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	<title>Diario de un chico trabajador &#187; Muerte</title>
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		<title>Ayuda para terminar un cuento de zombis</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Sep 2011 00:06:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace algunos meses empecé a escribir este cuento. Tiene cosas que me gustan, pero definitivamente no está  no está terminado. Se trata de un zombi enamorado que de pronto siente asco por la carne humana. Lo malo es que la chica-zombi por la que suspira odia a esa nueva corriente de zombis-hippies-vegetarianos que intentan construir un nuevo mundo. En pocas palabras ese es conflicto. Lo que me gusta...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2011/09/un-cuento-de-zombis/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><div class="divider_basic"></div>Hace algunos meses empecé a escribir este cuento. Tiene cosas que me gustan, pero definitivamente no está  no está terminado. Se trata de un zombi enamorado que de pronto siente asco por la carne humana. Lo malo es que la chica-zombi por la que suspira odia a esa nueva corriente de zombis-hippies-vegetarianos que intentan construir un nuevo mundo. En pocas palabras ese es conflicto. Lo que me gusta, y me parece es el corazón del cuento, es cómo a veces nos aferramos a algo, a una chica a un ideal, a una deseo, y con tal de encajar ahí nos alejamos de nosotros mismos; apretamos y apretamos para embonar pero&#8230;. ahhhgg, es imposible deformarnos tanto y el cuerpo empieza a rechinar y a gruñir y a quejarse, pero nosotros estamos ciegos y seguimos empujando&#8230;</p>
<p>La propuesta, y para hacerla es que me he aventado todo el párrafo de aquí arriba, es que me ayuden a terminarlo. ¡Estoy buscando un coautor para este cuento! Sí creen que puede salir algo bueno de este borrador, los invito a que lo terminen, modifiquen, añadan párrafos, personajes, o lo que se les ocurra y peguen su versión del cuento terminado aquí abajo en los comentarios. Por supuesto, si les gusta el resultado final, el cuento será de los dos, la mitad mio y la otra mitad del nuevo escritor. ¡al final tendremos un montón de cuentos de zombis, todos generados a partir de unas cuentas líneas! Si quieren cambiar el estilo, el tono, el idioma o lo que sea, háganlo. Al final pueden quedarse con el cuento e incluirlo en cualquier cosa que estén haciendo, o publicarlo en su blog, siempre que me den el crédito d ela mitad de la chamba. Yo escogeré uno de los textos para un proyecto de un libro de cuentos y, obviamente, aparecerá ahí el nombre del coautor.</p>
<p>Sí de plano creen que esta idea está de hueva o que el texto no vale mucho la pena, igual pueden dejarme cualquier comentario, crítica o lo que sea.</p>
<p>¿Cómo ven, suena interesante? ¡Ayúdenme a terminarlo!</p>
<p>Por cierto, antes de que lean el cuento, aprovecho para invitarlos a usar PunchTab. ¿Y qué chingados es eso, me dirán? Pues es el pequeño listo rojo que ven desplegarse en la parte inferior izquierda de este blog y que dice &#8220;rewards&#8221;. Se trata de un programa para recompensar a los lectores de mi blog y a la gente que interactuan en el Diario de un chico trabajador. A partir de ahora, por cada vez que visiten el sitio, o dejen un comentario, o tuiteen un post o compartan un artículo en Facebook, PunchTab les dará puntos, (100 por cada cosa, más o manos). Al llegar a cierto numero de puntos, ganarán automáticamente un regalo, pequeño tal vez, pero un regalo (una tarjeta de 15 dólares de amazon o best buy o algo parecido &#8211; los premios varian mes con mes-). Poco a poco iré mejorando los premios así que, no sean gachos y dejen sus comentarios y den click a donde quiera que vean, dentro del post, el listón rojo, y de paso, gánense unos buenos puntachos.</p>
<p>Óra sí, ahí va el cuento.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>DIETA</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No, no se trata de eso.</p>
<p>No es que me uniera  a uno de esos grupos de New Age que reniegan de sí mismos.</p>
<p>No. Para nada.</p>
<p>Con esto no quiero cambiar el mundo, ni protestar contra nada, ni renegar de mi propia naturaleza.</p>
<p>Lo digo en serio.</p>
<p>Sólo es algo que me ocurrió.</p>
<p>Una noche después de salir a buscar comida.</p>
<p>Esa vez conseguimos a un tipo calvo y lleno de grasa que iba con su hija, una flaquita de trenzas rubias.</p>
<p>Mientras comíamos, Vivian y yo estábamos hablando un poco del amor, y un poco burlándonos de esos idiotas que intentan cambiar y que pretenden volverse mejores zombis, más compasivos y dejar de comer carne humana, cuando, al morder un trozo del pulmón de la niña de trenzas, sentí un profundo asco.</p>
<p>¡Ahhggg! ¡Nunca había probado algo así! Los pulmones siempre habían sido mis piezas favoritas y ahora, de la nada, me sabían peor que esas horribles comidas que esos hippies New zombis preparan con vegetales para imitar la carne humana.</p>
<p>Peor que eso, mucho peor.</p>
<p>Y vomité. Y Vivian se me quedó viendo estupefacta. No lo podía creer. Se rió de mí. Me empezó a molestar, me decía: “¡Hippie, hippie, pronto terminarás pastando  como todo esas vacas estúpidas, jajaja!”.</p>
<p>Me sentí muy mal. Desde hace mucho Vivian me gustaba (su precioso ojo azul colgándole hasta su mejilla perfecta, los pedazos casi violetas de esternón que se le salían del vientre, los dientes negros, cafés, rojos, maravillosamente podridos). Y siempre que podía trataba de impresionarla.</p>
<p>Una vez, tan sólo para demostrarle lo fuerte que era, capturé a tres inmensos cuatrillizos, y para cuando ella había llegado al lugar donde la cité, ya les había abierto el cráneo y dispuestos su cerebros para que la delicada Vivian los comiera sin la lata de tener que quebrarles el cráneo (a veces, cuando a uno se le hace agua la boca, es desesperante no tener a la mano ninguno de esos instrumentos especiales para la tarea).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así que ahora estoy en una encrucijada.</p>
<p>He tenido que alejarme de Vivian.</p>
<p>Al principio, luego de la primer experiencia con mi cambio de gusto, intenté fingir que el sabor me seguía resultando bueno.</p>
<p>Cuando comíamos juntos actuaba como si me llevara a la boca el manjar más exquisito.</p>
<p>Lo logré durante unos días.</p>
<p>Pero, vahhh, no pude hacerlo muy bien. ¡El sabor era realmente insoportable!</p>
<p>Vivian se dio cuenta, se burló, me dijo que era un estúpido y se fue con una de esas pandillas de locos motorizados, porque, según ella, ellos si eran verdaderos zombis.</p>
<p>Yo me he quedado en medio de todo. Solo.</p>
<p>Extraño a Vivian. Pensé que juntos, algún día,  talvez podríamos formar una familia.</p>
<p>Estoy desesperado.</p>
<p>A veces (debo confesarlo), me siento tan sólo y hambriento que me aproximo tímidamente, sin atreverme a acercar demasiado, a los campamentos de esos nuevos zombies que quieren cambiar el mundo; los observo sorprendido, veo su cabello cayéndoles hasta los hombros, sus caras ligeras, sonrientes, llenas de sueños.</p>
<p>La foto que ilustra esta entrada es</p>

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		<title>Hace 12 años</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Feb 2011 23:09:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace 12 años escribía y me masturbaba casi todos los días. Me sentía chiquito y tenía la cara y el cuerpo un poco gordos. En la noche, o en la tarde, (casi siempre después de masturbarme, o al mismo tiempo) agarraba una pluma y me ponía a escribir las cosas que había visto durante el día. No era un diario en sí, y no tenía una forma muy concreta, pero después de unos meses se me ocurrió que podía juntar todos esos fragmentos sueltos y hacerlos una novela. La llamé "Buscando Guayaba"...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2011/02/hace-12-anos"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace 12 años escribía y me masturbaba casi todos los días. Me sentía chiquito y tenía la cara y el cuerpo un poco gordos. En la noche, o en la tarde, (casi siempre después de masturbarme, o al mismo tiempo) agarraba una pluma y me ponía a escribir las cosas que había visto durante el día. No era un diario en sí, y no tenía una forma muy concreta, pero después de unos meses se me ocurrió que podía juntar todos esos fragmentos sueltos y hacerlos una novela. La llamé &#8220;Buscando Guayaba&#8221;. Hoy, después de haberme echo miles de chaquetas más (por supuesto, no específicamente hoy) y haber escritos miles de páginas más, la encontré en una carpeta olvidada en mi computadora. Me gusta leerla. No era un gran escritor pero creo que escribía con fuerza, con coraje, dolor y velocidad. No entiendo a todos esos viejitos escritores consagrados que se regodean hablando de lo impecables que son, y como destruyen todas las cosas que escriben que no sean perfectas, por sí, en un futuro, después de que les den el premio Nobel, alguien las descubren en un cajón y los avergüenza publicándolas, manchando la inmaculada obra que habían planeado durante tanto tiempo.<br />
A mi me gusta cómo escribía entonces, lo ingenuo, rebuscado, rápido, extraño, inentendible y fuerte que escribía a los 17 años, cuando no había tomado ni una sola clase de estructura, estilo o redacción  y había leído a muy pocos autores.</p>
<p>Quiero aprovechar esta entrada para añadir un fragmento de &#8220;Buscando Guayaba&#8221;. Si tienen tiempo léanlo y díganme que les parece. (no he corregido ni un acento ni una sola coma)</p>
<p>(¡Estoy emocionado porque después de tanto años alguien pueda leerla, aunque sea un cachito!)</p>
<p><strong>&#8230;Buscando Guayaba, página 8 de 144</strong></p>
<p>&#8212;<br />
11: 40 peeme</p>
<p>Aquí empieza; una libreta pequeña con la ilustración de un perro con un niño sonriente en la portada. Los primeros días de Junio en el hospital.<br />
Fuera la noche amenaza con lluvia muy contraría a las despejadas nubes con aviones cruzándolas que hace unas horas contemplaba  desde la ventana en el hotel en la cama 319 donde mi abuelo se recupera de una repentina intervención quirúrgica; la panorámica que domina los ojos de los enfermos cuyas camas apuntan hacía esa dirección es, es sobria pero inspiradora; los tejados gigantes y rojo sangre disminuido, los árboles batiéndose noblísimos y los edificios de arquitectura moderna.<br />
Pero al otro lado del hospital, el que se inclina sobre una avenida de nombre que desconozco, la vista es bastante diferente; un panteón que supongo es como cualquier otro; las cruces imperantes, las flores secas  y las inscripciones que encargan “al señor” tengan a los difuntos en su “santa gloria”.<br />
Bien, mi abuelo sigue acostado en mucho mejor estado que el que presentaba hace una semana. Lo habían ingresado inesperadamente por un problema de vesícula y, luego de la operación primera termina en terapia intensiva, UCI por las siglas que significan unidad de cuidados intensivos.  Durante la operación que se pensaba se desarrollaría  a la perfección, sucedió: Mi abuelo perdiendo sangre, sangre vital, sangre líquida, sangre roja. La descompensación acelera los latidos y hace que la presión disminuya. Doctores decidiendo cancelar la cirugía, mi abuelo con un tubo conectado a los pulmones y transfusiones de plaquetas.<br />
Pero eso ocurría 8 días atrás y ahora, en la parte final, estoy aquí.  Me tiendo en el reposet negro junto a su cama con ganas de prender un Marlboro rojo o de bajar a por un café a las máquinas de 3$.<br />
Ese nuevo hábito lo he adquirido aquí, en el hospital de especialidades del centro médico para, según yo, alejar un tanto el sueño. En otras circunstancias no hace falta; desvelarte en tu cuarto leyendo o escribiendo. Aquí la presencia de la muerte se convierte en una rarísima picazón que nace en el lecho de mis intestinos expandiéndose a los brazos acelerados y al corazón.</p>
<p>Es patente la posibilidad de que mañana corran a mi abuelo de este hotel, de dos estrellas quizá, con escasos, muy escasos turistas. Esta noche, al parecer la última en este lugar, se abalanza como el momento perfecto para excavar. Para plasmar a la enferma que sigue despierta en su cama, que aparenta tener mi edad y que con su cuerpo ultra delgado y la mirada contagiosa da muestras de tener esperanzas. Curación diaria de herida abierta.<br />
Excavar en minusválidas conclusiones que no me llevarán a nada.<br />
Salgo, cruzo los pasillos y contengo la mirada para que no se cruce con los ojos de los pacientes que quisieran estar en mi lugar. Veo a la vigilánta de unos 22 años y copete gigante y chiquita y morena que se aburre leyendo un tv notas. Veo a dos señoras envueltas en cobijas acostadas en el piso entre la sala de espera de sillas plásticas azules. Veo el televisor encendido en un talkshow donde una perra desgraciada vestida de conductora insulta a una panelista porque, mientras su marido &#8211; un cuarentón peruano- sufría los fríos que le dejaron las consecuencias de un accidente donde se rompió un brazo y una pierna, ella, disfrutaba de la comprensión y el amor y el sexo de un desconocido que conoció en el “paradero”.<br />
Estos talkshows son generalmente divertidos; una formula exitosa; exponer nuestras miserias ante una pantalla querida y entrañable de súper definición. Un supuesto juez parcial. Jajajaja. Señores vueltos locos que dejaron a sus amantes asiáticos por relucientes Drag queens del oeste norte americano. Señores anunciando “mi mujer es marimacho”. Y ni siquiera marimacha. Suegras metiches, alcohólicos arrepentidos, transexuales cristianos&#8230;</p>
<p>Presiono el botón del elevador. Grandeza predispuesta para las medidas de la camilla&#8230; primer piso, segundo piso, tercer piso&#8230; planta baja y bajo y atravieso la sala de urgencias- que es la más llena. Afuera el aire continúa siendo fresco pero, hasta este instante, la lluvia no ingresa en la atmósfera sombría y sobrecargada de sentimientos que circunda el hospital&#8230;</p>
<p>1 aeme</p>
<p>Tendido en el suelo con una cobija sobre periódicos de aviso oportuno con el fondo de los lamentos ligeros, tristes, indescifrables de una mujer y un bolero de Luis Miguel que zumban a un volumen no perturbador en él modulo de las jefas de piso, respiro profundamente.<br />
Los pasos secos de las enfermeras y las flemas del enfermo de al lado. Delante de mí, si fijo la vista, veo a través de la pared de vidrio de la parte inferior las bolsas de desechos diarreicos  y los amarillísimos orines del señor de enfrente; los quejidos de la mujer aumentan en intensidad y dolor y la voz del enfermo contiguo platica tópicos insignificantes a su hijo de bigote que, a suponer, es el primogénito.<br />
El Hospital está desierto, la vigilante duerme y yo, abro la puerta tratando de no importunar su sueño de telenovela y acceder a la sala de espera en la que la luz fuerte y el silencio abrasador dominan todo. Doy vuelta a lo largo y ancho del tercer piso; otras tres salas de espera vacías con televisiones no prendidas. Intento prender un cigarrillo a pesar de tener  a la vista un claro letrero de no fumar  con él tache sobre el tubito de tabaco de papel arroz. Me siento nervioso y no consigo alejar el número de la cantidad de espíritus  que deambulan inquietos en esta zona.<br />
Lucía me habla de eso.<br />
Los quejidos de la mujer son más fuertes.<br />
Lucía dice que puede sentir tantas energías, que necesita bloquearse. Logran transmitirle sus problemas, las siente, los siente a su alrededor, los ve como el niño de sexto sentido.</p>
<p>Una fantasía con una enfermera o con una conocida vestida de enfermera desquitada en el solitario baño en este hospital. Esto es el colmo. Al regresar al 319 del pasillo segundo en el lujoso hotel del centro médico, mientras sentado en la silla escribo, una canción que bien podría ser deprimente o melancólica según los ánimos, se filtra abrazando los techos de los cuartos de recuperación: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto, gracias a la vida&#8230;” La vos del cantante, un Pedro algo, es bienvenida por sobre los latidos de las máquinas de pulso y el cerco de gemidos y silencio. Mensaje emocional. Enfermos decidiendo el momento de partir, gracias a la vida, gracias  a la vida que me  a tratado como cerdo, gracias  a la vida que me ha mantenido enfermo desde hace ya 4 años, gracias a la vida que me quito el riñón y una pierna y que permite que mis hijos estén peor que yo viviendo una vida más jodida que la que cualquier perro callejero vive, gracias a la vida falta de vitaminas  y esperanza, gracias a la vida que me ha dado tanto.<br />
La mujer que gime, podría entender la letra y agradecer  a la vida&#8230;<br />
Hablando de lo desconocido, de los entes vagabundos pululando en el centro médico, vagando en el metro, entre nosotros. El alma del Poodle fenecido la semana pasada orinando mi pierna&#8230;  El cachorro temblaba en el avión sin entender las circunstancias. Su jaula de color liso pastel&#8230;<br />
Después de aterrizar, en el control de equipaje el animal encuentra el momento oportuno para correr&#8230; cruza las salas de llegada nacional enfilándose por las calles que desembocan en la entrada de la estación terminal aérea. Pasa por debajo del pasamanos en la entrada del metro, pasa el puesto de revistas, pasa los andenes, aún tiembla&#8230; se lanza a las vías y, rápido, improvisando, se para y menea la cola gustosa, emotivamente. El público le ve. Mover la cola. Sacar la lengua. “Aviéntate. Mira, lo tenemos a un metro, si, las barras gruesas de en medio son las que tienen corriente. No, aviéntate”&#8230; El Poodle sigue luciendo con desparpajo su corte de pelo a la Luis XV&#8230; el olor a bisquets y comida rápida que inunda el metro&#8230; las barras gruesas y el chillido lejano de electrocución prematura. La lengua negra y el inmediato sonido asfixiante del vagón que se aproxima&#8230;</p>
<p>Cuando entré al baño con la enfermera, una vez se hubo esfumado, me dispuse a orinar. Me sentía observado, me limpié. Hay un letrero escrito a plumón negro que es dueño y señor de la escena: “Te mamo la verga peluda, grande y lechosa. Háblame a este teléfono”. Otro mensaje, fuera del baño y tallado con algún fiérro reposa entre semejantes en el barandal de madera que limita cierta parte de una estructura cuadrangular: “Jesús, te odio, desgraciado”. La firma está únicamente compuesta por iniciales, fechada el 16 del 06 del 97. No sé si ese Jesús es un hijo cualquiera o es el mismísimo hijo de dios. Podría ser;  En un arranque de histeria Pablo &#8211; el de las iniciales- talla el recado decepcionado de la religión y francamente dolido por la perdida de su hermana menor de 17 años. “Solo tenía 17 años”. Ayer un coche negro sin placas mató a un joven ciclista que iría a Sydney. Destino.<br />
Si ese Jesús es el mismísimo hijo de dios la ecuación se traduce en:  Una oveja descarriada más o, un conciente que se atiene a los caminos de la razón y no insiste en una pendejada más como que dios existe. Cualquier opción es válida, de ti depende. Decían que la fe es necesaria y no se tiene que justificar con el intelecto, es decir, por un lado está la filosofía y por otro la ciencia, lo que hay en medio debe ser llenado por la fe. No la fe de la iglesia, la fe, no la fe de la religión, la fe, la fe inexplicable.</p>
<p>Aquí suben el volumen del radio. Canción de “Rock en tu idioma”. Ochentera, mediocre, fiestas y noches; Las enfermeras gritan y los enfermos se quejan<br />
&#8212;</p>
<p>la foto que ilutra la entrada es de Benny Lin. He <a href="http://www.flickr.com/photos/benny_lin/">aquí su flikr</a>.</p>

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		<item>
		<title>Una fantasía con Sinéad O&#8217;Connor</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Jan 2011 02:02:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<description><![CDATA[s lo primero que escribo en mi nueva casa: escucho a Sinéad O'Connor; hace unos momentos la veía ensayando para el concierto del treinta aniversario de Bob Dylan, en 1992; el pelo corto, al ras de la cabeza, y sus rasgos de ángel, con una playera larga y unos pantalones de mezclilla, parada frente al micrófono soltando suavemente, “I believe in you, even troug the tears and the laugther”. Sus pestañas de ángel, sus ojos de ángel, sus pupilas de ángel...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2011/01/una-fantasia-con-sinead-oconnor/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Esto  es lo primero que escribo en mi nueva casa: escucho a Sinéad O&#8217;Connor; hace unos momentos la veía ensayando para el concierto del treinta aniversario de Bob Dylan, en 1992; el pelo corto, al ras de la cabeza, y sus rasgos de ángel, con una playera larga y unos pantalones de mezclilla, parada frente al micrófono soltando suavemente, “I believe in you, even troug the tears and the laugther”. Sus pestañas de ángel, sus ojos de ángel, sus pupilas de ángel se dilatan suavemente, poco a poco, como una estrella pulsando lentamente el cielo. Quisiera poner mis labios sobre los suyos y decirle que la amo, y tumbarme en el piso de mi nueva casa en la colonia postal, con las luces apagadas, sobre la alfombra, y tomarla de la mano mientras escuchamos una canción de Tom Waits. Hold on. Y justo cuando la voz de tumba de Tom dice, “if you shared my name you share my bed”, besarle el cuello, sumergir mi cabeza en él y respirar todos sus sueños y cada canción y cada nota que ha salido de su garganta.<br />
Pero Sinéad O&#8217;Connor está muy lejos y ya no tiene la edad que tenía en el 92. De cualquier forma me gustaría hacer eso con cualquier otra chica, con muchas chicas diferentes, oyendo cientos de canciones distintas, una cada noche. Esta es la primer semana que estoy aquí y mientras dura la fantasía con Sinéad se me olvida el miedo, o desaparece, o se disuelve en el momento. La vida había empezado a latir detrás del cansancio, detrás de los temblores y la presión alta. Detrás de las cientos de veces que me he dicho, gracias a las enfermedades imaginarias,  que debo esperar, que ya pronto estaré mejor, sintiéndome fuerte y saludable y entonces podré abrazar a la vida y besarla en los muros  de esta o cualquier otra ciudad. Y aún así la vida empieza a latir, a mecerse detrás del piso de congóleum y las paredes recién pintadas de mi nueva casa. Me tiro en la alfombra, apago las luces y aunque Sinéad O&#8217;Connor no está, siento que estoy flotando, completamente adentro del mundo, viendo las luces de los faros metiéndose por los resquicios de las persianas mientras Tom dice, ahora, que “ella dejo Monte Rio como una bala deja a una pistola”. Estoy aquí, en la alfombra, temblando de miedo, mareado porque la vida está escupiendo sus colores y manchando mis ojos como no lo había hecho desde hacía mucho tiempo.<br />
Lo que más me espanta es el mareo. Salgo  caminar y me mareo. Es como si alguien moviera un tapete transparente y este se deslizara abajo de mí haciéndome sentir las piernas vacías, como las de un títere. Luego vienen las palpitaciones y los vuelcos y la mente que repite, “esta vez sí, vendrán las toneladas de infartos e inflamaciones cerebrales y los ataques a mitad de la noche”. Pero no viene nada, y me quedó temblando, con una terribles ganas de vivir que se me encajan en los pulmones, con unas terribles ganas de besar a Sinéad O’Connor y a cientos de chicas más y meterme dentro de sus cuerpos y respirar sus sueños y oír el color de sus intestinos, de sus muslos, de sus hígados y hombros resplandecientes.<br />
Pero vuelve el miedo y pienso que justo ahora, en uno de los mejores momentos de mi vida, el cuerpo no me va a responder, que me va abandonar, a dejarme tirado en la cuneta, sangrando, triste porque apenas estaba empezando… Pero el miedo, de una forma extraña me acerca a al vida, y hace que me den ganas de de morder las esquinas, de tragarme todos los semáforos y los fines de semana en el campo y la pesadumbre de los días tristes cuando la chica que te gusta se ha despedido de ti.Pero Sinéad O&#8217;Connor está muy lejos y ya no tiene la edad que tenía en el 92. De cualquier forma me gustaría hacer eso con cualquier otra chica, con muchas chicas diferentes, oyendo cientos de canciones distintas, una cada noche. Esta es la primer semana que estoy aquí y mientras dura la fantasía con Sinéad se me olvida el miedo, o desaparece, o se disuelve en el momento. La vida había empezado a latir detrás del cansancio, detrás de los temblores y la presión alta. Detrás de las cientos de veces que me he dicho, gracias a las enfernedades imaginarias,  que debo esperar, que ya pronto estaré mejor, sintiendome fuerte y saludable y entonces podré abrazar a la vida y besarla en los muros  de esta o cualquier otra ciudad. Y aún así la vida empieza a latir, a mecerse detrás del piso de congoleum y las paredes recién pintadas de mi nueva casa. Me tiro en la alformbra, apago las luces y aunque Sinéad O&#8217;Connor no está, siento que estoy flotando, completamente adentro del mundo, viendo las luces de los faros metiendose por los resquisios de las persianas mientras Tom dice, ahora, que “ella dejo Monte Rio como una bala deja a una pistola”. Estoy aquí, en la alfombra, temblando de miedo, mareado porque la vida está escupiendo sus colores y manchando mis ojos como no lo había hecho desde hacía mucho tiempo.<br />
Lo que más me espanata es el mareo. Salgo  caminar y me mareo. Es como si alguien moviera un tapete transparente y este se delizara abajo de mí haciendome sentir las piernas vacias, como las de un titere. Luego vienen las palpitaciones y los vuelcos y la mente que repite, “esta vez sí, vendrán las toneladas de infartos e inflamaciones cerebrales y los ataques a mitad de la noche”. Pero no viene nada, y me quedó temblando, con una terribles ganas de vivir que se me encajan en los pulmones, con unas terribles ganas de besar a Snniead o ‘connor y a cientos de chicas más y meterme dentros de sus cuerpos y respirar sus sueños y oir el color de sus intestinos, de sus muslos, de sus higados y hombros resplandecientes.<br />
Pero vuelve el miedo y pienso que justo ahora, en uno de los mejores momentos de mi vida, el cuerpo no me va aresponder, que me va abandonar, a dejarme tirado en la cuneta, sangrando, triste porque apenas estaba empezando… Pero el miedo, de una forma extraña me acerca a al vida, y hace que me den ganas de de morder las esquinas, de tragarme todos los semaforos y los fines de semana en el campo y la pesadumbre de los días tristes cuando la chica que te gusta se ha despedido de ti.</p>

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		<title>Greta y Cassius</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/09/greta-y-cassius/</link>
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		<pubDate>Wed, 29 Sep 2010 18:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
		<category><![CDATA[Más]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Balam]]></category>
		<category><![CDATA[Bob Dylan]]></category>
		<category><![CDATA[Cassius]]></category>
		<category><![CDATA[Greta]]></category>
		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Perros]]></category>
		<category><![CDATA[Tristeza]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace poco dos de nuestros perros murieron. Greta y Cassius. Greta llegó primero  a la casa, hace más de dos años: andaba dando vueltas en el jardín de la unidad, cómo autista; no le hacía caso a nadie y no se dejaba acariciar. Ya estaba muy viejita, y además de sorda tampoco veía muy bien...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/09/greta-y-cassius/"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco dos de nuestros perros murieron. Greta y Cassius. Greta llegó primero  a la casa, hace más de dos años: andaba dando vueltas en el jardín de la unidad, cómo autista; no le hacía caso a nadie y no se dejaba acariciar. Ya estaba muy viejita, y además de sorda tampoco veía muy bien, así que sólo se acurrucaba en algún rincón y se quedaba ahí, toda mojada (estaba lloviendo mucho en esa época). Mi mamá la convenció para que se subiera a la casa dándole una quesadilla. En cuanto a Cassius, desde que llegó ya estaba muy enfermó, tenía un tumor (parecía un racimo de uvas negras, podridas) colgándole del pecho y cáncer en los pulmones.</p>
<p style="text-align: left;"><a href="http://www.flickr.com/photos/balamha/">Balam</a>, mi hermano, que estudia fotografía, hizo un proyecto acerca de los perros, un homenaje para los dos, por el tiempo que estuvieron con nosotros.</p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: left;">Aquí les dejo el excelente trabajo de mi hermano. Y después, un poema que escribí para Cassius antes de falleciera.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;"><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="600" height="500" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowfullscreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=15242954&amp;server=vimeo.com&amp;show_title=1&amp;show_byline=1&amp;show_portrait=1&amp;color=&amp;fullscreen=1&amp;autoplay=0&amp;loop=0" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="600" height="500" src="http://vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=15242954&amp;server=vimeo.com&amp;show_title=1&amp;show_byline=1&amp;show_portrait=1&amp;color=&amp;fullscreen=1&amp;autoplay=0&amp;loop=0" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://vimeo.com/15242954">In memoriam</a> from <a href="http://vimeo.com/user1217080">Balam-ha&#8217;</a> on <a href="http://vimeo.com">Vimeo</a>.</p>
<p style="text-align: left;"><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: left;"><strong>Cassius</strong></p>
<p style="text-align: left;"><strong><br />
</strong></p>
<p>El corazón de boxeador de mi perro late apenas.</p>
<p>Echado en su cama</p>
<p>respira el resto de su vida.</p>
<p>Ésta pasa a través</p>
<p>de los pedacitos de dientes,</p>
<p>(granos de sal amarillos</p>
<p>salpicando sus encías)</p>
<p>y llega hasta sus pulmones,</p>
<p>los mismos que se han alzado y hundido</p>
<p>a lo largo de calles cenicientas,</p>
<p>de días largos como sacos de tristeza:</p>
<p>Vagar solo,             sin amo,</p>
<p>buscando restos de comida.</p>
<p>Ahora, tendido junto a mí,</p>
<p>respira, y el aire susurra y se esconde</p>
<p>detrás de los grumos de cáncer de su cuerpo.</p>
<p>Pronto  se irán sus células enfermas</p>
<p>y su cara chata recortada por los años,</p>
<p>y no quedará nada</p>
<p>de este momento,</p>
<p>en que lo veo dormir.</p>

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		<title>La señora trude</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/la-senora-trude/</link>
		<comments>http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/la-senora-trude/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 16 Apr 2010 17:46:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento de la semana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Brujas]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Miedo]]></category>
		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[niños]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace mucho tiempo vivía una niña obstinada y preguntona; desobedecía cualquier cosa que le dijeran sus padres, no le hacía caso a nadie. Un día la niña les dijo a su papás: "He escuchado hablar de la señora Trude muchas veces y tengo ganas de ir con ella. Me dijeron que la señora Trude es muy extraña y tiene muchas cosas raras. No puedo quedarme tranquila si no visito esa casa, necesito ir para satisfacer mi curiosidad"...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/la-senora-trude/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta semana un cuento de los hermanos Grimm.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>LA SEÑORA TRUDE</strong></p>
<p>Hace mucho tiempo vivía una niña obstinada y preguntona; desobedecía cualquier cosa que le dijeran sus padres, no le hacía caso a nadie.</p>
<p>Un día la niña les dijo a su papás: &#8220;He escuchado hablar de la señora Trude muchas veces y tengo ganas de ir con ella. Me dijeron que la señora Trude es muy extraña y tiene muchas cosas raras. No puedo quedarme tranquila si no visito esa casa, necesito ir para satisfacer mi curiosidad&#8221;.</p>
<p>Sus padres respondieron muy alterados y se lo prohibieron diciéndole: &#8220;La mujer Trude es una mujer mala y hace cosas extrañas. Si vas con ella te desconoceremos como nuestra hija&#8221;.</p>
<p>Pero la niña no hizo caso a sus padres y fue a la casa de la señora Trude.</p>
<p>La señora Trude vio llegar a la niña y le preguntó: &#8220;¿Qué te pasa, por qué estás pálida?&#8221;</p>
<p>La niña contestó temblando: &#8220;Vi algo que me dio mucho miedo&#8221;.</p>
<p>-¿Qué viste?</p>
<p>-Había un hombre negro en las escaleras</p>
<p>-Tan sólo era un carbonero</p>
<p>-También vi a una persona verde</p>
<p>-Era un cazador</p>
<p>-Luego vi a una persona roja como la sangre</p>
<p>-Era un carnicero</p>
<p>-¡Ah!, señora Trude, cuando me asomé por la ventana me dieron escalofríos porque vi a un diablo al que se le estaba quemando la cabeza y no a una señora.</p>
<p>La señora Trude contestó: &#8220;Ahora entiendo, tú viste a la bruja tal como es. Te estaba esperando y deseando desde hace mucho tiempo. Ahora tú me darás algo de luz&#8221;.</p>
<p>Dicho esto, la señora Trude transformó a la niña en un palo de madera y la arrojó al fuego. Mientras el palo de madera ardía resplandeciente, la señora Trude se sentó cerca del fuego para calentarse y exclamo: &#8220;Qué luminoso, qué luminoso&#8221;</p>
<p>La foto es de poyzindrink, este es su <a href="http://www.flickr.com/photos/poyzindrink/3835941088/in/photostream/">flickr</a></p>

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		<title>En las colinas, las ciudades</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Apr 2010 01:43:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Ciudades]]></category>
		<category><![CDATA[Gay]]></category>
		<category><![CDATA[Horror]]></category>
		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[Yugoslvia]]></category>

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		<description><![CDATA[Hasta la primera semana de su viaje por Yugoslavia, Mick no descubrió la clase de fanático político que había elegido como amante. Ciertamente se lo habían advertido. Una de aquellas reinas en los Baños le había dicho que Judd se encontraba a la derecha de Atila el Huno, pero aquel hombre había sido una de las anteriores aventuras de Judd, y Mick supuso que había más despecho que realidad en tal afirmación. Si le hubiera hecho caso no estaría ahora conduciendo por aquella interminable carretera un Volkswagen, que de pronto le parecía del tamaño de un ataúd...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/en-las-colinas-las-ciudades/"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el cuento de la semana esta extraña piezade terror de Clive Barker.</p>
<p>Juzguenla por ustedes mismos.</p>
<p>La foto es de Balam &#8211; Ha, este es su <a href="http://www.flickr.com/photos/balamha/">flickr</a>, donde hay pura foto de calidad</p>
<p style="text-align: center;"><strong>En las colinas, las ciudades </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Clive Barker<br />
</strong></p>
<p>Hasta la primera semana de su viaje por Yugoslavia, Mick no descubrió la clase de fanático político que había elegido como amante. Ciertamente se lo habían advertido. Una de aquellas reinas en los Baños le había dicho que Judd se encontraba a la derecha de Atila el Huno, pero aquel hombre había sido una de las anteriores aventuras de Judd, y Mick supuso que había más despecho que realidad en tal afirmación.</p>
<p>Si le hubiera hecho caso no estaría ahora conduciendo por aquella interminable carretera un Volkswagen, que de pronto le parecía del tamaño de un ataúd, escuchando las teorías de Judd sobre el expansionismo soviético. Jesús, era tan aburrido. No conversaba, daba conferencias, interminables conferencias. En Italia, el sermón había tratado del modo en que los comunistas habían explotado el voto de los campesinos. Ahora, en Yugoslavia, Judd se había entusiasmado con el tema, y Mick estaba a punto de pegarle con un martillo en su terca cabeza.</p>
<p>No se trataba de que él estuviera en desacuerdo con todo lo que Judd decía. Algunos de sus argumentos (los que Mick entendía) parecían bastante razonables. Pero, ¿qué sabía él? Era profesor de danza. Judd era periodista, un erudito profesional. Sentía, como la mayoría de los periodistas que Mick había conocido, que estaba obligado a tener una opinión sobre todo lo que se encontraba bajo el sol. Especialmente en política; era su plato preferido. Podías meter el hocico, los ojos, la cabeza y las patas en aquel charco de porquería y pasar un buen rato chapoteando. Era una inagotable materia que devorar, una basura con un poco de todo; porque todo, según Judd, era política. Las artes eran política. El sexo era política. La religión, el comercio, la jardinería, el comer, el beber, y el tirarse pedos: todo política.</p>
<p>Jesús, era aburrido hasta hacerte estallar la cabeza; criminalmente, agonizantemente aburrido.</p>
<p>Peor aún, Judd no parecía darse cuenta de hasta qué punto aburría a Mick, y si lo hacía, no le importaba. Seguía divagando mientras sus argumentos se hacían más y más pomposos, y sus frases se iban alargando cada kilómetro que avanzaba.</p>
<p>Judd –Mick lo había decidido– era un bastardo egoísta, y tan pronto como su luna de miel acabara, iba a dejarlo.</p>
<p>Hasta su viaje, aquella inacabable caravana sin motivo a través de los cementerios de la cultura centroeuropea, Judd no se dio cuenta de la poca influencia política que tenía sobre Mick. El tipo no mostraba el más mínimo interés en la economía o en la política de los países que habían visitado. Se mostraba indiferente a los detallados hechos que se escondían tras la situación italiana; y bostezaba, sí, bostezaba cuando él intentaba (sin éxito) debatir sobre la amenaza rusa a la paz mundial. Tenía que afrontar la amarga verdad: Mick era una reina; no existía otra palabra para él. De acuerdo en que quizá no era demasiado amanerado al caminar, o no llevaba joyas en exceso; pero, con todo, era una reina, feliz de revolcarse en un mundo de ensueño, repleto de frescos de principios del Renacimiento y de iconos yugoslavos. Las complejidades, contradicciones, incluso las agonías que habían hecho florecer y marchitar las culturas, le aburrían. Su mente no era más profunda que sus miradas; era un don nadie con buena presencia.</p>
<p>¡Vaya luna de miel!</p>
<p>La carretera sur que conducía desde Belgrado a Novi Pazar se encontraba, teniendo en cuenta el nivel yugoslavo, en buen estado. Había menos baches que en la mayoría de las carreteras por las que habían viajado, y era relativamente recta. La ciudad de Novi Pazar estaba en el valle del río Raska; el sur de la ciudad se llamaba como el río. No se trataba de una zona particularmente turística. A pesar del buen estado de la carretera, era bastante inaccesible y carecía de atractivos sofisticados; pero Mick estaba empeñado en ver el monasterio de Sopocani, al oeste de la ciudad, y tras una amarga discusión había vencido.</p>
<p>El viaje había sido tedioso. Al otro lado de la carretera, los campos cultivados parecían secos y polvorientos. El verano había sido inusualmente caluroso, y la sequía estaba afectando a la mayoría de los pueblos. Las cosechas se habían estropeado, y el ganado había sido prematuramente sacrificado para prevenir una muerte por desnutrición. Había una mirada de derrota en las pocas caras que vieron al lado de la carretera. Incluso los niños tenían una expresión austera; las cejas tan espesas como el viciado calor que caía sobre todo el valle. Ahora, con las cartas sobre la mesa tras la discusión que habían tenido en Belgrado, viajaban en silencio la mayor parte del tiempo; pero el trazado rectilíneo de la carretera, como todas las carreteras rectas, invitaba a la discusión. Cuando la conducción era sencilla, la mente buscaba algo para mantenerse entretenida. ¿Y qué mejor que una pelea?</p>
<p>–¿Por qué demonios quieres ver ese maldito monasterio? –preguntó Judd.</p>
<p>Era una invitación inconfundible.</p>
<p>–Hemos recorrido todo ese camino&#8230; –Mick intentó conservar un tono tranquilo. No estaba de humor para mantener una discusión.</p>
<p>–Más jodidas Vírgenes, ¿verdad?</p>
<p>Manteniendo la voz tan imperturbable como pudo, Mick cogió la guía y leyó en alta voz:</p>
<p>–&#8230; allí se puede ver y disfrutar de algunas de las más grandes obras de la pintura servia, incluida la que muchos críticos consideran la obra maestra de la escuela Raska: <em>El sueño de la Virgen.</em></p>
<p>Se hizo un silencio. Habló Judd:</p>
<p>–Estoy hasta aquí de iglesias.</p>
<p>–Es una obra maestra.</p>
<p>–Todas son obras maestras, según ese maldito libro.</p>
<p>Mick sintió que perdía el control.</p>
<p>–Dos horas y media como máximo&#8230;</p>
<p>–Te lo dije, no quiero ver otra iglesia; el olor de esos sitios me pone enfermo. Incienso pasado, sudor rancio, y mentiras&#8230;</p>
<p>–Es un pequeño rodeo; después podemos volver a la carretera y así me podrás dar otra conferencia sobre los subsidios de las granjas en Sandzak.</p>
<p>–Simplemente, intento mantener una conversación decente, en vez de seguir con esas tonterías acerca de las jodidas obras maestras servias.</p>
<p>–¡Para el coche!</p>
<p>–¿Qué?</p>
<p>–¡Que pares el coche!</p>
<p>Judd aparcó el Volkswagen a un lado de la carretera. Mick salió.</p>
<p>Hacía calor pero había una ligera brisa. Respiró profundamente, y avanzó hasta el centro del asfalto. Se encontraba vacía de coches y peatones en ambas direcciones. Vacía en cada dirección. Las colinas resplandecían en el calor entre los campos. Había amapolas salvajes en la cuneta. Mick cruzó la carretera, se puso en cuclillas y cogió una.</p>
<p>Detrás de él oyó el portazo del Volkswagen.</p>
<p>–¿Para qué hemos parado? –dijo Judd. Su voz estaba nerviosa, buscando aún discusión, suplicándola.</p>
<p>Mick permaneció de pie, jugando con la amapola.</p>
<p>Estaba a punto de germinar, aunque la estación estaba bien entrada. Los pétalos se desprendieron del receptáculo nada más tocarlos, pequeñas manchas rojas cayeron balanceándose sobre el gris alquitranado.</p>
<p>–Te he hecho una pregunta –dijo Judd de nuevo.</p>
<p>Mick se dio la vuelta. Judd estaba de pie en el lado más lejano del coche, sus cejas se fruncían dibujando una arruga de cólera incipiente. Pero estaba atractivo; oh, sí; una cara que hacía llorar de frustración a las mujeres cuando se enteraban de que era gay. Tenía un espeso bigote negro (perfectamente arreglado), y unos ojos que podías mirar eternamente y nunca ver en ellos la misma luz dos veces seguidas. ¿Por qué, en nombre de Dios, pensó Mick, un hombre tan guapo tenía que ser una pequeña mierda tan insensible?</p>
<p>Judd le devolvió una mirada desdeñosa, observando cómo aquel bonito muchacho hacía pucheros al otro lado de la carretera. Ver aquella escena que Mick estaba interpretando para él le hacía vomitar. Podía haber sido plausible en una virgen de dieciséis años. En un hombre de veinticinco, carecía de credibilidad.</p>
<p>Mick dejó caer la flor y se sacó la camiseta de los pantalones vaqueros. Un terso estómago primero y un esbelto y plano pecho después quedaron al descubierto mientras se quitaba la prenda. Tras sacar la cabeza, tenía el pelo despeinado y su boca dibujaba una amplia sonrisa. Judd miró el torso. Estaba bien proporcionado, sin demasiada musculatura. Una cicatriz de apendicitis se asomaba bajo sus gastados vaqueros. Una pequeña cadena de oro, brillante bajo el reflejo del sol, colgaba en el hueco de su garganta. Sin quererlo, devolvió la sonrisa a Mick, y una especie de paz se hizo entre ellos.</p>
<p>Mick estaba desabrochándose el cinturón.</p>
<p>–¿Quieres follar? –dijo sin perder la sonrisa.</p>
<p>–Es inútil –respondió, sin contestar a la pregunta.</p>
<p>–¿A qué te refieres?</p>
<p>–No somos compatibles.</p>
<p>–¿Quieres apostar?</p>
<p>Se había bajado la cremallera; se dirigió hacia el trigal que bordeaba la carretera.</p>
<p>Judd observó cómo Mick se envolvía en aquel mar oscilante. Su espalda, del mismo color que el grano, casi se confundía con él. Retozar al aire libre era un juego peligroso; esto no era San Francisco, ni siquiera Hampstead Heath. Judd miró nervioso la carretera. Aún seguía desierta en ambas direcciones. Y Mick se daba la vuelta, hundido en aquel campo, se volvía, sonreía y saludaba como un nadador flotando entre un dorado oleaje. Qué demonios&#8230; allí no había nadie que pudiera verlos, nadie que pudiera saberlo. Tan sólo las colinas, liquidas bajo aquella agobiante calina, con sus arboladas laderas inclinadas sobre la tierra; y un perro perdido, sentado al borde de la carretera, esperando algún perdido amo.</p>
<p>Judd siguió la senda de Mick a través del trigal, desabrochando su camisa mientras andaba. Un ratón de campo pasó ante él escabulléndose entre los tallos, mientras el gigante avanzaba por su camino, sintiendo sus pisadas como estruendos. Judd se dio cuenta de su pánico y sonrió. No quería hacerle daño, pero ¿cómo iba él a saberlo? Era posible que acabara con cientos de vidas, ratones, escarabajos, gusanos, antes de llegar al lugar donde Mick estaba tendido, desnudo con la polla tiesa, sobre una cama de grano pisoteado; aún sonriente.</p>
<p>Fue una relación satisfactoria la que tuvieron, buena, fuerte, igual de placentera para ambos; había una precisión en su pasión, sintiendo el momento en que el placer, que llegaba sin esfuerzo alguno, se hacía apremiante; cuando el deseo se convertía en necesidad. Se hicieron uno, miembro con miembro, lengua con lengua, entrelazados en un nudo que sólo el orgasmo podía desatar. Sus espaldas se abrasaban, y se arañaban alternativamente mientras rodaban intercambiando jadeos y besos. En el momento culminante de la situación, mientras se corrían juntos, oyeron el fut-fut-fut de un tractor que pasaba de largo; pero no se preocuparon en absoluto.</p>
<p>Volvieron al Volkswagen con el cuerpo cubierto de trigo, en el pelo y las orejas, en los calcetines, y entre los dedos de los pies. Sus amplias sonrisas se habían convertido en una leve expresión de felicidad. La tregua, si no permanente, al menos duraría unas cuantas horas.</p>
<p>El coche estaba ardiendo debido al calor, por lo que tuvieron que abrir todas las puertas y ventanas para que la brisa lo refrescara antes de reemprender la marcha hacia Novi Pazar. Eran las cuatro en punto y todavía les quedaba una hora de viaje.</p>
<p>Mientras entraban en el coche, Mick dijo:</p>
<p>–¿Olvidamos el monasterio, eh?</p>
<p>Judd se quedó boquiabierto.</p>
<p>–Pensé&#8230;</p>
<p>–&#8230; Que no podría soportar otra jodida virgen.</p>
<p>Se rieron alegremente. Después se besaron, paladeando en sus bocas una mezcla de saliva y un resto de sabor a semen salado.</p>
<p>El día siguiente era brillante aunque no particularmente caluroso. El cielo no era azul: estaba cubierto por una capa uniforme de nubes blancas. El aire de la mañana tenía un olor penetrante, como éter o hierbabuena.</p>
<p>Vaslav Jelovsek observaba cómo los pichones de la plaza mayor cortejaban la muerte mientras saltaban y aleteaban entre los vehículos que rugían a su alrededor. Algunos eran militares, otros civiles. Se respiraba un aire de sobriedad que apenas podía contener la excitación que sentía en ese día, una excitación que sabía compartida por cada hombre, cada mujer y cada niño de Popolac. Compartido por los pichones también, según veía. Podía ser ésa la razón por la que jugueteaban bajo las ruedas con tal destreza, sabiendo que ese día nada podría causarles daño.</p>
<p>Miró el cielo de nuevo, ese mismo cielo blanco que había estado observando desde el amanecer. La capa de nubes estaba baja; no era lo más idóneo para celebraciones. Una frase le vino a la cabeza, una frase inglesa que había oído a un amigo: «tener la cabeza en las nubes». Significaba, según había sabido, encontrarse absorto en un blanco, ciego sueño. Eso, pensó irónicamente, era todo lo que el oeste sabía de las nubes, que representaban los sueños. Aquel refrán adquiría en esas escondidas colinas un nuevo significado. ¿No se convertían aquellas frívolas palabras en una impresionante realidad? Un refrán vivo.</p>
<p>Una cabeza en las nubes.</p>
<p>El primer contingente ya se estaba reuniendo en la plaza. Había una o dos ausencias debido a enfermedad, pero los auxiliares se encontraban listos, esperando para reemplazarles. ¡Qué ansia! Aquellas amplias sonrisas cuando un auxiliar, hombre o mujer, escuchaba su nombre y número y salía de la fila para unirse al miembro que ya estaba tomando forma. En cada lugar se sucedían los milagros de organización. Todo el mundo tenía un trabajo que hacer y un sitio a donde ir. No había gritos ni empujones: es más, las voces apenas eran un ilusionado susurro. Permaneció observando con admiración cómo el trabajo de establecer las posiciones, de doblarse y atarse se llevaba a cabo.</p>
<p>Iba a ser un día largo y difícil. Vaslav se encontraba en la plaza desde un hora antes del amanecer, bebiendo café en tazas de plástico importadas, hablando de los partes meteorológicos que llegaban cada media hora de Pristina y Mitrovica, y observando cómo la luz del día se filtraba a través de aquel cielo sin estrellas. Estaba bebiendo su sexto café del día, y apenas eran las siete en punto. Al otro lado de la plaza, Metzinger parecía tan cansado y ansioso como Vaslav.</p>
<p>Habían estado observando juntos cómo surgía el amanecer desde el este. Pero ahora se habían separado olvidando su anterior camaradería y no volverían a hablarse hasta que la contienda hubiera acabado. Después de todo, Metzinger era de Podujevo. Tenía que apoyar a su propia ciudad en la inminente batalla. Mañana intercambiarían sus historias y aventuras, ahora debían comportarse como si no se conocieran, sin dedicarse siquiera una sonrisa. Durante el día de hoy tenían que ser totalmente partisanos, preocupándose tan sólo de buscar la victoria de su propia ciudad sobre la contraria.</p>
<p>Para mutua satisfacción de Metzinger y Vaslav, ya se había levantado la primera pierna de Popolac. Una vez realizados todos los controles de seguridad, la pierna abandonó la plaza mientras su inmensa sombra caía inmensa sobre la fachada del ayuntamiento.</p>
<p>Vaslav bebió su dulce, dulce café y se permitió un pequeño gruñido de satisfacción. Qué días. Días llenos de gloria, de banderas ondulantes y aquellas altísimas vistas que revolvían el estómago, suficientes para llenar toda la vida de un hombre. Era un dorado anticipo del cielo.</p>
<p>Que América gozara de sus simples placeres, de sus dibujos animados con ratones, de sus castillos cubiertos de chocolate, de sus cultos y su tecnología, él no quería ninguno de ellos. La más grandiosa maravilla del mundo se encontraba aquí, oculta en las colinas.</p>
<p>¡Ah, qué días!</p>
<p>En la plaza mayor de Podujevo la escena no era menos animada ni menos inspiradora. Quizás había un mudo sentimiento de tristeza subyacente en este día de celebración, pero era comprensible. Nita Obrenovic, la amada y respetada organizadora de Podujevo, ya no vivía. Se la había llevado el invierno anterior, a la edad de noventa y cuatro años, dejando a la ciudad desprovista de sus feroces opiniones y sus aún más feroces proporciones. Durante sesenta años había trabajado con los ciudadanos de Podujevo, siempre planeando la próxima contienda; mejorando los diseños, gastando sus energías en hacer la siguiente creación más ambiciosa y más realista que la anterior.</p>
<p>Ahora estaba muerta, y era amargamente añorada. No es que hubiera desorganización sin ella, la gente estaba demasiado disciplinada para que eso ocurriera; pero iban retrasados, y eran casi las siete y veinticinco. La hija de Nita había ocupado el lugar de su madre, pero carecía de su poder para galvanizar a la gente en la acción. Era, en una palabra, demasiado benévola para llevar a cabo el trabajo que tenía entre manos. Éste requería un líder que fuera mitad profeta, mitad director de circo para engatusar, intimidar e inspirar a los ciudadanos a colocarse en sus lugares correspondientes. Era posible que después de dos o tres décadas, y con unas cuantas batallas sobre sus hombros la hija de Hita Obrenovic diera la talla. Pero hoy Podujevo iba con retraso; los controles de seguridad se descuidaban; los nervios habían reemplazado la confianza de otros años.</p>
<p>Con todo, cuando faltaban seis minutos para las ocho, el primer miembro de Podujevo salía de la ciudad hacia el punto de reunión para esperar a su compañero.</p>
<p>A esa hora, en Popolac, los flancos ya estaban ensamblados y los contingentes armados esperaban órdenes en la plaza de la ciudad.</p>
<p>Mick se despertó puntualmente a las siete, a pesar de que no había despertador en el cuarto austeramente amueblado del hotel Beograd. Se quedó tendido en la cama escuchando la regular respiración de Judd desde su cama gemela al otro lado de la habitación. La pálida luz del día que se filtraba a través de las finas cortinas no animaba a efectuar una salida temprana. Tras unos minutos en que permaneció observando la rajada pintura del techo y un tosco crucifijo colgado sobre la pared opuesta, Mick se levantó y se acercó a la ventana. Era un día triste, como había supuesto. El cielo estaba cubierto y los tejados de Novi Pazar parecían grises y monótonos bajo la deprimente luz de la mañana. Más allá de los tejados podía ver las colinas. El sol estaba allí. Vio rayos de luz acariciando el verde azulado del bosque, invitando a visitar sus laderas.</p>
<p>Hoy quizá fueran hacia el sur, a Kosovska Mitrovica. Allí había un mercado, ¿no?; ¿y un museo? Podían bajar hasta el valle de Ibar, siguiendo la carretera que corría paralela al río, donde las colinas se elevaban salvajes y resplandecientes a cada lado. Las colinas, sí; había decidido que hoy irían a ver las colinas.</p>
<p>Eran las ocho y cuarto.</p>
<p>Hacia las nueve, las partes más importantes de Polac y Podujevo se encontraban casi montadas. En sus lugares asignados, los miembros de ambas ciudades se encontraban listos, esperando unirse a sus torsos expectantes.</p>
<p>Vaslav Jelovsek puso sus enguantadas manos sobre los ojos y examinó el cielo. Las compactas nubes se habían dispersado un tanto en la última hora, ahora había claros en el oeste. Incluso, a intervalos, se asomaban algunos rayos de sol. Quizá no fuera un día perfecto para la batalla, pero era ciertamente adecuado.</p>
<p>Mick y Judd desayunaron tarde <em>hemendeks </em>–tosca traducción de jamón y huevos– y varias tazas de buen café negro. El día se estaba aclarando, incluso en Novi Pazar, y tenían grandes proyectos para aquel día. Kosovska Mitrovica a la hora de la comida y era posible que visitaran el castillo de Zvecan por la tarde.</p>
<p>Sobre las nueve y media salían de Novi Pazar y tomaban la carretera sur hacia el valle de Ibar. El asfalto no estaba en buen estado, pero ni las sacudidas ni los baches podían estropear el nuevo día.</p>
<p>La carretera se encontraba vacía, sólo había algún peatón ocasional; y, en lugar de los maizales y campos de trigo que habían atravesado el día anterior, la carretera estaba flanqueada por unas onduladas colinas cuyas laderas estaban pobladas por espesos y oscuros bosques. Aparte de algunos cuantos pájaros no observaron vida salvaje. Incluso sus inhabituales compañeros de viaje desaparecieron totalmente después de unos kilómetros. Las únicas granjas por las que pasaron se encontraban cerradas, con las contraventanas echadas. Cerdos negros correteaban por el patio, sin ningún niño que los cuidara o les diera de comer. Había ropa colgada de una cuerda poco tensa, pero no se veía ninguna mujer por ningún lado.</p>
<p>Al principio este solitario viaje a través de las colinas fue refrescante por la falta de contacto humano, pero según avanzaba la mañana una cierta inquietud se apoderó de ellos.</p>
<p>–¿No deberíamos haber visto una señal que indicase Mitrovica, Mick?</p>
<p>Echó un vistazo al mapa.</p>
<p>–Es posible&#8230;</p>
<p>–&#8230; Nos hemos equivocado de carretera.</p>
<p>–Si hubiera habido una señal la habría visto. Creo que deberíamos intentar salir de esta carretera, avanzar hacia el sur un poco más, y encontrar el valle un poco más cerca de Mitrovica de lo que habíamos planeado.</p>
<p>–¿Y cómo salimos de esta maldita carretera?</p>
<p>–Hemos pasado por un par de desvíos.</p>
<p>–Pistas de ceniza.</p>
<p>–Bien, o eso, o seguimos por este camino.</p>
<p>Judd frunció los labios.</p>
<p>–¿Tienes un cigarrillo? –preguntó.</p>
<p>–Los acabamos hace varios kilómetros.</p>
<p>Frente a ellos, las colinas formaban una línea impenetrable. No había señales de vida; ni el más ligero rastro de humo salía de chimenea alguna. No se percibía ningún sonido, ni de voz ni de vehículo.</p>
<p>–De acuerdo –dijo Judd–. Tomaremos la siguiente desviación. Cualquier cosa es mejor que esto.</p>
<p>Siguieron avanzando. La carretera se deterioraba rápidamente. Los baches se estaban convirtiendo en cráteres y los morosos parecían cuerpos bajo las ruedas.</p>
<p>Y entonces:</p>
<p>–¡Allí!</p>
<p>Una desviación: una ostensible desviación. No se trataba ciertamente de una carretera principal, de hecho apenas era una pista de ceniza, como Judd había definido las anteriores. Pero era una salida a la perspectiva sin fin de la carretera en que se encontraban atrapados.</p>
<p>–Esto se está convirtiendo en un jodido safari –dijo Judd mientras el Volkswagen comenzaba a dar sacudidas y a avanzar con dificultad por aquel lúgubre camino.</p>
<p>–¿Dónde está tu sentido de la aventura?</p>
<p>–Olvidé meterlo en el equipaje.</p>
<p>Estaban comenzando a ascender; el camino serpenteaba entre aquellas laderas introduciéndose entre las colinas. El bosque se iba espesando, ocultando el cielo, por lo que una confusa variedad de luces y sombras se proyectaba sobre el capó del coche. Se oyó el canto de un pájaro, vacuo y optimista. Olía a pino fresco y a tierra virgen. Delante de ellos, un zorro cruzó el camino, permaneció observando cómo el coche avanzaba, traqueteando, hacia él. Entonces, con el pausado y largo paso de un príncipe sin miedo, desapareció tranquilamente entre los árboles.</p>
<p>A dondequiera que se dirigieran –pensó Mick– esto era mejor que la carretera que habían dejado. Era posible que pararan pronto, anduvieran un rato y se encontraran un promontorio desde el que podrían ver el valle; incluso Novi Pazar, asentada tras ellos.</p>
<p>Los dos hombres se encontraban todavía a una hora de viaje de Popolac, cuando la cabeza del contingente salía, al fin, de la plaza para ocupar su sitio encima del cuerpo principal.</p>
<p>Esta última salida dejó la ciudad completamente desierta. Ni siquiera los enfermos o los viejos eran olvidados aquel día; a nadie se le negaba el espectáculo y el triunfo de la batalla. Cada habitante, fuera joven o enfermo, los ciegos, los lisiados, los bebés, las mujeres embarazadas, todos salían de su orgullosa ciudad para dirigirse al prado. Era la ley y debían asistir: pero no era necesario obligarles; ningún ciudadano de cada respectiva ciudad se habría perdido la oportunidad de contemplar el espectáculo, para experimentar la emoción de la batalla.</p>
<p>La confrontación debía ser total, ciudad contra ciudad. Así había sido siempre.</p>
<p>Las ciudades subieron hacia las colinas. A mediodía, los habitantes de Popolac y Podujevo se encontraban reunidos en el secreto refugio de las colinas, ocultos a toda mirada civilizada, para celebrar una antigua batalla ritual.</p>
<p>Decenas de miles de corazones latían más rápido. Decenas de miles de cuerpos se estiraban, se tensaban y sudaban mientras las ciudades gemelas tomaban posiciones. Las sombras de los cuerpos oscurecían extensiones de tierra del tamaño de pequeñas ciudades; el peso de sus pies convertía la hierba en leche verde; su movimiento mataba animales, aplastaba arbustos y derribaba árboles. La tierra retumbaba, literalmente, a su paso. Las colinas resonaban al estruendo de sus pisadas.</p>
<p>En el elevado cuerpo de Podujevo, comenzaron a hacerse evidentes algunas dificultades técnicas. Una ligera grieta en la estructura del flanco izquierdo había producido cierta debilidad: como consecuencia, surgieron problemas en el mecanismo giratorio de las caderas. Estaba más rígido de lo que debía, por lo que los movimientos no eran suaves. Como resultado, existía un excesivo esfuerzo en esa región de la ciudad. Se estaba haciendo frente a este problema con gran valor; después de todo, la batalla consistía en presionar a los contendientes hasta el límite. Pero éste se encontraba más cerca de romperse de lo que cualquiera se hubiera atrevido a admitir. Los habitantes no eran tan resistentes como lo habían sido en batallas anteriores. Una mala década de cosechas había producido cuerpos mal nutridos, columnas vertebrales menos flexibles, voluntades menos resueltas. El flanco mal ensamblado podría no haber producido un accidente por sí mismo, pero, más tarde, debilitado por la fragilidad de los competidores, iba a producir una escena de muerte a una escala sin precedentes.</p>
<p>Pararon el coche.</p>
<p>–¿Has oído eso?</p>
<p>Mick sacudió la cabeza. Su oído no era bueno desde la adolescencia. Demasiados conciertos de rock habían mandado sus tímpanos al infierno.</p>
<p>Judd salió del coche.</p>
<p>Los pájaros estaban ahora más tranquilos. El ruido que había escuchado mientras conducía se oyó de nuevo. No era simplemente un ruido: era casi un movimiento en la tierra, un rugido que parecía surgir de las entrañas de las colinas.</p>
<p>¿Era un trueno?</p>
<p>No, demasiado rítmico. El sonido volvió de nuevo a través de las plantas de los pies.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Mick lo oyó ahora. Sacó la cabeza por la ventana del coche.</p>
<p>–Viene de algún sitio de ahí arriba. Ahora lo oigo.</p>
<p>Judd asintió.</p>
<p>Bum.</p>
<p>El estruendo sonó de nuevo.</p>
<p>–¿Qué demonios es eso? –dijo Mick.</p>
<p>–Sea lo que sea, quiero verlo.</p>
<p>Judd, sonriendo, volvió a entrar en el Volkswagen.</p>
<p>–Suena casi como a armas de fuego –dijo mientras arrancaba el coche–. Cañones.</p>
<p>A través de sus prismáticos fabricados en Rusia, Vaslav Jelovsek observó cómo el oficial encargado de dar la salida levantaba su pistola. Vio cómo la blanca humareda salía del cañón; un segundo más tarde, oyó el sonido del disparo a través del valle.</p>
<p>La contienda había comenzado.</p>
<p>Miró las torres gemelas de Popolac y Podujevo. Cabezas en las nubes –bueno, casi–. Prácticamente se estiraban para tocar el cielo. Era una visión imponente que cortaba la respiración, una visión que apuñalaba el sueño. Dos ciudades oscilando, retorciéndose, preparándose para dar los primeros pasos la una hacia la otra en esta batalla ritual.</p>
<p>Podujevo parecía ser la menos estable de las dos. Hubo una pequeña oscilación cuando la ciudad levantó su pierna izquierda para comenzar la marcha. Nada serio, tan sólo una pequeña dificultad en la coordinación entre la cadera y los músculos del muslo. Un par de pasos y la ciudad encontraría su ritmo; otro más y sus habitantes se moverían como si fuera una sola criatura, un gigante perfecto dispuesto a enfrentar su gracia y su poder contra su propia imagen.</p>
<p>El disparo hizo que los pájaros revolotearan nerviosos sobre los árboles que poblaban el escondido valle. Elevaron su vuelo como celebración de la gran contienda, comentando su excitación mientras planeaban sobre el prado.</p>
<p>–¿Has oído el disparo? –preguntó Judd.</p>
<p>Mick asintió.</p>
<p>–¿Ejercicios militares&#8230;? –La sonrisa de Judd se ensanchó. Ya podía ver los titulares: «Reportaje exclusivo sobre maniobras secretas en el interior de Yugoslavia». Tanques rusos quizás, ejercicios tácticos llevados a cabo fuera de la entrometida mirada de occidente. Con suerte, él podría ser el transmisor de esta noticia.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Había pájaros en el aire. El estruendo se oía más fuerte.</p>
<p>Sonaba como a armas de fuego.</p>
<p>–Debe ser en la próxima cresta&#8230; –dijo Judd.</p>
<p>–Creo que no deberíamos ir más lejos.</p>
<p>–Tengo que verlo.</p>
<p>–Yo no. Es de suponer que no deberíamos estar aquí.</p>
<p>–No veo ninguna indicación.</p>
<p>–Nos echarán; nos deportarán. No sé&#8230; tan sólo creo que&#8230;</p>
<p>Bum.</p>
<p>–Tengo que verlo.</p>
<p>Apenas habían salido estas palabras de su boca cuando comenzó el griterío.</p>
<p>Podujevo estaba gritando: un grito de muerte. Alguien enterrado en el flanco más débil había muerto a causa del esfuerzo, y había iniciado una cadena de desmoronamiento en el sistema. Un hombre soltaba a su vecino, y ese vecino al suyo, extendiéndose un cáncer de caos por todo el cuerpo de la ciudad. La cohesión de la estructura de la torre se había deteriorado con una terrible rapidez; el fallo de una parte de la anatomía ejercía una inaguantable presión sobre la otra.</p>
<p>La obra maestra que los buenos ciudadanos de Podujevo habían construido con su propia carne y su propia sangre comenzó a tambalearse; entonces, como un rascacielos dinamitado, comenzó a caer.</p>
<p>El flanco roto vomito a sus habitantes como una arteria acuchillada escupiendo sangre. En aquel momento, con una elegante pereza que hizo sufrir a sus ciudadanos la más terrible de las agonías, se inclinó sobre la tierra, quebrando, mientras caía, todos sus miembros.</p>
<p>La enorme cabeza, que hacía tan sólo un momento había acariciado las nubes, se echó hacia atrás sobre su grueso cuello. Diez mil gargantas emitieron un solo grito por aquella vasta boca; una inarticulada, infinitamente lastimosa súplica al cielo. Un aullido de pérdida, un aullido de anticipación, un aullido de perplejidad. ¿Cómo, inquiría aquel grito, podía, «el día entre los días» acabar así, en una confusión de cuerpos derrumbándose?</p>
<p>–¿Has oído eso?</p>
<p>Era un sonido inequívocamente humano, aunque ensordecedoramente fuerte. A Judd se le retorció el estómago. Miró a Mick, que estaba blanco como una sábana.</p>
<p>Judd paró el coche.</p>
<p>–No –dijo Mick.</p>
<p>–Escucha, por amor de Dios.</p>
<p>Un estruendo de gemidos moribundos, súplicas e imprecaciones inundó el aire. Estaba muy cerca.</p>
<p>–Tenemos que irnos –imploró Mick.</p>
<p>Judd sacudió la cabeza. Estaba esperando algún espectáculo militar –todo el ejército ruso concentrado sobre la siguiente colina–, pero aquel sonido que retumbaba en sus oídos era un sonido de carne humana, demasiado humano para definirlo con palabras. Le recordó sus visiones infantiles del infierno; aquellos eternos, horribles tormentos con los que su madre le había amenazado si dejaba de abrazar a Cristo. Era un terror que había olvidado durante veinte años. Y, repentinamente, aquí estaba otra vez; de nuevo ante él. Era posible que el infierno estuviera con sus fauces abiertas tras el horizonte próximo; su madre, al borde de aquel abismo, invitándole a probar sus tormentos.</p>
<p>–Si tú no conduces, lo haré yo.</p>
<p>Mick salió del coche, y lo cruzó por la parte anterior, mirando hacia el camino. Hubo un momento de duda, nada más que un momento, en que sus ojos parpadearon con incredulidad. Antes de que diera la vuelta hacia el limpiaparabrisas, su cara se puso más pálida, incluso, de lo que había estado previamente, y, con una voz apagada por una náusea contenida, dijo:</p>
<p>–¡Cielo santo!</p>
<p>Su amigo estaba sentado tras el volante, con la cabeza entre las manos, intentando hacer desaparecer sus recuerdos.</p>
<p>–Judd&#8230;</p>
<p>Judd levantó la cabeza lentamente. Mick se quedó fijamente observándole como si fuera un hombre salvaje; su cara brillaba por un repentino sudor helado. Judd miró delante de él. Unos metros más arriba, el camino se había oscurecido misteriosamente. Una especie de torrente avanzaba hacia el coche, una espesa, profunda marea de sangre. La razón de Judd se revolvió intentando encontrar sentido a aquella visión. Pero no había alternativa posible. Aquello era sangre, en insufrible cantidad, sangre sin fin.</p>
<p>Y ahora, en la brisa había un gusto a cadáver recién abierto: un olor que salía de las entrañas del cuerpo humano, mitad dulce, mitad salado.</p>
<p>Mick volvió tropezando hacia la puerta del Volkswagen; asustado, forcejeó la cerradura. La puerta se abrió repentinamente y se abalanzó al interior; sus ojos estaban vidriosos.</p>
<p>–Da la vuelta –dijo.</p>
<p>Judd acercó la mano a la llave de contacto. La marea de sangre ya estaba manchando las ruedas delanteras. Arriba, el mundo se había teñido de rojo.</p>
<p>–¡Arranca, hijo de puta, arranca!</p>
<p>Judd no estaba intentando poner en marcha el coche.</p>
<p>–Debemos mirar –dijo sin convicción–. Tenemos que hacerlo.</p>
<p>–No tenemos que hacer nada –dijo Mick– más que salir de aquí. No es asunto nuestro&#8230;</p>
<p>–Un accidente de avión&#8230;</p>
<p>–No se ve humo.</p>
<p>–Eso son voces humanas.</p>
<p>El instinto de Mick le decía que se alejaran de allí. Ya leería la noticia de la tragedia en un periódico, ya vería mañana las imágenes grises y granuladas. Hoy todo estaba demasiado fresco, demasiado reciente.</p>
<p>Podía haber cualquier cosa al final del camino, sangrando.</p>
<p>–Tenemos&#8230;</p>
<p>Judd arrancó el coche mientras Mick, a su lado, comenzó a gemir silenciosamente. El Volkswagen empezó a avanzar chapoteando en aquel río de sangre. Las ruedas giraban sobre el liquido viscoso, formando espuma en la corriente.</p>
<p>–No –dijo Mick muy suavemente–. Por favor, no&#8230;</p>
<p>–Debemos ir –replicó Judd–. Debemos. Debemos.</p>
<p>Tan sólo unos metros más allá, la superviviente ciudad de Popolac se recobraba de las primeras convulsiones. Miró fijamente, con un millar de ojos, los restos de su enemigo ritual ahora extendido en una maraña de cuerdas y cuerpos sobre la tierra, hecho pedazos para siempre. Popolac se tambaleó ante aquel espectáculo; sus vastas piernas aplastaban el bosque que rodeaba el prado, sus brazos golpeaban el aire. Consiguió mantener el equilibrio, al mismo tiempo que una locura general, despertada por el horror que se encontraba a sus pies, surgía entre sus fibras y se apoderaba de su cerebro. Se dio la orden: el cuerpo se revolvió, retorciéndose, dio la espalda a aquella horripilante alfombra que había sido Podujevo, y huyó hacia las colinas.</p>
<p>Mientras partía a sumirse en el olvido, su imponente forma se interpuso entre el coche y el sol, proyectando su fría sombra sobre la ensangrentada carretera. Mick no vio nada debido a las lágrimas que cubrían su rostro; y Judd, con los ojos semicerrados por el temor al espectáculo que iba a contemplar tras la siguiente curva, sólo percibió débilmente que algo oscurecía la luz. Una nube, quizás. Una bandada de pájaros.</p>
<p>Si hubiera mirado hacia arriba en ese momento, tan sólo una breve mirada hacia el noreste, habría visto la cabeza de Popolac; la vasta, multitudinaria cabeza de una ciudad enloquecida, desapareciendo de su campo de visión, mientras se hundía en las colinas. Habría sabido que este territorio se encontraba más allá de su comprensión; y que no existía salvación alguna en este rincón del infierno. Pero no vio la ciudad, y la última posibilidad, para, él y para Mick, de dar marcha atrás había pasado. De ahora en adelante, como Popolac y su fallecida gemela, habían perdido la cordura y toda esperanza de vida.</p>
<p>Doblaron la curva y los restos de Podujevo aparecieron ante su vista.</p>
<p>Sus domesticadas imaginaciones nunca podrían haber concebido un espectáculo tan horriblemente brutal.</p>
<p>Quizás en los campos de batalla de Europa hubiera habido semejante cantidad de cuerpos amontonados juntos: pero ¿cuántos de ellos habrían sido de mujeres y niños abrazados a los cuerpos inertes de los hombres? Podían haber existido pilas de muertos tan altas, pero ¿semejante cantidad, tan recientemente llena de vida? Era posible que se hubieran aniquilado ciudades con tanta rapidez, pero ¿una ciudad entera perdida por el simple dictado de la gravedad?</p>
<p>Era una visión que se encontraba más allá de la enfermedad. Ante un espectáculo de tal magnitud la mente se ralentizaba al paso de un caracol, las fuerzas de la razón ponían sus meticulosas manos sobre la evidencia buscando algún error, un lugar donde dijera: «Esto no está sucediendo. Esto es un sueño de muerte, no la muerte misma». Pero la razón no podría encontrar ningún resquicio en el muro. Era verdad. Se trataba de la muerte en persona.</p>
<p>Podujevo había caído.</p>
<p>Treinta y ocho mil setecientos sesenta y cinco habitantes se encontraban esparcidos sobre el suelo, o más bien desparramados en desorden, amontonados en pilas. Aquellos que no habían muerto a causa de la caída, o por asfixia, estaban agonizando. No había supervivientes en la ciudad, excepto un grupo de espectadores que habían salido de sus casas para asistir a la contienda. Esos pocos podujevianos, los inválidos, los enfermos, unos cuantos ancianos, estaban ahora –como Mick y Judd– contemplando la carnicería; intentando no creer lo que estaban viendo.</p>
<p>Judd fue el primero en salir del coche. La tierra, bajo sus zapatos de ante, estaba pegajosa por la sangre coagulada. Examinó la carnicería. No había restos de accidente alguno: ningún signo de explosión, fuego u olor a combustible. Sólo decenas de miles de cuerpos frescos, todos ellos desnudos o vestidos en un idéntico gris estameño, hombres, mujeres y niños. Algunos de ellos, según pudo ver, llevaban arreos de cuero fuertemente abrochados alrededor de sus pechos; de estos dispositivos salían cuerdas, kilómetros y kilómetros de cuerdas. Cuanto más cerca miraba, más se cercioraba del extraordinario sistema de nudos y lazos que aún mantenía unidos los cuerpos. Por alguna razón, esta gente había sido atada junta, la una al lado de la otra. Algunos se encontraban unidos a la espalda de su vecino con una pierna a cada lado como niños jugando a montar a caballo. Otros estaban trabados brazo contra brazo, atados juntos con trozos de cuerdas en un muro de músculo y hueso. Los había liados como una pelota, con la cabeza hundida entre las rodillas. Todos estaban de algún modo conectados con sus compañeros; atados juntos como si de algún demente juego de esclavitud colectiva se tratara.</p>
<p>Se oyó otro disparo.</p>
<p>Mick miró hacia arriba.</p>
<p>Al otro lado del campo, un hombre solitario, vestido con un abrigo gris, caminaba entre los cuerpos con un revólver, rematando a los moribundos. Era un –lastimosamente inadecuado– acto de misericordia; sin embargo, continuaba, eligiendo primero a los niños que sufrían. Vaciando el revólver, cargándolo de nuevo, vaciándolo, cargándolo, vaciándolo&#8230;</p>
<p>Mick reacciono.</p>
<p>Gritó con todas sus fuerzas, elevando su voz por encima de los gemidos de los moribundos.</p>
<p><em>–¿Qué es esto?</em></p>
<p>El hombre dejó aquella espantosa tarea y levantó la cabeza. Su cara tenía el mismo color gris muerto que su abrigo.</p>
<p>–¿Uh? –gruñó, mirando ceñudo a los dos intrusos a través de unas gruesas gafas.</p>
<p>–¿Qué ha ocurrido aquí? –gritó Mick.</p>
<p>Gritar le hacía sentirse bien, le hacía sentirse bien parecer enfadado ante aquel hombre. Era posible que él tuviera la culpa. Era bueno tener alguien a quien culpar.</p>
<p>–Cuéntenos&#8230; –dijo Mick. Podía oír las lágrimas estremeciendo su voz–. Cuéntenos, por amor de Dios. Explíquese.</p>
<p>El hombre del abrigo gris sacudió la cabeza. No comprendía una palabra de lo que aquel joven idiota estaba diciendo. Era inglés lo que hablaba, pero eso era todo lo que sabía. Mick comenzó a caminar hacia el hombre sintiendo durante todo el tiempo los ojos de los muertos fijos en él. Ojos negros, joyas relucientes engarzadas en rostros destrozados. Ojos mirándole de arriba a abajo, sobre cabezas separadas de sus cuerpos. Ojos de cabezas que emitían aullidos en lugar de voces. Ojos de cabezas que se encontraban más allá de los aullidos, más allá del aliento.</p>
<p>Miles de ojos.</p>
<p>Llegó hasta donde se encontraba el hombre del abrigo gris; tenía la pistola casi vacía. Se había quitado las gafas, y las había tirado. También él estaba llorando, pequeños escalofríos recorrían su enorme, desgarbado cuerpo.</p>
<p>Alguien estaba intentando alcanzar el pie de Mick. No quiso mirar, pero una mano tocó su zapato, y no tuvo más elección que ver a su dueño. Un hombre joven, tendido en forma de esvástica, tenía rotas todas las articulaciones. Una niña yacía debajo de él, sus piernas ensangrentadas sobresalían como dos palos rosados.</p>
<p>Quiso el revólver para hacer que aquella mano cesara de tocarle. Aun mejor, quiso una ametralladora, un lanzallamas, algo que hiciese desaparecer aquella agonía.</p>
<p>Mientras levantaba la vista de aquel cuerpo destrozado, Mick vio al hombre del abrigo gris alzar el arma.</p>
<p>–Judd&#8230; –dijo, pero mientras la palabra salía de sus labios, el hombre del abrigo gris deslizó el cañón del arma por su boca y apretó el gatillo.</p>
<p>Había guardado la última bala para él. La parte de atrás de la cabeza se abrió como un huevo chafado, la tapa de los sesos salió volando. El cuerpo cayó, fláccido, y se hundió en el suelo; el revólver aún estaba entre sus labios.</p>
<p>–Debemos&#8230; –comenzó Mick sin dirigirse a nadie–. Debemos&#8230; ¿Cuál era el imperativo? ¿Qué <em>debían </em>hacer en esta situación?</p>
<p>–Debemos&#8230;</p>
<p>Judd estaba detrás de él.</p>
<p>–Ayuda&#8230; –dijo a Mick.</p>
<p>–Sí. Debemos conseguir ayuda. Debemos&#8230;</p>
<p>–Irnos.</p>
<p>¡Irse! Eso era lo que debían hacer. Bajo cualquier pretexto, por frágil o cobarde que fuera la razón, debían irse. Salir de aquel campo de batalla, salir del alcance de una mano moribunda que pertenecía a una herida en lugar de a un cuerpo.</p>
<p>–Tenemos que comunicarlo a las autoridades. Encontrar una ciudad. Conseguir ayuda&#8230;</p>
<p>–Sacerdotes –dijo Mick–. Necesitan sacerdotes.</p>
<p>Era absurdo pensar en administrar los últimos sacramentos a tanta gente. Habría sido necesario un ejército de sacerdotes, un cañón lleno de agua bendita, un altavoz para dar las bendiciones.</p>
<p>Dieron la vuelta, huyendo juntos de aquel horror; protegiéndose el uno en los brazos del otro, se abrieron camino entre aquella carnicería hasta llegar al coche.</p>
<p>Estaba ocupado.</p>
<p>Vaslav Jelovsek estaba sentado tras el volante, intentando poner en marcha el Volkswagen. Giró la llave de contacto una vez. Dos veces. Al tercer intento, el motor arrancó; las ruedas comenzaron a girar sobre el barro carmesí al tiempo que ponía la marcha atrás y retrocedía hacia el camino. Vaslav vio a los ingleses correr hacia el coche maldiciéndole. No había más remedio, no quería robar el vehículo, pero tenía trabajo que hacer. Había sido uno de los jueces, había sido responsable de la contienda de la seguridad de los participantes. Una de las heroicas ciudades había caído ya. Debía hacer todo lo que estuviera en su poder, para evitar que Popolac siguiera a su gemela. Debía dar alcance a la ciudad, y razonar con ella. Disipar sus terrores con palabras tranquilizadoras y promesas. Si fracasaba, ocurriría un desastre de igual magnitud al que tenía frente a él; y su conciencia ya se encontraba lo bastante destrozada.</p>
<p>Mick se encontraba todavía intentando dar alcance al Volkswagen, gritando a Jelovsek. El ladrón no hizo caso, concentrado en hacer maniobrar el coche marcha atrás por aquel estrecho y resbaladizo camino. Furioso, y sin aliento para expresar su furia, Mick se quedó en la carretera con las manos sobre las rodillas, resoplando y sollozando.</p>
<p>–¡Bastardo! –dijo Judd.</p>
<p>Mick miró hacia el camino. El coche ya había desaparecido.</p>
<p>–Ese cabrón no sabe ni conducir correctamente.</p>
<p>–Tenemos&#8230; tenemos&#8230; que&#8230; alcanzarle&#8230; –dijo Mick, sin recuperar el aliento.</p>
<p>–¿Cómo?</p>
<p>–A pie&#8230;</p>
<p>–Ni siquiera tenemos un mapa&#8230; Está en el coche.</p>
<p>–Jesús&#8230; Cristo&#8230; Todopoderoso.</p>
<p>Bajaron juntos por el camino, alejándose del prado.</p>
<p>Tras unos cuantos metros la riada de sangre comenzó a desaparecer. Tan sólo unos regueros coagulados descendían hacia la carretera principal, Mick y Judd siguieron las ensangrentadas marcas de los neumáticos hasta el cruce.</p>
<p>La carretera de Srbovac estaba desierta en ambas direcciones. Las marcas de los neumáticos mostraban un giro a la izquierda.</p>
<p>–Se ha metido en las colinas –dijo Judd, mirando fijamente a lo largo de la carretera hacia la verdiazul distancia–. ¡Ha perdido el juicio!</p>
<p>–¿Regresamos por donde vinimos?</p>
<p>–A pie nos tomará toda la noche.</p>
<p>–Haremos autostop.</p>
<p>Judd sacudió la cabeza. Tenía la cara inerte, la mirada perdida.</p>
<p>–¿No te das cuenta, Mick? Todos sabían lo que iba a ocurrir. La gente de las granjas se marchó al infierno, lejos de aquí, mientras esos otros se volvían locos allí arriba. No va a haber ningún coche en esta carretera, te apuesto lo que quieras a que ningún turista, excepto un par de tontos de mierda como nosotros, recoge a gente con esta pinta.</p>
<p>Tenía razón. Parecían carniceros salpicados de sangre. Las caras brillantes de mugre, los ojos enloquecidos.</p>
<p>–Tendremos que caminar por el camino que él ha seguido –dijo Judd.</p>
<p>Señaló hacia la carretera. Las colinas estaban ahora más oscuras; el sol había desaparecido de sus laderas. Mick se encogió de hombros. Tenían una noche de viaje cualquiera que fuese el camino que tomaran. Pero quería ir hacia algún sitio, no importaba cuál. Era suficiente con poner distancia entre él y la muerte.</p>
<p>En Popolac reinaba una especie de paz. En lugar de un delirio de pánico, había un entumecimiento, una pacífica aceptación ovejuna del mundo tal como era. Encerrados en sus posiciones, sujetos, atados y arreados el uno al otro en un sistema vivo que no permitía que una voz sonara más fuerte que otra, o que el trabajo de un individuo fuese menor que el del vecino, dejaron que un demente consenso ocupara el lugar de la tranquila voz de la razón. Se encontraban crispados, como una sola mente, por un solo pensamiento, una única ambición. Se convirtieron, en tan sólo unos momentos, en el gigante de una única inteligencia que tan brillantemente habían recreado. La ilusión de que existían insignificantes individualidades fue barrida por un irresistible torrente de sentimiento colectivo; no era la pasión de una multitud, sino una oleada telepática que disolvía miles de voces en una sola orden irresistible.</p>
<p>Y la voz decía: ¡Adelante!</p>
<p>La voz decía: Que esta horrible visión desaparezca de mi vista en algún sitio donde no tenga que verla otra vez.</p>
<p>Popolac se volvió hacia las colinas, sus piernas daban zancadas de más de medio kilómetro de largo. Cada hombre, cada mujer y cada niño de aquella torre hirviente estaban ciegos. Sólo veían a través de los ojos de la ciudad. No pensaban, tenían tan sólo los pensamientos de la ciudad. Se creían inmortales en su pesada, implacable fuerza. Inmensa, loca e inmortal.</p>
<p>Habían recorrido dos millas por la carretera, cuando Mick y Judd olieron a gasolina en el aire. Un poco más allá vieron el Volkswagen. Había volcado, el coche estaba atrapado entre los juncos de una acequia a un lado de la carretera. No se había incendiado.</p>
<p>La puerta del conductor estaba abierta, el cuerpo de Vaslav Jelovsek había caído fuera. El rostro en calma; estaba inconsciente. No había señales de heridas, excepto uno o dos pequeños cortes en su serena cara. Suavemente sacaron al ladrón de entre los restos del vehículo, apartaron el cuerpo de la suciedad de la acequia y lo tendieron sobre la carretera. Gimió levemente mientras lo trasladaban; usaron el suéter de Mick de almohada y le quitaron la chaqueta y la corbata.</p>
<p>Tardó poco en abrir los ojos. Se quedó mirándolos.</p>
<p>–¿Se encuentra bien? –preguntó Mick.</p>
<p>El hombre no dijo nada al principio. Parecía no comprender. Luego habló:</p>
<p>–¿Ingleses?</p>
<p>Tenía un acento cerrado, pero la pregunta fue bastante clara.</p>
<p>–Sí.</p>
<p>–Oí sus voces. Ingleses.</p>
<p>Frunció el entrecejo e hizo una mueca de dolor.</p>
<p>–¿Le duele? –dijo Judd.</p>
<p>El hombre pareció encontrarlo divertido.</p>
<p>–¿Me duele? –repitió. Su cara se contrajo en una mezcla de agonía y placer.</p>
<p>–Voy a morir –dijo apretando los dientes.</p>
<p>–No. Se repondrá.</p>
<p>El hombre sacudió la cabeza con absoluta autoridad.</p>
<p>–Voy a morir –dijo otra vez con la voz llena de determinación–. Quiero morir.</p>
<p>Judd se acercó más a él. Su voz se debilitaba por momentos.</p>
<p>–Díganos qué debemos hacer –dijo.</p>
<p>El hombre cerró los ojos. Judd le sacudió violentamente para mantenerlo despierto.</p>
<p>–Díganos –repitió. Su muestra de compasión desapareció de pronto–. Díganos de qué trata todo esto.</p>
<p>–¿Esto? –dijo el hombre. Sus ojos permanecían cerrados–. Fue una caída. Eso es todo. Tan sólo una caída.</p>
<p>–¿Qué cayó?</p>
<p>–La ciudad. Podujevo. Mi ciudad.</p>
<p>–¿De dónde cayó?</p>
<p>–De sí misma, por supuesto.</p>
<p>Aquel hombre no estaba explicando nada; tan sólo respondía con un acertijo tras otro.</p>
<p>–¿Adónde iba? –inquirió Mick intentando parecer lo más inofensivo posible.</p>
<p>–Tras Popolac –dijo el hombre.</p>
<p>–¿Popolac? –dijo Judd.</p>
<p>Mick comenzó a encontrar algún sentido a la historia.</p>
<p>–Popolac es otra ciudad. Como Podujevo. Ciudades gemelas. Están en el mapa.</p>
<p>–¿Dónde está la ciudad ahora? –preguntó Judd.</p>
<p>Vaslav Jelovsek pareció decidirse a contar la verdad. Hubo un momento en que dudó entre morir con un enigma en sus labios, o vivir lo suficiente para confesar su historia. ¿Qué importaba si narraba lo sucedido ahora? Nunca habría otra contienda: todo había acabado.</p>
<p>–Vinieron a luchar –dijo; la voz era ahora muy suave–. Popolac y Podujevo. Vienen cada diez años.</p>
<p>–¿A luchar? –se extrañó Judd–. ¿Quiere decir que toda esa gente fue asesinada?</p>
<p>Vaslav sacudió la cabeza.</p>
<p>–No, no. Cayeron. Ya se lo dije.</p>
<p>–Bien, ¿cómo luchaban? –dijo Mick.</p>
<p>–Vayan a las colinas –fue la única respuesta.</p>
<p>Vaslav abrió levemente los ojos. Las caras que se asomaban sobre él estaban exhaustas y enfermas. Habían sufrido, estos inocentes. Merecían alguna explicación.</p>
<p>–Como gigantes –dijo–. Luchaban como gigantes. Construían un cuerpo con sus cuerpos, ¿entienden? El esqueleto; los músculos, el hueso, los ojos, la nariz, los dientes, todo hecho con hombres y mujeres.</p>
<p>–Está delirando –dijo Judd.</p>
<p>–Vayan a las colinas –repitió el hombre–. Vean ustedes mismos la verdad.</p>
<p>–Incluso suponiendo&#8230; –comenzó Mick.</p>
<p>Vaslav le interrumpió, impaciente por terminar.</p>
<p>–Eran buenos en el juego de los gigantes. Costó muchos siglos de práctica. Cada diez años la figura se hacía más y más grande. Una siempre ambicionando ser más grande que la otra. Cuerdas para atarlos a todos juntos, impecablemente. Tendones&#8230; ligamentos&#8230; había comida en su estómago&#8230; Había conductos desde los lomos, para recuperar el gasto. Los que tenían mejor vista se situaban en la cuenca del ojo, los que tenían la mejor voz en la boca y en la garganta. No lo creerían, era una maravilla de ingeniería.</p>
<p>–No me lo creo –dijo Judd poniéndose en pie.</p>
<p>–Es el cuerpo del estado –dijo Vaslav tan suavemente que su voz apenas era un susurro–. Es nuestra forma de vivir.</p>
<p>Hubo un silencio. Pequeñas nubes pasaron por encima de la carretera deshaciéndose silenciosas en el aire,</p>
<p>–Era un milagro –dijo. Parecía haberse dado cuenta, por primera vez, de la verdadera grandeza de aquel hecho–. Era un milagro.</p>
<p>Era suficiente. Sí. Ya era bastante.</p>
<p>Dichas estas palabras, cerró la boca y murió.</p>
<p>Mick sintió esta muerte más profundamente que las miles de muertes de las que habían huido; más aún, este momento fue la llave que desencadenó la angustia que sentía por todas ellas.</p>
<p>Mick se sentía incapaz, a primera vista, de saber si aquel hombre había decidido contar una fantasía antes de morir, o si de algún modo la historia era cierta. Su imaginación era demasiado estrecha para aceptar la idea. Le dolía el cerebro tan sólo de pensar en ello, su compasión se hundía bajo el peso de la miseria que padecía.</p>
<p>Se quedaron de pie en la carretera, mientras las nubes pasaban rápidamente con sus vagas, grises sombras avanzando sobre sus cabezas hacia las enigmáticas colinas.</p>
<p>Estaba anocheciendo.</p>
<p>Popolac no podía dar un paso más. Tenía todos los músculos exhaustos. Aquí y allá, a lo largo y ancho de su enorme anatomía, se producían muertes. Pero no había congoja en la ciudad por las células fallecidas. Si los muertos se encontraban en el interior, los cuerpos quedaban colgando de sus arreos. Si formaban parte de la piel de la ciudad, eran desatados de sus posiciones y liberados, para caer en el bosque.</p>
<p>El gigante era incapaz de sentir piedad. No tenía otra ambición que seguir andando hasta morir.</p>
<p>Cuando el sol desapareció en el horizonte, Popolac descansó, sentada sobre un pequeño montículo meciendo su enorme cabeza entre sus vastas manos.</p>
<p>Las estrellas comenzaban a salir, con su habitual prudencia. La noche se aproximaba, vendando con compasión las heridas del día, cegando ojos que habían visto demasiado.</p>
<p>Popolac se puso en pie de nuevo, y comenzó a moverse con un retumbante andar. No pasaría mucho tiempo antes de que la fatiga la venciera; antes de que pudiera yacer en la tumba de algún perdido valle y morir allí.</p>
<p>Todavía debía seguir caminando por un tiempo, cada paso más agónicamente lento que el anterior, mientras el manto negro de la noche iba envolviendo su cabeza.</p>
<p>Mick quería enterrar al ladrón de coches en algún sitio a la entrada del bosque. No obstante, Judd señaló que enterrar un cuerpo podía parecer, bajo la más sensata luz de la mañana, un tanto sospechoso. Además, ¿no era absurdo preocuparse por un solo cuerpo cuando había literalmente miles de ellos yaciendo a pocas millas de donde se encontraban?</p>
<p>Por esta razón, dejaron que el cuerpo quedara tendido en el suelo, y que el coche se hundiera más profundamente en la acequia.</p>
<p>Comenzaron a andar de nuevo.</p>
<p>El frío aumentaba por momentos y estaban hambrientos. Las pocas casas que encontraron en su camino estaban todas desiertas, cerradas, incluso las contraventanas, todas.</p>
<p>–¿Qué quiso decir? –dijo Mick mientras se quedaba mirando otra puerta cerrada.</p>
<p>–Estaba hablando metafóricamente.</p>
<p>–¿Y todo eso de los gigantes?</p>
<p>–Tonterías trotskistas –insistió Judd.</p>
<p>–No lo creo.</p>
<p>–Lo sé. Era su discurso del lecho de muerte. Probablemente lo había estado preparando durante años.</p>
<p>–No lo creo –dijo Mick otra vez, volviendo hacia la carretera.</p>
<p>–¿Qué quieres decir? –Judd se encontraba a su espalda.</p>
<p>–No estaba refiriéndose a ninguna doctrina de partido.</p>
<p>–¿Me estás diciendo que crees que hay un gigante cerca de aquí, en algún sitio? ¡Por amor de Dios!</p>
<p>Mick se volvió hacia Judd. Era difícil distinguir su rostro en el crepúsculo. Pero su voz sonó seria al afirmar:</p>
<p>–Sí, creo que estaba diciendo la verdad.</p>
<p>–Eso es absurdo. Es ridículo. No.</p>
<p>Judd odió a Mick en ese momento. Odiaba su ingenuidad, su pasión por creer cualquier historia estúpida con tal de que tuviera cierto aire romántico. ¿Y esto? Esto era lo peor, lo más absurdo&#8230;</p>
<p>–No –dijo otra vez–. No. No. No.</p>
<p>El cielo, liso como la porcelana, dibujaba el perfil de las colinas, negras como la pez.</p>
<p>–Me estoy helando –dijo Mick cambiando de conversación–. ¿Te vas a quedar aquí o vienes conmigo?</p>
<p>Judd gritó:</p>
<p>–No vamos a encontrar nada por este lado.</p>
<p>–Es que el camino de vuelta es largo.</p>
<p>–Estamos metiéndonos cada vez más en las colinas.</p>
<p>–Haz lo que quieras. Yo voy a seguir andando.</p>
<p>Sus pasos retrocedieron: le envolvió la oscuridad. Después de un minuto, Judd le siguió.</p>
<p>Era una noche despejada y fría. Siguieron caminando, llevaban los cuellos de las chaquetas subidos para combatir el frío; tenían los pies hinchados. Sobre ellos el cielo se había convertido en un desfile de estrellas. Un triunfo de luz desbordante donde el ojo podía dibujar tantas formas como paciencia tuviera para ello. Después de un rato se cubrieron mutuamente con sus cansados brazos, para darse consuelo y calor.</p>
<p>Sobre las once vieron el resplandor de una luz en la distancia.</p>
<p>La mujer que se encontraba en la puerta de la cabaña de madera no sonrió, pero comprendió su situación y les dejó entrar. Parecía no tener objeto intentar explicar, bien a la mujer, bien a su lisiado marido, lo que habían visto. La cabaña no tenía teléfono ni había indicios de que hubiera algún vehículo; por eso, aunque encontraran algún medio de expresarse no podían hacer nada.</p>
<p>Mediante mímica y gesticulaciones con la cara explicaron que se encontraban hambrientos y exhaustos. Intentaron además explicar que estaban perdidos, maldiciéndose a sí mismos por haber dejado el libro de frases en el Volkswagen. Ella no parecía entender demasiado lo que decían, pero les hizo sentarse junto a un brillante fuego y puso a calentar en la cocina una cazuela con comida.</p>
<p>Comieron una espesa sopa de guisantes y huevos sin sal. De vez en cuando sonreían agradecidos a la mujer. Su marido, que se encontraba sentado junto al fuego, no hizo intento alguno de hablar, ni siquiera miró a los visitantes.</p>
<p>La comida estaba buena. Les levantó el ánimo.</p>
<p>Dormirían hasta la mañana siguiente y entonces emprenderían el largo camino de vuelta. Al amanecer, los cuerpos que yacían sobre el prado serían contados, identificados, embalados, y enviados a sus familias. El aire se llenaría de sonidos tranquilizadores, apagando los gemidos que aún resonaban en sus oídos. Habría helicópteros, camiones cargados de hombres que dispondrían las operaciones de limpieza. Todos los ritos<strong> </strong>y la parafernalia de un desastre civilizado.</p>
<p>Y en un tiempo todo sería digerible. Se convertiría en parte de su historia: una tragedia, por supuesto, pero una tragedia que podrían explicar, clasificar, con la que aprenderían a vivir. Todo iría bien, sí, todo iría bien. Que llegara la mañana.</p>
<p>El sueño, debido a su inmensa fatiga, vino súbitamente. Estaban echados donde habían caído, aún sentados a la mesa con las cabezas sobre los brazos cruzados. Unos cuantos cuencos vacíos y varios mendrugos de pan les rodeaban en desorden.</p>
<p>No sabían nada. No soñaban nada. No sentían nada. Entonces el estruendo comenzó.</p>
<p>En la tierra, en las profundidades de la tierra, unas rítmicas pisadas, como de un titán, se acercaban poco a poco, más y más.</p>
<p>La mujer despertó a su esposo. Apagó la lámpara y fue hacia la puerta. Era una luminosa noche de estrellas. Las negras colinas se cernían a cada lado.</p>
<p>Aún se oía el estruendo: medio minuto entre cada estampido, ahora se oía más fuerte. Y más fuerte a cada paso.</p>
<p>Marido y mujer permanecieron juntos en la puerta escuchando el eco que resonaba en las colinas, delante y atrás. No había relámpago alguno que acompañara el trueno.</p>
<p>Tan sólo el bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Hacía temblar la tierra. Caía polvo del dintel de la puerta, los pestillos de las ventanas crujían.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>No sabían qué se acercaba, pero cualquiera que fuera su forma, tuviera el propósito que tuviera, parecía no tener sentido intentar huir. Donde ellos se encontraban, en el lastimoso refugio de su cabaña, estaban tan seguros como en cualquier rincón del bosque. ¿Cómo podían elegir, entre cientos de árboles, uno que se mantuviera en pie cuando aquel estruendo hubiera pasado? Mejor esperar y observar.</p>
<p>La vista de la mujer no era buena, y dudó de lo que había visto cuando la negrura de la colina cambió de forma y se levantó, ocultando las estrellas. Su marido también lo vio: aquella cabeza inconcebiblemente enorme, más vasta aún en la engañosa oscuridad, se elevaba más y más, empequeñeciendo las colinas mismas.</p>
<p>El hombre cayó de rodillas balbuciendo una oración con sus artríticas piernas retorcidas tras él.</p>
<p>La mujer chilló. No conocía palabras que pudieran mantener a raya a aquel monstruo; ninguna oración, ninguna súplica tenían poder sobre él.</p>
<p>En la cabaña, Mick se despertó. Su brazo extendido se contrajo por un calambre, tirando el plato y la lámpara de la mesa.</p>
<p>Se rompieron.</p>
<p>Judd se despertó.</p>
<p>El grito del exterior había cesado. La mujer había desaparecido de la puerta, y había huido hacia el bosque. Un árbol, cualquier árbol, era mejor que una visión. Su marido aún seguía babeando sartas de oraciones por su inerte boca, mientras la grandiosa pierna del gigante se levantaba para dar otro paso.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>La cabaña tembló. Los platos saltaron del aparador y se rompieron. Una pipa de arcilla rodó por la repisa de la chimenea haciéndose pedazos en el hogar.</p>
<p>Los amantes conocían aquel sonido que resonaba en sus entrañas: el estruendo de la tierra.</p>
<p>Mick estiró el brazo hacia Judd y le cogió del hombro.</p>
<p>–¿Lo ves? –dijo. Sus dientes tenían un color gris azulado en la penumbra de la cabaña–. ¿Lo ves? ¿Lo ves?</p>
<p>Había una especie de rebosante histeria en sus palabras. Corrió hacia la puerta, tropezando con una silla en la oscuridad. Maldiciendo y magullado, salió tambaleando a la noche.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El estruendo era ensordecedor. Esta vez rompió todas las ventanas de la cabaña. En el dormitorio, una de las vigas del techo se quebró; los escombros cayeron al piso de abajo.</p>
<p>Judd se unió a su amante en la puerta. El viejo estaba con la cara sobre el suelo, tenía sus enfermos e hinchados dedos encrespados; los suplicantes labios apretados contra el húmedo piso.</p>
<p>Mick miró hacia arriba, hacia el cielo. Judd siguió su mirada. Había un lugar donde no había estrellas. Era una oscuridad con la forma de un hombre; una vasta, extensa figura humana, un coloso que se elevaba hasta encontrar el cielo. No era un gigante perfecto. Su silueta no era constante; hervía y hormigueaba.</p>
<p>Parecía, también, más ancho que cualquier hombre real. Tenía las piernas anormalmente gruesas y achaparradas, y los brazos no eran tan largos. Las manos, que se abrían y cerraban, parecían extrañamente articuladas y demasiado delicadas para su torso.</p>
<p>Entonces levantó un inmenso pie plano y lo puso sobre la tierra, avanzando hacia ellos.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El paso hizo que el techo se derrumbara sobre la cabaña. Todo lo que había contado el ladrón de coches era verdad. Popolac era una ciudad y un gigante; y se había dirigido hacia las colinas&#8230;</p>
<p>Sus ojos ya se estaban acostumbrando a la luz de la noche. Podían distinguir la estructura de aquel monstruo. Era una obra maestra de ingeniería humana: un hombre hecho enteramente de hombres. Mejor, un gigante sin sexo, construido con hombres, mujeres y niños. Todos los habitantes de Popolac retorcidos y deformados en el cuerpo de este gigante tejido con carne, con los músculos extendidos hasta la máxima tensión tolerable y los huesos a punto de quebrarse.</p>
<p>Podían ver cómo los arquitectos de Popolac habían alterado, sutilmente, las proporciones del cuerpo humano; cómo la criatura había sido construida desproporcionadamente rechoncha para bajar el centro de gravedad; cómo la cabeza se encontraba hundida entre los anchos hombros de manera que los problemas que podía haber causado un cuello débil quedaran minimizados.</p>
<p>A pesar de estas malformaciones, parecía horriblemente vivo. Los cuerpos estaban unidos de tal manera que hacían que la superficie fuese –excepto los arreos– completamente lisa, brillante a la luz de las estrellas como un vasto torso humano. Incluso los músculos estaban bien copiados, aunque simplificados. Podían ver el modo en que los cuerpos atados se empujaban y tiraban uno contra otro, formando sólidas cuerdas de carne y hueso. Podían ver a la gente entrelazada que confeccionaba el cuerpo: las espaldas, como tortugas comprimidas juntas para formar la curva de los pectorales; los acróbatas, atados y anudados en las articulaciones de brazos y piernas, enrollándose y desenrollándose para articular la ciudad.</p>
<p>Pero seguramente la más asombrosa visión de la ciudad era la cara.</p>
<p>Las mejillas hechas con cuerpos; las cavernosas cuencas de los ojos, desde donde unas cabezas miraban fijamente, cinco cabezas unidas formaban cada globo ocular; una ancha, aplastada nariz y una boca que se abría y cerraba, mientras los músculos de la mandíbula se juntaban y separaban rítmicamente. Y de aquella boca revestida de dientes por niños desnudos, la voz del gigante, que ahora sólo era una débil copia de su anterior potencia, emitía una única nota de música estúpida.</p>
<p>Popolac caminaba y Popolac cantaba.</p>
<p>¿Había habido alguna vez en Europa una visión semejante?</p>
<p>Mick y Judd observaban mientras la ciudad daba otro paso hacia ellos.</p>
<p>El viejo se había mojado los pantalones. Llorando y suplicando, se alejó reptando de la cabaña en ruinas, para esconderse entre los árboles cercanos, arrastrando tras él sus piernas muertas.</p>
<p>Los ingleses se quedaron donde estaban, observando el espectáculo mientras se aproximaba. No sentían pavor ni horror alguno, sólo un temor reverencial que los tenía inmovilizados. Sabían que aquello era una visión que nunca podrían volver a ver; era la cumbre, tras esto sólo había experiencias corrientes. Era mejor quedarse, aunque cada paso trajera la muerte mas cerca; mejor quedarse y contemplar aquel espectáculo mientras estuviera allí para poder verlo. Y si aquel monstruo les mataba, al menos habrían vislumbrado un milagro, habrían conocido aquella terrible majestad durante un breve instante. Parecía un trato justo.</p>
<p>Popolac se encontraba apenas a dos pasos de la cabaña. Podían ver las complejidades de su estructura con bastante claridad. Las caras de sus habitantes se concretaban por momentos: blancas, empapadas de sudor, satisfechas en su cansancio. Algunos muertos colgaban de sus arreos, con las piernas balanceándose hacia delante y hacia detrás como los ahorcados. Otros, los niños en particular, habían cesado de cumplir sus ejercicios, y habían relajado sus posiciones de manera que la forma del cuerpo se estaba degenerando, comenzando a borbotear con los hervores de las células rebeldes.</p>
<p>A pesar de todo aún caminaba, y cada paso suponía un incalculable esfuerzo de coordinación y potencia.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El paso que alcanzaba la cabaña llegó antes de lo que pensaban.</p>
<p>Mick vio cómo se levantaba la pierna; vio las caras de la gente de la espinilla, del tobillo y del pie –ahora tenían su mismo tamaño–, todos ellos hombres inmensos elegidos para llevar el peso de la gran creación. Muchos de ellos estaban muertos. La planta del pie, según pudo ver, era un amasijo de cuerpos aplastados y ensangrentados, presionados hasta morir por el peso de sus conciudadanos.</p>
<p>El pie descendió con un rugido.</p>
<p>En cuestión de segundos la cabaña quedó reducida a astillas y polvo.</p>
<p>Popolac ocultó completamente el cielo. Se convirtió durante unos instantes en el mundo entero, cielo y tierra; su presencia llenaba los sentidos hasta desbordarlos. A esta distancia, una mirada no podía abarcar al gigante, el ojo tenía que oscilar hacia delante y hacia atrás sobre su volumen para poder abarcarlo e, incluso entonces, la mente rehusaba aceptar toda la verdad.</p>
<p>Un fragmento de piedra, que había salido violentamente despedido de la cabaña mientras ésta se derrumbaba, dio de lleno en la cara de Judd. Oyó en su cabeza el golpe mortal, como una pelota golpeando un muro: fue una muerte de patio de recreo. No sintió ningún dolor: ningún remordimiento. Se extinguió como una llama, una pequeña, insignificante llama; su grito de muerte se perdió en aquel estruendo infernal, su cuerpo quedó escondido entre el humo y la oscuridad. Mick no vio ni oyó morir a Judd.</p>
<p>Estaba demasiado ocupado mirando fijamente cómo el pie se apoyaba, sólo un momento, sobre las ruinas de la cabaña, mientras la otra pierna reunía la voluntad necesaria para moverse.</p>
<p>Mick aprovechó su oportunidad. Aullando como un demonio, corrió hacia la pierna, anhelando abrazarse al monstruo. Tropezó entre las ruinas y, ensangrentado, se levantó de nuevo, intentando alcanzar el pie antes de que éste se levantara y lo dejara atrás, Hubo un clamor de agónico aliento cuando el mensaje que ordenaba moverse llegó al pie; Mick vio cómo los músculos de la espinilla se agrupaban y unían mientras la pierna comenzaba a levantarse. Hizo una última embestida sobre el miembro cuando éste iniciaba su ascenso, aferrándose a un arreo, o a una cuerda, o al pelo humano, o a la carne misma; cualquier cosa que le sirviera para asirse a este milagro pasajero y formar parte de él. Mejor ir con él a cualquier parte, servir a su propósito, cualquiera que fuese; mejor morir con él, que vivir sin él.</p>
<p>Cogió el pie, y encontró un asidero firme en su tobillo. Chillando en un éxtasis absoluto por su éxito, sintió cómo la enorme pierna se levantaba, y echó una mirada hacia abajo entre un torbellino de polvo, hasta el lugar donde había estado; se iba alejando mientras la extremidad subía.</p>
<p>La tierra había quedado por debajo de él, era el autoestopista de un dios: la vida sencilla que había dejado no significaba nada ahora, o nunca. Viviría con este ser, sí, viviría con él, mirándolo y mirándolo, devorándolo con los ojos hasta que muriera de pura glotonería.</p>
<p>Gritaba y aullaba, se columpiaba en las cuerdas saboreando su triunfo. Abajo, allá abajo, vio por un instante el cuerpo de Judd, acurrucado, pálido sobre el oscuro suelo, irrecuperable. El amor, la vida y la cordura habían desaparecido; se habían ido como el recuerdo de su nombre, de su sexo, o de su ambición.</p>
<p>No significaba nada. Nada en absoluto.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Popolac caminaba, el sonido de sus pasos se alejaba hacia el este. Popolac caminaba, el murmullo de su voz se perdía en la noche.</p>
<p>Un día después, llegaron pájaros, llegaron zorros, moscas y mariposas, llegaron avispas. Judd se movió, Judd cambió de sitio, Judd dio a luz. Los gusanos buscaron el calor de su estómago, la buena carne de sus muslos fue devorada en la madriguera de una raposa. Después de eso, todo fue rápido: sus huesos se volvieron amarillos, sus huesos se desmoronaron: pronto, aquel espacio que una vez había estado lleno de aliento y de opiniones quedó vacío.</p>
<p>Oscuridad, luz, oscuridad, luz. Ni siquiera interrumpió con su nombre</p>

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		<title>Un beso</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Mar 2010 17:48:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mis Trabajos]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[besos]]></category>
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		<description><![CDATA[Te besaba largamente, las telas de la noche se decolgaban desde el cielo raso hasta la cama. Estabamos en una pensión calurosa en un pueblo que tenía parques y una playa a 20 minutos./Te besaba largamente, hundido en los jadeos de la penunmbra, soñando con soles y viajes en barco./Tus labios, supurando rojos y manzanas y perfumes dorados, me parecieron de pronto muertos, descarnados. Era como si la sangre hubiera dejado de correr.<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/03/un-beso/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Te besaba largamente, las telas de la noche se decolgaban desde el cielo raso hasta la cama.  Estabamos en una pensión calurosa en un pueblo que tenía parques y una playa a 20 minutos.  Te besaba largamente, hundido en los jadeos de la penunmbra, soñando con soles y viajes en barco.  Tus labios, supurando rojos y manzanas y perfumes dorados, me parecieron de pronto muertos, descarnados. Era como si la sangre hubiera dejado de correr. Como si el tiempo hubiera parado.  Pero también eso era un engaño. Mi mente me jugaba trucos.  Ayer te besaba largamente y las telas de la noche descolgaban sobre nosotros.</p>
<p><strong>EL BESO</strong></p>
<p><strong>Humedeces</strong> tus labios</p>
<p>La luz se lanza sobre ellos</p>
<p>Un auto sobre la carretera</p>
<p>bajo el sol que se pone</p>
<p>se precipita  a un barranco</p>
<p><strong>No quiero</strong> pensar</p>
<p>en las consecuencias</p>
<p>en las noches                        vacías</p>
<p>y en todo lo que se rompe y escapa</p>
<p><strong>Me acerco</strong></p>
<p>y beso los destellos rojos de tu boca</p>
<p><strong>…Pero algo </strong>me inquieta</p>
<p><strong>En tu boca</strong> hay mundos extraños</p>
<p>donde la muerte</p>
<p>brilla de un modo tan cercano,</p>
<p>que mis átomos                        asustados</p>
<p>chocan</p>
<p>entre sí</p>
<p><strong>Ocultos en la carne</strong></p>
<p>de tus labios</p>
<p>veo lánguidos amantes suicidas</p>
<p>arrancarse las venas</p>
<p>y suplicar para que las emociones</p>
<p>se detengan</p>
<p>y los tristes</p>
<p>escombros de la vida los</p>
<p>aplasten.</p>
<p><strong>Pero hay también</strong> (y esto</p>
<p>es lo que</p>
<p>me confunde)</p>
<p>luz</p>
<p>y unas tiernas ganas de</p>
<p>vivir</p>
<p>que me conmueven</p>
<p>La fotoes de Trader Photography, revisen su<a href="http://www.flickr.com/photos/harley-and-christina/"> flickr</a></p>

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		<title>Una carroña</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Mar 2010 06:47:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El poema]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Asco]]></category>
		<category><![CDATA[Baudelaire]]></category>
		<category><![CDATA[carroña]]></category>
		<category><![CDATA[cuerpos]]></category>
		<category><![CDATA[gusanos]]></category>
		<category><![CDATA[moscas]]></category>
		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Muertos]]></category>
		<category><![CDATA[putrefacción]]></category>
		<category><![CDATA[Vida]]></category>

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		<description><![CDATA[Leer las flores del mal sin interrupciones es agotador; las manos me tiemblan como las de los jóvenes poetas, lánguidos, que llenaban sus almas de opio; me siento agotado y vivo a la vez: rebosante de profundidad, volcado, vomitando efluvios de estrellas sobre mi abrumado corazón. ¡Y es que el veneno, los vampiros, la belleza resplandeciente...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/02/una-carrona/"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Leer las flores del mal sin interrupciones es agotador; las manos me tiemblan como las de los jóvenes poetas, lánguidos, que llenaban sus almas de opio; me siento agotado y vivo a la vez: rebosante de profundidad, volcado, vomitando efluvios de estrellas sobre mi abrumado corazón. ¡Y es que el veneno, los vampiros, la belleza resplandeciente y la muerte que todo descompone son demasiado! Una estrella tras otra, un relámpago tras otro, un jadeo tras otro y una piernas de mujer abiertas a la noche mientras espera a su amante! …jadeos… las manos  temblorosas de los poetas del siglo XIX… tengo que escribir y escribir y escribir, a ver si así la vida se atenúa, si baja en intensidad sus colores y si el ruido de sus formas, de su esencia amorosa, disminuye aunque sea un poco y me deja respirar…</p>
<p><strong>UNA CARROÑA</strong></p>
<p><strong>de Charles Baudelaire</strong></p>
<p>Recuerda lo que vimos, alma mía,<br />
esa bella mañana de verano tan dulce:<br />
a la vuelta de un sendero una carroña infame<br />
en un lecho sembrado de guijarros,</p>
<p>con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,<br />
ardiente y sudando los venenos<br />
abría de un modo negligente y cínico<br />
su vientre lleno de exhalaciones.</p>
<p>El sol brillaba sobre esta podredumbre,<br />
como para cocerla en su punto,<br />
y devolver ciento por uno a la gran Naturaleza<br />
todo lo que en su momento había unido;</p>
<p>y el cielo miraba el espléndido esqueleto<br />
como flor que se abre.<br />
Tan fuerte era el hedor que tú, en la hierba<br />
creíste desmayarte.</p>
<p>Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido<br />
del cual salían negros batallones<br />
de larvas que manaban como un líquido espeso<br />
por aquellos vivientes andrajos.</p>
<p>Todo aquello descendía y subía como una ola,<br />
o se lanzaba chispeante<br />
se hubiera dicho que el cuerpo, hinchado por un aliento vago,<br />
vivía y se multiplicaba.</p>
<p>Y este mundo producía una música extraña<br />
como el agua que corre y el viento<br />
o el grano que un ahechador con movimiento rítmico<br />
agita y voltea con su criba.</p>
<p>Las formas se borraban y no eran más que un sueño,<br />
un esbozo tardo en aparecer<br />
en la tela olvidada, y que el artista acaba<br />
sólo de memoria.</p>
<p>Detrás de las rocas una perra inquieta<br />
nos miraba con ojos enfadados,<br />
espiando el momento de recuperar en el esqueleto<br />
el trozo que había soltado.</p>
<p>Y, sin embargo, tú serás igual que esta basura,<br />
que esta horrible infección,<br />
¡estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza,<br />
tú, mi ángel y mi  pasión!</p>
<p>¡Sí! tal tú serás, oh reina de las gracias,<br />
después de los últimos sacramentos,<br />
cuando vayas, bajo la  hierba  y las fértiles florescencias,<br />
a enmohecer entre las osamentas.</p>
<p>Entonces, oh belleza mía, di a los gusanos<br />
que te comerán a besos,<br />
¡que he guardado la forma y la esencia divina<br />
De mis amores descompuestos!</p>
<p>La foto es de Nadar</p>

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		<title>Calidoscopio</title>
		<link>http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/calidoscopio/</link>
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		<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 23:49:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[Astronautas]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Espacio]]></category>
		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Ray Bradbury]]></category>

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		<description><![CDATA[Un chohete explota en millones de pedacitos y los tripulantes, dispersos sobre el universo, caen hacia su irrmediable muerte. No pueden más que caer,  hablar entre ellos y aceptar su muerte... qué harías tú si estuvieras cayendo, si supieras que tu muerte es inevitable... en el cuento de la semana otra historia del maestro de maestros Ray Bradbury...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/12/calidoscopio/"/>sigue leyendo</a>
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]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
</span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/12/Calidoscopio.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: left;">Un chohete explota en millones de pedacitos y los tripulantes, dispersos sobre el universo, caen hacia su irrmediable muerte. No pueden más que caer,  hablar entre ellos y aceptar su muerte&#8230; qué harías tú si estuvieras cayendo, si supieras que tu muerte es inevitable&#8230; en el cuento de la semana otra historia del maestro de maestros Ray Bradbury.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;"><strong>Calidoscopio</strong></p>
<p>El primer impacto rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.<br />
—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?<br />
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.<br />
—¡Woode, Woode!<br />
—¡Capitán!<br />
—Hollis, Hollis, aquí Stone.<br />
—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?<br />
—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo&#8230; Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!<br />
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.<br />
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.<br />
—Nos alejamos unos de otros.<br />
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.<br />
Pasaron diez minutos. E1 terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.<br />
—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?<br />
—Depende de tu velocidad y la mía.<br />
—Una hora, supongo.<br />
—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.<br />
—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.<br />
—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?<br />
—¿Hacia dónde caes?<br />
—Creo que me estrellaré en el Sol.<br />
—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, Arderé como una cerilla.<br />
Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.</p>
<p>Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.<br />
—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!<br />
—¿Quién habla?<br />
—No lo sé.<br />
—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?<br />
—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!<br />
—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?<br />
Una pausa. Seguían separándose unos de otros.<br />
—¿Stimson?<br />
—Sí —replicó por fin.<br />
—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.<br />
—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.<br />
—Hay una posibilidad de que nos encuentren.<br />
—Si, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.<br />
—Es una pesadilla —dijo alguien.<br />
—¡Cállate! —ordenó Hollis.<br />
—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.<br />
Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo&#8230;, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.<br />
¡Y seguían cayendo y cayendo!</p>
<p>Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.<br />
—¡Basta!<br />
El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.<br />
Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.<br />
&#8220;Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?&#8221;<br />
Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.<br />
Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.<br />
—Hollis, ¿sigues ahí?<br />
Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.<br />
—Aquí Applegate otra vez.<br />
—¿Qué hay, Applegate?<br />
—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.<br />
El capitán intervino.<br />
—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.<br />
—Capitán, ¿por qué no se calla?<br />
—¿Qué?<br />
—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.<br />
—¡Compórtese, Applegate!<br />
—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.<br />
—¡Le ordeno que se calle!<br />
—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estabamos, Hollis? Ah, sí ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.<br />
Hollis, desesperado, cerró los puños.<br />
—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.<br />
Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.<br />
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de si mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad&#8230; Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.</p>
<p>¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.<br />
—¿Estás enfadado, Hollis?<br />
—No.<br />
Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.<br />
—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.<br />
—No tiene importancia.<br />
Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso&#8230; El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.<br />
Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?<br />
Uno de los otros hombros estaba hablando.<br />
—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.<br />
&#8220;Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.&#8221;<br />
Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:<br />
—¡Todo ha terminado, Lespere!<br />
Silencio.<br />
—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!<br />
—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.<br />
—Soy Hollis.<br />
Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.<br />
—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?<br />
—No.<br />
—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?<br />
—¡Sí, es mejor!<br />
—¿Por qué?<br />
—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.</p>
<p>Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.<br />
—¿Y para qué te sirve eso? —gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.<br />
—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.<br />
—¿Perverso?<br />
Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. &#8220;Perverso&#8221;. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.<br />
—Cálmate, Hollis.<br />
Alguien había escuchado su voz sofocada.<br />
Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson&#8230; Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la &#8220;serenidad&#8221;, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.<br />
—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.<br />
&#8220;Pero, ¿no somos iguales? —se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.&#8221;<br />
Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.<br />
Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?<br />
Un momento después descubrió que su pié derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. E1 aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.<br />
—¿Hollis?<br />
Hollis respondió cansinamente, harta de aguardar la muerte.<br />
—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.<br />
—Sí.<br />
—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?<br />
—Sí<br />
—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Guando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.</p>
<p>Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.<br />
—Gracias, Applegate.<br />
—No hay de qué. Y anímate, bobo.<br />
—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?<br />
—¿Stimson?<br />
Todos escuchaban atentamente:<br />
—Debe de haber muerto.<br />
—No lo creo. ¡Stimson!<br />
Volvieron a escuchar.<br />
Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta&#8230;<br />
—Es él. Escuchad.<br />
—¡Stimson!<br />
Nadie respondió.<br />
Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.<br />
—No contestará.<br />
—Ha perdido el conocimiento. Dios le ayude.<br />
—Es él, escuchad.<br />
Una respiración apenas audible, el silencio.<br />
—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Consideradlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.<br />
Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.<br />
—¡Eh! —dijo Stone.<br />
—¿Qué?<br />
Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.<br />
—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.<br />
—¿Meteoritos?<br />
—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, que hermoso es todo esto!<br />
Silencio.<br />
—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.<br />
Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.<br />
—Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.<br />
—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.<br />
—No te hagas el gracioso —dijo Stone.<br />
Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.<br />
T odas las voces, iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.<br />
—Adiós.<br />
—Tómatelo con calma.<br />
—Adiós, Hollis —dijo Applegate.<br />
Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.<br />
Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood&#8230; Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.<br />
&#8220;¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta&#8230; Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.&#8221;<br />
Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz&#8230; Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.<br />
&#8220;Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.&#8221;<br />
—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.</p>
<p>Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.<br />
—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!<br />
La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.<br />
—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.</p>

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		<title>Rubén</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Oct 2009 01:31:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[Traga Rubén no brinques Rubén sóplate Rubén no te orines en la cama Rubén no toques Rubén no llores Rubén estate quieto Rubén no saltes en la cama Rubén no saques la cabeza por la ventanilla Rubén no rompas el vaso Rubén, Rubén no le saques la lengua a la maestra Rubén no rayes las paredes Rubén di los buenos días Rubén...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/10/ruben/"/>sigue leyendo</a>
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<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> Descarga el podcast de esta entrada, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. O inscríbete y bájalo en<a href="http://itunes.apple.com/WebObjects/MZStore.woa/wa/viewPodcast?id=327727063 "> iTunes</a>.<br />
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<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/10/Ruben.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p style="text-align: left;">Hace poco en clase del semi- dios <a href="http://www.buap.mx/cultura/poetas/casar.html">Eduardo Casar,</a> conocí a este escritor Venezolano. He aquí, pues, el cuento de la semana y de pilón, otro cuentito de Luis Brito, para que hagan a este escrito venezolano uno de sus favoritos.</p>
<p style="text-align: left;">Por cierto, visiten su <a href="http://luisbrittogarcia.blogspot.com/">blog</a>, está de lujo.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;"><strong>RUBÉN</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>LUIS BRITTO GARCÍA</strong></p>
<p style="text-align: left;">Traga Rubén no brinques Rubén sóplate Rubén no te orines en la cama Rubén no toques Rubén no llores Rubén estate quieto Rubén no saltes en la cama Rubén no saques la cabeza por la ventanilla Rubén no rompas el vaso Rubén, Rubén no le saques la lengua a la maestra Rubén no rayes las paredes Rubén di los buenos días Rubén deja el yoyo Rubén no juegues trompo Rubén no faltes al catecismo Rubén amárrate la trenza del zapato Rubén haz las tareas Rubén no rompas los juguetes Rubén reza Rubén no te metas el dedo en la nariz Rubén no juegues con la comida no te pases la vida jugando la vida Rubén.<br />
Estudia Rubén no te jubiles Rubén no fumes Rubén no salgas con tus compañeros Rubén no te pelees con tus amigos Rubén, Rubén no te montes en la parrilla de las motos Rubén estudia la química Rubén no trasnoches Rubén no corras Rubén no ensucies tantas camisetas Rubén saluda a la comadre Paulina Rubén no andes en patota Rubén no hables tanto, estudia la matemática Rubén no te metas con la muchacha del servicio Rubén no pongas tan alto el tocadiscos Rubén no cantes serenatas Rubén no te pongas de delegado de curso Rubén no te comprometas Rubén no te vayas a dejar raspar Rubén no le respondas a tu padre Rubén, Rubén córtate el pelo, coge ejemplo Rubén.<br />
Rubén no manifiestes, con cantes el Belachao Rubén, Rubén no protestes profesores, no dejes que te metan en la lista negra Rubén, Rubén quita esos afiches del cheguevara, no digas yankis go home Rubén, Rubén no repartas hojitas, no pintes los muros Rubén, no siembres la zozobra en las instituciones Rubén, Rubén no quemes cauchos, no agites Rubén, Rubén no me agonices, no me mortifiques Rubén, Rubén modérate, Rubén compórtate, Rubén aquiétate, Rubén componte.</p>
<p style="text-align: left;">Rubén no corras Rubén no grites Rubén no brinques Rubén no saltes Rubén no pases frente a los guardias Rubén no enfrentes los policías Rubén no dejes que te disparen Rubén no saltes Rubén no grites Rubén no sangres Rubén no caigas.</p>
<p style="text-align: left;">No te mueras, Rubén.</p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: center;"><strong>ANTES YO ERA<br />
</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>LUIS BRITTO GARCÍA</strong></p>
<p>Antes, yo era un ser humano. Tenía acceso a los olores, los colores, los sonidos, las formas, los sabores, ante mí desfilaban las personas, ocurrían las cosas. Se apoderaban de mí las emociones, a veces –no siempre- tenía ideas. Luego, se me ocurrió leer libros, y poco a poco elegí, más que el sonido, la palabra que simboliza el sonido, más que el color, la palabra que simboliza el color, más que el olor, la palabra que simboliza el olor, más que el sabor y el tacto, las palabras que simbolizan sabores y tactos. No conocí personas, conocí sucesiones de palabras estampadas en olorosa tinta que describían personas; elegí no padecer el miedo, sino descifrar la narración del miedo; creí pensar, cuando sólo conectaba entre sí palabras que describían los pensamientos de otros. Poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo por palabras: la progresión del tiempo, por el sucederse de períodos; mi conciencia de existir, por un vasto olor a papel y tinta, a veces a grafito, a veces a cueros, a veces a cola. Alrededor de mi construí los muros de libros y al final no sé cómo entré en ellos me dirigieron me asimilaron me absorbieron golosamente, secamente, y yo sólo trataba con polillas.<br />
Ahora, soy esto. He mirado lo que era mi mano y sólo veo unas palabras que dicen antes yo era un ser humano. No hay antebrazo, sólo veo otras palabras que dicen: tenía acceso a los colores, a los olores. Así, en parcos vocablos se va agotando mi cuerpo: donde dice poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo, es el ombligo; y la conciencia, la conciencia, son las palabras de este párrafo que dicen ahora soy esto, estas líneas en que me defino, sólo palabras, sólo tintas, sólo papeles, yo que era un ser humano, concluyo aquí, ahora. Ahora, no soy sensaciones, no soy ya emociones, no soy ya tripas, algo me ha ocurrido, palabras, nada más que palabras, ahora soy esto.</p>

<div class="twitterbutton" style="float: left; padding-right: 5px;margin-top: 3px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/10/ruben/&amp;text=Rubén&amp;via=alejandrotuit&amp;related=sitiosguau"><img align="left" src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/plugins//easy-twitter-button/i/buttons/es/tweetn.png" style="border: none;" alt="" /></a></div>
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