br /&gt;
el hígado               cuídate el hígado&lt;br /&gt;
la retina despegada                       las manchas que te confunden&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;me dicen que ya: 7&lt;br /&gt;
que no me levante: 8&lt;br /&gt;
que me darán la revancha: 9&lt;br /&gt;
que no puedo seguir pensando que escribir es de vida o muerte.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
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<itunes:subtitle>A partir de hoy el diariodeunchicotrabajador.com estrena nueva sección: &quot;El poema de la semana&quot;. Y para empezar este poema de Omar Pimienta (poeta y artista visual nacido en Tijuana) que recientemente fue publicado en la revista Luvina [...]</itunes:subtitle>
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		<title>Calidoscopio</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 23:49:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[Ciencia Ficción]]></category>
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		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Ray Bradbury]]></category>

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		<description><![CDATA[Un chohete explota en millones de pedacitos y los tripulantes, dispersos sobre el universo, caen hacia su irrmediable muerte. No pueden más que caer,  hablar entre ellos y aceptar su muerte... qué harías tú si estuvieras cayendo, si supieras que tu muerte es inevitable... en el cuento de la semana otra historia del maestro de maestros Ray Bradbury...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/calidoscopio/"/>sigue leyendo</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/12/Calidoscopio.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: left;">Un chohete explota en millones de pedacitos y los tripulantes, dispersos sobre el universo, caen hacia su irrmediable muerte. No pueden más que caer,  hablar entre ellos y aceptar su muerte&#8230; qué harías tú si estuvieras cayendo, si supieras que tu muerte es inevitable&#8230; en el cuento de la semana otra historia del maestro de maestros Ray Bradbury.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;"><strong>Calidoscopio</strong></p>
<p>El primer impacto rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.<br />
—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?<br />
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.<br />
—¡Woode, Woode!<br />
—¡Capitán!<br />
—Hollis, Hollis, aquí Stone.<br />
—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?<br />
—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo&#8230; Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!<br />
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.<br />
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.<br />
—Nos alejamos unos de otros.<br />
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.<br />
Pasaron diez minutos. E1 terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.<br />
—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?<br />
—Depende de tu velocidad y la mía.<br />
—Una hora, supongo.<br />
—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.<br />
—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.<br />
—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?<br />
—¿Hacia dónde caes?<br />
—Creo que me estrellaré en el Sol.<br />
—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, Arderé como una cerilla.<br />
Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.</p>
<p>Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.<br />
—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!<br />
—¿Quién habla?<br />
—No lo sé.<br />
—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?<br />
—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!<br />
—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?<br />
Una pausa. Seguían separándose unos de otros.<br />
—¿Stimson?<br />
—Sí —replicó por fin.<br />
—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.<br />
—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.<br />
—Hay una posibilidad de que nos encuentren.<br />
—Si, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.<br />
—Es una pesadilla —dijo alguien.<br />
—¡Cállate! —ordenó Hollis.<br />
—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.<br />
Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo&#8230;, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.<br />
¡Y seguían cayendo y cayendo!</p>
<p>Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.<br />
—¡Basta!<br />
El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.<br />
Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.<br />
&#8220;Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?&#8221;<br />
Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.<br />
Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.<br />
—Hollis, ¿sigues ahí?<br />
Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.<br />
—Aquí Applegate otra vez.<br />
—¿Qué hay, Applegate?<br />
—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.<br />
El capitán intervino.<br />
—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.<br />
—Capitán, ¿por qué no se calla?<br />
—¿Qué?<br />
—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.<br />
—¡Compórtese, Applegate!<br />
—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.<br />
—¡Le ordeno que se calle!<br />
—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estabamos, Hollis? Ah, sí ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.<br />
Hollis, desesperado, cerró los puños.<br />
—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.<br />
Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.<br />
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de si mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad&#8230; Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.</p>
<p>¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.<br />
—¿Estás enfadado, Hollis?<br />
—No.<br />
Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.<br />
—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.<br />
—No tiene importancia.<br />
Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso&#8230; El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.<br />
Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?<br />
Uno de los otros hombros estaba hablando.<br />
—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.<br />
&#8220;Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.&#8221;<br />
Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:<br />
—¡Todo ha terminado, Lespere!<br />
Silencio.<br />
—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!<br />
—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.<br />
—Soy Hollis.<br />
Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.<br />
—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?<br />
—No.<br />
—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?<br />
—¡Sí, es mejor!<br />
—¿Por qué?<br />
—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.</p>
<p>Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.<br />
—¿Y para qué te sirve eso? —gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.<br />
—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.<br />
—¿Perverso?<br />
Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. &#8220;Perverso&#8221;. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.<br />
—Cálmate, Hollis.<br />
Alguien había escuchado su voz sofocada.<br />
Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson&#8230; Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la &#8220;serenidad&#8221;, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.<br />
—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.<br />
&#8220;Pero, ¿no somos iguales? —se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.&#8221;<br />
Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.<br />
Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?<br />
Un momento después descubrió que su pié derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. E1 aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.<br />
—¿Hollis?<br />
Hollis respondió cansinamente, harta de aguardar la muerte.<br />
—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.<br />
—Sí.<br />
—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?<br />
—Sí<br />
—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Guando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.</p>
<p>Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.<br />
—Gracias, Applegate.<br />
—No hay de qué. Y anímate, bobo.<br />
—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?<br />
—¿Stimson?<br />
Todos escuchaban atentamente:<br />
—Debe de haber muerto.<br />
—No lo creo. ¡Stimson!<br />
Volvieron a escuchar.<br />
Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta&#8230;<br />
—Es él. Escuchad.<br />
—¡Stimson!<br />
Nadie respondió.<br />
Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.<br />
—No contestará.<br />
—Ha perdido el conocimiento. Dios le ayude.<br />
—Es él, escuchad.<br />
Una respiración apenas audible, el silencio.<br />
—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Consideradlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.<br />
Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.<br />
—¡Eh! —dijo Stone.<br />
—¿Qué?<br />
Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.<br />
—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.<br />
—¿Meteoritos?<br />
—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, que hermoso es todo esto!<br />
Silencio.<br />
—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.<br />
Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.<br />
—Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.<br />
—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.<br />
—No te hagas el gracioso —dijo Stone.<br />
Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.<br />
T odas las voces, iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.<br />
—Adiós.<br />
—Tómatelo con calma.<br />
—Adiós, Hollis —dijo Applegate.<br />
Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.<br />
Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood&#8230; Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.<br />
&#8220;¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta&#8230; Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.&#8221;<br />
Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz&#8230; Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.<br />
&#8220;Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.&#8221;<br />
—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.</p>
<p>Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.<br />
—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!<br />
La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.<br />
—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.</p>
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&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;Un chohete explota en millones de pedacitos y los tripulantes, dispersos sobre el universo, caen hacia su irrmediable muerte. No pueden más que caer,  hablar entre ellos y aceptar su muerte… qué harías tú si estuvieras cayendo, si supieras que tu muerte es inevitable… en el cuento de la semana otra historia del maestro de maestros Ray Bradbury.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;strong&gt;Calidoscopio&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El primer impacto rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.&lt;br /&gt;
—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?&lt;br /&gt;
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.&lt;br /&gt;
—¡Woode, Woode!&lt;br /&gt;
—¡Capitán!&lt;br /&gt;
—Hollis, Hollis, aquí Stone.&lt;br /&gt;
—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?&lt;br /&gt;
—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!&lt;br /&gt;
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.&lt;br /&gt;
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.&lt;br /&gt;
—Nos alejamos unos de otros.&lt;br /&gt;
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.&lt;br /&gt;
Pasaron diez minutos. E1 terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.&lt;br /&gt;
—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?&lt;br /&gt;
—Depende de tu velocidad y la mía.&lt;br /&gt;
—Una hora, supongo.&lt;br /&gt;
—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.&lt;br /&gt;
—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.&lt;br /&gt;
—El cohete [...]</itunes:summary>
<itunes:subtitle>Un chohete explota en millones de pedacitos y los tripulantes, dispersos sobre el universo, caen hacia su irrmediable muerte. No pueden más que caer,  hablar entre ellos y aceptar su muerte... qué harías tú si estuvieras cayendo, si supieras [...]</itunes:subtitle>
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		<title>Gótico americano</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Nov 2009 18:28:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tomado de las páginas de la serie de antologías clásicas de la serie "Stephen King Horrror" y especialmente del volumen 7, esta historia de Ray Russell, es el cuento de la semana. He aquí el divertidisimo, cachondo, muy cachondo cuento de Ray Russell, inspirado por cierto en el cuadro de Grant Wood(el mismo que ilustra esta entrada) llamado también gótico americano...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/11/gotico-americano/"/>sigue leyendo</a>...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Oye este cuento, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Gótico-americano.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Tomado de las páginas de la serie de antologías clásicas de la serie &#8220;Stephen King Horrror&#8221; y especialmente del volumen 7, esta historia de Ray Russell, es el cuento de la semana.</p>
<p>Ray Russell fue un escritor gringo nacido en 1929 y muerto en 1999. Era especialmente bueno escribiendo cuentos aunque de una de sus novelas,&#8221; Sardonicus&#8221;, Stephen King dijera: &#8220;Es quizás uno de los mejores exemplos de gótico moderno jamás escrito&#8221;.</p>
<p>Ray trabajó durante años escribiendo notas de humor y cuentos para la revista playboy, para la que compiló la antología <a href="http://www.fantasticfiction.co.uk/r/ray-russell/playboy-book-of-horror-and-supernatural.htm">The Playboy Book of Horror and the Supernatural</a><span> de <a href="http://www.fantasticfiction.co.uk/years/1967.htm">1967.</a></span> Durante esos años la revista de Hugh Hefner publicaba en sus páginas a grandes escritores de ciencia ficción y fantasía, entre ellos a Ray Bradbury, Henry Slesar, Frederic Brown, Frederik Pohl, Richard Matheson, Jack Finney, Robert Bloch y a Kurt Vonnegut, cuyo mágnífico libro &#8220;Bienvenido a la casa del mono&#8221; apareció por primera vez publicado en las páginas de está revista junto a fotos de rubias de pechos enormes brincando  desnudas.(<a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/05/harrison-bergeron/">lee un cuento de ese libro aquí</a>)</p>
<p>Bueno, sin más, he aquí el divertidisimo, cachondo, muy cachondo cuento de Ray Russell, inspirado por cierto en el cuadro de Grant Wood(el mismo que ilustra esta entrada) llamado también gótico americano.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">&#8212;</p>
<p style="text-align: center;"><strong>GÓTICO AMERICANO</strong></p>
<p style="text-align: center;">por RAY RUSSELL</p>
<p>I</p>
<p>¿Queréis que os cuente el caso de la hechicera y el asesinato que tuvimos por estos lugares? Pues bien, ella era una poderosa hechicera, y ésta es una verdad como un templo; si hasta se sabía un montón de palabras raras y todo: en fin, la cuestión es que la cosa ocurrió hace mucho tiempo. He contado esta historia un montón de veces, pero creo que no me ocurrirá nada si la cuento ahora de nuevo.<br />
Supongo que será mejor que empiece por hablaros de la muchachita que nos llevamos aquel verano a la granja. Era extranjera, de Hungría, Polonia, Pennsylvania o un país por el estilo. Tendría unos quince años. Más tonta que hecha de encargo, pero resultona.* Llevaba dos trenzas amarillas, y tenía los ojos del mismo color que la flor del maíz, y los senos más bien desarrollados&#8230; El suyo era el trasero más bonito que yo había visto en mi vida. En fin, un día, a mi hijo Jug se le ocurrió mirar a la chica cuando estaba agachada dando de comer a las gallinas, eso sería al primero o segundo día de trabajar para nosotros, y aquél fue el día en que se podría decir que Jug se hizo hombre.<br />
La única pega era que no sabía cómo hacerlo. Por todos los diablos, el muchacho sólo tenía catorce años. Lo único que sabía era que cuando la chavala estaba agachada de aquella manera, con el vestido de tela de saco ceñido al trasero, él notaba aquella sensación en los tejanos, como si fuera cosa de magia. Y no sabía la razón. Pero ahí estaba. De modo que se acercó a la muchacha a grandes trancos, la miró directo a los ojos y se desabrochó los pantalones.<br />
* A lo largo del relato, el lenguaje que el autor pone en boca de sus personajes es el propio de gente algo inculta. (N. de la T.)</p>
<p>—Mira esto —dijo—. ¿Has visto algo así alguna vez? Bueno, pues la chica no supo qué decir. La boca se le abrió como una pala mecánica. De todos modos, ni siquiera sabía hablar inglés. Y echó a correr.<br />
Pero corrió hacia donde no debía. Se dirigió hacia el granero. Ése fue su gran error. Yo me quedé en la casa todo el rato, tomando café en la cocina, y desde allí oí sus gritos. Chillaba como un gorrino atascado. Después de aquello, los dos siguieron como una casa en llamas. La madre de Jug había muerto al nacer el chico, pobre. Yo la quería mucho. Está enterrada en el pastizal de atrás, debajo del olmo grande. Yo mismo crié a Jug. Tal vez por eso salió tan salvaje, no tuvo una madre que lo amansara y le enseñase modales. Jug no era su nombre verdadero. Yo lo llamaba así por sus orejas.*<br />
Un día, la criada que habíamos contratado se me acercó, y en su inglés chapurreado me dijo que no le daba tiempo a hacer el trabajo, porque no podía quitarse a Jug de encima. Hablé con el muchacho.<br />
—Papá —me dijo—, cuando veo a esa chica pasar por delante de mí, con ese vestido fino y esas piernas, esta puñetera cosa se me levanta como la cola de un zorro y no puedo hacer nada más que agarrarla y metérsela.<br />
En aquel momento, la muchacha pasó por delante de la ventana, cargada con un cubo, y cuando vi de qué forma se le movía el trasero debajo del vestido, entendí lo que Jug quería decir. La mañana era fresca, y los pezones empujaban contra la tela como un par de cartuchos de escopeta.<br />
—Ve a dar de comer a los cerdos —dije al muchacho—, que yo hablaré con la chica.<br />
Jug salió disparado y yo también hice lo mismo, pero detrás de la chica. La alcancé cerca de la bomba y le dije que se tomara un descanso y volviese a la casa a beber una taza de café.<br />
Cuando estaba sentada en la cocina, tomándose el café, a mí me dio por pensar en mi vida, y en lo solo que me encontraba. Y no paraba de mirar aquellas piernas de quince años, suaves y firmes. Y los senos. Y sus grandes ojos, azules y tontos.<br />
—Niña —dije—, me parece que te vendría bien un baño. Y buena falta que le hacía. Así que calenté un poco de agua y llené la tina allí mismo, en el centro de la cocina. Le dije que se quitara el vestido. Al principio, no quería; pero luego supongo que pensó que podía fiarse de mí porque yo era como un padre o algo así; me imagino que le parecería un hombre mayor. Bueno, el caso es que se quitó el vestido, y por Judas, qué cuerpo tenía la niña. Casi no lo podía creer. Le pedí que se metiera en la tina, y entonces cogí la barra de jabón casero, me arrodillé cerca de la tina y empecé a enjabonarla a conciencia. La lavé por delante y por detrás. Le lavé las piernas. Para entonces, yo estaba ya medio loco.<br />
* Jug: jarra, en inglés. (N. de la T.)</p>
<p>Cuando salió de la tina, toda brillante y mojada, y con olor a jabón, no pude aguantarme más. Allí mismo, en el suelo de la cocina, sobre una toalla grande, me la cepillé; y en verdad os digo que aquello fue como una ciruela blandita y madura, calentita por el sol, y tan llena de jugo dulce que se partía por el medio. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, y todo acabó antes de que pudiera decir ni pío.<br />
Después, la envolví con la toalla grande, me la llevé arriba, al dormitorio, y me la cepillé de nuevo, pero despacio y con calma esta vez.<br />
Claro que aquello no solucionó el problema. Más bien lo complicó. En lugar de perseguirla un moscardón, la perseguían dos. Cuando Jug no se la cepillaba, lo hacía yo. La chica no se quejaba, pero tampoco llevaba a cabo su trabajo. La granja se fue al carajo. Aunque la verdad es que nunca había sido una granja como Dios manda, apenas unas hectáreas, propiedad de mi mujer, por cierto. Ella la había heredado de su padre, y. como es natural, al morir ella pasó a ser mía. Pero, como ya he dicho, se fue derechita al carajo. Con tanto cepillarse a la niña, nadie se acordaba de arar los campos. Los cerdos llegaron a estar tan flacos que pensamos en el acto piadoso que sería matarlos para convertirlos en tocino antes de que enflaquecieran más. Nunca teníamos tiempo para darles de comer. Jug y yo estábamos siempre muy cansados. Pero tuve mano dura con el muchacho.<br />
—Jug —dije un buen día—, sal de una vez y ordeña las vacas. Luego, engancha el caballo al arado. Además, hay un montón de paja por meter y&#8230;<br />
—Vete a la porra, papá —respondió—. Si en esta granja hay trabajo por hacer, nos lo repartiremos entre los dos. No pienso romperme el culo ahí fuera durante todo el santo día, para que tú te quedes aquí, metiéndosela a la criada.<br />
—Hijo, un poco más de respeto hacia tu padre.<br />
—Mira, papá, no me vengas con esas mierdas.<br />
Bueno, acabamos por repartirnos el trabajo, tal como él había dicho. También hicimos la parte que le tocaba a la chica. No nos parecía justo que trabajara cuando se ocupaba tan bien de nosotros en otros aspectos. Claro que como ya no hacía nada, dejamos de pagarle. Pero a ella no le importó. Tenía casa y comida. Y cocinaba para nosotros, claro; aunque era peor cocinera que Jug, que ya es decir. Pero nosotros sabíamos distinguir cuándo estábamos bien; o sea, que nos comíamos lo que preparaba.<br />
Un día vino a vernos el predicador, el reverendo Simms. Era un tipo alto, huesudo y bizco, vestido de negro. Más o menos de mi edad. Su esposa tenía el rostro igualito al de George Washington en los billetes de dólar. Pero aquel día la había dejado en casa, detalle que fue de agradecer. Llegó a la granja, en su viejo y traqueteante cacharro, cuando yo estaba sentado en el porche de atrás, mientras fumaba mi pipa y miraba la rojiza puesta del sol.<br />
—Hermano Taggott —me dijo.<br />
—Buenas tardes, reverendo.<br />
—He oído por ahí unos comentarios muy peculiares. Taggott. Parece ser que ha contratado usted a una muchacha extranjera para trabajar en la granja.<br />
—Eso mismo. Es de Pennsylvania o algo parecido.<br />
—Hermano, no pretendo ofenderle, porque sé que es usted un hombre de Dios, pero este asunto no me parece correcto. Quiero decir, que en la granja no hay ninguna otra mujer que pueda ocuparse de la muchacha. Sólo usted y su hijo. Y el chico&#8230;, en fin, ya tiene edad para fijarse en la niña. Y aquí la tiene, sola con dos hombres en una granja, y sin nadie que la proteja o le diga lo que está bien o está mal.<br />
—Y según usted, ¿qué deberíamos hacer, reverendo?<br />
—La chica es menor de edad. Tendría que estar en el orfanato del condado. Allí la pondrían a trabajar y le enseñarían los principios morales.<br />
—¿Y cómo lo harían? Apenas habla inglés.<br />
—También le enseñarán a hablar. Hermano Taggott, es la única manera decente de hacer las cosas. Mi esposa me ha dado la idea, y, que yo sepa, jamás se ha equivocado en cuestiones de moralidad y decencia.<br />
—Bien, reverendo, supongo que usted y su señora tienen razón.<br />
—Me alegra que lo tome así.<br />
—La cuestión es que tal vez a la chica no le haga gracia ir a un orfanato. Le gusta esto.<br />
—Eso no importa. Es por su propio bien.<br />
—Ya lo sé. Pero ¿cómo voy a explicárselo? Apenas habla inglés; además, es más bruta que un arado.<br />
—Hermano, la fe mueve montañas.<br />
—Amén. ¿Sabe una cosa? Creo que será mejor que le hable usted.<br />
—Buena idea.<br />
—No sé. al ser usted un hombre de iglesia&#8230;<br />
—Muy bien, hermano. Estoy de acuerdo. Si fuera tan amable de conducirme hasta ella, aclararé las cosas.<br />
—Pase, reverendo. —Le llevé a la cocina y le serví una taza de café—. Siéntese un momento, que voy a decirle a la chica que está aquí.<br />
Ella estaba en el dormitorio, descansando; como pude, le conté lo del reverendo y para qué estaba en la granja. Bueno, para ser sincero, no era verdad que no hablara inglés. Cuando yo y Jug llegamos a conocerla mejor, logramos entendernos con ella; además, la chica había aprendido algo de inglés y nosotros unas cuantas palabras de su lengua, y entre eso y las señas, incluso podíamos conversar. Le hice entender lo que el predicador se proponía, y luego bajé otra vez a la cocina.<br />
—La encontrará arriba, reverendo. Le espera. Es toda suya.<br />
—Gracias, hermano Taggott. La suya es una actitud muy encomiable.<br />
—Yo quiero hacer lo que está bien, nada más. Y el reverendo subió.<br />
Permaneció arriba una media hora. Cuando bajó, la chica no lo acompañaba.<br />
—¿No se marcha con usted? —pregunté.<br />
— Hermano Taggott, los designios del Señor son inescrutables.<br />
—Amén.<br />
—Y pueden pasar a través de una chiquilla.<br />
—Una verdad indiscutible.<br />
—Esa niña sencilla y sincera de ahí arriba me ha enseñado, a pesar de su incultura, que existen unos designios más elevados que los del hombre. Es la ley de Dios y del Amor.<br />
—¡Aleluya!<br />
—Según las leyes de los hombres, la chica debe ir al orfanato. Pero ¿puede una institución tan fría como ésa ofrecerle Amor? ¿Puede darle el sencillo calor humano que recibe en esta casa?<br />
—Claro que no.<br />
—En efecto, hermano. Por eso he decidido que la niña debe quedarse aquí, bajo su tutela.<br />
—Lo que usted diga, reverendo.<br />
—Pero debo imponer una condición.<br />
—¿Cuál?<br />
—Es verdad que usted puede cubrir casi todas las necesidades materiales de esa niña. Le da una casa. Un techo para guarecerse de la lluvia. Comida con que alimentar su cuerpo. Y ese Amor tan importante al que acabo de referirme. La única cosa que no puede usted proporcionarle, hermano Taggot, es consejo espiritual. De manera que la cuestión es ésta: permitiré que la chica se quede con usted, «siempre y cuando» yo pueda venir y verla a solas, para darle orientación espiritual. Digamos&#8230; una vez a la semana; ¿qué le parece?<br />
—¿Qué tal el viernes por la noche, después de cenar?<br />
—Muy bien. Me va estupendamente.<br />
Cuando se dirigió hacia la puerta, me acordé de una cosa y le pregunté:<br />
—Oiga, reverendo, ¿y la señora Simms?<br />
—Yo me encargaré de ella, no se preocupe.<br />
Después de aquello, las cosas marcharon bastante bien durante un tiempo. Yo y Jug estábamos contentos. La chica que habíamos contratado no se quejaba. Cada viernes, después de la cena, aparecía el reverendo, se la llevaba a un sitio apartado y la aconsejaba espiritualmente durante unos veinte minutos. La vida fluía como el agua de un arroyo.<br />
Hasta que un día, la señora Simms se presentó en la granja en aquel cacharro. Se detuvo justo delante de mí y me miró de frente, con aquellas chapas de botella de Coca-Cola que tenía por ojos. No quiero decir con esto que fuera fea. Aquel rostro habría parecido muy atractivo en un hombre. Pero en una mujer, no encajaba.<br />
—Señor Taggot&#8230;<br />
Tenía una voz muy parecida a la de Dewey Elgin, el bajo del coro de la iglesia.<br />
—Señora.<br />
—Esa chica a la que mi marido ha estado aconsejando espiritualmente&#8230;<br />
—Sí, señora.<br />
—Quiero verla.<br />
—Muy bien. Si tiene la bondad de seguirme&#8230;<br />
Se apeó del cacharro y me siguió de cerca mientras me dirigía hacia la casa. Me tenía preocupado lo que pudiera ver en ella. Si la criada que habíamos contratado estaba arriba con Jug, no habría problemas, porque tendría tiempo más que suficiente para hacer salir a Jug por la puerta lateral y preparar a la chica para que estuviera presentable, antes de que la esposa del reverendo le echara una ojeada. Pero si la muchacha se encontraba en la cocina, fregando platos o limpiando los fogones, era probable que estuviese tan desnuda como Dios la trajo al mundo. Le había dado por pasearse en cueros por la casa casi todo el tiempo. No se lo recrimino. En vista de cómo estaban las cosas entre ella. Jug y yo, no valía la pena que se molestara en vestirse.<br />
Me adelanté a la señora Simms, me dirigí rápidamente al porche trasero y entré en la cocina. No hubo problemas. La chica llevaba un vestido. Incluso se había calzado. Me intrigó saber de dónde habría sacado los zapatos, hasta que me acordé de que pertenecieron a la mamá de Jug. Eran unos zapatos de vestir que se había comprado en cierta ocasión. De color rojo brillante. Con unos tacones de cinco centímetros y una abertura delante por donde se le veían los dedos. Con aquellos zapatos, las piernas de la chica se veían más bonitas que de costumbre, y estuve a punto de pedirle que se los quitara y los escondiera debajo del fregadero cuando detrás de mí oí cerrarse de golpe la puerta mosquitera y sentí aquella mirada tan fría clavada en mi nuca.<br />
—Muchacha, ha venido a verte la señora Simms —dije—. Muy amable de su parte, ¿no te parece?<br />
La señora Simms miró a la chica de la cabeza a los pies. Puedo jurar que aquello fue como si una víbora estuviera observando a un pajarillo.<br />
—¿Cómo se llama, señorita? —le preguntó. La muchacha se lo dijo—. ¿Le gusta vivir en la granja de los Taggot?<br />
La chica asintió con la cabeza. La señora Simms la perforó con los ojos. Después, la agarró del brazo.<br />
—Está bastante gordita —observó—. Según parece, no la matan de hambre. En cambio, «a usted» se le ve muy demacrado, señor Taggott&#8230;<br />
La verdad, tenía razón. Estaba demacrado; casi en los huesos. Y a Jug le ocurría lo mismo. Como los cerdos, que se habían quedado tan flacos que nosotros dos estábamos siempre demasiado cansados para darles de comer.<br />
Entonces, la señora Simms me dijo algo raro en verdad. Todo mezclado con unas palabras que sonaban extranjeras, no como las de la criada que habíamos contratado, más bien sonaban a franchute, como el que hablaba mi viejo tío Maynard al volver de la guerra mundial, mamuasel de Armentiers, parlivú y cosas así. Lo que la señora Simms dijo sonó más o menos así:<br />
—La Bel dom son mer sí. — Luego lo repitió otra vez—: La Bel dom son mer sí te ha esclavizado. Dios se apiade de ti.<br />
—Amén —añadí.<br />
Y lo hice porque es lo que digo siempre cuando se menciona el nombre de Dios, sobre todo si lo menciona un predicador, o la esposa de un predicador. Con esto no quiero decir que supiese de qué hablaba. Supongo que sería algo de las Escrituras, porque aquella mujer tenía mucha educación.<br />
—Buenos días. señor Taggott —me dijo.<br />
Después dio media vuelta y se marchó cerrando de un golpazo la puerta mosquitera.<br />
Juro que respiré mucho mejor cuando oí que su cacharro se ponía en marcha y bajaba traqueteando por el camino.<br />
A partir de entonces, los problemas empezaron.<br />
II<br />
Unos días más tarde, la chica me dijo que estaba preñada.<br />
—¿Qué? Ella asintió.<br />
—¿Estás segura? —pregunté. Me contestó por señas.<br />
—Jesús, María y José —repuse; después le pregunté—: ¿De quién es? No entendió mi pregunta.<br />
—El padre. E] papá. El papaíto. ¿Yo? ¿Jug? «¿Quién?»<br />
La muchacha se encogió de hombros. Fue como un mazazo para mí.<br />
Encontré a Jug en el granero, durmiendo como un tronco entre la paja. Le sacudí una patada en el trasero y se sentó más tieso que un palo.<br />
—¿Qué cuernos te pasa, papá? —gritó.<br />
—La criada tiene un bollo en el horno.<br />
—¡Qué bien! Porque tengo un hambre que me comería un oso con garras y todo.<br />
—¡Imbécil, que está preñada!<br />
—¡Jesús, María y José! —exclamó.<br />
—¿Qué vamos a hacer?<br />
—¿Me lo preguntas a mí? ¡Yo soy joven todavía!<br />
—¡Tienes edad suficiente para cepillarte a la chica!<br />
— ¡Y tú tienes edad suficiente para saber lo que iba a pasar!<br />
—Muchacho, métete esto en la cabeza: alguien tendrá que casarse con ella.<br />
—¡Joder, papá, yo no quiero casarme!<br />
—Yo tampoco. Ya tuve bastante con casarme con tu madre cuando quedó preñada de ti. No me van a cazar por segunda vez.<br />
—Ahí está la cosa, papá&#8230;. tú ya estás acostumbrado. ¡Note pasará nada!<br />
—A ti tampoco te ocurrirá nada. Todo hombre que se precie debe casarse al menos una vez en su vida. Pero dos veces son demasiadas. Yo ya he cumplido. Ahora te toca a ti.<br />
— ¡Joder, papá, el crío podría ser tuyo! ¡Eso lo convertiría en mi medio hermano!<br />
—¡Y si yo me casara con la chica y el crío fuera tuyo, yo sería el abuelo! En fin, muchacho, que nos hemos metido en un buen lío. En aquel momento, oí el cacharro del reverendo.<br />
—¿Qué día es hoy? —pregunté.<br />
—Viernes.<br />
—Volvamos a casa. Tenemos que hablar con el pastor. Al reverendo Simms no le entusiasmaba demasiado hablar con nosotros; él quería quedarse a solas con la chica para darle consejo espiritual&#8230;. hasta que le dimos la noticia. Quitó la mano del hombro de la muchacha como si se tratara de un hierro al rojo vivo.<br />
—Comprendo —dijo—. ¿Y qué piensa hacer?<br />
—Reverendo —respondí yo—, no hay muchas salidas. Tendrá que desposar a la chica.<br />
—¡Yo!<br />
—Quiero decir que deberá casarla con uno de nosotros dos, y por la iglesia, tal como está mandado.<br />
—Ah, ya —dijo, como si le faltaran las fuerzas.<br />
—Pero ¿cuál de nosotros? —pregunté.<br />
—¿Cuál? Pues, el que&#8230; el que&#8230; —Y ahí se detuvo en seco para rascarse la cabeza—. Ah, ya comprendo el problema.<br />
Nos quedamos en la cocina durante un rato, sin decir palabra. Después, saqué una jarra con licor de maíz. Le serví un vaso al reverendo (que estaba pálido como un muerto) y escancié otro para mí.<br />
—Papá, ¿no puedo tomar un poco? —preguntó Jug.<br />
—Eres muy joven todavía —contesté.<br />
El predicador y yo levantamos los vasos, nos metimos el licor entre pecho y espalda, nos estremecimos y esperamos sus efectos. Sólo tardaron cinco segundos en producirse. Como si un par de herraduras nos hubiera caído en la cabeza.<br />
—La puta madre&#8230; —dije yo.<br />
—Señor. Señor —murmuró el reverendo.<br />
—La muchacha tendrá que elegir —dijo cuando recuperó el aliento. Entonces fuimos y se lo preguntamos. Pero no hizo más que encogerse de hombros y poner expresión de tonta.<br />
—Tal como están las cosas, ¿por qué no lanzamos una moneda al aire? —preguntó el predicador.<br />
—No me parece justo —dije—. De ese modo todo depende de la suerte. Tendríamos que utilizar algo más parecido a un juego; algo que exija un poco de maña.<br />
—¿Tiene una baraja? —preguntó el reverendo.<br />
—No.<br />
—¿Y dados?<br />
—Tampoco.<br />
—Me alegra saber que su casa no guarda esos instrumentos del demonio, hermano Taggott, pero ¿cómo cuernos vamos a decidir entonces?<br />
Le contestó Jug:<br />
—Con esos juegos que montan en las ferias. Carreras de sacos. O atrapar al cerdito untado de grasa.<br />
—Estoy demasiado viejo para una carrera de sacos —protesté—. Me ganarías.<br />
—Pero no estás demasiado viejo para atrapar a un cerdo engrasado, papá. El año pasado lograste agarrar uno. Yo te vi.<br />
—El chico tiene razón —convine—. Los dos tenemos práctica en eso de atrapar cerdos engrasados.<br />
—Entonces sería un enfrentamiento justo —comentó el reverendo<br />
Simms.<br />
—Supongo.<br />
—La única pega es que no tenemos cerdos —dijo Jug.<br />
—¿Que no tienen cerdos? —inquirió el predicador.<br />
—Matamos al último la semana pasada —le expliqué, con un chasquido de los dedos; se me había olvidado por completo el detalle.<br />
—¡Espléndido! —exclamó el predicador—. Los problemas crecen y se multiplican. ¿Podríamos tomar un poco más de esa cosa, hermano? Quizá nos aclare la mente.<br />
Serví otros dos vasos de la jarra y nos los echamos al coleto.<br />
—Señor, Señor —dije.<br />
—La puta madre —masculló el reverendo. El licor no nos refrescó la mente, pero al parecer sí se la refrescó a Jug; quizá fuera el efecto del olor. El caso es que sugirió:<br />
—Reverendo, ¿y si engrasáramos a la muchacha?<br />
Bien, debo reconocer aquí y ahora que si el predicador y yo hubiéramos estado en estado normal, la idea de Jug no hubiese pasado de ahí; pero, a aquellas alturas, los dos llevábamos entre pecho y espalda casi medio litro de aquel recio licor, así que no nos pareció tan mala. Todavía nos pareció mejor cuando tomamos otro par de vasos. Tal como el reverendo dijo, era muy apropiado. Al fin y al cabo, por decirlo de alguna manera, el premio iba a ser la chica, de modo que, ¿por qué no engrasarla a ella?<br />
Así que salimos todos y nos fuimos detrás del establo. Para entonces, el sol ya se había puesto, pero había luna llena; o sea, que veíamos bien. Si había algo que nos sobraba era grasa de cerdo. Jug y yo sacamos un barril. Tratamos de explicarle a la chica lo que hacíamos, pero no sé si nos entendió. Se portó bien y no se movió cuando Jug y yo le quitamos el vestido y la untamos de grasa desde la barbilla hasta la planta de los pies. Si nunca habéis untado grasa con vuestras propias manos por todo el cuerpo a una muchacha corpulenta y desnuda, os juro, aquí y ahora, que os habéis perdido algo bueno. En cuestión de nada, la muchacha estuvo tan resbaladiza como una trucha recién pescada.<br />
—¿Le parece que está lista, reverendo? —pregunté.<br />
—Supongo que sí.<br />
En ese momento, sentí algo muy extraño, como un temblor que me recorrió todo el cuerpo, y sin motivo alguno. Quizá fuera la luz de la luna, que hacía que todo pareciera frío y azul; como ya he dicho, había luna llena. Hasta la muchacha, así desnuda y brillante como un pez, parecía fría.<br />
Pero quizá fuera por otra causa. Porque recuerdo que pensé —al ver a Jug y al reverendo allí de pie, tan flacos y chupados, a la luz de la luna, y a sabiendas de que yo no tenía mejor aspecto que ellos—, recuerdo que pensé en la grasa que llevaba en las manos, la grasa con la que acababa de untar a la muchacha&#8230;. bueno, pensé que la habíamos sacado de los cerdos que matamos antes de tiempo porque se habían quedado muy flacos, pues nunca nos decidíamos a darles de comer, porque Jug y yo estábamos muy cansados de tanto cepillarnos a la criada&#8230;<br />
No sé si me entendéis, es como si aquella muchachita nos hubiese chupado las fuerzas y nos hubiera dejado esmirriados; nos había consumido a mí, a Jug y al predicador hasta dejarnos hechos unos trapos, y hasta se podía decir que había consumido a los cerdos hasta el punto de que tuvimos que sacrificarlos y convertirlos en grasa para untársela a ella por todo el cuerpo. Ella era el único ser de la granja que seguía saludable, relleno&#8230;<br />
Pero los pensamientos estúpidos como éste volaron de mi cabeza cuando el reverendo me habló.<br />
—Sí, hermano Taggott, supongo que la muchacha ha absorbido toda la grasa de cerdo que su dulce cuerpecito puede aguantar.<br />
—¡Entonces, empecemos, papá! —gritó Jug—. ¡Me muero por atrapar a esa chica entre mis brazos y clavarla al suelo! ¡Tengo tantas ganas que estoy a punto de reventar!<br />
—Pero antes —dijo el predicador—, hemos de establecer ciertas reglas. Normalmente, gana la persona que atrapa al cerdo. Pero si tenemos en cuenta que ni uno ni otro se siente demasiado ansioso por llevar a la muchacha al altar, puede que ninguno de los dos se esfuerce demasiado por atraparla. De modo que deberemos invertir las reglas. Quien atrape a la muchacha, la perderá. Y quien no la atrape, la ganará y habrá de casarse con ella.<br />
Aquello representó un obstáculo para mi plan, porque eso era justamente lo que yo pretendía: dejarla escapar adrede. Pero el predicador me ganó por la mano.<br />
—Reverendo, para que todo sea más justo —dijo Jug—, ¿no le parece que yo y mi papá deberíamos desnudarnos?<br />
—Vamos, Jug —protesté yo—. Estoy demasiado viejo para esas cosas. Además, hace un poco de fresco.<br />
—Hermano, he de admitir que el muchacho tiene razón —dijo el predicador—. Si los dos van desnudos como Adán, entonces nadie podrá decir que las ropas del vencedor eran más ásperas que las del perdedor. Eso igualaría las cosas.<br />
Jug y yo nos quitamos la ropa y en cueros vivos nos quedamos allí de pie, como un par de idiotas.<br />
—Hermano Taggott —dijo entonces el predicador—, su edad le da derecho a intentarlo en primer lugar.<br />
—De acuerdo —repuse—, pero con la condición de que volvamos a untarla de grasa cuando mi turno haya acabado. No seré tan tonto como para llevarme toda la grasa y facilitarle así las cosas a Jug.<br />
El predicador asintió.<br />
—En ese caso —dijo&#8212;, ayudaré a aplicar otra capa de grasa.<br />
—Me lo imaginaba.<br />
Sacó del bolsillo un reloj enorme.<br />
—Este reloj pertenecía a un jugador. Lo utilizaba para cronometrar caballos. Al comprender lo errado de sus costumbres y salvarle, en señal de gratitud, me lo regaló a mí. Cada uno tendrá sesenta segundos exactos para atrapar a la niña. Hermano, antes de comenzar, sugiero que celebremos este evento tomándonos otro traguito de esa jarra que, según he comprobado, ha traído con usted.<br />
Le entregué la jarra, él se la llevó a la boca y se echó al coleto como un cuarto de litro. Cuando me la devolvió, yo hice otro tanto. Jug volvió a pedirme si podía beber un poco y yo le repetí que no.<br />
—¿Preparado, hermano Taggott? —me preguntó el predicador.<br />
—Preparado. Miró su reloj y gritó:<br />
—¡A por ella, pues!<br />
La muchacha echó a correr y yo fui tras ella. Cuando rodeamos en la esquina del bebedero de los cerdos, la así del hombro pero se me resbaló. Después, cuando pasábamos delante de la leña apilada, la agarré por la cintura y la tiré al suelo. Se me escapó de entre las manos como una rana. La apreté por los senos, pero se me soltaron de las manos como si fueran un par de melocotones pelados. Le hundí los dedos en el trasero, pero también se me resbalaron los dos cachetes. Traté de agarrarla por los muslos, pero mis manos se deslizaron a lo largo de sus piernas hasta las rodillas, luego hasta los tobillos, y la chica escapó.<br />
—¡Tiempo! —aulló el reverendo Simms. Yo iba cubierto de grasa de cerdo de la cabeza a los pies. Llevaba más grasa que la chica.<br />
—¡Has ganado, papá! —gritó Jug.<br />
—Todavía no —protesté —. A lo mejor empatamos. Volvamos a untar a la chica.<br />
El predicador nos echó una mano; esta vez, la muchacha vio dónde estaba la diversión, y todo el tiempo que nos pasamos untándola de grasa se lo pasó riendo y chillando.<br />
—¿Preparado, Jug? —preguntó el reverendo cuando terminamos la faena.<br />
—¡Sí, señor reverendo, y tan preparado! Que estaba preparado saltaba a la vista, tendría que haber estado ciego para no darme cuenta.<br />
El reverendo volvió a mirar el reloj y gritó:<br />
—¡Ya, muchacho!<br />
Salió tras ella como el sabueso tras la liebre. La chica lo hizo correr de lo lindo: hasta el retrete, y de vuelta hasta los pastizales de atrás. Entonces ella tropezó con una raíz, cayó boca abajo y Jug se le sentó encima. El se aferró a ella como si de eso dependiera su vida. ¿Que si la chica no se retorció y luchó? ¡Aquí estoy yo para jurar que lo hizo! En un momento dado, estuvo a punto de escapársele, pero entonces la oímos chillar como un cerdo atascado y supuse que Jug la había clavado al suelo, tal como dijo que haría.<br />
¿No lo entendéis? La culpa fue del licor de maíz. Me volvió tan torpe que no logré agarrarla bien. Pero Jug no había probado una sola gota del destilado casero.<br />
—Se ha acabado el tiempo y la chica sigue en el suelo —anunció el reverendo—. Supongo que gana el muchacho. Quiero decir, pierde. La chica seguía chillando como si la estuvieran matando.<br />
—¡Jug! —grité—. Suelta a la muchacha ahora mismo, ¿me has oído?<br />
—En seguida&#8230; papá&#8230; —me contestó, casi sin aliento.<br />
—¡Ahora mismo! —volví a gritar—. ¡Esa muchacha es mi futura esposa!<br />
—Con todo respeto, sugiero un enlace rápido —dijo el predicador—. ¿Qué le parece mañana por la mañana, a eso de las diez? No venga antes, porque a las nueve he de bautizar al hijo de Geer.<br />
—¿De Jed Geer? Creí que en la guerra le habían destrozado las partes.<br />
—Ya se lo dije en otra ocasión, y se lo vuelvo a repetir ahora, hermano Taggott: los designios del Señor son inescrutables.<br />
—Amén. ¿Jug? ¡Deja que la chica se levante!<br />
—Sí, papá. ¡Ya&#8230; ya acabo!<br />
Bueno, pues así fue como me comprometí con la criada que habíamos contratado. Lo de la boda fue otra historia.<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, nos lavamos a fondo hasta quedar relucientes. Jug iba a hacerme de padrino. Ya estaba lo bastante crecido como para llevar el traje azul a rayas que yo usaba los domingos; en cuanto a mí, me puse el viejo traje negro con colas que cuelgan por atrás que perteneció al padre de la mamá de Jug. Lo heredé junto con la granja. Sólo me lo había puesto en dos ocasiones: para mi primera boda y cuando asistí al entierro de la mamá de Jug. Era mi deseo que me enterraran con ese mismo traje. Con mucho trabajo logramos meter a la muchacha en el viejo vestido blanco que había pertenecido a la mamá de Jug. Aquello fue como meter dos kilos de forraje en un saco de un kilo de capacidad. La mamá de Jug era una cosita delgaducha, mientras que la criada que habíamos contratado no lo era, lo puedo asegurar. Le quedaba bien y no pasaría nada con tal de que no se sentara, ni se agachase, ni respirara. También se puso los zapatos rojos. Estaba muy guapa.<br />
—Como para comérsela —comentó la señora Simms, cuando la vio de pie, en medio de la cocina, arreglada para la boda.<br />
La mujer del reverendo vino en el cacharro para llevar a la muchacha hasta la iglesia y entregarla en matrimonio. Yo y Jug tuvimos que ir en el carro. La esposa del reverendo dijo que no quedaba bien que llegásemos todos juntos, o alguna tontería parecida. Así que até el caballo al carro y yo y Jug partimos para la iglesia.<br />
Cuando llegamos, encontramos al reverendo Simms esperándonos en la puerta.<br />
—Buenos días, hermano Taggott. Está usted emperifollado como un pavo de Navidad.<br />
—Muy amable por su parte.<br />
—¿Y dónde está la ruborosa novia?<br />
—Su esposa la trae hacia aquí en su cacharro, reverendo. Yo y Jug vinimos en el carro.<br />
—Vaya, la señora Simms no me ha comentado nada de eso. Bueno, supongo que no tardarán en llegar.<br />
Pasó media hora antes de que el cacharro se acercara a la iglesia, traqueteando y echando humo. La señora Simms se apeó, pero de la criada que habíamos contratado no vimos ni rastro. Yo estaba acalorado de tanto esperar, y cuando vi que la chica no venía con ella, no pude más y la interpelé a gritos:<br />
—¿Dónde cuernos está la muchacha?<br />
—Donde no brilla la luna, señor Taggott, ni el sol —replicó—. Oye, quiero hablar contigo —dijo el reverendo.<br />
Lo condujo al interior de la iglesia y nos dejó a mí y a Jug, allí de pie, como un par de terneros recién nacidos.<br />
Más tarde, el reverendo me lo explicó todo. No me enteré ni de la mitad, pero a lo mejor vosotros lo entendéis bien. Al parecer, su señora supo lo que hacíamos los tres en el momento mismo en que le puso los ojos encima a la chica. Se dio cuenta de que no era como la gente normal. Una basura del extranjero, ¿me explico? La señora Simms conocía el tema, y, como os he dicho ya, era una poderosa hechicera, por eso dijo que la muchacha era una chupa no sé qué, dijo que existían muchas como ella en el país del que venía, y que había un montón de libros escritos sobre ellos, y también poemas, como La Bel dom son mer sí. Dijo que nos estaba chupando la vida a mí, a Jug y al reverendo, y que la única forma de acabar con uno de ellos era clavándole una estaca en el corazón. O sea que eso fue lo que hizo, y enterró a la muchacha en mi granja, en el pastizal de atrás, debajo del enorme olmo, junto a mi esposa. Así que, después de todo, no tuve que volverá casarme.<br />
La señora Simms dijo que la chica ni siquiera era de Pennsylvania, como habíamos creído, sino de otro lugar llamado Transilvania, me parece.<br />
A veces, por las noches, incluso ahora, no sabéis cómo echo de menos a la muchacha. Cuando me siento solo, pienso mucho en ella, y recuerdo cómo le brillaba la luz de la luna sobre el cuerpo desnudo, volviéndose azul, y entonces no me importa un pimiento si era o no lo que la señora Simms dijo.<br />
Claro que el sheriff no se creyó una sola palabra y la acusó de asesinato. El móvil fueron los consejos espirituales que el reverendo le daba a la chica una vez por semana. Dicen que la declararon no culpable por enajenación mental y fue a parar a un manicomio. Si cuando entró no estaba loca, seguro que sí lo estaría diez años más tarde, cuando murió sin haber salido.<br />
Y juro por éstas que no me he inventado nada.</p>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Farmers_Daughter_R56116_large.jpg"><img title="Farmers_Daughter_R56116_large" src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Farmers_Daughter_R56116_large.jpg" alt="Farmers_Daughter_R56116_large" width="314" height="600" /></a></span></h5>
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&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; Oye este cuento, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en&lt;a href=&quot;http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 &quot;&gt; iTunes&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;
&lt;/span&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;h4 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Gótico-americano.mp3&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png&quot; alt=&quot;&quot; width=&quot;61&quot; height=&quot;61&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h4&gt;
&lt;p&gt;Tomado de las páginas de la serie de antologías clásicas de la serie “Stephen King Horrror” y especialmente del volumen 7, esta historia de Ray Russell, es el cuento de la semana.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ray Russell fue un escritor gringo nacido en 1929 y muerto en 1999. Era especialmente bueno escribiendo cuentos aunque de una de sus novelas,” Sardonicus”, Stephen King dijera: “Es quizás uno de los mejores exemplos de gótico moderno jamás escrito”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ray trabajó durante años escribiendo notas de humor y cuentos para la revista playboy, para la que compiló la antología &lt;a href=&quot;http://www.fantasticfiction.co.uk/r/ray-russell/playboy-book-of-horror-and-supernatural.htm&quot;&gt;The Playboy Book of Horror and the Supernatural&lt;/a&gt;&lt;span&gt; de &lt;a href=&quot;http://www.fantasticfiction.co.uk/years/1967.htm&quot;&gt;1967.&lt;/a&gt;&lt;/span&gt; Durante esos años la revista de Hugh Hefner publicaba en sus páginas a grandes escritores de ciencia ficción y fantasía, entre ellos a Ray Bradbury, Henry Slesar, Frederic Brown, Frederik Pohl, Richard Matheson, Jack Finney, Robert Bloch y a Kurt Vonnegut, cuyo mágnífico libro “Bienvenido a la casa del mono” apareció por primera vez publicado en las páginas de está revista junto a fotos de rubias de pechos enormes brincando  desnudas.(&lt;a href=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/05/harrison-bergeron/&quot;&gt;lee un cuento de ese libro aquí&lt;/a&gt;)&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Bueno, sin más, he aquí el divertidisimo, cachondo, muy cachondo cuento de Ray Russell, inspirado por cierto en el cuadro de Grant Wood(el mismo que ilustra esta entrada) llamado también gótico americano.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;—&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;strong&gt;GÓTICO AMERICANO&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;por RAY RUSSELL&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;I&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Queréis que os cuente el caso de la hechicera y el asesinato que tuvimos por estos lugares? Pues bien, ella era una poderosa hechicera, y ésta es una verdad como un templo; si hasta se sabía un montón de palabras raras y todo: en fin, la cuestión es que la cosa ocurrió hace mucho tiempo. He contado esta historia un montón de veces, pero creo que no me ocurrirá nada si la cuento ahora de nuevo.&lt;br /&gt;
Supongo que será mejor que empiece por hablaros de la muchachita que nos llevamos aquel verano a la granja. Era extranjera, de Hungría, Polonia, Pennsylvania o un país por el estilo. Tendría unos quince años. Más tonta que hecha de encargo, pero resultona.* Llevaba dos trenzas amarillas, y tenía los ojos del mismo color que la flor del maíz, y los senos más bien desarrollados… El suyo era el trasero más bonito que yo había visto en mi vida. En fin, un día, a mi hijo Jug se le ocurrió mirar a la chica cuando estaba agachada dando de comer a las gallinas, eso sería al primero o segundo día de trabajar para [...]</itunes:summary>
<itunes:subtitle>Tomado de las páginas de la serie de antologías clásicas de la serie &quot;Stephen King Horrror&quot; y especialmente del volumen 7, esta historia de Ray Russell, es el cuento de la semana. He aquí el divertidisimo, cachondo, muy cachondo [...]</itunes:subtitle>
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		<title>Luz antigua</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/11/luz-antigua/</link>
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		<pubDate>Sun, 15 Nov 2009 23:52:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En el cuento de la semana este relato de José Luis Zárate, uno de los escritores mexicanos actuales más interesantes. Escribiendo siempre en el campo de la fantasía y la Ciencia Ficción, Zárate tiene cuentos y novelas muy interesantes...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/11/luz-antigua/"/>sigue leyendo</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/El-cuento-d-ela-semana_-Luz-Antigua.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p style="text-align: left;">En el cuento de la semana este relato de José Luis Zárate, uno de los escritores mexicanos actuales más interesantes. Escribiendo siempre en el campo de la fantasía y la Ciencia Ficción, Zárate tiene cuentos y novelas muy interesantes. En España acaban de editar uno libro suyo , <em>La máscara del héroe</em>, que incluye tres de novelas, entre ellas: <em>La ruta del hielo y la sal</em> (aún no la he leído pero el tema suena muy interesante: nos relata lo que le sucedió al Démeter, <em> el barco que zarpo de Transilvania hacia Londres con Drácula dentro y cuya historia no llegamos a conocer en el gran libro de Bram Stoker).</em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Me gustan los escritores como José Luis y me gusta que haya escritores así en México. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Si quieren leer más de Zárate háganlo <a href="http://zarate.blogspot.com/">en su blog</a> o en su <a href="http://twitter.com/joseluiszarate">Twitter</a> o en su<a href="http://www.facebook.com/home.php#/joseluis.zarate?ref=search&amp;sid=1588269827.1098985948..1"> Facebook</a>. Si quieren algunos de sus libros, escríbanle a su blog, seguro les dice cómo conseguirlos. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Disfruten entonces de Luz Antigua. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>La foto de la mesera es de Flapweb, busquen más de él en su<a href="http://www.flickr.com/photos/billjeffries10/"> flickr</a><br />
</em></p>
<p style="text-align: left;"><em><br />
</em></p>
<p align="center">
<p align="center"><strong>LUZ ANTIGUA</strong></p>
<p style="text-align: center;">Por José Luis Zárate</p>
<p>Un dolor constante en algún punto de la espalda, los músculos tirantes del cuello, la boca seca y el hastío: el pago de tantas horas al volante.</p>
<p>Dios detuvo el motor y se quedó ahí, mirando el parador. Un lugar patético y grasiento a la espera de chóferes, viajeros, almas perdidas.</p>
<p>Debería bajar y entrar a hacer lo que tenía que hacer. ¿Porqué no? Al mal paso darle prisa. Ella estaba ahí.</p>
<p>Su esposa.</p>
<p>Ex-esposa, se recordó Dios. Ex. Esposa.</p>
<p>En el pecho una opresión, la punta de los dedos vibrando, ansiosa. Deseaba un trago, un cigarrillo, a ella de vuelta.</p>
<p>La piel también causa adicción.</p>
<p>Lo mejor era arrancar de nuevo, meterse a la ruta, dejando todo atrás, tal vez buscarse un hermoso y adecuado muro y dirigirse a toda velocidad a él.</p>
<p>Sin desearlo realmente miró a ninguna parte. Lejos, 3 o 4 kilómetros al sur, algo acababa de morir, pequeño e insignificante. Un gato.</p>
<p>La piel tibia bajo el despiadado sol, los ojos abiertos al resplandor. No tardarían en evaporarse, en convertir el globo ocular en una reseca membrana blanquecina.</p>
<p>El cuerpo cantaba: los mil sonidos de la descomposición al iniciarse, del cerebro al morir minutos después de que el cuerpo se había rendido ya, crepitando. Siseo de bacterias, de gases al expandirse, de sangre depositándose en el punto más bajo. Mil vidas iniciándose en los desechos, mil desapareciendo. Tanta actividad en lo inerte.</p>
<p>Tanta que danzaba en lo inmóvil.</p>
<p>Dios parpadeó un par de veces y dejó de ver todo ello. Ahí sólo estaba la ruta. Él asándose estúpidamente dentro del auto.</p>
<p>Suspiró antes de bajar del vehículo. Caminó sin prisa hacia la entrada, buscando un par de monedas en los gastados pantalones.</p>
<p>Un café, le diría a ella. Un café y un par de minutos, por favor.</p>
<p>No le quedaba moneda alguna.</p>
<p>Debería prescindir del café. Aparte de atención no podía suplicar por ese líquido horrible que preparaba, por un par de huevos fritos crujientes de grasa, los bocados que llevaba días sin probar.</p>
<p>Al menos la gasolina había alcanzado.</p>
<p>Era tanto lo que necesitaba&#8230; pero no iba pedirle mucho a ella.</p>
<p><em> Un par de minutos, linda, sólo necesito que toques mi frente y me digas que no sientes el fragor, el millón de voces ahí dentro, gritando, presionando, contenidas apenas por el hueso, por la piel llena de sudor, por tu mano.</em></p>
<p><em> Tócame y sálvame de mí mismo, linda. De mis sentidos.</em></p>
<p><em> Déjame hundirme en tu piel, amor, deja que sea lo único que exista.</em></p>
<p><em> No pido más.</em></p>
<p><em> Hunde tu mano en mí y deja llevármela.</em></p>
<p><em> Justo ¿no? ¿Qué es una mano a cambio de una vida?. </em>Mi<em> vida.</em></p>
<p>Tal vez sólo deba pedir el café, se dijo Dios al entrar.</p>
<p>Dentro, un par de ventiladores movía apenas la atmósfera caliente. El sol levantaba el aroma a plástico de los asientos, diluyéndose en el olor de la comida frita, del sudor del par de chóferes que se habían refugiado ahí, hartos de la ruta.</p>
<p>Ella anotaba las ordenes.</p>
<p>Dios la miró.</p>
<p>Hace un par de años, no era un lugar de desesperación y abandono. Sólo un sitio. Él iba a verla y los dos reían de chistes tontos en la barra.</p>
<p>Repasó los recuerdos como si fueran el cuerpo del gato muerto, y ahí estaban ellos, felices y enamorados, una imagen cubierta de amargura, resentimiento y dolor.</p>
<p>Eso somos, se dijo, M&amp;M´s de hiel, con un centro dulce. Cubiertos de tiempo y hechos y lo que hicimos de nuestras promesas.</p>
<p>Debería irse.</p>
<p>Ella no era esa mujer dulce y él ya no el que iba a verla cada tarde, al final de la ruta.</p>
<p>Yo Soy El Que Soy, se dijo. Por eso no iba a irse. Por qué debía decirle sobre el resplandor y el plano galáctico.</p>
<p>Tan sencillo como eso.</p>
<p>Debía saberlo.</p>
<p>Se sentó en un lugar, sin más compañía que un servilletero, y una tarjeta plástica del menú.</p>
<p>Carraspeó levemente y ella alzó la vista.</p>
<p>Se mantuvieron la mirada y ninguno pudo decirse que leyó en el otro.</p>
<p>Ella cerró su libreta, la metió en la bolsa del delantal y le dijo algo al de la cocina.</p>
<p>— Oh, por Dios — fue toda la respuesta, cargada de un tono más expresivo que esas tres palabras. “¿Por qué te haces esto? ¿para qué te molestas en hablarle siquiera? ¿no deseas que lo lance fuera de aquí? ¿por qué debo decirte algo que debería ser tan claro para ti?”</p>
<p>Ella se acercó, con la expresión de quien está agotado, hastiado, tal vez enfermo, pero sabe perfectamente que la larga jornada no ha hecho más que empezar.</p>
<p>Se acerca como si le hubieran servido un trago amargo que debe apurar, se dijo Dios.</p>
<p>Ella podía haber pedido que apartaran ese cáliz de sus labios, pero en lugar de ello se sentó frente a él.</p>
<p>— ¿Ahora qué, Carl?</p>
<p>Ojeras profundas, ojos enrojecidos. Ella tampoco dormía bien. ¿Por él? ¿penaba por él? ¿Por su lejanía o por las heridas frescas que dejó atrás?</p>
<p>Dios no pudo sostenerle la mirada, en cambio la dirigió afuera, a la carretera solitaria, el sol de mediodía, las corrientes del aire, esa cosa inasible que deslizaba sus mil extremidades obscenas a lo largo del continente, nadando entre la roca y la materia, supurando&#8230;</p>
<p>Tal vez fuera bueno que nadie más que él pudiera ver su piel enferma, varicosa, los parásitos adheridos  que ocasionalmente atrapaban algo vivo, para lamer su esencia.</p>
<p>La cosa había avanzado poco ese día, derivaba y Dios supo que estaba muriéndose.</p>
<p>¿Dónde iniciaría su multitudinaria corrupción?</p>
<p>Había mundos pudriéndose con lo invisible.</p>
<p>Mundos&#8230;</p>
<p>Supo entonces exactamente qué decirle.</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>Ella había dejado las manos sobre la mesa, él las tomo suave, cuidadosamente.</p>
<p>La miro a los ojos.</p>
<p>— La luz que llega a la tierra es luz vieja — dijo.</p>
<p>Ella trató de apartarse.</p>
<p>— Leemos en ella historias pasadas, vemos el cielo y lo vemos como fue millones de años atrás. Si todo hubiera estallado en llamas nosotros no lo sabríamos siquiera. Linda, nadie ve lo que es sino lo que fue. Como si al observarnos en este instante sólo vieran lo enamorados que estuvimos&#8230;</p>
<p>— ¿Qué&#8230;?</p>
<p>— Espera, escúchame. Necesito decírtelo. Necesito contarte algo porque me ahogo. Por que me estoy hundiendo y debo contárselo a alguien.</p>
<p>Abrió las manos. Ella libre de huir. Se quedo ahí, como siempre se quedaba.</p>
<p>Dios sintió que la amaba más que nunca y que ella estaba lejos de él. Mil veces lejos.</p>
<p>— La galaxia es como el gas, ¿sabes?, hay tan poca materia en su estructura que parece una voluta de humo, burbuja de jabón: planetas, soles, agujeros negros, cuásares, todo ello separado unos de otros, casi independientes. Pero a veces, muy a veces, pueden influenciarse unos a otros. Pueden incendiarse mutuamente. Se han calentado, mil supernovas agravaron el asunto. Y están incendiándose. ¿Sabes lo que es que una galaxia se incendie a sí misma?¿sabes cuántos mundos van a ver a lo que consideran el Universo entero estallar en llamas? Eso es lo que pasa, amor, eso es lo que sucede.</p>
<p>— No entiendo&#8230;</p>
<p>— ¿Sabes cuál es el problema? Que no recuerdo por qué lo hice. No recuerdo el porqué freí toda una sección del Todo.</p>
<p>Una lágrima se deslizó lentamente por el rostro de ella, y la galaxia perdió importancia.</p>
<p>— Oh, Carl&#8230; — suspiró la mujer</p>
<p>Lenta, cuidadosamente, los dedos de la mujer tocaron su rostro, buscando sin esperanzas en la piel de Dios, quien reconoció el gesto.</p>
<p>Así era como ella acariciaba las cosas rotas.</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>De alguna manera ella lo abrazó, en alguna forma fueron a casa. Dios quizá lloró todo el camino, hablándole de cómo el mundo entero danzaba en lo inmóvil, como un gato muerto, de las cosas que le decía su propia piel y del incesante estruendo de las esferas girando allá arriba.</p>
<p>Tal vez ella lo desnudó lentamente y lo ayudó a quitarse un poco del abandono que lo ahogaba.</p>
<p>Pudiera ser que le ofreció sus labios porqué lo sentía perdido, posiblemente le dio su cuerpo como un refugio.</p>
<p>Dios acarició la piel de la mujer, mientras sentía que se quebraba.</p>
<p>El universo entero cantando para él. Como había cantado siempre desde que lo creó, como cantaría hasta el final del tiempo.</p>
<p>Era hermoso y terrible, pero sobre todo, demasiado.</p>
<p>Hubo un momento en que las pequeñas cosas importaron más, el dolor del matrimonio roto y la pérdida  de ella importaron más, en que la voz de lo ido, de lo irremediablemente perdido, ahogó el fragor.</p>
<p>Ella cerró los ojos.</p>
<p>Dios se hundió en la carne de la mujer. Durante un terrible instante ella sintió que era dos seres, que Carl se había derretido dentro de su propia carne, no unidos por el sexo sino fusionados.</p>
<p>Gritó, no sabía si de placer, o miedo, o vértigo.</p>
<p>En ese instante infinito perdieron todo significado las galaxias&#8230; el choque&#8230; el canto&#8230;</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>Dios abrió los ojos, se sintió cansado, triste, sucio de si mismo.</p>
<p>¿Porqué había permitido que pasara? ¿por qué dejo que el sexo fuera la última, única expresión de cariño, de piedad?</p>
<p>Se puso de pie. Se vio al espejo.</p>
<p>¿Por qué dejaba hablar siempre al cuerpo? ¿no era más que un receptáculo?</p>
<p>¿Por ello regresaba él, siempre a su piel?</p>
<p>Dios se puso su vestido, sintió algo duro en un bolsillo.</p>
<p>Aún estaba ahí el pedido del día anterior.</p>
<p>Dos ordenes de carne asada, un par de cervezas, leyó.</p>
<p>Dudo entre dejar dormir a Carl o despertarlo. ¿Debería dejarlo en su casa, las puertas abierta de nuevo para él?</p>
<p>¿Lo amo? se preguntó Dios, sintiendo — levemente — el semen del hombre dentro de su cuerpo.</p>
<p>Lo averiguaría luego.</p>
<p>Era hora de trabajar.</p>
<p>A su pesar levantó la vista: ahí, noche adentro, donde nadie más podía verlo, entre las estrellas: un leve resplandor que tardaría un millón de años en llegar.</p>
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&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en&lt;a href=&quot;http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 &quot;&gt; iTunes&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;
&lt;/span&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;h4 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/El-cuento-d-ela-semana_-Luz-Antigua.mp3&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png&quot; alt=&quot;&quot; width=&quot;61&quot; height=&quot;61&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h4&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;En el cuento de la semana este relato de José Luis Zárate, uno de los escritores mexicanos actuales más interesantes. Escribiendo siempre en el campo de la fantasía y la Ciencia Ficción, Zárate tiene cuentos y novelas muy interesantes. En España acaban de editar uno libro suyo , &lt;em&gt;La máscara del héroe&lt;/em&gt;, que incluye tres de novelas, entre ellas: &lt;em&gt;La ruta del hielo y la sal&lt;/em&gt; (aún no la he leído pero el tema suena muy interesante: nos relata lo que le sucedió al Démeter, &lt;em&gt; el barco que zarpo de Transilvania hacia Londres con Drácula dentro y cuya historia no llegamos a conocer en el gran libro de Bram Stoker).&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;&lt;em&gt;Me gustan los escritores como José Luis y me gusta que haya escritores así en México. &lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;&lt;em&gt;Si quieren leer más de Zárate háganlo &lt;a href=&quot;http://zarate.blogspot.com/&quot;&gt;en su blog&lt;/a&gt; o en su &lt;a href=&quot;http://twitter.com/joseluiszarate&quot;&gt;Twitter&lt;/a&gt; o en su&lt;a href=&quot;http://www.facebook.com/home.php#/joseluis.zarate?ref=search&amp;sid=1588269827.1098985948..1&quot;&gt; Facebook&lt;/a&gt;. Si quieren algunos de sus libros, escríbanle a su blog, seguro les dice cómo conseguirlos. &lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;&lt;em&gt;Disfruten entonces de Luz Antigua. &lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;&lt;em&gt;La foto de la mesera es de Flapweb, busquen más de él en su&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/billjeffries10/&quot;&gt; flickr&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;
&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p align=&quot;center&quot;&gt;
&lt;p align=&quot;center&quot;&gt;&lt;strong&gt;LUZ ANTIGUA&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;Por José Luis Zárate&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Un dolor constante en algún punto de la espalda, los músculos tirantes del cuello, la boca seca y el hastío: el pago de tantas horas al volante.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Dios detuvo el motor y se quedó ahí, mirando el parador. Un lugar patético y grasiento a la espera de chóferes, viajeros, almas perdidas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Debería bajar y entrar a hacer lo que tenía que hacer. ¿Porqué no? Al mal paso darle prisa. Ella estaba ahí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Su esposa.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ex-esposa, se recordó Dios. Ex. Esposa.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En el pecho una opresión, la punta de los dedos vibrando, ansiosa. Deseaba un trago, un cigarrillo, a ella de vuelta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La piel también causa adicción.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo mejor era arrancar de nuevo, meterse a la ruta, dejando todo atrás, tal vez buscarse un hermoso y adecuado muro y dirigirse a toda velocidad a él.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sin desearlo realmente miró a ninguna parte. Lejos, 3 o 4 kilómetros al [...]</itunes:summary>
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		<title>La máquina de follar</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Nov 2009 03:43:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[Alemanes]]></category>
		<category><![CDATA[Charles Bukowski]]></category>
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		<description><![CDATA[En el cuento de la semana éste caliente y triste cuento de ciencia ficción empapada del estilo deprimente y cínico del viejo Charles Bukowski. Disfrútenlo. Hacía mucho calor aquella noche en el Bar de Tony. ni siquiera pensaba en follar. sólo en beber cerveza fresca. Tony nos puso un par para mí y para Mike el Indio, y Mike sacó el dinero. le dejé pagar la primera ronda. Tony lo echó en la caja registradora...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/11/la-maquina-de-follar/"/>sigue leyendo</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
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</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/La-maquina-de-follar.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p style="text-align: left;">En el cuento de la semana éste caliente y triste relato de ciencia ficción empapada del estilo deprimente y cínico del viejo Charles Bukowski.</p>
<p style="text-align: left;">Disfrútenlo.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>LA MAQUINA DE FOLLAR<br />
CHARLES BUKOWSKI</strong></p>
<p style="text-align: left;">Hacía mucho calor aquella noche en el Bar de Tony. ni siquiera pensaba en follar. sólo en beber cerveza fresca. Tony nos puso un par para mí y para Mike el Indio, y Mike sacó el dinero. le dejé pagar la primera ronda. Tony lo echó en la caja registradora, aburrido, y miró alrededor&#8230; había otros cinco o seis mirando sus cervezas. imbéciles. así que Tony se sentó con nosotros.<br />
-¿Qué hay de nuevo, Tony? -pregunté.<br />
-Es una mierda -dijo Tony.<br />
-No hay nada nuevo.<br />
-Mierda -dijo Tony.<br />
-Ay, mierda -dijo Mike el Indio.<br />
Bebimos las cervezas.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Qué piensas tú de la Luna? -pregunté a Tony.<br />
-Mierda -dijo Tony.<br />
-Sí -dijo Mike el Indio-, el que es un carapijo en la Tierra, es un carapijo en la Luna, qué mas da.<br />
-Dicen que probablemente no haya vida en Marte -comenté.<br />
-¿Y qué coño importa? -preguntó Tony.<br />
-Ay, mierda -dije-. Dos cervezas más.</p>
<p style="text-align: left;">Tony las trajo, luego volvió a la caja con su dinero. Lo guardó. Volvió.<br />
-Mierda, vaya calor. Me gustaría estar más muerto que los antiguos.<br />
-¿Adónde crees tú que van los hombres cuando mueren, Tony?<br />
-¿Y qué coño importa?<br />
-¿Tú no crees en el Espíritu Humano?<br />
-¡Eso son cuentos!<br />
-¿Y qué piensas del Che, de Juana de Arco, de Billy el Niño, y de todos esos?<br />
-Cuentos, cuentos.</p>
<p style="text-align: left;">Bebimos las cervezas pensando en esto.</p>
<p style="text-align: left;">-Bueno -dije-, voy a echar una meada.</p>
<p style="text-align: left;">Fui al retrete y allí, como siempre, estaba Petey el Búho. La saqué y empecé a mear.</p>
<p style="text-align: left;">-Vaya polla más pequeña que tienes -me dijo.<br />
-Cuando meo y cuando medito sí. Pero soy lo que tú llamas un tipo elástico. Cuando llega el momento, cada milímetro de ahora se convierte en seis.<br />
-Hombre, eso está muy bien, si es que no me engañas. Porque ahí veo por lo menos cinco centímetros.<br />
-Es sólo el capullo.<br />
-Te doy un dólar si me dejas chupártela.<br />
-No es mucho.<br />
-Eso es más que el capullo. Seguro que no tienes más que eso.<br />
-Vete a la mierda, Petey.<br />
-Ya volverás cuando no te quede dinero para cerveza.</p>
<p style="text-align: left;">Volví a mi asiento.<br />
-Dos cervezas más- pedí.<br />
Tony hizo la operación habitual. Luego volvió.</p>
<p style="text-align: left;">-Vaya calor, voy a volverme loco -dijo.<br />
-El calor te hace comprender precisamente cuál es tu verdadero yo -le expliqué a Tony.<br />
-¡Corta ya! ¿me estás llamando loco?<br />
-La mayoría lo estamos. pero permanece en secreto.<br />
-Si, claro, suponiendo que tengas razón en esa chorrada, dime, ¿cuántos hombres cuerdos hay en la tierra? ¿hay alguno?<br />
-Unos cuantos.<br />
-¿Cuántos?<br />
-¿De todos los millones que existen?<br />
-Sí, sí.<br />
-Bueno, yo diría que cinco o seis.<br />
-¿Cinco o seis? -dijo Mike el Indio-. ¡Hombre no jodas!<br />
-¿Cómo sabes que estoy loco? di -dijo Tony-. ¿Cómo podemos funcionar si estamos locos?<br />
-Bueno, dado que estamos todos locos, hay sólo unos cuantos para controlarnos, demasiado pocos, así que nos dejan andar por ahí con nuestras locuras. De momento, es todo lo que pueden hacer. Yo en tiempos creía que los cuerdos podrían encontrar algún sitio donde vivir en el espacio exterior mientras nos destruían. Pero ahora sé que también los locos controlan el espacio.<br />
-¿Cómo lo sabes?<br />
-Porque ya plantaron la bandera norteamericana en la luna.<br />
-¿Y si los rusos hubieran plantado una bandera rusa en la luna?<br />
-Sería lo mismo -dije.<br />
-¿Entonces tú eres imparcial? -preguntó Tony.<br />
-Soy imparcial con todos los tipos de locura.</p>
<p style="text-align: left;">Silencio. Seguimos bebiendo. Tony también; empezó a servirse whisky con agua. podía; era el dueño.</p>
<p style="text-align: left;">-Coño, qué calor hace -dijo Tony.<br />
-Mierda, sí -dijo Mike el Indio. Entonces Tony empezó a hablar.<br />
-Locura -dijo- ¿y si os dijera que ahora mismo está pasando algo de auténtica locura?<br />
-Claro -dije.<br />
-No, no, no&#8230; ¡quiero decir AQUI, en mi bar!<br />
-¿Sí?<br />
-Sí. algo tan loco que a veces me da miedo.<br />
-Explícame eso, Tony -dije, siempre dispuesto a escuchar los cuentos de los otros.</p>
<p style="text-align: left;">Tony se acercó más.<br />
-Conozco a un tío que ha hecho una máquina de follar. No esas chorradas de las revistas de tías, esas cosas que se ven en los anuncios. Botellas de agua caliente con coños de carne de buey cambiables, todas esas chorradas. -este tipo lo ha conseguido de veras. Es un científico alemán, lo cogimos nosotros, quiero decir nuestro gobierno. Antes de que pudieran agarrarlo los rusos. No lo contéis por ahí.<br />
-Claro hombre, no te preocupes&#8230;<br />
-Von Brashlitz. El gobierno intentó hacerle trabajar en el ESPACIO. No hubo nada que hacer. Es un tipo muy listo, pero no tiene en la cabeza más que esa MAQUINA DE FOLLAR. Al mismo tiempo, se considera una especie de artista, a veces dice que es Miguel Angel&#8230; le dieron una pensión de quinientos dólares al mes para que pudiera seguir lo bastante vivo para no acabar en un manicomio. Anduvieron vigilándole un tiempo, luego se aburrieron o se olvidaron de él, pero seguían mandándole los cheques, y de vez en cuando, una vez al mes o así, iba un agente y hablaba con él diez o veinte minutos, mandaba un informe diciendo que aún seguía loco y listo. Así que él andaba por ahí de un sitio a otro, con su gran baúl rojo hasta que, por fin, una noche, llega aquí y empieza a beber. Me cuenta que es sólo un viejo cansado, que necesita un lugar realmente tranquilo para hacer sus experimentos. Y le escondí aquí. Aquí vienen muchos locos, ya sabéis.<br />
-Si- dije yo.<br />
-Luego, amigos, empezó a beber cada vez más, y acabó contándomelo. Había hecho una mujer mecánica que podía darle a un hombre más gusto que ninguna mujer real de toda la historia&#8230; además sin tampax, ni mierdas, ni discusiones.<br />
-Llevo toda la vida buscando una mujer así -dije yo.<br />
Tony se echó a reír.<br />
-Y quién no. Yo creía que estaba chiflado, claro, hasta que una noche después de cerrar subí con él y sacó la MAQUINA DE FOLLAR del baúl rojo.<br />
-¿Y?<br />
-Fue como ir al cielo antes de morir.<br />
-Déjame que imagine el resto -le pedí.<br />
-Imagina.<br />
-Von Brashlitz y su MAQUINA DE FOLLAR están en este momento arriba, en esta misma casa.<br />
-Eso es -dijo Tony.<br />
-¿Cuánto?<br />
-Veinte billetes por sesión.<br />
-¿Veinte billetes por follarse una máquina?<br />
-Ese tipo ha superado a lo que nos creó, fuese lo que fuese. Ya lo verás.<br />
-Petey el Búho me la chupa y me da un dólar.<br />
-Petey el Búho no está mal, pero no es un invento que supere a los dioses.<br />
Le di mis veinte.<br />
-Te advierto, Tony, que si se trata de una chifladura del calor, perderás a tu mejor cliente.<br />
-Como dijiste antes, todos estamos locos de todas formas. Puedes subir.<br />
-De acuerdo -dije.<br />
-Vale -dijo Mike el Indio-. Aquí están mis veinte.<br />
-Os advierto que yo sólo me llevo el cincuenta por ciento. El resto es para von Brashlitz. quinientos de pensión no es mucho con la inflación y los impuestos, y von B. bebe cerveza como un loco.<br />
-De acuerdo -dije-. Ya tienes los cuarenta. ¿Dónde está esa inmortal MAQUINA DE FOLLAR?</p>
<p style="text-align: left;">Tony levantó una parte del mostrador y dijo:<br />
-Pasad por aquí. Tenéis que subir por la escalera del fondo. Cuando lleguéis llamáis y decís «nos manda Tony».<br />
-¿En cualquier puerta?<br />
-La puerta 69.<br />
-Vale -dije-, ¿qué más?<br />
-Listo -dijo Tony-, preparad las pelotas.</p>
<p style="text-align: left;">Encontramos la escalera. Subimos.</p>
<p style="text-align: left;">-Tony es capaz de todo por gastar una broma -dije.<br />
Llegamos. allí estaba: puerta 69.<br />
Llamé:</p>
<p style="text-align: left;">-Nos manda Tony.<br />
-¡Oh, pasen, pasen, caballeros!</p>
<p style="text-align: left;">Allí estaba aquel viejo chiflado con aire de palurdo, vaso de cerveza en la mano, gafas de cristal doble, como en las viejas películas. Tenía visita al parecer, una tía joven, casi demasiado, parecía frágil y fuerte al mismo tiempo.<br />
Cruzó las piernas, toda resplandeciente: rodillas de nylon, muslos de nylon, y esa zona pequeña donde terminan las largas medias y empieza justo esa chispa de carne. Era todo culo y tetas, piernas de nylon, risueños ojos de límpido azul&#8230;</p>
<p style="text-align: left;">-Caballeros&#8230; mi hija Tanya&#8230;<br />
-¿Qué?<br />
-Sí, ya lo sé, soy tan&#8230; viejo&#8230; pero igual que existe el mito del negro que está siempre empalmado, existe el de los sucios viejos alemanes que no paran de follar. Pueden creer lo que quieran. De todos modos, ésta es mi hija Tanya&#8230;<br />
-Hola, muchachos -dijo ella sonriendo.</p>
<p style="text-align: left;">Luego todos miramos hacia la puerta en que había ese letrero: SALA DE ALMACENAJE DE LA MAQUINA DE FOLLAR.<br />
Terminó su cerveza.</p>
<p style="text-align: left;">-Bueno&#8230; supongo, muchachos, que venís a por el mejor POLVO de todos los tiempos&#8230;<br />
-¡Papaíto! -dijo Tanya-. ¿Por qué tienes que ser siempre tan grosero?<br />
Tanya recruzó las piernas, más arriba esta vez, y casi me corro.</p>
<p style="text-align: left;">Luego, el profesor terminó otra cerveza, se levantó y se acercó a la puerta del letrero SALA DE ALMACENAJE DE LA MAQUINA DE FOLLAR. se volvió y nos sonrió. luego, muy despacio, abrió la puerta. Entró y salió rodando aquel chisme que parecía una cama de hospital con ruedas.<br />
El chisme estaba DESNUDO, una mesa de metal.<br />
El profesor nos plantó aquel maldito traste delante y empezó a tararear una cancioncilla, probablemente algo alemán.<br />
Una masa de metal con aquel agujero en el centro. El profesor tenía una lata de aceite en la mano, la metió en el agujero y empezó a echar sin parar de aquel aceite. Sin dejar de tararear aquella insensata canción alemana.<br />
Y siguió un rato echando aceite hasta que por fin nos miró por encima del hombro y dijo: «bonita, ¿eh?». Luego, volvió a su tarea, a seguir bombeando aceite allí dentro.</p>
<p style="text-align: left;">Mike el Indio me miró, intentó reírse, dijo:<br />
-Maldita sea&#8230; ¡han vuelto a tomarnos el pelo!</p>
<p style="text-align: left;">-Si -dije yo-, estoy como si llevara cinco años sin echar un polvo, pero tendría que estar loco para meter el pijo en ese montón de chatarra.<br />
Von Brashlitz soltó una carcajada. se acercó al armario de bebidas. Sacó otro quinto de cerveza, se sirvió un buen trago y se sentó frente a nosotros.</p>
<p style="text-align: left;">-Cuando empezamos a saber en Alemania que estaba perdida la guerra, y empezó a estrecharse el cerco, hasta la batalla final de Berlín, comprendimos que la guerra había tomado un giro nuevo: la auténtica guerra pasó a ser entonces quién agarraba más científicos alemanes. Si Rusia conseguía la mayoría de los científicos o si los conseguía Norteamérica&#8230; los que más consiguieran serían los primeros en llegar a la Luna, los primeros en llegar a Marte&#8230; los primeros en todo. En fin, el resultado exacto no lo sé&#8230; numéricamente o en términos de energía cerebral científica. sólo sé que los norteamericanos me cogieron primero, me agarraron, me metieron en un coche, me dieron un trago, me pusieron una pistola en la sien, hicieron promesas, hablaron y hablaron. yo lo firmé todo&#8230;<br />
-Todas esas consideraciones históricas me parecen muy bien -dije yo-. Pero no voy a meter la polla, mi pobrecita polla, en ese cacharro de acero o de lo que sea. Hitler debía ser realmente un loco para confiar en usted. ¡Ojalá le hubieran echado el guante los rusos! ¡yo lo que quiero es que me devuelvan mis veinte dólares!</p>
<p style="text-align: left;">Von Brashlitz se echó a reír.</p>
<p style="text-align: left;">-jiii jiii jiii ji&#8230; es sólo mi bromita de siempre. jiii jiii jiii ji!<br />
Metió otra vez el cacharro en el cuartito. cerró la puerta.<br />
-¡Ay, ji jiii ji! -bebió otro trago de schnaps. Luego se sirvió más. lo liquidó.</p>
<p style="text-align: left;">-Caballeros, ¡yo soy un artista y un inventor! mi MAQUINA DE FOLLAR es en realidad mi hija, Tanya&#8230;<br />
-¿Más chistecitos, von? -pregunté.<br />
-¡No es ningún chiste! ¡Tanya! ¡Ponte en el regazo de este caballero!</p>
<p style="text-align: left;">Tanya soltó una carcajada, se levantó, se acercó, y se sentó en mi regazo.</p>
<p style="text-align: left;">¿Una MAQUINA DE FOLLAR? ¡no podía serlo! su piel era piel, o lo parecía, y su lengua cuando entró en mi boca al besarnos, no era mecánica&#8230; cada movimiento era distinto, y respondía a los míos. Me lancé inmediatamente, le arranqué la blusa, le metí mano en las bragas, hacía años que no estaba tan caliente; luego nos enredamos; de algún modo acabamos de pie&#8230; y la entré de pie, tirándole de aquel pelo largo y rubio, echándole la cabeza hacia atrás, luego bajando, separándole las nalgas y acariciándole el ojo del culo mientras le atizaba, y se corrió&#8230; la sentí estremecerse, palpitar, y me corrí también.<br />
¡Nunca había echado polvo mejor!</p>
<p style="text-align: left;">Tanya se fue al baño, se limpió y se duchó, y volvió a vestirse para Mike el Indio. Supuse.<br />
-El mayor invento de la especie humana -dijo muy serio von Brashlitz.<br />
Tenía toda la razón.</p>
<p style="text-align: left;">Por fin Tanya salió y se sentó en mi regazo.</p>
<p style="text-align: left;">-¡NO! ¡NO! ¡TANYA! ¡AHORA LE TOCA AL OTRO! ¡CON ESE ACABAS DE FOLLAR!<br />
Ella parecía no oír, y era extraño, incluso en una MAQUINA DE FOLLAR, porque yo nunca había sido muy buen amante, la verdad.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Me amas? -preguntó.<br />
-Si.<br />
-Te amo, y soy muy feliz. y&#8230; teóricamente no estoy viva. Ya lo sabes, ¿verdad?<br />
-Te amo, Tanya, eso es lo único que sé.<br />
-¡Cago en tal! -chilló el viejo-. ¡Esta JODIDA MAQUINA!</p>
<p style="text-align: left;">Se acercó a la caja barnizada en que estaba escrita la palabra TANYA a un lado. Salían unos pequeños cables; había marcadores y agujas que temblequeaban, y varios indicadores, luces que se apagaban y se encendían, chismes que tictaqueaban&#8230; von B. era el macarra más loco que había visto en mi vida. Empezó a hurgar en los marcadores, luego miró a Tanya:</p>
<p style="text-align: left;">-¡25 AÑOS! ¡toda una vida casi para construirte! ¡Tuve que esconderte incluso de HITLER! y ahora&#8230; ¡pretendes convertirte en una simple y vulgar puta!<br />
-No tengo veinticinco -dijo Tanya-. -Tengo veinticuatro.<br />
-¿Lo ves? ¿lo ves? ¡como una zorra normal y corriente!</p>
<p style="text-align: left;">Volvió a sus marcadores.</p>
<p style="text-align: left;">-Te has puesto un carmín distinto -dije a Tanya.<br />
-¿Te gusta?<br />
-¡Oh, sí!<br />
Se inclinó y me besó.</p>
<p style="text-align: left;">Von B. seguía con sus marcadores. Tenía el presentimiento de que ganaría él.<br />
Von Brashlitz se volvió a Mike el Indio:<br />
-No se preocupe, confíe en mí, no es más que una pequeña avería. Lo arreglaré en un momento.<br />
-Eso espero -dijo Mike el Indio-. Se me ha puesto en treinta y cinco centímetros esperando y he pagado veinte dólares.<br />
-Te amo -me dijo Tanya-. No volveré a follar con ningún otro hombre. Si puedo tenerte a ti, no quiero a nadie más.<br />
-Te perdonaré Tanya, hagas lo que hagas.</p>
<p style="text-align: left;">El profe estaba corridísimo. Seguía con los cables pero nada lograba.</p>
<p style="text-align: left;">-¡TANYA! ¡AHORA TE TOCA FOLLAR CON EL OTRO! estoy&#8230; cansándome ya&#8230; tengo que echar otro traguito de aguardiente&#8230; dormir un poco&#8230; Tanya&#8230;<br />
-oh -dijo Tanya- ¡este jodido viejo! ¡tú y tus traguitos, y luego te pasas la noche mordisqueándome las tetas y no puedo dormir! ¡ni siquiera eres capaz de conseguir un empalme decente! ¡eres asqueroso!<br />
-¿COMO?<br />
-¡DIJE «QUE NI SIQUIERA ERES CAPAZ DE CONSEGUIR UN EMPALME DECENTE»!<br />
-¡Esto lo pagarás Tanya! ¡Eres creación mía, no yo creación tuya!</p>
<p style="text-align: left;">Seguía hurgando en sus mágicos marcadores. Quiero decir, en la máquina. Estaba fuera de sí, pero se veía claramente que la rabia le daba una clarividencia que le hacía superarse.</p>
<p style="text-align: left;">-Es sólo un momento, caballero -dijo dirigiéndose a Mike-. ¡Sólo tengo que ajustar los cuadros electrónicos! ¡un momento! ¡vale! ¡ya está!<br />
Entonces se levantó de un salto. aquel tipo al que habían salvado de los rusos.<br />
Miró a Mike el Indio.<br />
-¡Ya está arreglado! ¡La máquina está en orden! ¡a divertirse caballero!<br />
Lluego, se acercó a su botella de aguardiente, se sirvió otro pelotazo y se sentó a observar.</p>
<p style="text-align: left;">Tanya se levantó de mi regazo y se acercó a Mike el Indio. vi que Tanya y Mike el Indio se abrazaban.<br />
Tanya le bajó la cremallera. Le sacó la polla, ¡menuda polla tenía el tío! había dicho treinta y cinco centímetros, pero parecían por lo menos cincuenta.<br />
Luego Tanya rodeó con las manos la polla de Mike. El gemía de gozo.<br />
Luego la arrancó de cuajo. La tiró a un lado.<br />
Vi el chisme rodar por la alfombra como una disparatada salchicha, dejando tristes regueruelos de sangre. Fue a dar contra la pared. Allí se quedó como algo con cabeza pero sin piernas y sin lugar alguno a donde ir&#8230; lo cual era bastante cierto.</p>
<p style="text-align: left;">Luego, allá fueron las BOLAS volando por el aire. una visión saltarina y pesada. simplemente aterrizaron en el centro de la alfombra y no supieron qué hacer más que sangrar. Así que sangraron.<br />
Von Brashlitz, el héroe de la invasión rusonorteamericana, miró ásperamente lo que quedaba de Mike el Indio, mi viejo camarada de sople, rojo rojo allá en el suelo, manando por su centro&#8230; von B. se dio el piro, escaleras abajo&#8230;<br />
La habitación 69 había hecho de todo salvo aquello.</p>
<p style="text-align: left;">Luego le pregunté a ella:</p>
<p style="text-align: left;">-Tanya, habrá problemas aquí muy pronto. ¿Por qué no dedicamos el número de la habitación a nuestro amor?<br />
-¡Como quieras, amor mío!<br />
Lo hicimos, justo a tiempo; y luego entraron aquellos idiotas.<br />
Uno de aquellos enterados declaró entonces muerto a Mike el Indio.</p>
<p style="text-align: left;">Y como von B. era una especie de producto del gobierno norteamericano, en seguida se llenó aquello de gente, varios funcionarios de mierda de diversos tipos, bomberos, periodistas, la pasma, el inventor, la CIA, el FBI y otras diversas formas de basura humana.</p>
<p style="text-align: left;">Tanya vino y se sentó en mi regazo.<br />
-Ahora me matarán. Procura no entristecerte, por favor.<br />
No contesté.</p>
<p style="text-align: left;">Luego von Brashlitz se puso a chillar, apuntando a Tanya:</p>
<p style="text-align: left;">-¡SE LO ASEGURO, CABALLEROS, ELLA NO TIENE NINGUN SENTIMIENTO! ¡CONSEGUI QUE HITLER NO LA AGARRASE! ¡Se lo aseguro, no es más que una MAQUINA!<br />
Todos se limitaron a quedarse allí mirándole. nadie le creía.<br />
Era ni más ni menos la máquina más bella, la mujer por así decirlo, que habían visto en su vida.</p>
<p style="text-align: left;">-¡Maldita sea! ¡majaderos! Toda mujer es una máquina de follar, ¿es que no se dan cuenta? ¡Apuestan al mejor caballo! ¡EL AMOR NO EXISTE! ¡ES UN ESPEJISMO DE CUENTO DE HADAS COMO LOS REYES MAGOS!</p>
<p style="text-align: left;">Aun así no le creían.</p>
<p style="text-align: left;">-¡ESTO es sólo una máquina! ¡no tengan ningún MIEDO! ¡MIREN!<br />
Von Brashlitz agarró uno de los brazos de Tanya.Lo arrancó de cuajo del cuerpo.<br />
Y dentro, dentro del agujero del hombro, se veía claramente, no había más que cables y tubos, cosas enroscadas y entrelazadas, además de cierta sustancia secundaria que recordaba vagamente la sangre.</p>
<p style="text-align: left;">Y yo vi a Tanya allí de pie con aquellos alambres enroscados colgándole del hombro donde antes tenía el brazo. me miró:</p>
<p style="text-align: left;">-¡Por favor, hazlo por mí! recuerda que te pedí que no te pusieras triste.<br />
Vi como se echaban sobre ella, como la destrozaban y la violaban y la mutilaban. No pude evitarlo. apoyé la cabeza en las rodillas y me eché a llorar&#8230;</p>
<p style="text-align: left;">Mike el Indio nunca llegó a cobrarse sus veinte dólares.</p>
<p style="text-align: left;">Pasaron unos meses.No volví al bar. Hubo juicio, pero el gobierno eximió de toda culpa a von B. y a su máquina. Me trasladé a otra ciudad. lejos. Y un día estaba sentado en la peluquería y cogí una revista pornográfica. había un anuncio:<br />
«¡Hinche su propia muñequita! veintinueve dólares noventa y cinco. Goma resistente, muy duradera. Cadenas y látigos incluidos en el lote. Un bikini, sostén, bragas, dos pelucas, barra de labios y un tarrito de poción de amor incluidos. Von Brashlitz Co.».<br />
Envié un pedido. a un apartado de Massachusetts. también él se había trasladado.<br />
El paquete llegó al cabo de unas tres semanas. fue bastante embarazoso porque yo no tenía bomba de bicicleta, y me puse muy caliente cuando saqué todo aquello del paquete. tuve que bajar a la gasolinera de la esquina y utilizar la bomba de aire.</p>
<p style="text-align: left;">Hinchada tenía mejor pinta. grandes tetas, un culo. inmenso.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Qué es eso que tiene ahí, amigo? -me preguntó el de la gasolinera.<br />
-Oiga, oiga, yo le he pedido prestado un poco de aire. Soy un buen cliente, ¿no?<br />
-Bueno, bueno, puede coger el aire. Pero es que no puedo evitar la curiosidad&#8230; ¿qué tiene ahí?<br />
-¡Vamos, déjeme en paz! -dije.<br />
-¡DIOS MIO! ¡qué TETAS! ¡mire, mire!<br />
-¡Ya las veo, imbécil!<br />
Le dejé con la lengua fuera, me eché el chisme al hombro y volví a casa. me metí en el dormitorio.<br />
Aún estaba por plantearse la gran cuestión&#8230;<br />
Abrí las piernas buscando algún tipo de abertura. Von B. no lo había hecho mal del todo.</p>
<p style="text-align: left;">Me eché encima y empecé a besar aquella boca de goma. de cuando en cuando echaba mano a una de las gigantescas tetas de goma y la chupaba. Le había puesto una peluca amarilla y me había frotado con la poción de amor toda la polla. No hizo falta mucha poción de amor, con la del tarro habría para un año. La besé apasionadamente detrás de las orejas, le metí el dedo en el culo y le di sin parar. Luego la dejé, di un salto, le encadené los brazos a la espalda, con el candadito y la llave, y le azoté el culo de lo lindo con los látigos.<br />
¡Dios mío, voy a volverme loco! pensé.<br />
Después de azotarla bien, volví a metérsela. follé y follé. Era más bien aburrido, la verdad. Imaginé perros follando con gatas; imaginé dos personas follando en el aire mientras caían de un rascacielos. Imaginé un coño grande como un pulpo, reptando hacia mí, apestoso, anhelante de orgasmo. Recordé todas las bragas, rodillas, piernas, tetas y coños que había visto. La goma sudaba; yo sudaba.</p>
<p style="text-align: left;">-¡Te amo, querida! -susurré jadeante en sus oídos de goma.</p>
<p style="text-align: left;">Me fastidia admitirlo, pero me obligué a eyacular en aquella sarnosa masa de goma. No se parecía en nada a Tanya. Cogí una navaja de afeitar y destrocé el artefacto. Lo tiré donde las latas vacías de cerveza.<br />
¿Cuántos hombres compran esos chismes absurdos en Norteamérica?<br />
¿No pasas ante medio centenar de máquinas de joder si das una vuelta por cualquier calle céntrica de una gran ciudad de Norteamérica? con la única diferencia de que éstas pretenden ser mujeres.</p>
<p style="text-align: left;">Pobre Mike el Indio, con su polla muerta de cincuenta centímetros.<br />
Todos los pobres mikes. Todos los que escalan el Espacio. Todas las putas de Vietnam y Washington.<br />
Pobre Tanya, con su vientre que había sido el vientre de un cerdo. Sus venas que habían sido las venas de un perro. Apenas cagaba o meaba, follar, sólo follaba (corazón, voz y lengua prestados por otros). Por entonces, sólo debían haber hecho unos diecisiete transplantes de órganos. Von B. iba muy por delante de todos.<br />
Pobre Tanya, qué poco había comido la pobre&#8230; básicamente queso barato y uvas pasas. Nunca había deseado dinero ni propiedades ni grandes coches nuevos, ni casas supercaras. Jamás había leído el diario de la tarde. No deseaba en absoluto una televisión en color, ni sombreros nuevos, ni botas de lluvia, ni charlas de patio con mujeres idiotas; jamás había querido un marido médico, o corredor de bolsa, o miembro del Congreso o policía.</p>
<p style="text-align: left;">Y el tipo de la gasolinera sigue preguntándome:</p>
<p style="text-align: left;">-Oiga, ¿qué fue de aquello que trajo a hinchar aquel día?</p>
<p style="text-align: left;">Pero ya no me lo preguntará más. Voy a echar gasolina en otro sitio. Y no volveré tampoco a la barbería donde vi la revista del anuncio de la muñeca de goma de Von B. voy a intentar olvidarlo todo.</p>
<p style="text-align: left;">¿No harías tu lo mismo?</p>
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&lt;h5 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt; Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en&lt;a href=&quot;http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 &quot;&gt; iTunes&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;
&lt;/span&gt;&lt;/h5&gt;
&lt;h4 style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #808080;&quot;&gt;&lt;a href=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/La-maquina-de-follar.mp3&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png&quot; alt=&quot;&quot; width=&quot;61&quot; height=&quot;61&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/h4&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;En el cuento de la semana éste caliente y triste relato de ciencia ficción empapada del estilo deprimente y cínico del viejo Charles Bukowski.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;Disfrútenlo.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;strong&gt;LA MAQUINA DE FOLLAR&lt;br /&gt;
CHARLES BUKOWSKI&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;Hacía mucho calor aquella noche en el Bar de Tony. ni siquiera pensaba en follar. sólo en beber cerveza fresca. Tony nos puso un par para mí y para Mike el Indio, y Mike sacó el dinero. le dejé pagar la primera ronda. Tony lo echó en la caja registradora, aburrido, y miró alrededor… había otros cinco o seis mirando sus cervezas. imbéciles. así que Tony se sentó con nosotros.&lt;br /&gt;
-¿Qué hay de nuevo, Tony? -pregunté.&lt;br /&gt;
-Es una mierda -dijo Tony.&lt;br /&gt;
-No hay nada nuevo.&lt;br /&gt;
-Mierda -dijo Tony.&lt;br /&gt;
-Ay, mierda -dijo Mike el Indio.&lt;br /&gt;
Bebimos las cervezas.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;-¿Qué piensas tú de la Luna? -pregunté a Tony.&lt;br /&gt;
-Mierda -dijo Tony.&lt;br /&gt;
-Sí -dijo Mike el Indio-, el que es un carapijo en la Tierra, es un carapijo en la Luna, qué mas da.&lt;br /&gt;
-Dicen que probablemente no haya vida en Marte -comenté.&lt;br /&gt;
-¿Y qué coño importa? -preguntó Tony.&lt;br /&gt;
-Ay, mierda -dije-. Dos cervezas más.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;Tony las trajo, luego volvió a la caja con su dinero. Lo guardó. Volvió.&lt;br /&gt;
-Mierda, vaya calor. Me gustaría estar más muerto que los antiguos.&lt;br /&gt;
-¿Adónde crees tú que van los hombres cuando mueren, Tony?&lt;br /&gt;
-¿Y qué coño importa?&lt;br /&gt;
-¿Tú no crees en el Espíritu Humano?&lt;br /&gt;
-¡Eso son cuentos!&lt;br /&gt;
-¿Y qué piensas del Che, de Juana de Arco, de Billy el Niño, y de todos esos?&lt;br /&gt;
-Cuentos, cuentos.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;Bebimos las cervezas pensando en esto.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;-Bueno -dije-, voy a echar una meada.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;Fui al retrete y allí, como siempre, estaba Petey el Búho. La saqué y empecé a mear.&lt;/p&gt;
&lt;p style=&quot;text-align: left;&quot;&gt;-Vaya polla más pequeña que tienes -me dijo.&lt;br /&gt;
-Cuando meo y cuando medito sí. Pero soy lo que tú llamas un tipo elástico. Cuando llega el momento, cada milímetro de ahora se convierte en seis.&lt;br /&gt;
-Hombre, eso está muy bien, si es que no me engañas. Porque ahí veo por lo menos cinco centímetros.&lt;br /&gt;
-Es sólo el capullo.&lt;br /&gt;
-Te doy un dólar si me dejas chupártela.&lt;br /&gt;
-No es mucho.&lt;br /&gt;
-Eso es más que el capullo. Seguro que no tienes más que eso.&lt;br /&gt;
-Vete a la mierda, Petey.&lt;br /&gt;
-Ya volverás cuando no te quede dinero para cerveza.&lt;/p&gt;
&lt;p [...]</itunes:summary>
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		<title>Una piedra rodante Bluegrass</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Nov 2009 18:29:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¡Que ganas de estar enamorado! ¡Que ganas del color verde y la noche cerrada ardiendo en el cielo! Empiezo las primeras horas del  martes escribiendo, soñando con los corazones y las noches del Palacio Topkapi al lado del Bósforo, emocionado, escuchando a Bob Dylan al tiempo que las teclas caen sobre el ordenador formando sueños y deseos, intensos, expectantes, enloquecidos que se consumen fatigados entre las respiraciones entrecortadas y los punteos de una guitarra de Bluegrass...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/11/una-piedra-rodante-bluegrass/"/>sigue leyendo</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Una-piedra-rodante-Bluegrass.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>¡Que ganas de estar enamorado! ¡Que ganas del color verde y la noche cerrada ardiendo en el cielo! Empiezo las primeras horas del  martes escribiendo, soñando con los corazones y las noches del Palacio Topkapi al lado del Bósforo, emocionado, escuchando a Bob Dylan al tiempo que las teclas caen sobre el ordenador formando sueños y deseos, intensos, expectantes, enloquecidos que se consumen fatigados entre las respiraciones entrecortadas y los punteos de una guitarra de Bluegrass. No quiero parar, no quiero dejar de escribir: quiero masturbarme y enamorarme y coger  y correr y estar despierto y contento, como la noche del Sábado o como los días de las playas y las espaldas tostadas por el sol o como las tardes de atención feroz, despierta, sacudiendo las células del mundo. ¡Quiero ese nudo, apretado, vivo, forcejeando entre los nervios de mi estómago! ¡Un impulso golpeando contra las paredes de mis venas! El sudor quema mi piel, y una sola respiración, envuelta en las tinieblas de la noche, en el rugir del mundo,  en los gemidos del amor embravecido, derribando todo.</p>
<p>En la canción de la semana: Like A Rolling Stone, una de las canciones más grandes de todos los tiempos en una de sus versiones más enloquecidas y alucinantes.</p>
<p>Y como cortesía, <a href="http://rs113.rapidshare.com/files/45783708/A_Bluegrass_tribute_-_Pickin_on_Bob_Dylan.rar">un link</a> para que se descarguen todo el disco. Pickn&#8217; on Bob Dylan, un triubuto en Bluesgrass.</p>
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&lt;p&gt;¡Que ganas de estar enamorado! ¡Que ganas del color verde y la noche cerrada ardiendo en el cielo! Empiezo las primeras horas del  martes escribiendo, soñando con los corazones y las noches del Palacio Topkapi al lado del Bósforo, emocionado, escuchando a Bob Dylan al tiempo que las teclas caen sobre el ordenador formando sueños y deseos, intensos, expectantes, enloquecidos que se consumen fatigados entre las respiraciones entrecortadas y los punteos de una guitarra de Bluegrass. No quiero parar, no quiero dejar de escribir: quiero masturbarme y enamorarme y coger  y correr y estar despierto y contento, como la noche del Sábado o como los días de las playas y las espaldas tostadas por el sol o como las tardes de atención feroz, despierta, sacudiendo las células del mundo. ¡Quiero ese nudo, apretado, vivo, forcejeando entre los nervios de mi estómago! ¡Un impulso golpeando contra las paredes de mis venas! El sudor quema mi piel, y una sola respiración, envuelta en las tinieblas de la noche, en el rugir del mundo,  en los gemidos del amor embravecido, derribando todo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En la canción de la semana: Like A Rolling Stone, una de las canciones más grandes de todos los tiempos en una de sus versiones más enloquecidas y alucinantes.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y como cortesía, &lt;a href=&quot;http://rs113.rapidshare.com/files/45783708/A_Bluegrass_tribute_-_Pickin_on_Bob_Dylan.rar&quot;&gt;un link&lt;/a&gt; para que se descarguen todo el disco. Pickn’ on Bob Dylan, un triubuto en Bluesgrass.&lt;/p&gt;
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<itunes:subtitle>¡Que ganas de estar enamorado! ¡Que ganas del color verde y la noche cerrada ardiendo en el cielo! Empiezo las primeras horas del  martes escribiendo, soñando con los corazones y las noches del Palacio Topkapi al lado del Bósforo, emocionado, [...]</itunes:subtitle>
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