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	<title>Diario de un chico trabajador &#187; Fantasía</title>
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		<title>Gatos</title>
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		<pubDate>Wed, 11 May 2011 22:19:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<category><![CDATA[Bestiario]]></category>
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		<description><![CDATA[Apenas hace un mes publicaron un cuento mio en la revista Castálida. Se llama gatos y lo escribí hace más de un año, después de un sueño. Ocurre una ciudad llamada Mariana, en la costa a la que da una larga cadena de cordilleras; las calles de la ciudad se despliegan sobre un puerto maloliente, negro, del que huyen los inmigrantes para buscarse una vida mejor y sobre el que pululan, como una marea, cientos y cientos de gatos... <a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2011/05/gatos/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Apenas hace un mes publicaron un cuento mio en la revista Castálida. Se llama gatos y lo escribí hace más de un año, después de un sueño. Ocurre en una ciudad llamada Mariana, en la costa a la que da una larga cadena de cordilleras; las calles de la ciudad se despliegan sobre un puerto maloliente, negro, del que huyen los inmigrantes para buscarse una vida mejor y sobre el que pululan, como una marea, cientos y cientos de gatos.</p>
<p>La idea es que varios cuentos para un futuro libro ocurran en esta ciudad. Esta es la primera historia.</p>
<p>La edición que hizo Castálida es preciosa, la ilustración que acompaña está imagen es una de las muchas que vienen con la revista, esta es de  Abelardo Guiérrez.</p>
<p>Lean &#8220;Gatos&#8221; y, no sean gachos, díganme si les gusto, si los volvió locos o si lo tirarían- con todo y computadora- al cesto de la basura.</p>
<p>Para leer el cuento <a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/castalida.pdf">descarguen la versión que se publicó en Castálid</a>a, para que de paso, como diría el Ricardo Bernal, se fumen unos muy buenos dibujitos.</p>

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		<title>Concurso de Porno fantástico</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Apr 2010 05:54:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[Cine]]></category>
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		<category><![CDATA[Ciencia Ficción]]></category>
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		<category><![CDATA[Porno]]></category>
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		<description><![CDATA[el Yeti cogiendo en el bosque con un rubia extraviada, un tipo que en vez de manos tiene dos penes o una señorita con una enorme vagina que le cubre toda la panza. Además: Vampiros, Elfos y monstruos acuáticos cachondos, gritando de placer, eyaculando sobre todo tipo de seres...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/porno-fantastico/"/>sigue leyendo</a>...
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Queda abierta la convocatoria para escribir un cuento de Porno Fantástico. El ganador a la mejor historia se llevará el libro: &#8220;Breve historia del cine porno&#8221;. La convocatoría termina el último día de Mayo. Hay que subir las historias a esta misma entrada, en los comentarios.</p>
<p>Bueno: buena suerte y que tengan felices, muy felices y pornográficas histórias.</p>
<p>Para inspirarse les dejo algunos links de pornografía fantástica (gráfica) y mi historia, que no concursa pero que igual comparto con ustedes.</p>
<p>____________________________</p>
<p>Un monstruo acuático se baña en la alberca de una bella chica  que vive completamente sola. La chica, Elizabeth Anne, se despierta con ganas de nadar un rato, así que se pone una bata y baja a la enorme piscina envuelta por las brumas. La bata cae lentamente de sus hombros, desliza su tela suave por su espalda, por sus muslos y cae sobre las baldosas mostrándonos un cuerpo delgado, perfecto, dorado, cubierto por un pequeño traje de baño.</p>
<p>Elizabet Anne se lanza de un clavado al agua y flota sobre la cálida superficie, se sumerge, nada de un lado a otro y se tira de muertito para ver la noche cerrada, sin estrellas. Un ruido irrumpe la ensoñación de la chica: alguien más chapotea a unos metros de distancia. Elizabet Anne voltea y lanza un chillido de horror cuando ve al monstruo húmedo, lleno de escamas, retorcerse en el agua.</p>
<p>Elizabet Anne salé corriendo, coge la bata y mientras huye se las arregla para ponérsela y cubrirse del frió. El monstruo la persigue, viene detrás de ella emitiendo una especie de sollozos y chasquidos. Elizabet Anne se mete a la casa y se encierra en la habitación.</p>
<p>Silencio.</p>
<p>El tiempo pasa y nadie llega a su puerta ni intenta tirarla ni hacerle daño. Algo extrañada, dudando de si su visión fue real o un simple efecto secundario por leer tanta literatura fantástica, decide bajar a inspeccionar.</p>
<p>Lo hace con cuidado. Camina de puntitas. Apenas y hace ruido.</p>
<p>Vuelve  a oír el sollozo. Viene de la sala. Por alguna razón ya no le da miedo. Se asoma con cuidado y ve al monstruo sentado, llorando.</p>
<p>Elizabet Anne, su corazón ablandado, se compadece del monstruo y se acerca, le pregunta que está haciendo. Él le muestra una foto y le dice que está triste, que llora por ella, por la chica de la fotografía, su ex-novia. Elizabet Anne se sienta a su lado y lo consuela, le dice que no se preocupe, que hay un montón de peces en el mar y que aunque entiende que esté triste, no debe hacer eso de meterse a casas que no son la suya. A pesar del consejo el monstruo sigue llorando. Elizabet Anne no sabe que más  hacer hasta que, por coincidencia, voltea a su entrepierna y ve que el ser acuático tiene una verga monstruosa, suculenta, que gotea. Ella, sin pensarlo dos veces, se pone de rodillas y se la mete toda en la boca, contenta por tanta suerte.</p>
<p>El monstruo, todavía melancólico, le dice: &#8220;Hey, mi novia nunca me hacía eso&#8221;.</p>
<p>Esta pequeña historia, y alguna más alucinantes, chistosas, simplonas, divertidas y no muy bien hechas, las encontré en una página de Porno Fantástico, sí, como lo oyen. La página se llama <a href="http://tour2.freakfuckers.com/?nats=MTcyMDMuNDkuODIuODIuMS4wLjAuMC4w">Freack Fukers</a> y es una extraña mezcla de cosas bizarras e imaginativas: el Yeti cogiendo en el bosque con un rubia extraviada, un tipo que en vez de manos tiene dos penes o una señorita con una enorme vagina que le cubre toda la panza.</p>
<p>Es interesante  ver como el porno se mezcla con la imaginación y, aunque lo único que pude ver son los trailers de las películas, porque son gratis, se nota que son frescas y valen los minutos invertidos, a pesar de que están lejos de ser obras maestras.</p>
<p><a href="http://tour2.freakfuckers.com/?nats=MTcyMDMuNDkuODIuODIuMS4wLjAuMC4w">Vean aquí los trailers</a> y si deciden inscribirse y bajarlas completas, no sean gachos y compártanlas.</p>
<p>Además, mientras hacía algo de investigación, o trabajo de campo para esta entrada, encontré unas páginas más, aunque no tan imaginativas, que podrían encajar en este subgenero del porno fantástico. Ahí les van:</p>
<p><a href="http://xxxspacegirls.us/index.php?CA=925539-0000&amp;PA=1876633">Porno de ciencia ficción</a></p>
<p><a href="http://tour.whorelore.com/tourpage03.html?nats=MTQxMjc3NjoyOjE1,0,0,0,0">Porno Fantasy (a la señor de los anillos)</a></p>
<p><a href="http://www.gothrotica.com/">Porno de vampiros</a> (Vampire Porn): Latex, vampiros, chicas góticas, chicas emo</p>
<p>Bien, investiguen con detenimiento todas estas fuentes de inspiración y escriban, si les parece, una historia breve de porno fantástico. No tiene que estar muy elaborada. Al ganador del el diario de un chico trabajador le regalará un libro sobre la historia del cine porno(está usado, pero no se preocupen, la única huella de eso son los párrafos subrayados). La convocatoria queda abierta hasta el último día de mayo. Las historias hay que pegarlas en esta página, en la sección de comentarios.</p>
<p>Para poner el ejemplo, aquí les va mi historia.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>La lata de calamares</strong></p>
<p>Estaba muy caliente. Había estado así desde la primer hora de la mañana y ya no podía soportarlo más.</p>
<p>Tan pronto llegó a su casa, Viky sacó de un closet alargado y oscuro que le había regalado su abuelita, algunos utensilios: consoladores granulados de 40cm, gordos como carne molida enrollada, bolitas vibradoras fosforescentes, lubricantes, y un batallón de películas porno.</p>
<p>Escogió una de las cintas(&#8220;Las lágrimas de un chorizo&#8221;) y la puso en el reproductor. Se quitó la blusa y mientras el protagonista, un tal John Long Horse, que pasaba sobre una docena de mujeres un alucinante miembro viril, lustroso y rollizo, de 37 centímetros, se desabotonó la blusa, sacó el enorme par de tetas rubias y bronceadas y comenzó a acariciarlas con una loción de coco.</p>
<p>Luego, lentamente, porque aunque estaba ansiosa sabía que la paciencia en aquel ritual la llevaría a sensaciones más intensas, se quitó la falda azul de su traje sastre, y desabrochó el sujetador. Se dejo las pequeñas bragas de encaje puestas y haciendo a un lado la tela que cubría el objeto de su placer, deslizo delicadamente sus dedos en el interior confortable, cálido y chorreante de su vagina.</p>
<p>Los dedos entraron y salieron tejiendo movimientos pausados, dibujando figuras exóticas y novedosas. Luego tomó uno de los consoladores(transparente), derramó sobre él un poco de loción humectante de coco y se lo introdujo de golpe. Viky, a pesar del talento de John Long Horse y las caras salpicadas de las actrices por sus eyaculaciones, prefirió cerrar los ojos e imaginar a todos los hombre de la vida real a quienes les gustaría acariciar sus hinchados y húmedos garrotes: Marco, el chico que hacía los recados en a la oficina,  el barredero con su traje naranja apenas ocultando la enorme montaña que se abultaba en su entrepierna, y hasta el tipo de los tacos de canasta que se paraba con su bicicleta afuera del trabajo a vender sus preparados de frijol, papa, adobo o carne enchilada.</p>
<p>Pasaron alguno minutos y auque Viky se esforzaba su imaginación no la conducía a ningún lado. El placer del enorme monstruo vibrador que le sacudía las entrañas era apenas una sombra pálida, una sensación deslavada que no la dejaba conforme y que no le quitaba esa terrible angustia que se le había encaramado en el vientre. ¿Pero, por qué, qué le pasaba, por qué no lo conseguía?</p>
<p>Desesperada dejó el miembro de plástico y en un ataque de frustración lanzó la loción de coco contra el televisor.</p>
<p>Se paro y caminó a un lado y otro del departamento. Parecía un felino en una jaula, expectante, dispuesta a lanzarse a la primera idea que se le viniera  a la cabeza para satisfacerse.</p>
<p>Sus pasos la llevaron a la cocina. Se sirvió un vaso de agua. Se sentó en la mesita, al lado del teléfono y repasó la lista de chicos que vivían cerca de su casa y a quienes no les importaría que ella se presentara semi desnuda a mitad de la noche y se lanzara a chupar su jugosa entrepierna.</p>
<p>¿Pero eso la calmaría? La duda volvió aventársele como un animal furioso hasta que, de pronto, un objeto resplandeciente en uno de los estantes de la alacena llamó su atención.</p>
<p>Colgó el teléfono.</p>
<p>Se puso de pie y caminó a la alacena.</p>
<p>El objeto brillaba lanzando destellos metálicos que se sincronizaban perfectamente con las pulsiones de su entrepierna. Viky se acercó y tomó el objeto en sus manos.</p>
<p>Era una lata de calamares. ¿Qué le estaba pasando, se estaba volviendo loca? No sabía porque pero nada hasta ese momento la había excitado tanto. La visión de la lata y de lo que podía hacer con ella fue incluso más intensa que la primera vez, a los 14 años, en que vio el enorme miembro mojado de su primo masturbándose, cuando pensaba que nadie lo veía, en el cuarto de su mamá, con su ropa interior. Incluso más intenso que la vez que acarició el aparato de un enano que acababa de conocer en un bar. El brillo de la lata simplemente la volvió loca.</p>
<p>Se dejó caer al piso de la cocina, vencida por la intensidad y boca arriba separó las piernas y se metió la lata con fuerza, dejando que los bordes circulares, fríos, rasparan sus pliegues.</p>
<p>Mientras hacía esto, ocurrió lo inesperado.</p>
<p>La lata comenzó a saltar de sus manos, a revolverse como si tuviera vida propia. Viky, espantada, la soltó y se enderezó ligeramente. Pero el movimiento de la lata era tan sutil, y delicado, que luego de la sorpresa inicial la dejó moverse a su ritmo; la lata jugueteaba y se aventaba de cabeza contra sus paredes, dando empujoncitos. Danzaba, danzaba como una libélula en la noche buscando la luz de un farol, danzaba llena de amor dentro de la piernas de Viky y el baile era fugaz, celeste, divino.</p>
<p>Viky apretó los párpados. ¿Eso era el placer, esa intensa humareda llena de estrellas y revelaciones? Jamás había llegado hasta ahí, y ni en sus sueños más enloquecidos habría imaginado que eso existiera.</p>
<p>La lata rodó fuera de su vagina y se detuvo frente a ella. Durante unos segundos no ocurrió nada; era una simple lata, quieta, frente a una chica cualquiera en una cocina cualquiera en un departamento cualquiera en la Ciudad. Pero la lata volvió a revolverse; pequeños abultamientos surgían aquí y allá. Era como si puños diminutos golpearan el metal desde adentro.</p>
<p>Los puños finalmente abrieron las paredes de aluminio y de sus agujeros pequeños tentáculos escaparon a la luz de la cocina. Los tentáculos eran pardos  y a pesar del tono opaco refulgían.</p>
<p>Viky se quedó contemplando la escena: en sus pupilas seguía brillando la noche, y el deseo, y la ganas imperiosas de volver cuando antes a aquel estado que hacía unos instantes había hecho que todos los segundos de su vida se borraran, que desaparecieran en esa neblina blanca donde el placer revoloteaba en su estado más puro.</p>

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		<title>La señora trude</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Apr 2010 17:46:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace mucho tiempo vivía una niña obstinada y preguntona; desobedecía cualquier cosa que le dijeran sus padres, no le hacía caso a nadie. Un día la niña les dijo a su papás: "He escuchado hablar de la señora Trude muchas veces y tengo ganas de ir con ella. Me dijeron que la señora Trude es muy extraña y tiene muchas cosas raras. No puedo quedarme tranquila si no visito esa casa, necesito ir para satisfacer mi curiosidad"...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/la-senora-trude/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta semana un cuento de los hermanos Grimm.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>LA SEÑORA TRUDE</strong></p>
<p>Hace mucho tiempo vivía una niña obstinada y preguntona; desobedecía cualquier cosa que le dijeran sus padres, no le hacía caso a nadie.</p>
<p>Un día la niña les dijo a su papás: &#8220;He escuchado hablar de la señora Trude muchas veces y tengo ganas de ir con ella. Me dijeron que la señora Trude es muy extraña y tiene muchas cosas raras. No puedo quedarme tranquila si no visito esa casa, necesito ir para satisfacer mi curiosidad&#8221;.</p>
<p>Sus padres respondieron muy alterados y se lo prohibieron diciéndole: &#8220;La mujer Trude es una mujer mala y hace cosas extrañas. Si vas con ella te desconoceremos como nuestra hija&#8221;.</p>
<p>Pero la niña no hizo caso a sus padres y fue a la casa de la señora Trude.</p>
<p>La señora Trude vio llegar a la niña y le preguntó: &#8220;¿Qué te pasa, por qué estás pálida?&#8221;</p>
<p>La niña contestó temblando: &#8220;Vi algo que me dio mucho miedo&#8221;.</p>
<p>-¿Qué viste?</p>
<p>-Había un hombre negro en las escaleras</p>
<p>-Tan sólo era un carbonero</p>
<p>-También vi a una persona verde</p>
<p>-Era un cazador</p>
<p>-Luego vi a una persona roja como la sangre</p>
<p>-Era un carnicero</p>
<p>-¡Ah!, señora Trude, cuando me asomé por la ventana me dieron escalofríos porque vi a un diablo al que se le estaba quemando la cabeza y no a una señora.</p>
<p>La señora Trude contestó: &#8220;Ahora entiendo, tú viste a la bruja tal como es. Te estaba esperando y deseando desde hace mucho tiempo. Ahora tú me darás algo de luz&#8221;.</p>
<p>Dicho esto, la señora Trude transformó a la niña en un palo de madera y la arrojó al fuego. Mientras el palo de madera ardía resplandeciente, la señora Trude se sentó cerca del fuego para calentarse y exclamo: &#8220;Qué luminoso, qué luminoso&#8221;</p>
<p>La foto es de poyzindrink, este es su <a href="http://www.flickr.com/photos/poyzindrink/3835941088/in/photostream/">flickr</a></p>

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		<title>La máquina de languidecer</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/02/la-maquina-de-languidecer/</link>
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		<pubDate>Wed, 10 Feb 2010 08:54:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[demonios]]></category>
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		<category><![CDATA[micro-relatos]]></category>
		<category><![CDATA[microficción]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito (La líbélula, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco son extraidos de su último libro "La máquina de languidecer" ...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/02/la-maquina-de-languidecer/"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
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</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/02/la-máquina-de-languidecer.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito <em><a href="http://www.rtve.es/podcast/radio-3/la-libelula/">(La líbélula</a></em>, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco son extraidos de su último libro <a href="http://www.adamar.org/ivepoca/node/1140">&#8220;La máquina de languidecer&#8221;</a> -qué gran título- integrado por 100 microrelatos&#8230; no he leído el libro completo pero las dos siguientes microficciones que escuché en la transmisión de <em>La libélula</em> me dicen que sera muy buena idea hacerlo cuanto antes. ¡Lastima que el libro no se consiga de este lado del charco! Si alguien viene de España pronto, traígamelo, regálemelo o véndamelo:  ¡quiero leerlo!</p>
<p><strong>CONJUGACIÓN</strong></p>
<p>YO grité. Tú  torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos  olvidarán”.</p>
<p><strong>EN LA GALERÍA</strong></p>
<p>EN UNA EXPOSICIÓN El desconocido, como los que saben que pronto volverán al cauce mudo de la soledad, no dejó de hablar durante toda la tarde. Coincidimos en la valoración de los dibujos de José Hernández expuestos en la galería, y ello estableció una proximidad de algún modo amistosa. Había algo gallináceo en su aspecto de empleado que agita nerviosamente el portafolios con una mano y arruga El Eco del Comercio con la otra. Yo apenas abrí la boca mientras fluía el curso de sus reflexiones y me aleccionaba en voz baja sobre morbosas patologías artísticas, antiquísimas creencias o los estigmas físicos de los mitos. No le presté especial atención hasta que un comentario suyo me provocó escalofríos. Dijo que las manos de los demonios no tienen dorso, que son palmas por ambos lados. Miré con cautela alrededor. No había ya público y la noche crecía tras el cristal de la entrada. De pronto quise evitar aquella conversación, aquella compañía, aquella sala de arte. Me despedí verbalmente del desconocido, que pareció quedar un tanto contrariado, entre la sorpresa y la curiosidad, a la espera tal vez de un gesto menos seco, de que le tendiera una tarjeta o estrechara su mano. Me alejé con las mías en los bolsillos del pantalón, de donde en ningún momento las había sacado, y reparé en lo mucho que me sudaban las palmas. Las cuatro. &#8230;</p>

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		<title>Amor inesperado</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2010 18:05:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Trabajos]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Erótico]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Hotel]]></category>
		<category><![CDATA[putas]]></category>
		<category><![CDATA[Sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Aquí les va una historia que escribí hace unos días...
Seguimos el coche y este avanzó en medio de la noche y giró y se estacionó frente a un hotel. Bajé y seguí a la puta. Mientras yo pedía la habitación ella hablaba con uno de los encargados...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/01/amor-inesperado/"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ahí les va una historia que escribí hace unos días&#8230;<br />
<strong><br />
Amor inesperado</strong></p>
<p>Seguimos el coche y este avanzó en medio de la noche y giró y se estacionó frente a un hotel. Bajé y seguí a la puta. Mientras yo pedía la habitación ella hablaba con uno de los encargados:</p>
<p>¿Cómo va la noche? preguntó él.</p>
<p>Más o menos, respondió ella, este apenas es el tercero.</p>
<p>Entramos al cuarto. Sin preámbulos me dijo: quítate la ropa. Me puso un condón. Se tendió en la cama. Metí mi pene entre sus piernas. Yo estaba perdido. Ahogado por la velocidad, por lo oscuro de todo.</p>
<p>Me moví dentro de ella. Miré fijo sus ojos: los lagos de luz, opacos, vacíos, que había en ellos, se movieron, temblaron y se reacomodaron en sus pupilas; era como si hubieran despertado de un prolongado letargo. Sin decir nada cruzó los brazos sobre mi cuello y me atrajo hacía sí. Su piel se abrió y sus poros exhalaron ternura. Sus labios seguían cerrados pero yo estaba seguro que detrás de ellos, surgirían, en cualquier momento, las palabras más dulces de amor. ¿Se había vuelto loca? No fingía: algo extraño le pasaba, no sé… tal vez el universo se había desdoblado y… pero su amor me envolvía… era todas las amantes que alguna vez hubieran encendido la noche. En sus ojos toda la suavidad de los suspiros y promesas futuras estalló. Me besó y en sus labios sentí derretirse el universo, los planetas caer, y las gemas preciosas vertirse de su boca a la mía. Me abrazó más fuerte y pronto sus sueños fueron igual a los míos.</p>
<p>Era imposible que pasara, que de sus muslos de mármol, sin vida, surgiera aquel amor. Pero fue así. Nunca, en todos los años que vinieron, amé a nadie con tanta dulzura.</p>
<p>Pero el instante desapareció con los segundos y el universo regresó a su lugar y las estrellas se apagaron en sus ojos y volvieron a ser lagos opacos. Le pagué y salí de aquel extraño hotel que transformaba todo.</p>
<p>Pasados los días volví a buscarla, sin éxito: nadie, tampoco, conocía ese hotel, ni la diminuta calle, arbolada y oscura, dónde se había alzado aquella noche.</p>
<p>la foto que ilistra la historia es de Bob Merco, tiene fotos interesantes, chequen aquí su <a href="http://www.flickr.com/photos/bobmerco/">flickr</a></p>

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		<title>El contador de historias</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Jan 2010 04:46:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento de la semana]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
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		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Historias]]></category>
		<category><![CDATA[Maram al Masri]]></category>

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		<description><![CDATA[El siguiente cuento es parte de un cuento más grande, de una historia armada por muchas otras historias. Lo escuché por primera vez en la pasada feria del libro de Guadalajara en una conferencia sobre poesía y novela árabe contemporanea. Lo escribió Rabih Alameddine, escritor libanes radicado en Estados Unidos. A su lado, en la conferencia, una poeta árabe-francesa, guapisima, llamada Maram al Masri encandiló a todos con sus ojos y no digo sus poemas, por que llegué algo tarde y sólo pude oir la siguiente historia que, igual que a todos los demás asistentes, me dejó frío...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/01/el-contador-de-historias/"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/01/El-cuento-de-la-semana_El-contador-de-historias.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<p>El siguiente cuento es parte de un cuento más grande, de una historia armada por muchas otras historias. Lo escuché por primera vez en la pasada feria del libro de Guadalajara en una conferencia sobre poesía y novela árabe contemporanea. Lo escribió Rabih Alameddine, escritor libanes radicado en Estados Unidos. A su lado, en la conferencia, una poeta árabe-francesa, guapisima, llamada <a href="http://contralasinrazon.bitacoras.com/archivos/2005/06/19/maram_al_masri_iii">Maram al Masri </a> encandiló a todos con sus ojos y no digo sus poemas, por que llegué algo tarde y sólo pude oir la siguiente historia que, igual que a todos los demás asistentes, me dejó frío.</p>
<p>Aquí, pues, una de las historias de <em>El contador de historias</em>, el último libro de Rabih Alameddine.</p>
<p>Una vez, no hace mucho tiempo, había un niño de tu misma edad, que vivía con su familia en un pequeño pueblo, no muy distinto a este, no muy lejos de aquí. La familia no tenía mucho dinero. El padre era albañil, la madre se ocupaba de las labores domésticas y era una gran cocinera. Todos los hijos tenían tareas asignadas: nuestro héroe era el pastor de la familia.</p>
<p>Todas las mañanas llevaba a las ovejas hasta los campos. Las veía pastar, se aseguraba de que no se alejaban y las protegía de zorros, lobos y hienas indeseables. Las ovejas apreciaban al niño, así que no se apartaban mucho de él. Su trabajo se convirtió en una tarea fácil que le dejaba tiempo para jugar. Al principio jugaba con palos y piedras; formó un cuadrado a base de ramas y construyó un corral, con piedrecitas como si fueran ovejas. Pero luego los corderitos se acercaron al falso corral, para llamar su atención. Así que dejó de jugar con piedras y palos y se convirtió en un cordero más: saltaba con ellos, se revolcaba como ellos y fingía mascar los arbustos silvestres de lavanda. Era uno más del rebaño.</p>
<p>Aquella noche al volver a casa pensó que se había divertido tanto jugando que desearía ser un cordero. Antes de acostarse oyó que sus padres discutían por temas de dinero.</p>
<p>-Tenemos tantas bocas que alimentar. Se quejaba la madre-. ¿Cómo vamos a conseguir comida para todos?</p>
<p>-Tenemos las ovejas -la tranquilizó el padre-. Tenemos un poco de dinero. Yo trabajo. Sobreviviremos. Hemos sobrevivido durante generaciones.</p>
<p>Pero siguieron discutiendo, y el chico no pudo conciliar el sueño.</p>
<p>Al día siguiente él y los corderos volvieron a jugar con las ovejas como únicos testigos. El chico y los corderitos corrieron,  retozaron y chocaron unos con otros. Volvió a casa muy contento, pero al abrir la puerta, ansioso por contarles a sus padres lo mucho que había disfrutado ese día, los encontró discutiendo de nuevo.</p>
<p>-¿Cómo has podido prometer algo así? –preguntaba la madre-.</p>
<p>No tenemos suficiente comida para nuestros hijos, ¿y quieres dar un banquete? ¿Es que no tienes cabeza? ¿No comprendes lo grave de nuestra situación?</p>
<p>-¿Cómo te atreves? -gritó el padre a la madre-. Estamos hablando del bey. Es un honor. Se presencia bendecirá esta casa. No comprendo como puedes pensar que no lo quieres en casa. La mayoría de la gente moriría por disfrutar de una oportunidad igual.</p>
<p>-¿Qué ha hecho el bey por mi familia?- susurró la madre.</p>
<p>El padre le propinó una bofetada. El niño corrió a su cuarto.</p>
<p>Antes de dormirse, nuestro héroe rezó. Deseó ser un cordero y poder pasarse el día sn más preocupaciones que corretear por los pastos. Deseó que su familia fuera feliz. Deseó ser él quien les proporcionara esa felicidad. Al día siguiente despertó en el corral de las ovejas. Miró a su alrededor y vio a todos sus amigos, los demás corderos, y se sintió feliz por hallarse con ellos, por ser finalmente un cordero más. Balaban con alegría. Todos brincaban.</p>
<p>El padre y la madre salieron juntos de la casa y se encaminaron hacia el corral.</p>
<p>-Peligro, peligro-dijo la oveja de más edad-. Los malvados se acercan.</p>
<p>-No, no-dijo el chico-. No son malos. Son mi familia.</p>
<p>- Cuando esos dos vienen juntos -dijo otra oveja-, una de nosotras desaparece.<br />
El padre y la madre entraron en el corral. Intentaron decidir que cordero escoger.</p>
<p>-Miradme-gritaba el chico-. Miradme. Miradme.</p>
<p>- Este-dijo la madre-. Hace mucho ruido.</p>
<p>-Parece tierno y jugoso- añadió el padre. Puso el lazo alrededor de la cabeza del niño y lo sacó del corral.</p>
<p>-¡Pobre cordero! –dijo la más vieja de las ovejas mientras todas veían cómo se lo llevaban.</p>
<p>Papá, papá -decía el corderito-. Ahora soy un cordero. ¿No te parece un milagro?</p>
<p>Y su padre cogió el cuchillo y le rajó la garganta.</p>
<p>Y el corderito vio cómo brotaba su propia sangre.</p>
<p>Y el padre le cortó la cabeza.</p>
<p>Y el padre le colgó de los tobillos para que se desangrara.</p>
<p>Y la madre empezó a despellejarlo con sus propias manos. Levantaba un pedacito de piel y golpeaba entre piel y cuerpo, levantaba, golpeaba, levantaba, golpeaba, hasta que por fin llegó al último fragmento de piel en sus tobillos. Y le amputó los pies y las manos. Y le sacó las entrañas. Y su madre lo asó a fuego lento.</p>
<p>Su padre esperaba. Su madre cocinaba. Sus hermanos ayudaron a poner la mesa bajo el roble gigantesco. Sus hermanas limpiaron la casa, esmerándose. Se vistieron con sus mejores galas. A la hora del almuerzo, se colocaron en fila y esperaron. La madre se preguntó donde se habría metido nuestro héroe. Sus hermanos apuntaron que probablemente soñando despierto, como siempre. Aquel crío escurridizo se había vuelto a librar de sus tareas. La familia esperó, esperó y esperó. Por fin llegó el alcalde y anunció que el bey había decidido no venir al pueblo.</p>
<p>El cordero estaba dispuesto en el centro de la mesa. Toda la familia salivaba.</p>
<p>-Hoy te has superado a ti misma -dijo el padre a la madre.</p>
<p>-Este cordero tenía una carne especialmente suculenta-dijo la madre.<br />
Y el niño notó como su padre lo cortaba.</p>
<p>-Id pasando los platos, niños –dijo la madre—Hoy comeremos bien para variar.</p>
<p>Y el niño sintió cómo sus hermanos le mordían la carne. Cómo sus hermanas masticaban jugosos trozos de él.</p>
<p>-Sabe tan bien-dijeron sus hermanos.</p>
<p>- La mejor comida de nuestras vidas-dijeron sus hermanas.</p>
<p>Y la madre le extrajo el estómago. Sus hermanos y hermanas se pelearon por sus intestinos.</p>
<p>-Toma esto, querida –dijo el padre- Sé que te encanta.</p>
<p>-Y tú esto querido- repuso la madre-. Sé que te encanta.</p>
<p>- Soy muy feliz -dijo el padre.</p>
<p>-Soy muy feliz -convino la madre.</p>
<p>Y el niño sintió como su madre le mordía los testículos.</p>
<p>Y el niño sintió cómo su padre se tragaba un pedazo de su corazón.</p>
<p>Y el niño fue feliz.</p>

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		<title>Anamnesis</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/anamnesis/</link>
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		<pubDate>Tue, 29 Dec 2009 00:54:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[aborto]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
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		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>

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		<description><![CDATA[...Alyssa es una chica fuerte y flexible, con las manos firmes de una masajista, y espero con ansia su tacto. Oscar es un espécimen igualmente bueno, aunque con el cabello algo largo para ser padre. Y como, de acuerdo con Platón, olvidaré todo lo que sé una vez que nazca, y todo lo que aprenda a partir de ahí será una forma de recordarlo, pasará un largo tiempo antes de que nuestros gustos de lectura y música causen conflicto. Además, tienen corazón noble: por ejemplo, siempre le dan dinero a la drogadicta del lobby, que desde que me acuerdo ha estado tratando de recuperar su carro del empeño...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/anamnesis/"/>sigue leyendo</a>

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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/12/Anamnesis.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Janet Sarbanes es una escritora de los Ángeles. Este cuentito fue publicado en la última edición de Luvina (la revista de la universidad de Guadalajara). Estuve buscando algunos datos sobre ella y pude encontrar muy poco (sólo este podcast  donde ella y otras dos escritoras de L.A leen algo y responden a algunas preguntas). Así que mejor pasemos directamente al cuento que, la verdad sea dicha, habla muy bien de ella.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Anamnesis</strong><strong> de Janet Sarbanes</strong></p>
<p><strong>Al principio</strong> me esforcé por mantenerme con vida. Alyssa aún no sabía de mí, y no era muy cuidadosa. Sus amigos venían todo el tiempo, con vino y cigarros, y se sentaban con nosotros en el techo a mirar las luces y las palmeras de Los Ángeles, que irradian desde nuestro edificio de departamentos en filas ordenadas que llegan hasta donde alcanza la vista. De día parecía agobiada por su nuevo trabajo en un nuevo <em>spa </em>hasta el otro lado de la ciudad, pero en esas noches y largas tardes de beber y fumar estaba relajada y brillante. Oscar siempre se quedaba después de que los otros se habían ido, y entre los dos había un entendimiento.<br />
Por supuesto, cuando Alyssa finalmente se enteró de mí, fue en la dirección contraria, un poco exagerada, si me preguntan, porque me gustaba cuando estaba relajada y brillante, sin esa arruga en la frente y esa aguda nota de miedo cada que hablaba con Oscar. Sin estar del todo seguro, pude ver desde el primer instante que Oscar quería estar con nosotros para siempre, y eventualmente ella lo vio también. Era difícil no verlo cuando él se quedaba mañana, tarde y noche, y siempre se metía a nuestro lado de la cama.<br />
Pero no habría más desmayos placenteros para mí, ni me perdería ya pedazos enteros del día —y no más despertarme repentinamente sintiéndome totalmente agitado, tampoco, porque Alyssa había dejado el alcohol <em>y </em>el café. Las cosas se acomodaron en una rutina bastante más aburrida, hablando fisiológicamente, pero al menos ya podía pensar de forma un poco más clara y percibir mis alrededores. Alyssa, ahora con Oscar, vive en un departamento en el sexto piso en algún lugar de Hollywood. Tiene pisos de madera dura sin pulir y necesita una nueva capa de pintura, pero es encantador, en especial en la madrugada, antes de que Alyssa y Oscar despierten; entonces parece un lugar dorado, mi nuevo hogar, o mi futuro hogar, hermosamente simple, un arreglo de alojamiento arquetípico, con sus techos altos, su cama baja, su mesa de roble y sus dos sillas, su chistoso sillón con adornos de brocado amarillos.<br />
Estamos suscritos a <em>Los Angeles Times, </em>aunque realmente no estoy seguro para qué, porque todo lo que parecen leer Alyssa y Oscar son el horóscopo y las tiras cómicas. A veces intentan resolver el sudoku, pero les resulta muy difícil. Pasamos horas y horas en la mesa del desayuno en estas actividades. Ocasionalmente, veo de reojo la primera plana o la sección de opinión camino al sudoku y grito: «¡deténganse! ¡quiero leer eso!», como para poder entender un poco el mundo al que estoy por llegar, pero Alyssa sólo eructa y sigue adelante. Me preocupa un poco que mis padres no sean gente seria, pero Oscar dice que el sudoku mantiene la mente activa y previene el<br />
Alzheimer, y no quiero que ninguno de ellos acabe teniendo eso.<br />
Últimamente, han estado pasando mucho tiempo en el techo, pensando en extraterrestres. No si existen o no, sino si las luces que ven en el cielo son sus naves espaciales. La tía de Oscar fue brevemente secuestrada por los extraterrestres en Minnesota y tiene una imagen clara de cómo se ven: una gran cabeza en un pequeño cuerpo plateado, grandes ojos negros sin párpados, piel arrugada. «¡soy yo de quien está hablando!», le grito a Alyssa, que escucha sentada con una expresión soñadora, sobándose la panza como si inconscientemente supiera sobre la conexión. «No creo que los extraterrestres sigan siendo hostiles», dice Oscar, «si alguna vez lo fueron. Eso era paranoia de los cincuenta. Creo que sólo están tratando de ayudarnos». Alyssa asiente pensativa: «O de estar con nosotros. Desde hace años y años luz».<br />
Sería muy difícil llamar a mis padres gente ambiciosa. Pero Oscar no tiene trabajo, así que supongo que no puedo resentirme por sus pequeños placeres. Aparentemente es un momento terrible para buscar trabajo, por lo que no pueden ponerme ese nombre en swahili que les gusta, que significa «aquél que nace en tiempos de prosperidad». Escojan algo simple y pónganme el nombre de alguno de sus padres, quiero decirles, pero mientras no me pongan el nombre de un lugar o un mes o un sentimiento, consideraré que tengo suerte.<br />
No tener trabajo significa que Oscar dispone de más tiempo para su banda, y pasamos muchas noches en ensayos y trabajos en un dolor insoportable. Alyssa se retuerce y gira al ritmo de la música y yo hago lo mismo, con las manos sobre los oídos. Prefiero la música del elevador del consultorio del doctor, pero así es esto del amor, y Alyssa ama a Oscar y yo también. ¿Qué puedes hacer que no sea amar a tus padres, que están dispuestos a atenderte en todo?<br />
Alyssa es una chica fuerte y flexible, con las manos firmes de una masajista, y espero con ansia su tacto. Oscar es un espécimen igualmente bueno, aunque con el cabello algo largo para ser padre. Y como, de acuerdo con Platón, olvidaré todo lo que sé una vez que nazca, y todo lo que aprenda a partir de ahí será una forma de recordarlo, pasará un largo tiempo antes de que nuestros gustos de lectura y música causen conflicto. Además, tienen corazón noble: por ejemplo, siempre le dan dinero a la drogadicta del <em>lobby</em>, que desde que me acuerdo ha estado tratando de recuperar su carro del empeño.<br />
Y también está esa vez en que todavía me estaba agarrando de la pared del útero de Alyssa casi con los dientes, antes de que mi propio departamento dorado y simple se formara alrededor mío, y me solté un poco en un chorro de sangre —se había roto un vaso sanguíneo justo arriba de mí—, y casi me lleva la corriente. Oh, cómo sollozaron camino a emergencias, y por las cuatro horas que esperamos para ver a un doctor, aunque para cuando lo vimos ya estaba agarrándome fuerte de nuevo.<br />
No, estoy bastante feliz con mis padres. El problema es mi tía. Gina, la hermana de Alyssa. Viene cada tercer día y sube los pies al sillón amarillo y deja que Alyssa cuide a su terrorífico bebé, August. Si Alyssa no persigue a August, destroza la página del sudoku, tira los aceites esenciales y orina en el ficus. Gina se queda ahí sentada, con los pies en el sillón, limándose las uñas y viendo a su hermana menor, que ha ido bastante lejos, y diciendo: «Hay que aguantar el paso, Alyssa, ¿cómo vas a poder criar un niño así?». Cuando está Oscar, él persigue a August y Gina le da palmadas al sillón para que Alyssa se siente junto a ella, y entonces nos entretiene con las historias de parto más horrendas que se han contado. «¡yo nunca le haría eso!», grito, y pateo hacia ella a través del estómago de Alyssa. A veces le doy a la vejiga de Alyssa por error, lo que causa que haga un gesto de dolor, y Gina dice: «¡El parto es mil veces peor!». Me retuerzo más, tratando de atacarla, y Alyssa se queda ahí, pálida y con náuseas. No es una escena bonita. Oh, y entonces Gina le pide a Alyssa que le sobe los pies. «Yo lo haría por ti», dice, sonriendo con poca sinceridad, «pero yo no soy la profesional».<br />
No soy ingenuo sobre el pasaje de aquí hasta allá. Sé que no es nada placentero ni para la madre ni para el bebé, pero estoy entrenando constantemente para el gran evento. Me refiero a rutinas de entrenamiento de ocho a diez horas, a veces doce a catorce: marometas, trote, boxeo, patadas de karate. Alyssa, por su parte, hace yoga prenatal y respiración profunda, pero Gina se burla de eso también, de la idea de que cualquier mujer esté lista para el parto. «Sueño crepuscular», dice, «lo tenían en los viejos tiempos. ¡Denme ese sueño crepuscular!». «¿Pero qué hay del bebé?», dice Alyssa. «Los narcóticos drogan al bebé». «A la mierda con el bebé», dice Gina casi en silencio, mientras August vacía la bolsa de Alyssa en el piso. ¡a la mierda con el bebé! Estoy de acuerdo, y Alyssa se pone la mano en la panza y suspira.<br />
El otro día fuimos a la casa de Gina, una gran mansión de estuco cubierta de malvas en las colinas de Hollywood, donde medio vive con el padre de August, un productor. Digo que medio vive con él porque nunca está: casi se divorcian antes de que llegara August, y la idea sigue sobre la mesa. Pero la gente de Hollywood puede tardar eternidades en estas cosas porque siempre están en locaciones. Gina era directora de <em>casting</em> antes de embarazarse, pero ahora pasa todo el día sentada en el sillón, cuidándose el <em>manicure</em> —en su casa o en la nuestra— y dándole órdenes a la criada o a Alyssa. Al menos en casa de Gina podemos flotar en la alberca, y como Alyssa no me está presionando puedo hacer rutinas olímpicas en serio. Si tan sólo pudieran ver lo que hago aquí adentro, pienso, y me pone triste porque no voy a poder hacer esto cuando puedan verme, sólo seré una bola patética e inútil.<br />
En la tarde, Gina empieza de nuevo a hablarle a Alyssa sobre todo el equipo que tendrá que comprar para mí —puesto que Gina no me esperaba y le regaló todo el equipo de August a la chica del vestuario de su última película—, y lo cara que va a ser la guardería, y luego la escuela y la universidad —porque ¿qué tal si soy muy inteligente y quiero ir a la universidad?—, y lo irresponsables que son Alyssa y Oscar por traerme al mundo en su situación financiera. Alyssa se queda muy callada y se acurruca en su silla y Oscar miente y dice que tiene que ir a practicar con su banda, nada más para sacarnos de ahí. El colmo es cuando August se acerca, le sonríe dulcemente a Alyssa y le dice «Levántate, tonta, estás sentada en mi Transformer».<br />
Alyssa está callada todo el camino a casa, y cuando llegamos al departamento, que está a cien grados por dentro, Oscar la toma de la mano y la lleva al techo, donde pone una cobija y almohadas. Se acuestan ahí, mirando el cielo, y Oscar dice muchas cosas sabias, sorprendentemente sabias, sobre lo infeliz que es Gina, lo solitaria y lo celosa que está de Alyssa, y que no importa lo diferente que sean, ellos siempre tendrán mucho amor que darme. Alyssa asiente y toma su mano, doblando sus dedos entre los de él. Entonces nos quedamos callados y escudriñamos el cielo, buscando naves espaciales, criaturas diferentes a nosotros, que entrarán a nuestras vidas y las cambiarán para siempre. Puede que me tome mucho tiempo recordar este momento después de nacer, pero algún día lo haré.</p>
<div>Traducción de Héctor Ortiz Partida</div>

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		<title>Gótico americano</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Nov 2009 18:28:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tomado de las páginas de la serie de antologías clásicas de la serie "Stephen King Horrror" y especialmente del volumen 7, esta historia de Ray Russell, es el cuento de la semana. He aquí el divertidisimo, cachondo, muy cachondo cuento de Ray Russell, inspirado por cierto en el cuadro de Grant Wood(el mismo que ilustra esta entrada) llamado también gótico americano...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/11/gotico-americano/"/>sigue leyendo</a>...
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Oye este cuento, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/Gótico-americano.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Tomado de las páginas de la serie de antologías clásicas de la serie &#8220;Stephen King Horrror&#8221; y especialmente del volumen 7, esta historia de Ray Russell, es el cuento de la semana.</p>
<p>Ray Russell fue un escritor gringo nacido en 1929 y muerto en 1999. Era especialmente bueno escribiendo cuentos aunque de una de sus novelas,&#8221; Sardonicus&#8221;, Stephen King dijera: &#8220;Es quizás uno de los mejores exemplos de gótico moderno jamás escrito&#8221;.</p>
<p>Ray trabajó durante años escribiendo notas de humor y cuentos para la revista playboy, para la que compiló la antología <a href="http://www.fantasticfiction.co.uk/r/ray-russell/playboy-book-of-horror-and-supernatural.htm">The Playboy Book of Horror and the Supernatural</a><span> de <a href="http://www.fantasticfiction.co.uk/years/1967.htm">1967.</a></span> Durante esos años la revista de Hugh Hefner publicaba en sus páginas a grandes escritores de ciencia ficción y fantasía, entre ellos a Ray Bradbury, Henry Slesar, Frederic Brown, Frederik Pohl, Richard Matheson, Jack Finney, Robert Bloch y a Kurt Vonnegut, cuyo mágnífico libro &#8220;Bienvenido a la casa del mono&#8221; apareció por primera vez publicado en las páginas de está revista junto a fotos de rubias de pechos enormes brincando  desnudas.(<a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/05/harrison-bergeron/">lee un cuento de ese libro aquí</a>)</p>
<p>Bueno, sin más, he aquí el divertidisimo, cachondo, muy cachondo cuento de Ray Russell, inspirado por cierto en el cuadro de Grant Wood(el mismo que ilustra esta entrada) llamado también gótico americano.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">&#8212;</p>
<p style="text-align: center;"><strong>GÓTICO AMERICANO</strong></p>
<p style="text-align: center;">por RAY RUSSELL</p>
<p>I</p>
<p>¿Queréis que os cuente el caso de la hechicera y el asesinato que tuvimos por estos lugares? Pues bien, ella era una poderosa hechicera, y ésta es una verdad como un templo; si hasta se sabía un montón de palabras raras y todo: en fin, la cuestión es que la cosa ocurrió hace mucho tiempo. He contado esta historia un montón de veces, pero creo que no me ocurrirá nada si la cuento ahora de nuevo.<br />
Supongo que será mejor que empiece por hablaros de la muchachita que nos llevamos aquel verano a la granja. Era extranjera, de Hungría, Polonia, Pennsylvania o un país por el estilo. Tendría unos quince años. Más tonta que hecha de encargo, pero resultona.* Llevaba dos trenzas amarillas, y tenía los ojos del mismo color que la flor del maíz, y los senos más bien desarrollados&#8230; El suyo era el trasero más bonito que yo había visto en mi vida. En fin, un día, a mi hijo Jug se le ocurrió mirar a la chica cuando estaba agachada dando de comer a las gallinas, eso sería al primero o segundo día de trabajar para nosotros, y aquél fue el día en que se podría decir que Jug se hizo hombre.<br />
La única pega era que no sabía cómo hacerlo. Por todos los diablos, el muchacho sólo tenía catorce años. Lo único que sabía era que cuando la chavala estaba agachada de aquella manera, con el vestido de tela de saco ceñido al trasero, él notaba aquella sensación en los tejanos, como si fuera cosa de magia. Y no sabía la razón. Pero ahí estaba. De modo que se acercó a la muchacha a grandes trancos, la miró directo a los ojos y se desabrochó los pantalones.<br />
* A lo largo del relato, el lenguaje que el autor pone en boca de sus personajes es el propio de gente algo inculta. (N. de la T.)</p>
<p>—Mira esto —dijo—. ¿Has visto algo así alguna vez? Bueno, pues la chica no supo qué decir. La boca se le abrió como una pala mecánica. De todos modos, ni siquiera sabía hablar inglés. Y echó a correr.<br />
Pero corrió hacia donde no debía. Se dirigió hacia el granero. Ése fue su gran error. Yo me quedé en la casa todo el rato, tomando café en la cocina, y desde allí oí sus gritos. Chillaba como un gorrino atascado. Después de aquello, los dos siguieron como una casa en llamas. La madre de Jug había muerto al nacer el chico, pobre. Yo la quería mucho. Está enterrada en el pastizal de atrás, debajo del olmo grande. Yo mismo crié a Jug. Tal vez por eso salió tan salvaje, no tuvo una madre que lo amansara y le enseñase modales. Jug no era su nombre verdadero. Yo lo llamaba así por sus orejas.*<br />
Un día, la criada que habíamos contratado se me acercó, y en su inglés chapurreado me dijo que no le daba tiempo a hacer el trabajo, porque no podía quitarse a Jug de encima. Hablé con el muchacho.<br />
—Papá —me dijo—, cuando veo a esa chica pasar por delante de mí, con ese vestido fino y esas piernas, esta puñetera cosa se me levanta como la cola de un zorro y no puedo hacer nada más que agarrarla y metérsela.<br />
En aquel momento, la muchacha pasó por delante de la ventana, cargada con un cubo, y cuando vi de qué forma se le movía el trasero debajo del vestido, entendí lo que Jug quería decir. La mañana era fresca, y los pezones empujaban contra la tela como un par de cartuchos de escopeta.<br />
—Ve a dar de comer a los cerdos —dije al muchacho—, que yo hablaré con la chica.<br />
Jug salió disparado y yo también hice lo mismo, pero detrás de la chica. La alcancé cerca de la bomba y le dije que se tomara un descanso y volviese a la casa a beber una taza de café.<br />
Cuando estaba sentada en la cocina, tomándose el café, a mí me dio por pensar en mi vida, y en lo solo que me encontraba. Y no paraba de mirar aquellas piernas de quince años, suaves y firmes. Y los senos. Y sus grandes ojos, azules y tontos.<br />
—Niña —dije—, me parece que te vendría bien un baño. Y buena falta que le hacía. Así que calenté un poco de agua y llené la tina allí mismo, en el centro de la cocina. Le dije que se quitara el vestido. Al principio, no quería; pero luego supongo que pensó que podía fiarse de mí porque yo era como un padre o algo así; me imagino que le parecería un hombre mayor. Bueno, el caso es que se quitó el vestido, y por Judas, qué cuerpo tenía la niña. Casi no lo podía creer. Le pedí que se metiera en la tina, y entonces cogí la barra de jabón casero, me arrodillé cerca de la tina y empecé a enjabonarla a conciencia. La lavé por delante y por detrás. Le lavé las piernas. Para entonces, yo estaba ya medio loco.<br />
* Jug: jarra, en inglés. (N. de la T.)</p>
<p>Cuando salió de la tina, toda brillante y mojada, y con olor a jabón, no pude aguantarme más. Allí mismo, en el suelo de la cocina, sobre una toalla grande, me la cepillé; y en verdad os digo que aquello fue como una ciruela blandita y madura, calentita por el sol, y tan llena de jugo dulce que se partía por el medio. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, y todo acabó antes de que pudiera decir ni pío.<br />
Después, la envolví con la toalla grande, me la llevé arriba, al dormitorio, y me la cepillé de nuevo, pero despacio y con calma esta vez.<br />
Claro que aquello no solucionó el problema. Más bien lo complicó. En lugar de perseguirla un moscardón, la perseguían dos. Cuando Jug no se la cepillaba, lo hacía yo. La chica no se quejaba, pero tampoco llevaba a cabo su trabajo. La granja se fue al carajo. Aunque la verdad es que nunca había sido una granja como Dios manda, apenas unas hectáreas, propiedad de mi mujer, por cierto. Ella la había heredado de su padre, y. como es natural, al morir ella pasó a ser mía. Pero, como ya he dicho, se fue derechita al carajo. Con tanto cepillarse a la niña, nadie se acordaba de arar los campos. Los cerdos llegaron a estar tan flacos que pensamos en el acto piadoso que sería matarlos para convertirlos en tocino antes de que enflaquecieran más. Nunca teníamos tiempo para darles de comer. Jug y yo estábamos siempre muy cansados. Pero tuve mano dura con el muchacho.<br />
—Jug —dije un buen día—, sal de una vez y ordeña las vacas. Luego, engancha el caballo al arado. Además, hay un montón de paja por meter y&#8230;<br />
—Vete a la porra, papá —respondió—. Si en esta granja hay trabajo por hacer, nos lo repartiremos entre los dos. No pienso romperme el culo ahí fuera durante todo el santo día, para que tú te quedes aquí, metiéndosela a la criada.<br />
—Hijo, un poco más de respeto hacia tu padre.<br />
—Mira, papá, no me vengas con esas mierdas.<br />
Bueno, acabamos por repartirnos el trabajo, tal como él había dicho. También hicimos la parte que le tocaba a la chica. No nos parecía justo que trabajara cuando se ocupaba tan bien de nosotros en otros aspectos. Claro que como ya no hacía nada, dejamos de pagarle. Pero a ella no le importó. Tenía casa y comida. Y cocinaba para nosotros, claro; aunque era peor cocinera que Jug, que ya es decir. Pero nosotros sabíamos distinguir cuándo estábamos bien; o sea, que nos comíamos lo que preparaba.<br />
Un día vino a vernos el predicador, el reverendo Simms. Era un tipo alto, huesudo y bizco, vestido de negro. Más o menos de mi edad. Su esposa tenía el rostro igualito al de George Washington en los billetes de dólar. Pero aquel día la había dejado en casa, detalle que fue de agradecer. Llegó a la granja, en su viejo y traqueteante cacharro, cuando yo estaba sentado en el porche de atrás, mientras fumaba mi pipa y miraba la rojiza puesta del sol.<br />
—Hermano Taggott —me dijo.<br />
—Buenas tardes, reverendo.<br />
—He oído por ahí unos comentarios muy peculiares. Taggott. Parece ser que ha contratado usted a una muchacha extranjera para trabajar en la granja.<br />
—Eso mismo. Es de Pennsylvania o algo parecido.<br />
—Hermano, no pretendo ofenderle, porque sé que es usted un hombre de Dios, pero este asunto no me parece correcto. Quiero decir, que en la granja no hay ninguna otra mujer que pueda ocuparse de la muchacha. Sólo usted y su hijo. Y el chico&#8230;, en fin, ya tiene edad para fijarse en la niña. Y aquí la tiene, sola con dos hombres en una granja, y sin nadie que la proteja o le diga lo que está bien o está mal.<br />
—Y según usted, ¿qué deberíamos hacer, reverendo?<br />
—La chica es menor de edad. Tendría que estar en el orfanato del condado. Allí la pondrían a trabajar y le enseñarían los principios morales.<br />
—¿Y cómo lo harían? Apenas habla inglés.<br />
—También le enseñarán a hablar. Hermano Taggott, es la única manera decente de hacer las cosas. Mi esposa me ha dado la idea, y, que yo sepa, jamás se ha equivocado en cuestiones de moralidad y decencia.<br />
—Bien, reverendo, supongo que usted y su señora tienen razón.<br />
—Me alegra que lo tome así.<br />
—La cuestión es que tal vez a la chica no le haga gracia ir a un orfanato. Le gusta esto.<br />
—Eso no importa. Es por su propio bien.<br />
—Ya lo sé. Pero ¿cómo voy a explicárselo? Apenas habla inglés; además, es más bruta que un arado.<br />
—Hermano, la fe mueve montañas.<br />
—Amén. ¿Sabe una cosa? Creo que será mejor que le hable usted.<br />
—Buena idea.<br />
—No sé. al ser usted un hombre de iglesia&#8230;<br />
—Muy bien, hermano. Estoy de acuerdo. Si fuera tan amable de conducirme hasta ella, aclararé las cosas.<br />
—Pase, reverendo. —Le llevé a la cocina y le serví una taza de café—. Siéntese un momento, que voy a decirle a la chica que está aquí.<br />
Ella estaba en el dormitorio, descansando; como pude, le conté lo del reverendo y para qué estaba en la granja. Bueno, para ser sincero, no era verdad que no hablara inglés. Cuando yo y Jug llegamos a conocerla mejor, logramos entendernos con ella; además, la chica había aprendido algo de inglés y nosotros unas cuantas palabras de su lengua, y entre eso y las señas, incluso podíamos conversar. Le hice entender lo que el predicador se proponía, y luego bajé otra vez a la cocina.<br />
—La encontrará arriba, reverendo. Le espera. Es toda suya.<br />
—Gracias, hermano Taggott. La suya es una actitud muy encomiable.<br />
—Yo quiero hacer lo que está bien, nada más. Y el reverendo subió.<br />
Permaneció arriba una media hora. Cuando bajó, la chica no lo acompañaba.<br />
—¿No se marcha con usted? —pregunté.<br />
— Hermano Taggott, los designios del Señor son inescrutables.<br />
—Amén.<br />
—Y pueden pasar a través de una chiquilla.<br />
—Una verdad indiscutible.<br />
—Esa niña sencilla y sincera de ahí arriba me ha enseñado, a pesar de su incultura, que existen unos designios más elevados que los del hombre. Es la ley de Dios y del Amor.<br />
—¡Aleluya!<br />
—Según las leyes de los hombres, la chica debe ir al orfanato. Pero ¿puede una institución tan fría como ésa ofrecerle Amor? ¿Puede darle el sencillo calor humano que recibe en esta casa?<br />
—Claro que no.<br />
—En efecto, hermano. Por eso he decidido que la niña debe quedarse aquí, bajo su tutela.<br />
—Lo que usted diga, reverendo.<br />
—Pero debo imponer una condición.<br />
—¿Cuál?<br />
—Es verdad que usted puede cubrir casi todas las necesidades materiales de esa niña. Le da una casa. Un techo para guarecerse de la lluvia. Comida con que alimentar su cuerpo. Y ese Amor tan importante al que acabo de referirme. La única cosa que no puede usted proporcionarle, hermano Taggot, es consejo espiritual. De manera que la cuestión es ésta: permitiré que la chica se quede con usted, «siempre y cuando» yo pueda venir y verla a solas, para darle orientación espiritual. Digamos&#8230; una vez a la semana; ¿qué le parece?<br />
—¿Qué tal el viernes por la noche, después de cenar?<br />
—Muy bien. Me va estupendamente.<br />
Cuando se dirigió hacia la puerta, me acordé de una cosa y le pregunté:<br />
—Oiga, reverendo, ¿y la señora Simms?<br />
—Yo me encargaré de ella, no se preocupe.<br />
Después de aquello, las cosas marcharon bastante bien durante un tiempo. Yo y Jug estábamos contentos. La chica que habíamos contratado no se quejaba. Cada viernes, después de la cena, aparecía el reverendo, se la llevaba a un sitio apartado y la aconsejaba espiritualmente durante unos veinte minutos. La vida fluía como el agua de un arroyo.<br />
Hasta que un día, la señora Simms se presentó en la granja en aquel cacharro. Se detuvo justo delante de mí y me miró de frente, con aquellas chapas de botella de Coca-Cola que tenía por ojos. No quiero decir con esto que fuera fea. Aquel rostro habría parecido muy atractivo en un hombre. Pero en una mujer, no encajaba.<br />
—Señor Taggot&#8230;<br />
Tenía una voz muy parecida a la de Dewey Elgin, el bajo del coro de la iglesia.<br />
—Señora.<br />
—Esa chica a la que mi marido ha estado aconsejando espiritualmente&#8230;<br />
—Sí, señora.<br />
—Quiero verla.<br />
—Muy bien. Si tiene la bondad de seguirme&#8230;<br />
Se apeó del cacharro y me siguió de cerca mientras me dirigía hacia la casa. Me tenía preocupado lo que pudiera ver en ella. Si la criada que habíamos contratado estaba arriba con Jug, no habría problemas, porque tendría tiempo más que suficiente para hacer salir a Jug por la puerta lateral y preparar a la chica para que estuviera presentable, antes de que la esposa del reverendo le echara una ojeada. Pero si la muchacha se encontraba en la cocina, fregando platos o limpiando los fogones, era probable que estuviese tan desnuda como Dios la trajo al mundo. Le había dado por pasearse en cueros por la casa casi todo el tiempo. No se lo recrimino. En vista de cómo estaban las cosas entre ella. Jug y yo, no valía la pena que se molestara en vestirse.<br />
Me adelanté a la señora Simms, me dirigí rápidamente al porche trasero y entré en la cocina. No hubo problemas. La chica llevaba un vestido. Incluso se había calzado. Me intrigó saber de dónde habría sacado los zapatos, hasta que me acordé de que pertenecieron a la mamá de Jug. Eran unos zapatos de vestir que se había comprado en cierta ocasión. De color rojo brillante. Con unos tacones de cinco centímetros y una abertura delante por donde se le veían los dedos. Con aquellos zapatos, las piernas de la chica se veían más bonitas que de costumbre, y estuve a punto de pedirle que se los quitara y los escondiera debajo del fregadero cuando detrás de mí oí cerrarse de golpe la puerta mosquitera y sentí aquella mirada tan fría clavada en mi nuca.<br />
—Muchacha, ha venido a verte la señora Simms —dije—. Muy amable de su parte, ¿no te parece?<br />
La señora Simms miró a la chica de la cabeza a los pies. Puedo jurar que aquello fue como si una víbora estuviera observando a un pajarillo.<br />
—¿Cómo se llama, señorita? —le preguntó. La muchacha se lo dijo—. ¿Le gusta vivir en la granja de los Taggot?<br />
La chica asintió con la cabeza. La señora Simms la perforó con los ojos. Después, la agarró del brazo.<br />
—Está bastante gordita —observó—. Según parece, no la matan de hambre. En cambio, «a usted» se le ve muy demacrado, señor Taggott&#8230;<br />
La verdad, tenía razón. Estaba demacrado; casi en los huesos. Y a Jug le ocurría lo mismo. Como los cerdos, que se habían quedado tan flacos que nosotros dos estábamos siempre demasiado cansados para darles de comer.<br />
Entonces, la señora Simms me dijo algo raro en verdad. Todo mezclado con unas palabras que sonaban extranjeras, no como las de la criada que habíamos contratado, más bien sonaban a franchute, como el que hablaba mi viejo tío Maynard al volver de la guerra mundial, mamuasel de Armentiers, parlivú y cosas así. Lo que la señora Simms dijo sonó más o menos así:<br />
—La Bel dom son mer sí. — Luego lo repitió otra vez—: La Bel dom son mer sí te ha esclavizado. Dios se apiade de ti.<br />
—Amén —añadí.<br />
Y lo hice porque es lo que digo siempre cuando se menciona el nombre de Dios, sobre todo si lo menciona un predicador, o la esposa de un predicador. Con esto no quiero decir que supiese de qué hablaba. Supongo que sería algo de las Escrituras, porque aquella mujer tenía mucha educación.<br />
—Buenos días. señor Taggott —me dijo.<br />
Después dio media vuelta y se marchó cerrando de un golpazo la puerta mosquitera.<br />
Juro que respiré mucho mejor cuando oí que su cacharro se ponía en marcha y bajaba traqueteando por el camino.<br />
A partir de entonces, los problemas empezaron.<br />
II<br />
Unos días más tarde, la chica me dijo que estaba preñada.<br />
—¿Qué? Ella asintió.<br />
—¿Estás segura? —pregunté. Me contestó por señas.<br />
—Jesús, María y José —repuse; después le pregunté—: ¿De quién es? No entendió mi pregunta.<br />
—El padre. E] papá. El papaíto. ¿Yo? ¿Jug? «¿Quién?»<br />
La muchacha se encogió de hombros. Fue como un mazazo para mí.<br />
Encontré a Jug en el granero, durmiendo como un tronco entre la paja. Le sacudí una patada en el trasero y se sentó más tieso que un palo.<br />
—¿Qué cuernos te pasa, papá? —gritó.<br />
—La criada tiene un bollo en el horno.<br />
—¡Qué bien! Porque tengo un hambre que me comería un oso con garras y todo.<br />
—¡Imbécil, que está preñada!<br />
—¡Jesús, María y José! —exclamó.<br />
—¿Qué vamos a hacer?<br />
—¿Me lo preguntas a mí? ¡Yo soy joven todavía!<br />
—¡Tienes edad suficiente para cepillarte a la chica!<br />
— ¡Y tú tienes edad suficiente para saber lo que iba a pasar!<br />
—Muchacho, métete esto en la cabeza: alguien tendrá que casarse con ella.<br />
—¡Joder, papá, yo no quiero casarme!<br />
—Yo tampoco. Ya tuve bastante con casarme con tu madre cuando quedó preñada de ti. No me van a cazar por segunda vez.<br />
—Ahí está la cosa, papá&#8230;. tú ya estás acostumbrado. ¡Note pasará nada!<br />
—A ti tampoco te ocurrirá nada. Todo hombre que se precie debe casarse al menos una vez en su vida. Pero dos veces son demasiadas. Yo ya he cumplido. Ahora te toca a ti.<br />
— ¡Joder, papá, el crío podría ser tuyo! ¡Eso lo convertiría en mi medio hermano!<br />
—¡Y si yo me casara con la chica y el crío fuera tuyo, yo sería el abuelo! En fin, muchacho, que nos hemos metido en un buen lío. En aquel momento, oí el cacharro del reverendo.<br />
—¿Qué día es hoy? —pregunté.<br />
—Viernes.<br />
—Volvamos a casa. Tenemos que hablar con el pastor. Al reverendo Simms no le entusiasmaba demasiado hablar con nosotros; él quería quedarse a solas con la chica para darle consejo espiritual&#8230;. hasta que le dimos la noticia. Quitó la mano del hombro de la muchacha como si se tratara de un hierro al rojo vivo.<br />
—Comprendo —dijo—. ¿Y qué piensa hacer?<br />
—Reverendo —respondí yo—, no hay muchas salidas. Tendrá que desposar a la chica.<br />
—¡Yo!<br />
—Quiero decir que deberá casarla con uno de nosotros dos, y por la iglesia, tal como está mandado.<br />
—Ah, ya —dijo, como si le faltaran las fuerzas.<br />
—Pero ¿cuál de nosotros? —pregunté.<br />
—¿Cuál? Pues, el que&#8230; el que&#8230; —Y ahí se detuvo en seco para rascarse la cabeza—. Ah, ya comprendo el problema.<br />
Nos quedamos en la cocina durante un rato, sin decir palabra. Después, saqué una jarra con licor de maíz. Le serví un vaso al reverendo (que estaba pálido como un muerto) y escancié otro para mí.<br />
—Papá, ¿no puedo tomar un poco? —preguntó Jug.<br />
—Eres muy joven todavía —contesté.<br />
El predicador y yo levantamos los vasos, nos metimos el licor entre pecho y espalda, nos estremecimos y esperamos sus efectos. Sólo tardaron cinco segundos en producirse. Como si un par de herraduras nos hubiera caído en la cabeza.<br />
—La puta madre&#8230; —dije yo.<br />
—Señor. Señor —murmuró el reverendo.<br />
—La muchacha tendrá que elegir —dijo cuando recuperó el aliento. Entonces fuimos y se lo preguntamos. Pero no hizo más que encogerse de hombros y poner expresión de tonta.<br />
—Tal como están las cosas, ¿por qué no lanzamos una moneda al aire? —preguntó el predicador.<br />
—No me parece justo —dije—. De ese modo todo depende de la suerte. Tendríamos que utilizar algo más parecido a un juego; algo que exija un poco de maña.<br />
—¿Tiene una baraja? —preguntó el reverendo.<br />
—No.<br />
—¿Y dados?<br />
—Tampoco.<br />
—Me alegra saber que su casa no guarda esos instrumentos del demonio, hermano Taggott, pero ¿cómo cuernos vamos a decidir entonces?<br />
Le contestó Jug:<br />
—Con esos juegos que montan en las ferias. Carreras de sacos. O atrapar al cerdito untado de grasa.<br />
—Estoy demasiado viejo para una carrera de sacos —protesté—. Me ganarías.<br />
—Pero no estás demasiado viejo para atrapar a un cerdo engrasado, papá. El año pasado lograste agarrar uno. Yo te vi.<br />
—El chico tiene razón —convine—. Los dos tenemos práctica en eso de atrapar cerdos engrasados.<br />
—Entonces sería un enfrentamiento justo —comentó el reverendo<br />
Simms.<br />
—Supongo.<br />
—La única pega es que no tenemos cerdos —dijo Jug.<br />
—¿Que no tienen cerdos? —inquirió el predicador.<br />
—Matamos al último la semana pasada —le expliqué, con un chasquido de los dedos; se me había olvidado por completo el detalle.<br />
—¡Espléndido! —exclamó el predicador—. Los problemas crecen y se multiplican. ¿Podríamos tomar un poco más de esa cosa, hermano? Quizá nos aclare la mente.<br />
Serví otros dos vasos de la jarra y nos los echamos al coleto.<br />
—Señor, Señor —dije.<br />
—La puta madre —masculló el reverendo. El licor no nos refrescó la mente, pero al parecer sí se la refrescó a Jug; quizá fuera el efecto del olor. El caso es que sugirió:<br />
—Reverendo, ¿y si engrasáramos a la muchacha?<br />
Bien, debo reconocer aquí y ahora que si el predicador y yo hubiéramos estado en estado normal, la idea de Jug no hubiese pasado de ahí; pero, a aquellas alturas, los dos llevábamos entre pecho y espalda casi medio litro de aquel recio licor, así que no nos pareció tan mala. Todavía nos pareció mejor cuando tomamos otro par de vasos. Tal como el reverendo dijo, era muy apropiado. Al fin y al cabo, por decirlo de alguna manera, el premio iba a ser la chica, de modo que, ¿por qué no engrasarla a ella?<br />
Así que salimos todos y nos fuimos detrás del establo. Para entonces, el sol ya se había puesto, pero había luna llena; o sea, que veíamos bien. Si había algo que nos sobraba era grasa de cerdo. Jug y yo sacamos un barril. Tratamos de explicarle a la chica lo que hacíamos, pero no sé si nos entendió. Se portó bien y no se movió cuando Jug y yo le quitamos el vestido y la untamos de grasa desde la barbilla hasta la planta de los pies. Si nunca habéis untado grasa con vuestras propias manos por todo el cuerpo a una muchacha corpulenta y desnuda, os juro, aquí y ahora, que os habéis perdido algo bueno. En cuestión de nada, la muchacha estuvo tan resbaladiza como una trucha recién pescada.<br />
—¿Le parece que está lista, reverendo? —pregunté.<br />
—Supongo que sí.<br />
En ese momento, sentí algo muy extraño, como un temblor que me recorrió todo el cuerpo, y sin motivo alguno. Quizá fuera la luz de la luna, que hacía que todo pareciera frío y azul; como ya he dicho, había luna llena. Hasta la muchacha, así desnuda y brillante como un pez, parecía fría.<br />
Pero quizá fuera por otra causa. Porque recuerdo que pensé —al ver a Jug y al reverendo allí de pie, tan flacos y chupados, a la luz de la luna, y a sabiendas de que yo no tenía mejor aspecto que ellos—, recuerdo que pensé en la grasa que llevaba en las manos, la grasa con la que acababa de untar a la muchacha&#8230;. bueno, pensé que la habíamos sacado de los cerdos que matamos antes de tiempo porque se habían quedado muy flacos, pues nunca nos decidíamos a darles de comer, porque Jug y yo estábamos muy cansados de tanto cepillarnos a la criada&#8230;<br />
No sé si me entendéis, es como si aquella muchachita nos hubiese chupado las fuerzas y nos hubiera dejado esmirriados; nos había consumido a mí, a Jug y al predicador hasta dejarnos hechos unos trapos, y hasta se podía decir que había consumido a los cerdos hasta el punto de que tuvimos que sacrificarlos y convertirlos en grasa para untársela a ella por todo el cuerpo. Ella era el único ser de la granja que seguía saludable, relleno&#8230;<br />
Pero los pensamientos estúpidos como éste volaron de mi cabeza cuando el reverendo me habló.<br />
—Sí, hermano Taggott, supongo que la muchacha ha absorbido toda la grasa de cerdo que su dulce cuerpecito puede aguantar.<br />
—¡Entonces, empecemos, papá! —gritó Jug—. ¡Me muero por atrapar a esa chica entre mis brazos y clavarla al suelo! ¡Tengo tantas ganas que estoy a punto de reventar!<br />
—Pero antes —dijo el predicador—, hemos de establecer ciertas reglas. Normalmente, gana la persona que atrapa al cerdo. Pero si tenemos en cuenta que ni uno ni otro se siente demasiado ansioso por llevar a la muchacha al altar, puede que ninguno de los dos se esfuerce demasiado por atraparla. De modo que deberemos invertir las reglas. Quien atrape a la muchacha, la perderá. Y quien no la atrape, la ganará y habrá de casarse con ella.<br />
Aquello representó un obstáculo para mi plan, porque eso era justamente lo que yo pretendía: dejarla escapar adrede. Pero el predicador me ganó por la mano.<br />
—Reverendo, para que todo sea más justo —dijo Jug—, ¿no le parece que yo y mi papá deberíamos desnudarnos?<br />
—Vamos, Jug —protesté yo—. Estoy demasiado viejo para esas cosas. Además, hace un poco de fresco.<br />
—Hermano, he de admitir que el muchacho tiene razón —dijo el predicador—. Si los dos van desnudos como Adán, entonces nadie podrá decir que las ropas del vencedor eran más ásperas que las del perdedor. Eso igualaría las cosas.<br />
Jug y yo nos quitamos la ropa y en cueros vivos nos quedamos allí de pie, como un par de idiotas.<br />
—Hermano Taggott —dijo entonces el predicador—, su edad le da derecho a intentarlo en primer lugar.<br />
—De acuerdo —repuse—, pero con la condición de que volvamos a untarla de grasa cuando mi turno haya acabado. No seré tan tonto como para llevarme toda la grasa y facilitarle así las cosas a Jug.<br />
El predicador asintió.<br />
—En ese caso —dijo&#8212;, ayudaré a aplicar otra capa de grasa.<br />
—Me lo imaginaba.<br />
Sacó del bolsillo un reloj enorme.<br />
—Este reloj pertenecía a un jugador. Lo utilizaba para cronometrar caballos. Al comprender lo errado de sus costumbres y salvarle, en señal de gratitud, me lo regaló a mí. Cada uno tendrá sesenta segundos exactos para atrapar a la niña. Hermano, antes de comenzar, sugiero que celebremos este evento tomándonos otro traguito de esa jarra que, según he comprobado, ha traído con usted.<br />
Le entregué la jarra, él se la llevó a la boca y se echó al coleto como un cuarto de litro. Cuando me la devolvió, yo hice otro tanto. Jug volvió a pedirme si podía beber un poco y yo le repetí que no.<br />
—¿Preparado, hermano Taggott? —me preguntó el predicador.<br />
—Preparado. Miró su reloj y gritó:<br />
—¡A por ella, pues!<br />
La muchacha echó a correr y yo fui tras ella. Cuando rodeamos en la esquina del bebedero de los cerdos, la así del hombro pero se me resbaló. Después, cuando pasábamos delante de la leña apilada, la agarré por la cintura y la tiré al suelo. Se me escapó de entre las manos como una rana. La apreté por los senos, pero se me soltaron de las manos como si fueran un par de melocotones pelados. Le hundí los dedos en el trasero, pero también se me resbalaron los dos cachetes. Traté de agarrarla por los muslos, pero mis manos se deslizaron a lo largo de sus piernas hasta las rodillas, luego hasta los tobillos, y la chica escapó.<br />
—¡Tiempo! —aulló el reverendo Simms. Yo iba cubierto de grasa de cerdo de la cabeza a los pies. Llevaba más grasa que la chica.<br />
—¡Has ganado, papá! —gritó Jug.<br />
—Todavía no —protesté —. A lo mejor empatamos. Volvamos a untar a la chica.<br />
El predicador nos echó una mano; esta vez, la muchacha vio dónde estaba la diversión, y todo el tiempo que nos pasamos untándola de grasa se lo pasó riendo y chillando.<br />
—¿Preparado, Jug? —preguntó el reverendo cuando terminamos la faena.<br />
—¡Sí, señor reverendo, y tan preparado! Que estaba preparado saltaba a la vista, tendría que haber estado ciego para no darme cuenta.<br />
El reverendo volvió a mirar el reloj y gritó:<br />
—¡Ya, muchacho!<br />
Salió tras ella como el sabueso tras la liebre. La chica lo hizo correr de lo lindo: hasta el retrete, y de vuelta hasta los pastizales de atrás. Entonces ella tropezó con una raíz, cayó boca abajo y Jug se le sentó encima. El se aferró a ella como si de eso dependiera su vida. ¿Que si la chica no se retorció y luchó? ¡Aquí estoy yo para jurar que lo hizo! En un momento dado, estuvo a punto de escapársele, pero entonces la oímos chillar como un cerdo atascado y supuse que Jug la había clavado al suelo, tal como dijo que haría.<br />
¿No lo entendéis? La culpa fue del licor de maíz. Me volvió tan torpe que no logré agarrarla bien. Pero Jug no había probado una sola gota del destilado casero.<br />
—Se ha acabado el tiempo y la chica sigue en el suelo —anunció el reverendo—. Supongo que gana el muchacho. Quiero decir, pierde. La chica seguía chillando como si la estuvieran matando.<br />
—¡Jug! —grité—. Suelta a la muchacha ahora mismo, ¿me has oído?<br />
—En seguida&#8230; papá&#8230; —me contestó, casi sin aliento.<br />
—¡Ahora mismo! —volví a gritar—. ¡Esa muchacha es mi futura esposa!<br />
—Con todo respeto, sugiero un enlace rápido —dijo el predicador—. ¿Qué le parece mañana por la mañana, a eso de las diez? No venga antes, porque a las nueve he de bautizar al hijo de Geer.<br />
—¿De Jed Geer? Creí que en la guerra le habían destrozado las partes.<br />
—Ya se lo dije en otra ocasión, y se lo vuelvo a repetir ahora, hermano Taggott: los designios del Señor son inescrutables.<br />
—Amén. ¿Jug? ¡Deja que la chica se levante!<br />
—Sí, papá. ¡Ya&#8230; ya acabo!<br />
Bueno, pues así fue como me comprometí con la criada que habíamos contratado. Lo de la boda fue otra historia.<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, nos lavamos a fondo hasta quedar relucientes. Jug iba a hacerme de padrino. Ya estaba lo bastante crecido como para llevar el traje azul a rayas que yo usaba los domingos; en cuanto a mí, me puse el viejo traje negro con colas que cuelgan por atrás que perteneció al padre de la mamá de Jug. Lo heredé junto con la granja. Sólo me lo había puesto en dos ocasiones: para mi primera boda y cuando asistí al entierro de la mamá de Jug. Era mi deseo que me enterraran con ese mismo traje. Con mucho trabajo logramos meter a la muchacha en el viejo vestido blanco que había pertenecido a la mamá de Jug. Aquello fue como meter dos kilos de forraje en un saco de un kilo de capacidad. La mamá de Jug era una cosita delgaducha, mientras que la criada que habíamos contratado no lo era, lo puedo asegurar. Le quedaba bien y no pasaría nada con tal de que no se sentara, ni se agachase, ni respirara. También se puso los zapatos rojos. Estaba muy guapa.<br />
—Como para comérsela —comentó la señora Simms, cuando la vio de pie, en medio de la cocina, arreglada para la boda.<br />
La mujer del reverendo vino en el cacharro para llevar a la muchacha hasta la iglesia y entregarla en matrimonio. Yo y Jug tuvimos que ir en el carro. La esposa del reverendo dijo que no quedaba bien que llegásemos todos juntos, o alguna tontería parecida. Así que até el caballo al carro y yo y Jug partimos para la iglesia.<br />
Cuando llegamos, encontramos al reverendo Simms esperándonos en la puerta.<br />
—Buenos días, hermano Taggott. Está usted emperifollado como un pavo de Navidad.<br />
—Muy amable por su parte.<br />
—¿Y dónde está la ruborosa novia?<br />
—Su esposa la trae hacia aquí en su cacharro, reverendo. Yo y Jug vinimos en el carro.<br />
—Vaya, la señora Simms no me ha comentado nada de eso. Bueno, supongo que no tardarán en llegar.<br />
Pasó media hora antes de que el cacharro se acercara a la iglesia, traqueteando y echando humo. La señora Simms se apeó, pero de la criada que habíamos contratado no vimos ni rastro. Yo estaba acalorado de tanto esperar, y cuando vi que la chica no venía con ella, no pude más y la interpelé a gritos:<br />
—¿Dónde cuernos está la muchacha?<br />
—Donde no brilla la luna, señor Taggott, ni el sol —replicó—. Oye, quiero hablar contigo —dijo el reverendo.<br />
Lo condujo al interior de la iglesia y nos dejó a mí y a Jug, allí de pie, como un par de terneros recién nacidos.<br />
Más tarde, el reverendo me lo explicó todo. No me enteré ni de la mitad, pero a lo mejor vosotros lo entendéis bien. Al parecer, su señora supo lo que hacíamos los tres en el momento mismo en que le puso los ojos encima a la chica. Se dio cuenta de que no era como la gente normal. Una basura del extranjero, ¿me explico? La señora Simms conocía el tema, y, como os he dicho ya, era una poderosa hechicera, por eso dijo que la muchacha era una chupa no sé qué, dijo que existían muchas como ella en el país del que venía, y que había un montón de libros escritos sobre ellos, y también poemas, como La Bel dom son mer sí. Dijo que nos estaba chupando la vida a mí, a Jug y al reverendo, y que la única forma de acabar con uno de ellos era clavándole una estaca en el corazón. O sea que eso fue lo que hizo, y enterró a la muchacha en mi granja, en el pastizal de atrás, debajo del enorme olmo, junto a mi esposa. Así que, después de todo, no tuve que volverá casarme.<br />
La señora Simms dijo que la chica ni siquiera era de Pennsylvania, como habíamos creído, sino de otro lugar llamado Transilvania, me parece.<br />
A veces, por las noches, incluso ahora, no sabéis cómo echo de menos a la muchacha. Cuando me siento solo, pienso mucho en ella, y recuerdo cómo le brillaba la luz de la luna sobre el cuerpo desnudo, volviéndose azul, y entonces no me importa un pimiento si era o no lo que la señora Simms dijo.<br />
Claro que el sheriff no se creyó una sola palabra y la acusó de asesinato. El móvil fueron los consejos espirituales que el reverendo le daba a la chica una vez por semana. Dicen que la declararon no culpable por enajenación mental y fue a parar a un manicomio. Si cuando entró no estaba loca, seguro que sí lo estaría diez años más tarde, cuando murió sin haber salido.<br />
Y juro por éstas que no me he inventado nada.</p>
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		<title>Luz antigua</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Nov 2009 23:52:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/11/El-cuento-d-ela-semana_-Luz-Antigua.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p style="text-align: left;">En el cuento de la semana este relato de José Luis Zárate, uno de los escritores mexicanos actuales más interesantes. Escribiendo siempre en el campo de la fantasía y la Ciencia Ficción, Zárate tiene cuentos y novelas muy interesantes. En España acaban de editar uno libro suyo , <em>La máscara del héroe</em>, que incluye tres de novelas, entre ellas: <em>La ruta del hielo y la sal</em> (aún no la he leído pero el tema suena muy interesante: nos relata lo que le sucedió al Démeter, <em> el barco que zarpo de Transilvania hacia Londres con Drácula dentro y cuya historia no llegamos a conocer en el gran libro de Bram Stoker).</em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Me gustan los escritores como José Luis y me gusta que haya escritores así en México. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Si quieren leer más de Zárate háganlo <a href="http://zarate.blogspot.com/">en su blog</a> o en su <a href="http://twitter.com/joseluiszarate">Twitter</a> o en su<a href="http://www.facebook.com/home.php#/joseluis.zarate?ref=search&amp;sid=1588269827.1098985948..1"> Facebook</a>. Si quieren algunos de sus libros, escríbanle a su blog, seguro les dice cómo conseguirlos. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Disfruten entonces de Luz Antigua. </em></p>
<p style="text-align: left;"><em>La foto de la mesera es de Flapweb, busquen más de él en su<a href="http://www.flickr.com/photos/billjeffries10/"> flickr</a><br />
</em></p>
<p style="text-align: left;"><em><br />
</em></p>
<p align="center">
<p align="center"><strong>LUZ ANTIGUA</strong></p>
<p style="text-align: center;">Por José Luis Zárate</p>
<p>Un dolor constante en algún punto de la espalda, los músculos tirantes del cuello, la boca seca y el hastío: el pago de tantas horas al volante.</p>
<p>Dios detuvo el motor y se quedó ahí, mirando el parador. Un lugar patético y grasiento a la espera de chóferes, viajeros, almas perdidas.</p>
<p>Debería bajar y entrar a hacer lo que tenía que hacer. ¿Porqué no? Al mal paso darle prisa. Ella estaba ahí.</p>
<p>Su esposa.</p>
<p>Ex-esposa, se recordó Dios. Ex. Esposa.</p>
<p>En el pecho una opresión, la punta de los dedos vibrando, ansiosa. Deseaba un trago, un cigarrillo, a ella de vuelta.</p>
<p>La piel también causa adicción.</p>
<p>Lo mejor era arrancar de nuevo, meterse a la ruta, dejando todo atrás, tal vez buscarse un hermoso y adecuado muro y dirigirse a toda velocidad a él.</p>
<p>Sin desearlo realmente miró a ninguna parte. Lejos, 3 o 4 kilómetros al sur, algo acababa de morir, pequeño e insignificante. Un gato.</p>
<p>La piel tibia bajo el despiadado sol, los ojos abiertos al resplandor. No tardarían en evaporarse, en convertir el globo ocular en una reseca membrana blanquecina.</p>
<p>El cuerpo cantaba: los mil sonidos de la descomposición al iniciarse, del cerebro al morir minutos después de que el cuerpo se había rendido ya, crepitando. Siseo de bacterias, de gases al expandirse, de sangre depositándose en el punto más bajo. Mil vidas iniciándose en los desechos, mil desapareciendo. Tanta actividad en lo inerte.</p>
<p>Tanta que danzaba en lo inmóvil.</p>
<p>Dios parpadeó un par de veces y dejó de ver todo ello. Ahí sólo estaba la ruta. Él asándose estúpidamente dentro del auto.</p>
<p>Suspiró antes de bajar del vehículo. Caminó sin prisa hacia la entrada, buscando un par de monedas en los gastados pantalones.</p>
<p>Un café, le diría a ella. Un café y un par de minutos, por favor.</p>
<p>No le quedaba moneda alguna.</p>
<p>Debería prescindir del café. Aparte de atención no podía suplicar por ese líquido horrible que preparaba, por un par de huevos fritos crujientes de grasa, los bocados que llevaba días sin probar.</p>
<p>Al menos la gasolina había alcanzado.</p>
<p>Era tanto lo que necesitaba&#8230; pero no iba pedirle mucho a ella.</p>
<p><em> Un par de minutos, linda, sólo necesito que toques mi frente y me digas que no sientes el fragor, el millón de voces ahí dentro, gritando, presionando, contenidas apenas por el hueso, por la piel llena de sudor, por tu mano.</em></p>
<p><em> Tócame y sálvame de mí mismo, linda. De mis sentidos.</em></p>
<p><em> Déjame hundirme en tu piel, amor, deja que sea lo único que exista.</em></p>
<p><em> No pido más.</em></p>
<p><em> Hunde tu mano en mí y deja llevármela.</em></p>
<p><em> Justo ¿no? ¿Qué es una mano a cambio de una vida?. </em>Mi<em> vida.</em></p>
<p>Tal vez sólo deba pedir el café, se dijo Dios al entrar.</p>
<p>Dentro, un par de ventiladores movía apenas la atmósfera caliente. El sol levantaba el aroma a plástico de los asientos, diluyéndose en el olor de la comida frita, del sudor del par de chóferes que se habían refugiado ahí, hartos de la ruta.</p>
<p>Ella anotaba las ordenes.</p>
<p>Dios la miró.</p>
<p>Hace un par de años, no era un lugar de desesperación y abandono. Sólo un sitio. Él iba a verla y los dos reían de chistes tontos en la barra.</p>
<p>Repasó los recuerdos como si fueran el cuerpo del gato muerto, y ahí estaban ellos, felices y enamorados, una imagen cubierta de amargura, resentimiento y dolor.</p>
<p>Eso somos, se dijo, M&amp;M´s de hiel, con un centro dulce. Cubiertos de tiempo y hechos y lo que hicimos de nuestras promesas.</p>
<p>Debería irse.</p>
<p>Ella no era esa mujer dulce y él ya no el que iba a verla cada tarde, al final de la ruta.</p>
<p>Yo Soy El Que Soy, se dijo. Por eso no iba a irse. Por qué debía decirle sobre el resplandor y el plano galáctico.</p>
<p>Tan sencillo como eso.</p>
<p>Debía saberlo.</p>
<p>Se sentó en un lugar, sin más compañía que un servilletero, y una tarjeta plástica del menú.</p>
<p>Carraspeó levemente y ella alzó la vista.</p>
<p>Se mantuvieron la mirada y ninguno pudo decirse que leyó en el otro.</p>
<p>Ella cerró su libreta, la metió en la bolsa del delantal y le dijo algo al de la cocina.</p>
<p>— Oh, por Dios — fue toda la respuesta, cargada de un tono más expresivo que esas tres palabras. “¿Por qué te haces esto? ¿para qué te molestas en hablarle siquiera? ¿no deseas que lo lance fuera de aquí? ¿por qué debo decirte algo que debería ser tan claro para ti?”</p>
<p>Ella se acercó, con la expresión de quien está agotado, hastiado, tal vez enfermo, pero sabe perfectamente que la larga jornada no ha hecho más que empezar.</p>
<p>Se acerca como si le hubieran servido un trago amargo que debe apurar, se dijo Dios.</p>
<p>Ella podía haber pedido que apartaran ese cáliz de sus labios, pero en lugar de ello se sentó frente a él.</p>
<p>— ¿Ahora qué, Carl?</p>
<p>Ojeras profundas, ojos enrojecidos. Ella tampoco dormía bien. ¿Por él? ¿penaba por él? ¿Por su lejanía o por las heridas frescas que dejó atrás?</p>
<p>Dios no pudo sostenerle la mirada, en cambio la dirigió afuera, a la carretera solitaria, el sol de mediodía, las corrientes del aire, esa cosa inasible que deslizaba sus mil extremidades obscenas a lo largo del continente, nadando entre la roca y la materia, supurando&#8230;</p>
<p>Tal vez fuera bueno que nadie más que él pudiera ver su piel enferma, varicosa, los parásitos adheridos  que ocasionalmente atrapaban algo vivo, para lamer su esencia.</p>
<p>La cosa había avanzado poco ese día, derivaba y Dios supo que estaba muriéndose.</p>
<p>¿Dónde iniciaría su multitudinaria corrupción?</p>
<p>Había mundos pudriéndose con lo invisible.</p>
<p>Mundos&#8230;</p>
<p>Supo entonces exactamente qué decirle.</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>Ella había dejado las manos sobre la mesa, él las tomo suave, cuidadosamente.</p>
<p>La miro a los ojos.</p>
<p>— La luz que llega a la tierra es luz vieja — dijo.</p>
<p>Ella trató de apartarse.</p>
<p>— Leemos en ella historias pasadas, vemos el cielo y lo vemos como fue millones de años atrás. Si todo hubiera estallado en llamas nosotros no lo sabríamos siquiera. Linda, nadie ve lo que es sino lo que fue. Como si al observarnos en este instante sólo vieran lo enamorados que estuvimos&#8230;</p>
<p>— ¿Qué&#8230;?</p>
<p>— Espera, escúchame. Necesito decírtelo. Necesito contarte algo porque me ahogo. Por que me estoy hundiendo y debo contárselo a alguien.</p>
<p>Abrió las manos. Ella libre de huir. Se quedo ahí, como siempre se quedaba.</p>
<p>Dios sintió que la amaba más que nunca y que ella estaba lejos de él. Mil veces lejos.</p>
<p>— La galaxia es como el gas, ¿sabes?, hay tan poca materia en su estructura que parece una voluta de humo, burbuja de jabón: planetas, soles, agujeros negros, cuásares, todo ello separado unos de otros, casi independientes. Pero a veces, muy a veces, pueden influenciarse unos a otros. Pueden incendiarse mutuamente. Se han calentado, mil supernovas agravaron el asunto. Y están incendiándose. ¿Sabes lo que es que una galaxia se incendie a sí misma?¿sabes cuántos mundos van a ver a lo que consideran el Universo entero estallar en llamas? Eso es lo que pasa, amor, eso es lo que sucede.</p>
<p>— No entiendo&#8230;</p>
<p>— ¿Sabes cuál es el problema? Que no recuerdo por qué lo hice. No recuerdo el porqué freí toda una sección del Todo.</p>
<p>Una lágrima se deslizó lentamente por el rostro de ella, y la galaxia perdió importancia.</p>
<p>— Oh, Carl&#8230; — suspiró la mujer</p>
<p>Lenta, cuidadosamente, los dedos de la mujer tocaron su rostro, buscando sin esperanzas en la piel de Dios, quien reconoció el gesto.</p>
<p>Así era como ella acariciaba las cosas rotas.</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>De alguna manera ella lo abrazó, en alguna forma fueron a casa. Dios quizá lloró todo el camino, hablándole de cómo el mundo entero danzaba en lo inmóvil, como un gato muerto, de las cosas que le decía su propia piel y del incesante estruendo de las esferas girando allá arriba.</p>
<p>Tal vez ella lo desnudó lentamente y lo ayudó a quitarse un poco del abandono que lo ahogaba.</p>
<p>Pudiera ser que le ofreció sus labios porqué lo sentía perdido, posiblemente le dio su cuerpo como un refugio.</p>
<p>Dios acarició la piel de la mujer, mientras sentía que se quebraba.</p>
<p>El universo entero cantando para él. Como había cantado siempre desde que lo creó, como cantaría hasta el final del tiempo.</p>
<p>Era hermoso y terrible, pero sobre todo, demasiado.</p>
<p>Hubo un momento en que las pequeñas cosas importaron más, el dolor del matrimonio roto y la pérdida  de ella importaron más, en que la voz de lo ido, de lo irremediablemente perdido, ahogó el fragor.</p>
<p>Ella cerró los ojos.</p>
<p>Dios se hundió en la carne de la mujer. Durante un terrible instante ella sintió que era dos seres, que Carl se había derretido dentro de su propia carne, no unidos por el sexo sino fusionados.</p>
<p>Gritó, no sabía si de placer, o miedo, o vértigo.</p>
<p>En ese instante infinito perdieron todo significado las galaxias&#8230; el choque&#8230; el canto&#8230;</p>
<p align="center">* * *</p>
<p>Dios abrió los ojos, se sintió cansado, triste, sucio de si mismo.</p>
<p>¿Porqué había permitido que pasara? ¿por qué dejo que el sexo fuera la última, única expresión de cariño, de piedad?</p>
<p>Se puso de pie. Se vio al espejo.</p>
<p>¿Por qué dejaba hablar siempre al cuerpo? ¿no era más que un receptáculo?</p>
<p>¿Por ello regresaba él, siempre a su piel?</p>
<p>Dios se puso su vestido, sintió algo duro en un bolsillo.</p>
<p>Aún estaba ahí el pedido del día anterior.</p>
<p>Dos ordenes de carne asada, un par de cervezas, leyó.</p>
<p>Dudo entre dejar dormir a Carl o despertarlo. ¿Debería dejarlo en su casa, las puertas abierta de nuevo para él?</p>
<p>¿Lo amo? se preguntó Dios, sintiendo — levemente — el semen del hombre dentro de su cuerpo.</p>
<p>Lo averiguaría luego.</p>
<p>Era hora de trabajar.</p>
<p>A su pesar levantó la vista: ahí, noche adentro, donde nadie más podía verlo, entre las estrellas: un leve resplandor que tardaría un millón de años en llegar.</p>

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		<title>La noche del blog</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Oct 2009 20:43:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[Y bien, les hablaré un poco de mí. Soy de color verde y sobre mis espaldas mi autor ha escrito y escrito: ha volcado sobre mí sus más profundos miedos, sus más vergonzosas confesiones y sus más intensos deseos. Ha escrito en mi piel desnudad sobre películas, sobre mujeres, sobre el metro, sobre perros, sobre Bob Dylan y sobre todo, ha escrito acerca de libros y escritores y, esta vez, lo ha hecho sobre FRANCISCO TARIO...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/10/la-noche-del-blog/"/>sigue leyendo</a>
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</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/10/La-noche-del-blog.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Heme aquí, uno más entre cientos de miles, tal vez millones. Apenas algunos cuantos de ustedes, supongo, se habrán encontrado conmigo  y me habrán dedicado al menos dos minutos entre esta multitud de seres que como yo, caminamos, corremos, dormimos en este máagnífico, infinito zócalo. Soy uno más, uno -esto lo sé con seguridad- de los menos conocidos entre todos mis hermanos. Pero yo también, igual que ellos, los más populares, a quines visitan miles, o tal vez millones de lectores, e igual también que los más pobres, los verdaderamente desconocidos, a quienes sólo visitan sus familiares, yo, tengo también mis sueños, mis esperanzas y mis ganas de vivir, o sobrevivir, quizás, siendo como soy, un minúsculo insecto entre este océano de seres.</p>
<p>Y bien, les hablaré un poco de mí. Soy de color verde y sobre mis espaldas mi autor ha escrito y escrito: ha volcado sobre mí sus más profundos miedos, sus más vergonzosas confesiones y sus más intensos deseos. Ha escrito en mi piel desnudad sobre películas, sobre mujeres, sobre el metro, sobre perros, sobre Bob Dylan y sobre todo, ha escrito acerca de libros y escritores y, ¡he aquí la razón por la cual hoy me atrevo a hablar! ¡ a verter mi personalísima opinión independientemente de mi autor! ¡Y es que estoy tan emocionado! Sobre mí, apenas antenoche, mi autor habló de un escritor que me ha hecho estremecer! ¡Un escritor tan imaginativo y de prosa tan brillante que no he podido resistir y  me he atrevido a, sin el permiso de mi autor, hablar de él y de la emoción que me embarga por qué sus palabras hayan sido comentadas en mi cuerpo! Sé también, además, que mis intenciones no son puramente altruistas, sé que muchos lectores me visitaran al encontrar el nombre de este escritor en ese monstruo del cual, todos nosotros, los blogs, dependemos cual si fuera un Dios. De ese monstruo que juzga lo que es interesante y lo que no y ante el cual todos temblamos suplicando su bondad y misericordia: Google, el gran buscador.</p>
<p>Bien, el nombre de este gran escritor es: FRANCISCO TARIO. Y lo digo así, en mayúsculas, porque mi autor y yo lo admiramos apenas leer el primer cuento de su primer libro: LA NOCHE. ¿Pueden imaginarlo?  El primer cuento de este brillantísimo libro lo narra un Féretro, eso, un Féretro -sí, un ataúd construido para dar descanso a los muertos- en primera persona, contándonos su vida y un penoso incidente que al final de la narración lo  deja profundamente confundido  y asqueado. Y así, cómo en este caso, en varios de los otros cuentos de <em>La noche</em>, otros personajes imposible nos hablan acerca de sus sentimientos y su visión del mundo: una Gallina, un Perro, un Buque que ha decidido sucumbir, un Vals y un Nocturno y un Traje Gris, además, claro, del Féretro.</p>
<p>Y bueno, no sólo esto es lo que más ha impresionado al autor de mis días. Me dijo, hace poco, que su fascinación por Tario (recién descubierto) se debía a la maravillosa prosa, llena de colores y sentimientos que plasma en su obra y, en este caso especial, en su libro <em>La noche</em>. Me dijo también que podía sentir, bajo cada narración de este escritor mexicano, una extraña mezcla de soledad y tristeza, pero también de amor, dulzura y esperanza. Y, por sobre todas las cosas, mi autor me confesó que después de haber leído este libro de Tario se había sentido muy orgulloso de que un escritor como él fuera mexicano. Se sintió orgulloso de que un escritor cómo Tario, en los años cuarentas, hubiera escrito este libro amoroso y enloquecido cuando a muchos de sus contemporáneos sólo les interesaba escribir de la revolución o de una obsesiva búsqueda de la identidad mexicana. Y sin embargo, me contó también mi autor-al parecer bastante informado- que ni entonces, ni ahora en estos días, se ha reconocido, cual es debido, el trabajo de Francisco Tario.</p>
<p>A partir pues, de los chismes que me contó mi autor sobre este extraño escritor, yo, por mis propios medios, hice algunas investigaciones en este zócalo electrónico atestado de gente como yo y de pedazos de bits e información. Ahí, usando mis contactos, encontré a otros de mis hermanos quienes me hablaron más sobre éste extraño personaje y brillante escritor. Me dijeron que había nacido en la Ciudad de México en 1911, que había sido portero profesional durante varios años en el equipo Asturias, que era pianista, que tenía un cine en Acapulco y que estaba casado con la mujer más guapa de México. Me enteré también que los libros de Tario eran muy poco conocidos y que su nombre acaso aparecía en las listas de resultados de nuestra terrible Divinidad Monstruosa. Acaso cuatro o cinco referencias, en las que, se decía, Tario era un autor de culto, muy poco conocido y valorado.</p>
<p>Sin embargo, no todo fueron malas noticias, me enteré, del mismo modo, que en fechas recientes una atrevida editorial (Lectorum) había sacado sus cuentos completos y que estos se podían encontrar fácilmente en cualquier librería a más o menos 100 pesos.</p>
<p>Bueno. Se ha hecho ya muy tarde y, aunque ninguno de nosotros dormimos -al menos que nos enfermemos y estemos fuera de servicio por una caída del servidor o algo parecido- yo estoy ya agotado por el esfuerzo que me implica comunicarme por cuenta propia, sin mi autor. ¡Pero aunque cansado estoy muy contento de haberles hablado de este escritor y poder compartir con ustedes el siguiente cuento de su libro <em>La noche</em>!</p>
<p style="text-align: center;"><strong>La noche del perro</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Francisco Tario<br />
</strong></p>
<p>Mi amo se está muriendo. Se está muriendo solo, sobre su catre duro, en esta helada buhardilla, adonde penetra la nieve.</p>
<p>Mi amo es un poeta enfermo, joven, muy triste, y tan pálido como un cirio.</p>
<p>Se muere así, como vivió desde que lo conozco: silenciosamente, dulcemente, sin un grito ni una protesta, temblando de frío entre las sábanas rotas. Y lo veo morir y no puedo impedirlo porque soy un perro. Si fuera un hombre, me lanzaría ahora mismo al arroyo, asaltaría al primer transeúnte que pasara, le robaría la cartera e iría corriendo a buscar a un médico. Pero soy perro, y, aunque nuestra alma es infinita, no puedo sino arrimarme al amo, mover la cola o las orejas, y mirarlo con mis ojos estúpidos, repletos de lágrimas.</p>
<p>Quisiera al menos hablarle, consolarle, pues sé que aunque es muy desgraciado, ama la vida, las cosas bellas y claras, el agua, los árboles&#8230;</p>
<p>Está tísico y morirá irremediablemente. Yo también lo estoy, pero ello importa poco. Él es un poeta, y yo un perro de la calle. Un perro —como hay tantos— a quien el poeta mantiene y cuida a costa de tremendos sacrificios; un perro que, una cruda noche de invierno, lo asaltó a la puerta de un tugurio, medio muerto de hambre y de fiebre. Me tomó entonces consigo, me condujo a su casa, encendió la estufa y se asomó a mis ojos intranquilamente. Adiviné al punto sus propósitos. Me dijo:</p>
<p>—¿Quieres ser mi amigo?</p>
<p>Aquella noche —y otras muchas— me cedió su leche, su pan duro, sus mantas viejas. Sin embargo, no logré conciliar el sueño, agobiado por la melancolía más terrible.</p>
<p>&#8220;¿Qué podría yo hacer para ayudar a este hombre?&#8221; —me preguntaba continuamente.</p>
<p>Y esta alma buena que llevamos todos los perros dentro me aconsejó al instante:</p>
<p>&#8220;Seguirlo siempre a donde vaya.&#8221;</p>
<p>Así lo he hecho. No me he apartado de él un segundo. Conozco, pues, todas sus penurias, sus íntimas alegrías, sus versos; conozco su enfermedad, sus pensamientos, sus dudas y todas sus zozobras. Mientras escribe, me acurruco entre sus pies y no oso respirar; mientras duerme, yo duermo; cuando no come, no como yo tampoco; cuando sale a pasear, lo acompaño siempre; vamos muy juntos —él delante, yo detrás— a la orilla del río solitario, durante los atardeceres del estío. Cuando entra a alguna taberna lo aguardo en la puerta y, si sale borracho, lo guío, lo guío a través de los callejones obscuros, tortuosos.</p>
<p>Desdichadamente, el alcohol produce en su organismo desastrosos efectos. En vez de tumbarse a dormir, según acostumbran a hacer otros hombres que conozco, se exaspera, se enfurece. Escribe y rasga luego los papeles; golpea los muebles con sus puños; se asoma a la ventana y gime; desgarra las sábanas y lo destroza todo. Yo escapo hacia cualquier refugio, pero él me busca y, al encontrarme, se quita el cinto, lo sacude en el aire y, con las fuerzas de que es capaz, comienza a golpearme bárbaramente, despiadadamente, hasta hacerme sangrar por la boca.</p>
<p>—¡Bestia! ¡Bestia! —me grita.</p>
<p>Y yo callo sin moverme, soportando los golpes. Veo chorrear mi sangre y me bebo las lágrimas. No protesto. Ni un gruñido impertinente, ni una sola actitud de rebeldía. Pienso en su rostro tan pálido, en sus pulmones enfermos, en su mirada tan honda, y me digo:</p>
<p>&#8220;Amalo, ámalo aunque te duelan los golpes.&#8221;</p>
<p>Y lo amo. ¡Cómo no he de amarlo! Lo amo como a mi propia vida.</p>
<p>Más tarde, sofocado, febril, castañeteando los dientes, se deja caer sobre el catre. Yo salto a su lado y, él, acogiéndome entre sus brazos frágiles, rompe a llorar desesperadamente. —Mi Teddy, mi pobre Teddy&#8230; —me dice. Entonces moja en agua su pañuelo sucio y me va limpiando, una a una, las heridas. A continuación, quita las mantas del lecho, cubriéndome con ellas.</p>
<p>—¡Duerme! —prorrumpe sollozando—. No soy sino un malvado borracho. ¿Me perdonas?</p>
<p>Por complacerlo únicamente finjo dormir; pero escucho, escucho los poemas que él me ha escrito y que repite a gritos por la buhardilla, secándose las lágrimas con la manga.</p>
<p>Mi amo se está muriendo, y, como soy un perro, no acierto a impedirlo. No puedo secar el sudor de su frente; no puedo espantar la fiebre que lo consume; no puedo aliviar su respiración ahogada; no puedo ofrecerle ni un vaso de agua. ¡Qué silencio más horrendo el de esta noche de diciembre! ¡Qué quietud y qué nieve más espantosas! ¡Qué infamia la vida! Y yo, un perro, un triste ser inútil, incapaz de algo importante.</p>
<p>Si supiera hablar, le diría:</p>
<p>&#8220;Perdóname por haber nacido perro. Perdóname por no poder hacer otra cosa que verte morir. Perdóname. Pero te amo, te amo con un amor como no hay otro sobre la Tierra; como es incapaz de comprender el hombre&#8230; el hombre, salvo tú, mi amo. ¡Si supieras las lágrimas que he derramado, viendo el pan duro y la leche agria que almuerzas! ¡Si supieras qué noches de insomnio he pasado bajo tu catre oyéndote toser, toser implacablemente, con esa tos seca y breve que me duele más que todos los golpes sufridos! ¡Si supieras —cuando escapaba de tu lado— cuántas calles he recorrido en busca de un mendrugo, con la esperanza de no quitarte a ti una sola migaja de tu alimento! ¡Si supieras qué enfermo me siento y qué triste! Yo también estoy tísico. Yo también moriré pronto; y si tú mueres, me alegro de hacerlo juntos&#8230; ¡Ay! Si tuvieras hijos, mi amo, ellos serían jóvenes y tendrían, a pesar de tu muerte, regocijos mayores que su pesadumbre. Si tuvieras mujer, te olvidaría pronto por otro hombre. Si tuvieras padres, pensarían en sus otros hijos. Si tuvieras amigos, tendrían ellos otros amigos&#8230;Tu perro, en cambio, no tiene a nadie sino a ti. Ningunos ojos lo miran, que los tuyos; nadie le sonríe, sino tú; sólo tu calor le alivia; a nadie sigue, sino a ti. Morirás, y él no comerá más, no dormirá más; se entregará a su dolor. ¡Si supieras cómo te amo, te amo!&#8221;</p>
<p>Pero no sé hablar. Sólo sé menear la cola y llorar con mis lágrimas estériles. ¿Me permites acariciarte?</p>
<p>Como de costumbre, mi dueño me comprende. Y con esa sensibilidad prodigiosa de poeta y tísico, penetra hasta mis más tenues reflexiones. Me pide ahora, con una voz que escasamente distingo:</p>
<p>—Súbete, Teddy.</p>
<p>Salto y me enrosco junto a él, a sabiendas de que no le inspiro ningún asco. Me espantan, en cambio, sus ojos.</p>
<p>&#8220;Es la muerte&#8221; —adivino.</p>
<p>Y lo es.</p>
<p>¡Los perros nunca erramos a este respecto! Nuestra mirada ahonda más allá que la de los hombres. Nuestro olfato es más sutil. Tenemos, por otra parte, un don espléndido: la adivinación. Y así es que descubrimos a la muerte, por mucho que ella se esconda: la presentimos en las tinieblas, encaramada sobre las cercas, bajo los puentes, durante las ferias, en la niebla&#8230;</p>
<p>Él me dice:</p>
<p>—Tengo frío, Teddy.</p>
<p>Me contraigo aún más y, disimuladamente, esforzándome por no preocuparlo demasiado, le suministro calor con mi aliento. Noto sus manos heladas, flácidas, inmóviles, y evoco esos jardines tan risueños que existen al pie de los palacios y en cuyos macizos crecen altos y frescos los lirios. ¡Pobres manos de poeta! ¡Pobres flores! Pronto, pronto, se cerrarán para siempre.</p>
<p>—Me estoy muriendo —gimes</p>
<p>Respira, con el rostro en alto, y agrega:</p>
<p>—Te quedarás, pues, tan sólito&#8230;</p>
<p>Señala con gran trabajo la ventana negra. Me oprime el lomo.</p>
<p>—¿Nos volveremos a ver en algún sitio?</p>
<p>Callamos. Cae sobre el tejado la nieve, silba el viento doloridamente, y yo pienso con angustia en todos los perros del universo: en mis camaradas buenos, la mayoría tan melancólicos, abrumados por esta alma nuestra que nos han dado, demasiado grande por cierto para unos miserables seres que no hablan ni escriben.</p>
<p>—Tengo frío —repite el amo—. Es un frío terrible, créeme.</p>
<p>Y luego:</p>
<p>—Cuenta, mi pobre amigo, qué vas a hacer cuando yo esté en el pozo. Dime con quién te irás, en quién piensas ir dejando esa bondad admirable que no te cabe dentro del pecho&#8230; Dime a quién vas a mirar con tus ojos verdes, vivos. Dime quién va a ser tu compañero entonces&#8230;</p>
<p>Yo lloro, sin reprimirme.</p>
<p>—¿Te irás, quizá, con algún borracho de esos que maltratan a los animales?</p>
<p>—Callo.</p>
<p>—¿Te irás, di, y me olvidarás? ¿Te olvidarás de este pobre poeta muerto?</p>
<p>Se endereza y vuelve a caer. Tose, tose y solloza, con sus negros ojos extáticos, perdidos en la última noche. Me aprisiona contra él. Hunde sus uñas en mí. Me hiere. Ya no sabe acariciarme. Ya no comprende el placer, la ternura, el dolor. No comprende nada de lo que comprendía tan bien antes. Va olvidándolo todo, trastornándolo todo, todo menos mi nombre.</p>
<p>—Teddy&#8230; Teddy&#8230; Teddy&#8230;</p>
<p>Y se muere.</p>
<p>Nadie podrá creerme, pero es tan inmensa mi soledad y mi horror en estos momentos ¡que para qué mentir ya!</p>
<p>Yo le cerré los ojos cuidadosamente, sin arañarlo, como si tocara una hostia. Yo le cerré la boca y lo cubrí todo entero con las sábanas. Después, tomando entre mis dientes un haz de flores secas y de versos, se los regué encima así, esparcidos por el catre, igual que una bendita nevada. Hecho esto, huí hacia el rincón más cercano —donde duermo a veces— y rompí a aullar, a aullar con el cuello tieso y el alma hecha pedazos, consumiendo las últimas fuerzas de que dispongo.</p>
<p>Cuando los perros aullan, sé que los hombres se asustan: no, no hay nada qué temer. Los perros aullamos del mismo modo que los hombres lloran y hacen otras cosas. Es un hecho sin importancia, enteramente natural, y que a nadie atañe, sino a nosotros mismos. Por ejemplo, yo aúllo ahora porque me encuentro solo, porque siento frío aquí dentro y porque me voy a morir muy pronto. En cuanto lleve a mi amo al camposanto.</p>
<p>Nadie, sino yo, asistió al entierro. Nadie, sino yo, lo vio bajar al pozo, desaparecer bajo la tierra suelta&#8230;Y lo he dejado allí, metido en un cajón negro, solo, sin una luz ni una manta. Solo, como no debiera dejarse ni a un perro.</p>
<p>&#8220;¡Qué ignominia es la vida! —pienso mientras camino. Y el cementerio queda atrás, coronado por la niebla—. ¡Qué cosa más frágil y cruel! ¡Qué soledad tan pavorosa la de los que se mueren! ¡Qué soledad y negrura las de mi amo! ¡Y cómo amaba la luz, el río, las hojas verdes y luminosas! ¡Cómo temía a la muerte!&#8221;</p>
<p>Cierta vez me dijo:</p>
<p>—Quisiera morir en mitad del mar, ahogado de luz y agua.</p>
<p>Como estaba tísico, le horrorizaba esa cosa apretada y dura que es la fosa.</p>
<p>—¿Quién podrá respirar allí, mi buen Teddy?</p>
<p>Pues allí está. Allí, donde lo han echado ahora. Donde la humedad penetra y el sol no. Y sus blancas manos de poeta —sus manos llenas de lágrimas y versos— pronto serán unas impuras raíces, retorcidas como dos culebras. Igual, igual que si jamás hubieran vivido. ¡Qué abandono el mío también! ¡Qué oprobio!</p>
<p>Súbitamente, cuando más abstraído caminaba bajo las hojas que caían, pierdo la noción de las cosas y ruedo largo trecho sobre las piedras. No acierto a descifrar nada, ni escucho otra cosa que el batir anhelante de mi corazón contra el pecho: es sólo por esto último que comprendo que no he muerto. Pero, ¿y esa gente? ¿Y esta lluvia que me duele tanto?</p>
<p>Voy abriendo poco a poco los ojos, notando que sólo uno de ellos me sirve; con el otro distingo apenas un manchón rojo y difuso que palpita o gira, formando círculos luminosos&#8230; Siento el vientre como una inmensa boca abierta. Veo pies de hombres, de mujeres, de niños descalzos. Una chimenea alta y negra que humea sobre el cielo gris de la tarde. Un carruaje&#8230; otro&#8230;</p>
<p>Percibo, demasiado remoto:</p>
<p>—Iba por ahí y lo mató aquel carro.</p>
<p>Descubro al asesino, saltando sobre las charcos. Oigo claxons, claxons, claxons. Y, de pronto, un policía que llega, bestial como un gigante, aparta al grupo de curiosos.</p>
<p>—¿Qué ocurre? —indaga muy fríamente.</p>
<p>—Un perro —contesta alguien.</p>
<p>Y el policía, con su bota de tachuelas, me arroja de tres puntapiés a la cuneta.</p>
<p>Como estoy tísico, muero de frío al amanecer.</p>

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