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	<title>Diario de un chico trabajador &#187; Terror</title>
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		<title>La señora trude</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Apr 2010 17:46:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento de la semana]]></category>
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		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[niños]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace mucho tiempo vivía una niña obstinada y preguntona; desobedecía cualquier cosa que le dijeran sus padres, no le hacía caso a nadie. Un día la niña les dijo a su papás: "He escuchado hablar de la señora Trude muchas veces y tengo ganas de ir con ella. Me dijeron que la señora Trude es muy extraña y tiene muchas cosas raras. No puedo quedarme tranquila si no visito esa casa, necesito ir para satisfacer mi curiosidad"...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/la-senora-trude/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta semana un cuento de los hermanos Grimm.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>LA SEÑORA TRUDE</strong></p>
<p>Hace mucho tiempo vivía una niña obstinada y preguntona; desobedecía cualquier cosa que le dijeran sus padres, no le hacía caso a nadie.</p>
<p>Un día la niña les dijo a su papás: &#8220;He escuchado hablar de la señora Trude muchas veces y tengo ganas de ir con ella. Me dijeron que la señora Trude es muy extraña y tiene muchas cosas raras. No puedo quedarme tranquila si no visito esa casa, necesito ir para satisfacer mi curiosidad&#8221;.</p>
<p>Sus padres respondieron muy alterados y se lo prohibieron diciéndole: &#8220;La mujer Trude es una mujer mala y hace cosas extrañas. Si vas con ella te desconoceremos como nuestra hija&#8221;.</p>
<p>Pero la niña no hizo caso a sus padres y fue a la casa de la señora Trude.</p>
<p>La señora Trude vio llegar a la niña y le preguntó: &#8220;¿Qué te pasa, por qué estás pálida?&#8221;</p>
<p>La niña contestó temblando: &#8220;Vi algo que me dio mucho miedo&#8221;.</p>
<p>-¿Qué viste?</p>
<p>-Había un hombre negro en las escaleras</p>
<p>-Tan sólo era un carbonero</p>
<p>-También vi a una persona verde</p>
<p>-Era un cazador</p>
<p>-Luego vi a una persona roja como la sangre</p>
<p>-Era un carnicero</p>
<p>-¡Ah!, señora Trude, cuando me asomé por la ventana me dieron escalofríos porque vi a un diablo al que se le estaba quemando la cabeza y no a una señora.</p>
<p>La señora Trude contestó: &#8220;Ahora entiendo, tú viste a la bruja tal como es. Te estaba esperando y deseando desde hace mucho tiempo. Ahora tú me darás algo de luz&#8221;.</p>
<p>Dicho esto, la señora Trude transformó a la niña en un palo de madera y la arrojó al fuego. Mientras el palo de madera ardía resplandeciente, la señora Trude se sentó cerca del fuego para calentarse y exclamo: &#8220;Qué luminoso, qué luminoso&#8221;</p>
<p>La foto es de poyzindrink, este es su <a href="http://www.flickr.com/photos/poyzindrink/3835941088/in/photostream/">flickr</a></p>

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		<title>En las colinas, las ciudades</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Apr 2010 01:43:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Ciudades]]></category>
		<category><![CDATA[Gay]]></category>
		<category><![CDATA[Horror]]></category>
		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>
		<category><![CDATA[Yugoslvia]]></category>

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		<description><![CDATA[Hasta la primera semana de su viaje por Yugoslavia, Mick no descubrió la clase de fanático político que había elegido como amante. Ciertamente se lo habían advertido. Una de aquellas reinas en los Baños le había dicho que Judd se encontraba a la derecha de Atila el Huno, pero aquel hombre había sido una de las anteriores aventuras de Judd, y Mick supuso que había más despecho que realidad en tal afirmación. Si le hubiera hecho caso no estaría ahora conduciendo por aquella interminable carretera un Volkswagen, que de pronto le parecía del tamaño de un ataúd...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2010/04/en-las-colinas-las-ciudades/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En el cuento de la semana esta extraña piezade terror de Clive Barker.</p>
<p>Juzguenla por ustedes mismos.</p>
<p>La foto es de Balam &#8211; Ha, este es su <a href="http://www.flickr.com/photos/balamha/">flickr</a>, donde hay pura foto de calidad</p>
<p style="text-align: center;"><strong>En las colinas, las ciudades </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Clive Barker<br />
</strong></p>
<p>Hasta la primera semana de su viaje por Yugoslavia, Mick no descubrió la clase de fanático político que había elegido como amante. Ciertamente se lo habían advertido. Una de aquellas reinas en los Baños le había dicho que Judd se encontraba a la derecha de Atila el Huno, pero aquel hombre había sido una de las anteriores aventuras de Judd, y Mick supuso que había más despecho que realidad en tal afirmación.</p>
<p>Si le hubiera hecho caso no estaría ahora conduciendo por aquella interminable carretera un Volkswagen, que de pronto le parecía del tamaño de un ataúd, escuchando las teorías de Judd sobre el expansionismo soviético. Jesús, era tan aburrido. No conversaba, daba conferencias, interminables conferencias. En Italia, el sermón había tratado del modo en que los comunistas habían explotado el voto de los campesinos. Ahora, en Yugoslavia, Judd se había entusiasmado con el tema, y Mick estaba a punto de pegarle con un martillo en su terca cabeza.</p>
<p>No se trataba de que él estuviera en desacuerdo con todo lo que Judd decía. Algunos de sus argumentos (los que Mick entendía) parecían bastante razonables. Pero, ¿qué sabía él? Era profesor de danza. Judd era periodista, un erudito profesional. Sentía, como la mayoría de los periodistas que Mick había conocido, que estaba obligado a tener una opinión sobre todo lo que se encontraba bajo el sol. Especialmente en política; era su plato preferido. Podías meter el hocico, los ojos, la cabeza y las patas en aquel charco de porquería y pasar un buen rato chapoteando. Era una inagotable materia que devorar, una basura con un poco de todo; porque todo, según Judd, era política. Las artes eran política. El sexo era política. La religión, el comercio, la jardinería, el comer, el beber, y el tirarse pedos: todo política.</p>
<p>Jesús, era aburrido hasta hacerte estallar la cabeza; criminalmente, agonizantemente aburrido.</p>
<p>Peor aún, Judd no parecía darse cuenta de hasta qué punto aburría a Mick, y si lo hacía, no le importaba. Seguía divagando mientras sus argumentos se hacían más y más pomposos, y sus frases se iban alargando cada kilómetro que avanzaba.</p>
<p>Judd –Mick lo había decidido– era un bastardo egoísta, y tan pronto como su luna de miel acabara, iba a dejarlo.</p>
<p>Hasta su viaje, aquella inacabable caravana sin motivo a través de los cementerios de la cultura centroeuropea, Judd no se dio cuenta de la poca influencia política que tenía sobre Mick. El tipo no mostraba el más mínimo interés en la economía o en la política de los países que habían visitado. Se mostraba indiferente a los detallados hechos que se escondían tras la situación italiana; y bostezaba, sí, bostezaba cuando él intentaba (sin éxito) debatir sobre la amenaza rusa a la paz mundial. Tenía que afrontar la amarga verdad: Mick era una reina; no existía otra palabra para él. De acuerdo en que quizá no era demasiado amanerado al caminar, o no llevaba joyas en exceso; pero, con todo, era una reina, feliz de revolcarse en un mundo de ensueño, repleto de frescos de principios del Renacimiento y de iconos yugoslavos. Las complejidades, contradicciones, incluso las agonías que habían hecho florecer y marchitar las culturas, le aburrían. Su mente no era más profunda que sus miradas; era un don nadie con buena presencia.</p>
<p>¡Vaya luna de miel!</p>
<p>La carretera sur que conducía desde Belgrado a Novi Pazar se encontraba, teniendo en cuenta el nivel yugoslavo, en buen estado. Había menos baches que en la mayoría de las carreteras por las que habían viajado, y era relativamente recta. La ciudad de Novi Pazar estaba en el valle del río Raska; el sur de la ciudad se llamaba como el río. No se trataba de una zona particularmente turística. A pesar del buen estado de la carretera, era bastante inaccesible y carecía de atractivos sofisticados; pero Mick estaba empeñado en ver el monasterio de Sopocani, al oeste de la ciudad, y tras una amarga discusión había vencido.</p>
<p>El viaje había sido tedioso. Al otro lado de la carretera, los campos cultivados parecían secos y polvorientos. El verano había sido inusualmente caluroso, y la sequía estaba afectando a la mayoría de los pueblos. Las cosechas se habían estropeado, y el ganado había sido prematuramente sacrificado para prevenir una muerte por desnutrición. Había una mirada de derrota en las pocas caras que vieron al lado de la carretera. Incluso los niños tenían una expresión austera; las cejas tan espesas como el viciado calor que caía sobre todo el valle. Ahora, con las cartas sobre la mesa tras la discusión que habían tenido en Belgrado, viajaban en silencio la mayor parte del tiempo; pero el trazado rectilíneo de la carretera, como todas las carreteras rectas, invitaba a la discusión. Cuando la conducción era sencilla, la mente buscaba algo para mantenerse entretenida. ¿Y qué mejor que una pelea?</p>
<p>–¿Por qué demonios quieres ver ese maldito monasterio? –preguntó Judd.</p>
<p>Era una invitación inconfundible.</p>
<p>–Hemos recorrido todo ese camino&#8230; –Mick intentó conservar un tono tranquilo. No estaba de humor para mantener una discusión.</p>
<p>–Más jodidas Vírgenes, ¿verdad?</p>
<p>Manteniendo la voz tan imperturbable como pudo, Mick cogió la guía y leyó en alta voz:</p>
<p>–&#8230; allí se puede ver y disfrutar de algunas de las más grandes obras de la pintura servia, incluida la que muchos críticos consideran la obra maestra de la escuela Raska: <em>El sueño de la Virgen.</em></p>
<p>Se hizo un silencio. Habló Judd:</p>
<p>–Estoy hasta aquí de iglesias.</p>
<p>–Es una obra maestra.</p>
<p>–Todas son obras maestras, según ese maldito libro.</p>
<p>Mick sintió que perdía el control.</p>
<p>–Dos horas y media como máximo&#8230;</p>
<p>–Te lo dije, no quiero ver otra iglesia; el olor de esos sitios me pone enfermo. Incienso pasado, sudor rancio, y mentiras&#8230;</p>
<p>–Es un pequeño rodeo; después podemos volver a la carretera y así me podrás dar otra conferencia sobre los subsidios de las granjas en Sandzak.</p>
<p>–Simplemente, intento mantener una conversación decente, en vez de seguir con esas tonterías acerca de las jodidas obras maestras servias.</p>
<p>–¡Para el coche!</p>
<p>–¿Qué?</p>
<p>–¡Que pares el coche!</p>
<p>Judd aparcó el Volkswagen a un lado de la carretera. Mick salió.</p>
<p>Hacía calor pero había una ligera brisa. Respiró profundamente, y avanzó hasta el centro del asfalto. Se encontraba vacía de coches y peatones en ambas direcciones. Vacía en cada dirección. Las colinas resplandecían en el calor entre los campos. Había amapolas salvajes en la cuneta. Mick cruzó la carretera, se puso en cuclillas y cogió una.</p>
<p>Detrás de él oyó el portazo del Volkswagen.</p>
<p>–¿Para qué hemos parado? –dijo Judd. Su voz estaba nerviosa, buscando aún discusión, suplicándola.</p>
<p>Mick permaneció de pie, jugando con la amapola.</p>
<p>Estaba a punto de germinar, aunque la estación estaba bien entrada. Los pétalos se desprendieron del receptáculo nada más tocarlos, pequeñas manchas rojas cayeron balanceándose sobre el gris alquitranado.</p>
<p>–Te he hecho una pregunta –dijo Judd de nuevo.</p>
<p>Mick se dio la vuelta. Judd estaba de pie en el lado más lejano del coche, sus cejas se fruncían dibujando una arruga de cólera incipiente. Pero estaba atractivo; oh, sí; una cara que hacía llorar de frustración a las mujeres cuando se enteraban de que era gay. Tenía un espeso bigote negro (perfectamente arreglado), y unos ojos que podías mirar eternamente y nunca ver en ellos la misma luz dos veces seguidas. ¿Por qué, en nombre de Dios, pensó Mick, un hombre tan guapo tenía que ser una pequeña mierda tan insensible?</p>
<p>Judd le devolvió una mirada desdeñosa, observando cómo aquel bonito muchacho hacía pucheros al otro lado de la carretera. Ver aquella escena que Mick estaba interpretando para él le hacía vomitar. Podía haber sido plausible en una virgen de dieciséis años. En un hombre de veinticinco, carecía de credibilidad.</p>
<p>Mick dejó caer la flor y se sacó la camiseta de los pantalones vaqueros. Un terso estómago primero y un esbelto y plano pecho después quedaron al descubierto mientras se quitaba la prenda. Tras sacar la cabeza, tenía el pelo despeinado y su boca dibujaba una amplia sonrisa. Judd miró el torso. Estaba bien proporcionado, sin demasiada musculatura. Una cicatriz de apendicitis se asomaba bajo sus gastados vaqueros. Una pequeña cadena de oro, brillante bajo el reflejo del sol, colgaba en el hueco de su garganta. Sin quererlo, devolvió la sonrisa a Mick, y una especie de paz se hizo entre ellos.</p>
<p>Mick estaba desabrochándose el cinturón.</p>
<p>–¿Quieres follar? –dijo sin perder la sonrisa.</p>
<p>–Es inútil –respondió, sin contestar a la pregunta.</p>
<p>–¿A qué te refieres?</p>
<p>–No somos compatibles.</p>
<p>–¿Quieres apostar?</p>
<p>Se había bajado la cremallera; se dirigió hacia el trigal que bordeaba la carretera.</p>
<p>Judd observó cómo Mick se envolvía en aquel mar oscilante. Su espalda, del mismo color que el grano, casi se confundía con él. Retozar al aire libre era un juego peligroso; esto no era San Francisco, ni siquiera Hampstead Heath. Judd miró nervioso la carretera. Aún seguía desierta en ambas direcciones. Y Mick se daba la vuelta, hundido en aquel campo, se volvía, sonreía y saludaba como un nadador flotando entre un dorado oleaje. Qué demonios&#8230; allí no había nadie que pudiera verlos, nadie que pudiera saberlo. Tan sólo las colinas, liquidas bajo aquella agobiante calina, con sus arboladas laderas inclinadas sobre la tierra; y un perro perdido, sentado al borde de la carretera, esperando algún perdido amo.</p>
<p>Judd siguió la senda de Mick a través del trigal, desabrochando su camisa mientras andaba. Un ratón de campo pasó ante él escabulléndose entre los tallos, mientras el gigante avanzaba por su camino, sintiendo sus pisadas como estruendos. Judd se dio cuenta de su pánico y sonrió. No quería hacerle daño, pero ¿cómo iba él a saberlo? Era posible que acabara con cientos de vidas, ratones, escarabajos, gusanos, antes de llegar al lugar donde Mick estaba tendido, desnudo con la polla tiesa, sobre una cama de grano pisoteado; aún sonriente.</p>
<p>Fue una relación satisfactoria la que tuvieron, buena, fuerte, igual de placentera para ambos; había una precisión en su pasión, sintiendo el momento en que el placer, que llegaba sin esfuerzo alguno, se hacía apremiante; cuando el deseo se convertía en necesidad. Se hicieron uno, miembro con miembro, lengua con lengua, entrelazados en un nudo que sólo el orgasmo podía desatar. Sus espaldas se abrasaban, y se arañaban alternativamente mientras rodaban intercambiando jadeos y besos. En el momento culminante de la situación, mientras se corrían juntos, oyeron el fut-fut-fut de un tractor que pasaba de largo; pero no se preocuparon en absoluto.</p>
<p>Volvieron al Volkswagen con el cuerpo cubierto de trigo, en el pelo y las orejas, en los calcetines, y entre los dedos de los pies. Sus amplias sonrisas se habían convertido en una leve expresión de felicidad. La tregua, si no permanente, al menos duraría unas cuantas horas.</p>
<p>El coche estaba ardiendo debido al calor, por lo que tuvieron que abrir todas las puertas y ventanas para que la brisa lo refrescara antes de reemprender la marcha hacia Novi Pazar. Eran las cuatro en punto y todavía les quedaba una hora de viaje.</p>
<p>Mientras entraban en el coche, Mick dijo:</p>
<p>–¿Olvidamos el monasterio, eh?</p>
<p>Judd se quedó boquiabierto.</p>
<p>–Pensé&#8230;</p>
<p>–&#8230; Que no podría soportar otra jodida virgen.</p>
<p>Se rieron alegremente. Después se besaron, paladeando en sus bocas una mezcla de saliva y un resto de sabor a semen salado.</p>
<p>El día siguiente era brillante aunque no particularmente caluroso. El cielo no era azul: estaba cubierto por una capa uniforme de nubes blancas. El aire de la mañana tenía un olor penetrante, como éter o hierbabuena.</p>
<p>Vaslav Jelovsek observaba cómo los pichones de la plaza mayor cortejaban la muerte mientras saltaban y aleteaban entre los vehículos que rugían a su alrededor. Algunos eran militares, otros civiles. Se respiraba un aire de sobriedad que apenas podía contener la excitación que sentía en ese día, una excitación que sabía compartida por cada hombre, cada mujer y cada niño de Popolac. Compartido por los pichones también, según veía. Podía ser ésa la razón por la que jugueteaban bajo las ruedas con tal destreza, sabiendo que ese día nada podría causarles daño.</p>
<p>Miró el cielo de nuevo, ese mismo cielo blanco que había estado observando desde el amanecer. La capa de nubes estaba baja; no era lo más idóneo para celebraciones. Una frase le vino a la cabeza, una frase inglesa que había oído a un amigo: «tener la cabeza en las nubes». Significaba, según había sabido, encontrarse absorto en un blanco, ciego sueño. Eso, pensó irónicamente, era todo lo que el oeste sabía de las nubes, que representaban los sueños. Aquel refrán adquiría en esas escondidas colinas un nuevo significado. ¿No se convertían aquellas frívolas palabras en una impresionante realidad? Un refrán vivo.</p>
<p>Una cabeza en las nubes.</p>
<p>El primer contingente ya se estaba reuniendo en la plaza. Había una o dos ausencias debido a enfermedad, pero los auxiliares se encontraban listos, esperando para reemplazarles. ¡Qué ansia! Aquellas amplias sonrisas cuando un auxiliar, hombre o mujer, escuchaba su nombre y número y salía de la fila para unirse al miembro que ya estaba tomando forma. En cada lugar se sucedían los milagros de organización. Todo el mundo tenía un trabajo que hacer y un sitio a donde ir. No había gritos ni empujones: es más, las voces apenas eran un ilusionado susurro. Permaneció observando con admiración cómo el trabajo de establecer las posiciones, de doblarse y atarse se llevaba a cabo.</p>
<p>Iba a ser un día largo y difícil. Vaslav se encontraba en la plaza desde un hora antes del amanecer, bebiendo café en tazas de plástico importadas, hablando de los partes meteorológicos que llegaban cada media hora de Pristina y Mitrovica, y observando cómo la luz del día se filtraba a través de aquel cielo sin estrellas. Estaba bebiendo su sexto café del día, y apenas eran las siete en punto. Al otro lado de la plaza, Metzinger parecía tan cansado y ansioso como Vaslav.</p>
<p>Habían estado observando juntos cómo surgía el amanecer desde el este. Pero ahora se habían separado olvidando su anterior camaradería y no volverían a hablarse hasta que la contienda hubiera acabado. Después de todo, Metzinger era de Podujevo. Tenía que apoyar a su propia ciudad en la inminente batalla. Mañana intercambiarían sus historias y aventuras, ahora debían comportarse como si no se conocieran, sin dedicarse siquiera una sonrisa. Durante el día de hoy tenían que ser totalmente partisanos, preocupándose tan sólo de buscar la victoria de su propia ciudad sobre la contraria.</p>
<p>Para mutua satisfacción de Metzinger y Vaslav, ya se había levantado la primera pierna de Popolac. Una vez realizados todos los controles de seguridad, la pierna abandonó la plaza mientras su inmensa sombra caía inmensa sobre la fachada del ayuntamiento.</p>
<p>Vaslav bebió su dulce, dulce café y se permitió un pequeño gruñido de satisfacción. Qué días. Días llenos de gloria, de banderas ondulantes y aquellas altísimas vistas que revolvían el estómago, suficientes para llenar toda la vida de un hombre. Era un dorado anticipo del cielo.</p>
<p>Que América gozara de sus simples placeres, de sus dibujos animados con ratones, de sus castillos cubiertos de chocolate, de sus cultos y su tecnología, él no quería ninguno de ellos. La más grandiosa maravilla del mundo se encontraba aquí, oculta en las colinas.</p>
<p>¡Ah, qué días!</p>
<p>En la plaza mayor de Podujevo la escena no era menos animada ni menos inspiradora. Quizás había un mudo sentimiento de tristeza subyacente en este día de celebración, pero era comprensible. Nita Obrenovic, la amada y respetada organizadora de Podujevo, ya no vivía. Se la había llevado el invierno anterior, a la edad de noventa y cuatro años, dejando a la ciudad desprovista de sus feroces opiniones y sus aún más feroces proporciones. Durante sesenta años había trabajado con los ciudadanos de Podujevo, siempre planeando la próxima contienda; mejorando los diseños, gastando sus energías en hacer la siguiente creación más ambiciosa y más realista que la anterior.</p>
<p>Ahora estaba muerta, y era amargamente añorada. No es que hubiera desorganización sin ella, la gente estaba demasiado disciplinada para que eso ocurriera; pero iban retrasados, y eran casi las siete y veinticinco. La hija de Nita había ocupado el lugar de su madre, pero carecía de su poder para galvanizar a la gente en la acción. Era, en una palabra, demasiado benévola para llevar a cabo el trabajo que tenía entre manos. Éste requería un líder que fuera mitad profeta, mitad director de circo para engatusar, intimidar e inspirar a los ciudadanos a colocarse en sus lugares correspondientes. Era posible que después de dos o tres décadas, y con unas cuantas batallas sobre sus hombros la hija de Hita Obrenovic diera la talla. Pero hoy Podujevo iba con retraso; los controles de seguridad se descuidaban; los nervios habían reemplazado la confianza de otros años.</p>
<p>Con todo, cuando faltaban seis minutos para las ocho, el primer miembro de Podujevo salía de la ciudad hacia el punto de reunión para esperar a su compañero.</p>
<p>A esa hora, en Popolac, los flancos ya estaban ensamblados y los contingentes armados esperaban órdenes en la plaza de la ciudad.</p>
<p>Mick se despertó puntualmente a las siete, a pesar de que no había despertador en el cuarto austeramente amueblado del hotel Beograd. Se quedó tendido en la cama escuchando la regular respiración de Judd desde su cama gemela al otro lado de la habitación. La pálida luz del día que se filtraba a través de las finas cortinas no animaba a efectuar una salida temprana. Tras unos minutos en que permaneció observando la rajada pintura del techo y un tosco crucifijo colgado sobre la pared opuesta, Mick se levantó y se acercó a la ventana. Era un día triste, como había supuesto. El cielo estaba cubierto y los tejados de Novi Pazar parecían grises y monótonos bajo la deprimente luz de la mañana. Más allá de los tejados podía ver las colinas. El sol estaba allí. Vio rayos de luz acariciando el verde azulado del bosque, invitando a visitar sus laderas.</p>
<p>Hoy quizá fueran hacia el sur, a Kosovska Mitrovica. Allí había un mercado, ¿no?; ¿y un museo? Podían bajar hasta el valle de Ibar, siguiendo la carretera que corría paralela al río, donde las colinas se elevaban salvajes y resplandecientes a cada lado. Las colinas, sí; había decidido que hoy irían a ver las colinas.</p>
<p>Eran las ocho y cuarto.</p>
<p>Hacia las nueve, las partes más importantes de Polac y Podujevo se encontraban casi montadas. En sus lugares asignados, los miembros de ambas ciudades se encontraban listos, esperando unirse a sus torsos expectantes.</p>
<p>Vaslav Jelovsek puso sus enguantadas manos sobre los ojos y examinó el cielo. Las compactas nubes se habían dispersado un tanto en la última hora, ahora había claros en el oeste. Incluso, a intervalos, se asomaban algunos rayos de sol. Quizá no fuera un día perfecto para la batalla, pero era ciertamente adecuado.</p>
<p>Mick y Judd desayunaron tarde <em>hemendeks </em>–tosca traducción de jamón y huevos– y varias tazas de buen café negro. El día se estaba aclarando, incluso en Novi Pazar, y tenían grandes proyectos para aquel día. Kosovska Mitrovica a la hora de la comida y era posible que visitaran el castillo de Zvecan por la tarde.</p>
<p>Sobre las nueve y media salían de Novi Pazar y tomaban la carretera sur hacia el valle de Ibar. El asfalto no estaba en buen estado, pero ni las sacudidas ni los baches podían estropear el nuevo día.</p>
<p>La carretera se encontraba vacía, sólo había algún peatón ocasional; y, en lugar de los maizales y campos de trigo que habían atravesado el día anterior, la carretera estaba flanqueada por unas onduladas colinas cuyas laderas estaban pobladas por espesos y oscuros bosques. Aparte de algunos cuantos pájaros no observaron vida salvaje. Incluso sus inhabituales compañeros de viaje desaparecieron totalmente después de unos kilómetros. Las únicas granjas por las que pasaron se encontraban cerradas, con las contraventanas echadas. Cerdos negros correteaban por el patio, sin ningún niño que los cuidara o les diera de comer. Había ropa colgada de una cuerda poco tensa, pero no se veía ninguna mujer por ningún lado.</p>
<p>Al principio este solitario viaje a través de las colinas fue refrescante por la falta de contacto humano, pero según avanzaba la mañana una cierta inquietud se apoderó de ellos.</p>
<p>–¿No deberíamos haber visto una señal que indicase Mitrovica, Mick?</p>
<p>Echó un vistazo al mapa.</p>
<p>–Es posible&#8230;</p>
<p>–&#8230; Nos hemos equivocado de carretera.</p>
<p>–Si hubiera habido una señal la habría visto. Creo que deberíamos intentar salir de esta carretera, avanzar hacia el sur un poco más, y encontrar el valle un poco más cerca de Mitrovica de lo que habíamos planeado.</p>
<p>–¿Y cómo salimos de esta maldita carretera?</p>
<p>–Hemos pasado por un par de desvíos.</p>
<p>–Pistas de ceniza.</p>
<p>–Bien, o eso, o seguimos por este camino.</p>
<p>Judd frunció los labios.</p>
<p>–¿Tienes un cigarrillo? –preguntó.</p>
<p>–Los acabamos hace varios kilómetros.</p>
<p>Frente a ellos, las colinas formaban una línea impenetrable. No había señales de vida; ni el más ligero rastro de humo salía de chimenea alguna. No se percibía ningún sonido, ni de voz ni de vehículo.</p>
<p>–De acuerdo –dijo Judd–. Tomaremos la siguiente desviación. Cualquier cosa es mejor que esto.</p>
<p>Siguieron avanzando. La carretera se deterioraba rápidamente. Los baches se estaban convirtiendo en cráteres y los morosos parecían cuerpos bajo las ruedas.</p>
<p>Y entonces:</p>
<p>–¡Allí!</p>
<p>Una desviación: una ostensible desviación. No se trataba ciertamente de una carretera principal, de hecho apenas era una pista de ceniza, como Judd había definido las anteriores. Pero era una salida a la perspectiva sin fin de la carretera en que se encontraban atrapados.</p>
<p>–Esto se está convirtiendo en un jodido safari –dijo Judd mientras el Volkswagen comenzaba a dar sacudidas y a avanzar con dificultad por aquel lúgubre camino.</p>
<p>–¿Dónde está tu sentido de la aventura?</p>
<p>–Olvidé meterlo en el equipaje.</p>
<p>Estaban comenzando a ascender; el camino serpenteaba entre aquellas laderas introduciéndose entre las colinas. El bosque se iba espesando, ocultando el cielo, por lo que una confusa variedad de luces y sombras se proyectaba sobre el capó del coche. Se oyó el canto de un pájaro, vacuo y optimista. Olía a pino fresco y a tierra virgen. Delante de ellos, un zorro cruzó el camino, permaneció observando cómo el coche avanzaba, traqueteando, hacia él. Entonces, con el pausado y largo paso de un príncipe sin miedo, desapareció tranquilamente entre los árboles.</p>
<p>A dondequiera que se dirigieran –pensó Mick– esto era mejor que la carretera que habían dejado. Era posible que pararan pronto, anduvieran un rato y se encontraran un promontorio desde el que podrían ver el valle; incluso Novi Pazar, asentada tras ellos.</p>
<p>Los dos hombres se encontraban todavía a una hora de viaje de Popolac, cuando la cabeza del contingente salía, al fin, de la plaza para ocupar su sitio encima del cuerpo principal.</p>
<p>Esta última salida dejó la ciudad completamente desierta. Ni siquiera los enfermos o los viejos eran olvidados aquel día; a nadie se le negaba el espectáculo y el triunfo de la batalla. Cada habitante, fuera joven o enfermo, los ciegos, los lisiados, los bebés, las mujeres embarazadas, todos salían de su orgullosa ciudad para dirigirse al prado. Era la ley y debían asistir: pero no era necesario obligarles; ningún ciudadano de cada respectiva ciudad se habría perdido la oportunidad de contemplar el espectáculo, para experimentar la emoción de la batalla.</p>
<p>La confrontación debía ser total, ciudad contra ciudad. Así había sido siempre.</p>
<p>Las ciudades subieron hacia las colinas. A mediodía, los habitantes de Popolac y Podujevo se encontraban reunidos en el secreto refugio de las colinas, ocultos a toda mirada civilizada, para celebrar una antigua batalla ritual.</p>
<p>Decenas de miles de corazones latían más rápido. Decenas de miles de cuerpos se estiraban, se tensaban y sudaban mientras las ciudades gemelas tomaban posiciones. Las sombras de los cuerpos oscurecían extensiones de tierra del tamaño de pequeñas ciudades; el peso de sus pies convertía la hierba en leche verde; su movimiento mataba animales, aplastaba arbustos y derribaba árboles. La tierra retumbaba, literalmente, a su paso. Las colinas resonaban al estruendo de sus pisadas.</p>
<p>En el elevado cuerpo de Podujevo, comenzaron a hacerse evidentes algunas dificultades técnicas. Una ligera grieta en la estructura del flanco izquierdo había producido cierta debilidad: como consecuencia, surgieron problemas en el mecanismo giratorio de las caderas. Estaba más rígido de lo que debía, por lo que los movimientos no eran suaves. Como resultado, existía un excesivo esfuerzo en esa región de la ciudad. Se estaba haciendo frente a este problema con gran valor; después de todo, la batalla consistía en presionar a los contendientes hasta el límite. Pero éste se encontraba más cerca de romperse de lo que cualquiera se hubiera atrevido a admitir. Los habitantes no eran tan resistentes como lo habían sido en batallas anteriores. Una mala década de cosechas había producido cuerpos mal nutridos, columnas vertebrales menos flexibles, voluntades menos resueltas. El flanco mal ensamblado podría no haber producido un accidente por sí mismo, pero, más tarde, debilitado por la fragilidad de los competidores, iba a producir una escena de muerte a una escala sin precedentes.</p>
<p>Pararon el coche.</p>
<p>–¿Has oído eso?</p>
<p>Mick sacudió la cabeza. Su oído no era bueno desde la adolescencia. Demasiados conciertos de rock habían mandado sus tímpanos al infierno.</p>
<p>Judd salió del coche.</p>
<p>Los pájaros estaban ahora más tranquilos. El ruido que había escuchado mientras conducía se oyó de nuevo. No era simplemente un ruido: era casi un movimiento en la tierra, un rugido que parecía surgir de las entrañas de las colinas.</p>
<p>¿Era un trueno?</p>
<p>No, demasiado rítmico. El sonido volvió de nuevo a través de las plantas de los pies.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Mick lo oyó ahora. Sacó la cabeza por la ventana del coche.</p>
<p>–Viene de algún sitio de ahí arriba. Ahora lo oigo.</p>
<p>Judd asintió.</p>
<p>Bum.</p>
<p>El estruendo sonó de nuevo.</p>
<p>–¿Qué demonios es eso? –dijo Mick.</p>
<p>–Sea lo que sea, quiero verlo.</p>
<p>Judd, sonriendo, volvió a entrar en el Volkswagen.</p>
<p>–Suena casi como a armas de fuego –dijo mientras arrancaba el coche–. Cañones.</p>
<p>A través de sus prismáticos fabricados en Rusia, Vaslav Jelovsek observó cómo el oficial encargado de dar la salida levantaba su pistola. Vio cómo la blanca humareda salía del cañón; un segundo más tarde, oyó el sonido del disparo a través del valle.</p>
<p>La contienda había comenzado.</p>
<p>Miró las torres gemelas de Popolac y Podujevo. Cabezas en las nubes –bueno, casi–. Prácticamente se estiraban para tocar el cielo. Era una visión imponente que cortaba la respiración, una visión que apuñalaba el sueño. Dos ciudades oscilando, retorciéndose, preparándose para dar los primeros pasos la una hacia la otra en esta batalla ritual.</p>
<p>Podujevo parecía ser la menos estable de las dos. Hubo una pequeña oscilación cuando la ciudad levantó su pierna izquierda para comenzar la marcha. Nada serio, tan sólo una pequeña dificultad en la coordinación entre la cadera y los músculos del muslo. Un par de pasos y la ciudad encontraría su ritmo; otro más y sus habitantes se moverían como si fuera una sola criatura, un gigante perfecto dispuesto a enfrentar su gracia y su poder contra su propia imagen.</p>
<p>El disparo hizo que los pájaros revolotearan nerviosos sobre los árboles que poblaban el escondido valle. Elevaron su vuelo como celebración de la gran contienda, comentando su excitación mientras planeaban sobre el prado.</p>
<p>–¿Has oído el disparo? –preguntó Judd.</p>
<p>Mick asintió.</p>
<p>–¿Ejercicios militares&#8230;? –La sonrisa de Judd se ensanchó. Ya podía ver los titulares: «Reportaje exclusivo sobre maniobras secretas en el interior de Yugoslavia». Tanques rusos quizás, ejercicios tácticos llevados a cabo fuera de la entrometida mirada de occidente. Con suerte, él podría ser el transmisor de esta noticia.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Bum.</p>
<p>Había pájaros en el aire. El estruendo se oía más fuerte.</p>
<p>Sonaba como a armas de fuego.</p>
<p>–Debe ser en la próxima cresta&#8230; –dijo Judd.</p>
<p>–Creo que no deberíamos ir más lejos.</p>
<p>–Tengo que verlo.</p>
<p>–Yo no. Es de suponer que no deberíamos estar aquí.</p>
<p>–No veo ninguna indicación.</p>
<p>–Nos echarán; nos deportarán. No sé&#8230; tan sólo creo que&#8230;</p>
<p>Bum.</p>
<p>–Tengo que verlo.</p>
<p>Apenas habían salido estas palabras de su boca cuando comenzó el griterío.</p>
<p>Podujevo estaba gritando: un grito de muerte. Alguien enterrado en el flanco más débil había muerto a causa del esfuerzo, y había iniciado una cadena de desmoronamiento en el sistema. Un hombre soltaba a su vecino, y ese vecino al suyo, extendiéndose un cáncer de caos por todo el cuerpo de la ciudad. La cohesión de la estructura de la torre se había deteriorado con una terrible rapidez; el fallo de una parte de la anatomía ejercía una inaguantable presión sobre la otra.</p>
<p>La obra maestra que los buenos ciudadanos de Podujevo habían construido con su propia carne y su propia sangre comenzó a tambalearse; entonces, como un rascacielos dinamitado, comenzó a caer.</p>
<p>El flanco roto vomito a sus habitantes como una arteria acuchillada escupiendo sangre. En aquel momento, con una elegante pereza que hizo sufrir a sus ciudadanos la más terrible de las agonías, se inclinó sobre la tierra, quebrando, mientras caía, todos sus miembros.</p>
<p>La enorme cabeza, que hacía tan sólo un momento había acariciado las nubes, se echó hacia atrás sobre su grueso cuello. Diez mil gargantas emitieron un solo grito por aquella vasta boca; una inarticulada, infinitamente lastimosa súplica al cielo. Un aullido de pérdida, un aullido de anticipación, un aullido de perplejidad. ¿Cómo, inquiría aquel grito, podía, «el día entre los días» acabar así, en una confusión de cuerpos derrumbándose?</p>
<p>–¿Has oído eso?</p>
<p>Era un sonido inequívocamente humano, aunque ensordecedoramente fuerte. A Judd se le retorció el estómago. Miró a Mick, que estaba blanco como una sábana.</p>
<p>Judd paró el coche.</p>
<p>–No –dijo Mick.</p>
<p>–Escucha, por amor de Dios.</p>
<p>Un estruendo de gemidos moribundos, súplicas e imprecaciones inundó el aire. Estaba muy cerca.</p>
<p>–Tenemos que irnos –imploró Mick.</p>
<p>Judd sacudió la cabeza. Estaba esperando algún espectáculo militar –todo el ejército ruso concentrado sobre la siguiente colina–, pero aquel sonido que retumbaba en sus oídos era un sonido de carne humana, demasiado humano para definirlo con palabras. Le recordó sus visiones infantiles del infierno; aquellos eternos, horribles tormentos con los que su madre le había amenazado si dejaba de abrazar a Cristo. Era un terror que había olvidado durante veinte años. Y, repentinamente, aquí estaba otra vez; de nuevo ante él. Era posible que el infierno estuviera con sus fauces abiertas tras el horizonte próximo; su madre, al borde de aquel abismo, invitándole a probar sus tormentos.</p>
<p>–Si tú no conduces, lo haré yo.</p>
<p>Mick salió del coche, y lo cruzó por la parte anterior, mirando hacia el camino. Hubo un momento de duda, nada más que un momento, en que sus ojos parpadearon con incredulidad. Antes de que diera la vuelta hacia el limpiaparabrisas, su cara se puso más pálida, incluso, de lo que había estado previamente, y, con una voz apagada por una náusea contenida, dijo:</p>
<p>–¡Cielo santo!</p>
<p>Su amigo estaba sentado tras el volante, con la cabeza entre las manos, intentando hacer desaparecer sus recuerdos.</p>
<p>–Judd&#8230;</p>
<p>Judd levantó la cabeza lentamente. Mick se quedó fijamente observándole como si fuera un hombre salvaje; su cara brillaba por un repentino sudor helado. Judd miró delante de él. Unos metros más arriba, el camino se había oscurecido misteriosamente. Una especie de torrente avanzaba hacia el coche, una espesa, profunda marea de sangre. La razón de Judd se revolvió intentando encontrar sentido a aquella visión. Pero no había alternativa posible. Aquello era sangre, en insufrible cantidad, sangre sin fin.</p>
<p>Y ahora, en la brisa había un gusto a cadáver recién abierto: un olor que salía de las entrañas del cuerpo humano, mitad dulce, mitad salado.</p>
<p>Mick volvió tropezando hacia la puerta del Volkswagen; asustado, forcejeó la cerradura. La puerta se abrió repentinamente y se abalanzó al interior; sus ojos estaban vidriosos.</p>
<p>–Da la vuelta –dijo.</p>
<p>Judd acercó la mano a la llave de contacto. La marea de sangre ya estaba manchando las ruedas delanteras. Arriba, el mundo se había teñido de rojo.</p>
<p>–¡Arranca, hijo de puta, arranca!</p>
<p>Judd no estaba intentando poner en marcha el coche.</p>
<p>–Debemos mirar –dijo sin convicción–. Tenemos que hacerlo.</p>
<p>–No tenemos que hacer nada –dijo Mick– más que salir de aquí. No es asunto nuestro&#8230;</p>
<p>–Un accidente de avión&#8230;</p>
<p>–No se ve humo.</p>
<p>–Eso son voces humanas.</p>
<p>El instinto de Mick le decía que se alejaran de allí. Ya leería la noticia de la tragedia en un periódico, ya vería mañana las imágenes grises y granuladas. Hoy todo estaba demasiado fresco, demasiado reciente.</p>
<p>Podía haber cualquier cosa al final del camino, sangrando.</p>
<p>–Tenemos&#8230;</p>
<p>Judd arrancó el coche mientras Mick, a su lado, comenzó a gemir silenciosamente. El Volkswagen empezó a avanzar chapoteando en aquel río de sangre. Las ruedas giraban sobre el liquido viscoso, formando espuma en la corriente.</p>
<p>–No –dijo Mick muy suavemente–. Por favor, no&#8230;</p>
<p>–Debemos ir –replicó Judd–. Debemos. Debemos.</p>
<p>Tan sólo unos metros más allá, la superviviente ciudad de Popolac se recobraba de las primeras convulsiones. Miró fijamente, con un millar de ojos, los restos de su enemigo ritual ahora extendido en una maraña de cuerdas y cuerpos sobre la tierra, hecho pedazos para siempre. Popolac se tambaleó ante aquel espectáculo; sus vastas piernas aplastaban el bosque que rodeaba el prado, sus brazos golpeaban el aire. Consiguió mantener el equilibrio, al mismo tiempo que una locura general, despertada por el horror que se encontraba a sus pies, surgía entre sus fibras y se apoderaba de su cerebro. Se dio la orden: el cuerpo se revolvió, retorciéndose, dio la espalda a aquella horripilante alfombra que había sido Podujevo, y huyó hacia las colinas.</p>
<p>Mientras partía a sumirse en el olvido, su imponente forma se interpuso entre el coche y el sol, proyectando su fría sombra sobre la ensangrentada carretera. Mick no vio nada debido a las lágrimas que cubrían su rostro; y Judd, con los ojos semicerrados por el temor al espectáculo que iba a contemplar tras la siguiente curva, sólo percibió débilmente que algo oscurecía la luz. Una nube, quizás. Una bandada de pájaros.</p>
<p>Si hubiera mirado hacia arriba en ese momento, tan sólo una breve mirada hacia el noreste, habría visto la cabeza de Popolac; la vasta, multitudinaria cabeza de una ciudad enloquecida, desapareciendo de su campo de visión, mientras se hundía en las colinas. Habría sabido que este territorio se encontraba más allá de su comprensión; y que no existía salvación alguna en este rincón del infierno. Pero no vio la ciudad, y la última posibilidad, para, él y para Mick, de dar marcha atrás había pasado. De ahora en adelante, como Popolac y su fallecida gemela, habían perdido la cordura y toda esperanza de vida.</p>
<p>Doblaron la curva y los restos de Podujevo aparecieron ante su vista.</p>
<p>Sus domesticadas imaginaciones nunca podrían haber concebido un espectáculo tan horriblemente brutal.</p>
<p>Quizás en los campos de batalla de Europa hubiera habido semejante cantidad de cuerpos amontonados juntos: pero ¿cuántos de ellos habrían sido de mujeres y niños abrazados a los cuerpos inertes de los hombres? Podían haber existido pilas de muertos tan altas, pero ¿semejante cantidad, tan recientemente llena de vida? Era posible que se hubieran aniquilado ciudades con tanta rapidez, pero ¿una ciudad entera perdida por el simple dictado de la gravedad?</p>
<p>Era una visión que se encontraba más allá de la enfermedad. Ante un espectáculo de tal magnitud la mente se ralentizaba al paso de un caracol, las fuerzas de la razón ponían sus meticulosas manos sobre la evidencia buscando algún error, un lugar donde dijera: «Esto no está sucediendo. Esto es un sueño de muerte, no la muerte misma». Pero la razón no podría encontrar ningún resquicio en el muro. Era verdad. Se trataba de la muerte en persona.</p>
<p>Podujevo había caído.</p>
<p>Treinta y ocho mil setecientos sesenta y cinco habitantes se encontraban esparcidos sobre el suelo, o más bien desparramados en desorden, amontonados en pilas. Aquellos que no habían muerto a causa de la caída, o por asfixia, estaban agonizando. No había supervivientes en la ciudad, excepto un grupo de espectadores que habían salido de sus casas para asistir a la contienda. Esos pocos podujevianos, los inválidos, los enfermos, unos cuantos ancianos, estaban ahora –como Mick y Judd– contemplando la carnicería; intentando no creer lo que estaban viendo.</p>
<p>Judd fue el primero en salir del coche. La tierra, bajo sus zapatos de ante, estaba pegajosa por la sangre coagulada. Examinó la carnicería. No había restos de accidente alguno: ningún signo de explosión, fuego u olor a combustible. Sólo decenas de miles de cuerpos frescos, todos ellos desnudos o vestidos en un idéntico gris estameño, hombres, mujeres y niños. Algunos de ellos, según pudo ver, llevaban arreos de cuero fuertemente abrochados alrededor de sus pechos; de estos dispositivos salían cuerdas, kilómetros y kilómetros de cuerdas. Cuanto más cerca miraba, más se cercioraba del extraordinario sistema de nudos y lazos que aún mantenía unidos los cuerpos. Por alguna razón, esta gente había sido atada junta, la una al lado de la otra. Algunos se encontraban unidos a la espalda de su vecino con una pierna a cada lado como niños jugando a montar a caballo. Otros estaban trabados brazo contra brazo, atados juntos con trozos de cuerdas en un muro de músculo y hueso. Los había liados como una pelota, con la cabeza hundida entre las rodillas. Todos estaban de algún modo conectados con sus compañeros; atados juntos como si de algún demente juego de esclavitud colectiva se tratara.</p>
<p>Se oyó otro disparo.</p>
<p>Mick miró hacia arriba.</p>
<p>Al otro lado del campo, un hombre solitario, vestido con un abrigo gris, caminaba entre los cuerpos con un revólver, rematando a los moribundos. Era un –lastimosamente inadecuado– acto de misericordia; sin embargo, continuaba, eligiendo primero a los niños que sufrían. Vaciando el revólver, cargándolo de nuevo, vaciándolo, cargándolo, vaciándolo&#8230;</p>
<p>Mick reacciono.</p>
<p>Gritó con todas sus fuerzas, elevando su voz por encima de los gemidos de los moribundos.</p>
<p><em>–¿Qué es esto?</em></p>
<p>El hombre dejó aquella espantosa tarea y levantó la cabeza. Su cara tenía el mismo color gris muerto que su abrigo.</p>
<p>–¿Uh? –gruñó, mirando ceñudo a los dos intrusos a través de unas gruesas gafas.</p>
<p>–¿Qué ha ocurrido aquí? –gritó Mick.</p>
<p>Gritar le hacía sentirse bien, le hacía sentirse bien parecer enfadado ante aquel hombre. Era posible que él tuviera la culpa. Era bueno tener alguien a quien culpar.</p>
<p>–Cuéntenos&#8230; –dijo Mick. Podía oír las lágrimas estremeciendo su voz–. Cuéntenos, por amor de Dios. Explíquese.</p>
<p>El hombre del abrigo gris sacudió la cabeza. No comprendía una palabra de lo que aquel joven idiota estaba diciendo. Era inglés lo que hablaba, pero eso era todo lo que sabía. Mick comenzó a caminar hacia el hombre sintiendo durante todo el tiempo los ojos de los muertos fijos en él. Ojos negros, joyas relucientes engarzadas en rostros destrozados. Ojos mirándole de arriba a abajo, sobre cabezas separadas de sus cuerpos. Ojos de cabezas que emitían aullidos en lugar de voces. Ojos de cabezas que se encontraban más allá de los aullidos, más allá del aliento.</p>
<p>Miles de ojos.</p>
<p>Llegó hasta donde se encontraba el hombre del abrigo gris; tenía la pistola casi vacía. Se había quitado las gafas, y las había tirado. También él estaba llorando, pequeños escalofríos recorrían su enorme, desgarbado cuerpo.</p>
<p>Alguien estaba intentando alcanzar el pie de Mick. No quiso mirar, pero una mano tocó su zapato, y no tuvo más elección que ver a su dueño. Un hombre joven, tendido en forma de esvástica, tenía rotas todas las articulaciones. Una niña yacía debajo de él, sus piernas ensangrentadas sobresalían como dos palos rosados.</p>
<p>Quiso el revólver para hacer que aquella mano cesara de tocarle. Aun mejor, quiso una ametralladora, un lanzallamas, algo que hiciese desaparecer aquella agonía.</p>
<p>Mientras levantaba la vista de aquel cuerpo destrozado, Mick vio al hombre del abrigo gris alzar el arma.</p>
<p>–Judd&#8230; –dijo, pero mientras la palabra salía de sus labios, el hombre del abrigo gris deslizó el cañón del arma por su boca y apretó el gatillo.</p>
<p>Había guardado la última bala para él. La parte de atrás de la cabeza se abrió como un huevo chafado, la tapa de los sesos salió volando. El cuerpo cayó, fláccido, y se hundió en el suelo; el revólver aún estaba entre sus labios.</p>
<p>–Debemos&#8230; –comenzó Mick sin dirigirse a nadie–. Debemos&#8230; ¿Cuál era el imperativo? ¿Qué <em>debían </em>hacer en esta situación?</p>
<p>–Debemos&#8230;</p>
<p>Judd estaba detrás de él.</p>
<p>–Ayuda&#8230; –dijo a Mick.</p>
<p>–Sí. Debemos conseguir ayuda. Debemos&#8230;</p>
<p>–Irnos.</p>
<p>¡Irse! Eso era lo que debían hacer. Bajo cualquier pretexto, por frágil o cobarde que fuera la razón, debían irse. Salir de aquel campo de batalla, salir del alcance de una mano moribunda que pertenecía a una herida en lugar de a un cuerpo.</p>
<p>–Tenemos que comunicarlo a las autoridades. Encontrar una ciudad. Conseguir ayuda&#8230;</p>
<p>–Sacerdotes –dijo Mick–. Necesitan sacerdotes.</p>
<p>Era absurdo pensar en administrar los últimos sacramentos a tanta gente. Habría sido necesario un ejército de sacerdotes, un cañón lleno de agua bendita, un altavoz para dar las bendiciones.</p>
<p>Dieron la vuelta, huyendo juntos de aquel horror; protegiéndose el uno en los brazos del otro, se abrieron camino entre aquella carnicería hasta llegar al coche.</p>
<p>Estaba ocupado.</p>
<p>Vaslav Jelovsek estaba sentado tras el volante, intentando poner en marcha el Volkswagen. Giró la llave de contacto una vez. Dos veces. Al tercer intento, el motor arrancó; las ruedas comenzaron a girar sobre el barro carmesí al tiempo que ponía la marcha atrás y retrocedía hacia el camino. Vaslav vio a los ingleses correr hacia el coche maldiciéndole. No había más remedio, no quería robar el vehículo, pero tenía trabajo que hacer. Había sido uno de los jueces, había sido responsable de la contienda de la seguridad de los participantes. Una de las heroicas ciudades había caído ya. Debía hacer todo lo que estuviera en su poder, para evitar que Popolac siguiera a su gemela. Debía dar alcance a la ciudad, y razonar con ella. Disipar sus terrores con palabras tranquilizadoras y promesas. Si fracasaba, ocurriría un desastre de igual magnitud al que tenía frente a él; y su conciencia ya se encontraba lo bastante destrozada.</p>
<p>Mick se encontraba todavía intentando dar alcance al Volkswagen, gritando a Jelovsek. El ladrón no hizo caso, concentrado en hacer maniobrar el coche marcha atrás por aquel estrecho y resbaladizo camino. Furioso, y sin aliento para expresar su furia, Mick se quedó en la carretera con las manos sobre las rodillas, resoplando y sollozando.</p>
<p>–¡Bastardo! –dijo Judd.</p>
<p>Mick miró hacia el camino. El coche ya había desaparecido.</p>
<p>–Ese cabrón no sabe ni conducir correctamente.</p>
<p>–Tenemos&#8230; tenemos&#8230; que&#8230; alcanzarle&#8230; –dijo Mick, sin recuperar el aliento.</p>
<p>–¿Cómo?</p>
<p>–A pie&#8230;</p>
<p>–Ni siquiera tenemos un mapa&#8230; Está en el coche.</p>
<p>–Jesús&#8230; Cristo&#8230; Todopoderoso.</p>
<p>Bajaron juntos por el camino, alejándose del prado.</p>
<p>Tras unos cuantos metros la riada de sangre comenzó a desaparecer. Tan sólo unos regueros coagulados descendían hacia la carretera principal, Mick y Judd siguieron las ensangrentadas marcas de los neumáticos hasta el cruce.</p>
<p>La carretera de Srbovac estaba desierta en ambas direcciones. Las marcas de los neumáticos mostraban un giro a la izquierda.</p>
<p>–Se ha metido en las colinas –dijo Judd, mirando fijamente a lo largo de la carretera hacia la verdiazul distancia–. ¡Ha perdido el juicio!</p>
<p>–¿Regresamos por donde vinimos?</p>
<p>–A pie nos tomará toda la noche.</p>
<p>–Haremos autostop.</p>
<p>Judd sacudió la cabeza. Tenía la cara inerte, la mirada perdida.</p>
<p>–¿No te das cuenta, Mick? Todos sabían lo que iba a ocurrir. La gente de las granjas se marchó al infierno, lejos de aquí, mientras esos otros se volvían locos allí arriba. No va a haber ningún coche en esta carretera, te apuesto lo que quieras a que ningún turista, excepto un par de tontos de mierda como nosotros, recoge a gente con esta pinta.</p>
<p>Tenía razón. Parecían carniceros salpicados de sangre. Las caras brillantes de mugre, los ojos enloquecidos.</p>
<p>–Tendremos que caminar por el camino que él ha seguido –dijo Judd.</p>
<p>Señaló hacia la carretera. Las colinas estaban ahora más oscuras; el sol había desaparecido de sus laderas. Mick se encogió de hombros. Tenían una noche de viaje cualquiera que fuese el camino que tomaran. Pero quería ir hacia algún sitio, no importaba cuál. Era suficiente con poner distancia entre él y la muerte.</p>
<p>En Popolac reinaba una especie de paz. En lugar de un delirio de pánico, había un entumecimiento, una pacífica aceptación ovejuna del mundo tal como era. Encerrados en sus posiciones, sujetos, atados y arreados el uno al otro en un sistema vivo que no permitía que una voz sonara más fuerte que otra, o que el trabajo de un individuo fuese menor que el del vecino, dejaron que un demente consenso ocupara el lugar de la tranquila voz de la razón. Se encontraban crispados, como una sola mente, por un solo pensamiento, una única ambición. Se convirtieron, en tan sólo unos momentos, en el gigante de una única inteligencia que tan brillantemente habían recreado. La ilusión de que existían insignificantes individualidades fue barrida por un irresistible torrente de sentimiento colectivo; no era la pasión de una multitud, sino una oleada telepática que disolvía miles de voces en una sola orden irresistible.</p>
<p>Y la voz decía: ¡Adelante!</p>
<p>La voz decía: Que esta horrible visión desaparezca de mi vista en algún sitio donde no tenga que verla otra vez.</p>
<p>Popolac se volvió hacia las colinas, sus piernas daban zancadas de más de medio kilómetro de largo. Cada hombre, cada mujer y cada niño de aquella torre hirviente estaban ciegos. Sólo veían a través de los ojos de la ciudad. No pensaban, tenían tan sólo los pensamientos de la ciudad. Se creían inmortales en su pesada, implacable fuerza. Inmensa, loca e inmortal.</p>
<p>Habían recorrido dos millas por la carretera, cuando Mick y Judd olieron a gasolina en el aire. Un poco más allá vieron el Volkswagen. Había volcado, el coche estaba atrapado entre los juncos de una acequia a un lado de la carretera. No se había incendiado.</p>
<p>La puerta del conductor estaba abierta, el cuerpo de Vaslav Jelovsek había caído fuera. El rostro en calma; estaba inconsciente. No había señales de heridas, excepto uno o dos pequeños cortes en su serena cara. Suavemente sacaron al ladrón de entre los restos del vehículo, apartaron el cuerpo de la suciedad de la acequia y lo tendieron sobre la carretera. Gimió levemente mientras lo trasladaban; usaron el suéter de Mick de almohada y le quitaron la chaqueta y la corbata.</p>
<p>Tardó poco en abrir los ojos. Se quedó mirándolos.</p>
<p>–¿Se encuentra bien? –preguntó Mick.</p>
<p>El hombre no dijo nada al principio. Parecía no comprender. Luego habló:</p>
<p>–¿Ingleses?</p>
<p>Tenía un acento cerrado, pero la pregunta fue bastante clara.</p>
<p>–Sí.</p>
<p>–Oí sus voces. Ingleses.</p>
<p>Frunció el entrecejo e hizo una mueca de dolor.</p>
<p>–¿Le duele? –dijo Judd.</p>
<p>El hombre pareció encontrarlo divertido.</p>
<p>–¿Me duele? –repitió. Su cara se contrajo en una mezcla de agonía y placer.</p>
<p>–Voy a morir –dijo apretando los dientes.</p>
<p>–No. Se repondrá.</p>
<p>El hombre sacudió la cabeza con absoluta autoridad.</p>
<p>–Voy a morir –dijo otra vez con la voz llena de determinación–. Quiero morir.</p>
<p>Judd se acercó más a él. Su voz se debilitaba por momentos.</p>
<p>–Díganos qué debemos hacer –dijo.</p>
<p>El hombre cerró los ojos. Judd le sacudió violentamente para mantenerlo despierto.</p>
<p>–Díganos –repitió. Su muestra de compasión desapareció de pronto–. Díganos de qué trata todo esto.</p>
<p>–¿Esto? –dijo el hombre. Sus ojos permanecían cerrados–. Fue una caída. Eso es todo. Tan sólo una caída.</p>
<p>–¿Qué cayó?</p>
<p>–La ciudad. Podujevo. Mi ciudad.</p>
<p>–¿De dónde cayó?</p>
<p>–De sí misma, por supuesto.</p>
<p>Aquel hombre no estaba explicando nada; tan sólo respondía con un acertijo tras otro.</p>
<p>–¿Adónde iba? –inquirió Mick intentando parecer lo más inofensivo posible.</p>
<p>–Tras Popolac –dijo el hombre.</p>
<p>–¿Popolac? –dijo Judd.</p>
<p>Mick comenzó a encontrar algún sentido a la historia.</p>
<p>–Popolac es otra ciudad. Como Podujevo. Ciudades gemelas. Están en el mapa.</p>
<p>–¿Dónde está la ciudad ahora? –preguntó Judd.</p>
<p>Vaslav Jelovsek pareció decidirse a contar la verdad. Hubo un momento en que dudó entre morir con un enigma en sus labios, o vivir lo suficiente para confesar su historia. ¿Qué importaba si narraba lo sucedido ahora? Nunca habría otra contienda: todo había acabado.</p>
<p>–Vinieron a luchar –dijo; la voz era ahora muy suave–. Popolac y Podujevo. Vienen cada diez años.</p>
<p>–¿A luchar? –se extrañó Judd–. ¿Quiere decir que toda esa gente fue asesinada?</p>
<p>Vaslav sacudió la cabeza.</p>
<p>–No, no. Cayeron. Ya se lo dije.</p>
<p>–Bien, ¿cómo luchaban? –dijo Mick.</p>
<p>–Vayan a las colinas –fue la única respuesta.</p>
<p>Vaslav abrió levemente los ojos. Las caras que se asomaban sobre él estaban exhaustas y enfermas. Habían sufrido, estos inocentes. Merecían alguna explicación.</p>
<p>–Como gigantes –dijo–. Luchaban como gigantes. Construían un cuerpo con sus cuerpos, ¿entienden? El esqueleto; los músculos, el hueso, los ojos, la nariz, los dientes, todo hecho con hombres y mujeres.</p>
<p>–Está delirando –dijo Judd.</p>
<p>–Vayan a las colinas –repitió el hombre–. Vean ustedes mismos la verdad.</p>
<p>–Incluso suponiendo&#8230; –comenzó Mick.</p>
<p>Vaslav le interrumpió, impaciente por terminar.</p>
<p>–Eran buenos en el juego de los gigantes. Costó muchos siglos de práctica. Cada diez años la figura se hacía más y más grande. Una siempre ambicionando ser más grande que la otra. Cuerdas para atarlos a todos juntos, impecablemente. Tendones&#8230; ligamentos&#8230; había comida en su estómago&#8230; Había conductos desde los lomos, para recuperar el gasto. Los que tenían mejor vista se situaban en la cuenca del ojo, los que tenían la mejor voz en la boca y en la garganta. No lo creerían, era una maravilla de ingeniería.</p>
<p>–No me lo creo –dijo Judd poniéndose en pie.</p>
<p>–Es el cuerpo del estado –dijo Vaslav tan suavemente que su voz apenas era un susurro–. Es nuestra forma de vivir.</p>
<p>Hubo un silencio. Pequeñas nubes pasaron por encima de la carretera deshaciéndose silenciosas en el aire,</p>
<p>–Era un milagro –dijo. Parecía haberse dado cuenta, por primera vez, de la verdadera grandeza de aquel hecho–. Era un milagro.</p>
<p>Era suficiente. Sí. Ya era bastante.</p>
<p>Dichas estas palabras, cerró la boca y murió.</p>
<p>Mick sintió esta muerte más profundamente que las miles de muertes de las que habían huido; más aún, este momento fue la llave que desencadenó la angustia que sentía por todas ellas.</p>
<p>Mick se sentía incapaz, a primera vista, de saber si aquel hombre había decidido contar una fantasía antes de morir, o si de algún modo la historia era cierta. Su imaginación era demasiado estrecha para aceptar la idea. Le dolía el cerebro tan sólo de pensar en ello, su compasión se hundía bajo el peso de la miseria que padecía.</p>
<p>Se quedaron de pie en la carretera, mientras las nubes pasaban rápidamente con sus vagas, grises sombras avanzando sobre sus cabezas hacia las enigmáticas colinas.</p>
<p>Estaba anocheciendo.</p>
<p>Popolac no podía dar un paso más. Tenía todos los músculos exhaustos. Aquí y allá, a lo largo y ancho de su enorme anatomía, se producían muertes. Pero no había congoja en la ciudad por las células fallecidas. Si los muertos se encontraban en el interior, los cuerpos quedaban colgando de sus arreos. Si formaban parte de la piel de la ciudad, eran desatados de sus posiciones y liberados, para caer en el bosque.</p>
<p>El gigante era incapaz de sentir piedad. No tenía otra ambición que seguir andando hasta morir.</p>
<p>Cuando el sol desapareció en el horizonte, Popolac descansó, sentada sobre un pequeño montículo meciendo su enorme cabeza entre sus vastas manos.</p>
<p>Las estrellas comenzaban a salir, con su habitual prudencia. La noche se aproximaba, vendando con compasión las heridas del día, cegando ojos que habían visto demasiado.</p>
<p>Popolac se puso en pie de nuevo, y comenzó a moverse con un retumbante andar. No pasaría mucho tiempo antes de que la fatiga la venciera; antes de que pudiera yacer en la tumba de algún perdido valle y morir allí.</p>
<p>Todavía debía seguir caminando por un tiempo, cada paso más agónicamente lento que el anterior, mientras el manto negro de la noche iba envolviendo su cabeza.</p>
<p>Mick quería enterrar al ladrón de coches en algún sitio a la entrada del bosque. No obstante, Judd señaló que enterrar un cuerpo podía parecer, bajo la más sensata luz de la mañana, un tanto sospechoso. Además, ¿no era absurdo preocuparse por un solo cuerpo cuando había literalmente miles de ellos yaciendo a pocas millas de donde se encontraban?</p>
<p>Por esta razón, dejaron que el cuerpo quedara tendido en el suelo, y que el coche se hundiera más profundamente en la acequia.</p>
<p>Comenzaron a andar de nuevo.</p>
<p>El frío aumentaba por momentos y estaban hambrientos. Las pocas casas que encontraron en su camino estaban todas desiertas, cerradas, incluso las contraventanas, todas.</p>
<p>–¿Qué quiso decir? –dijo Mick mientras se quedaba mirando otra puerta cerrada.</p>
<p>–Estaba hablando metafóricamente.</p>
<p>–¿Y todo eso de los gigantes?</p>
<p>–Tonterías trotskistas –insistió Judd.</p>
<p>–No lo creo.</p>
<p>–Lo sé. Era su discurso del lecho de muerte. Probablemente lo había estado preparando durante años.</p>
<p>–No lo creo –dijo Mick otra vez, volviendo hacia la carretera.</p>
<p>–¿Qué quieres decir? –Judd se encontraba a su espalda.</p>
<p>–No estaba refiriéndose a ninguna doctrina de partido.</p>
<p>–¿Me estás diciendo que crees que hay un gigante cerca de aquí, en algún sitio? ¡Por amor de Dios!</p>
<p>Mick se volvió hacia Judd. Era difícil distinguir su rostro en el crepúsculo. Pero su voz sonó seria al afirmar:</p>
<p>–Sí, creo que estaba diciendo la verdad.</p>
<p>–Eso es absurdo. Es ridículo. No.</p>
<p>Judd odió a Mick en ese momento. Odiaba su ingenuidad, su pasión por creer cualquier historia estúpida con tal de que tuviera cierto aire romántico. ¿Y esto? Esto era lo peor, lo más absurdo&#8230;</p>
<p>–No –dijo otra vez–. No. No. No.</p>
<p>El cielo, liso como la porcelana, dibujaba el perfil de las colinas, negras como la pez.</p>
<p>–Me estoy helando –dijo Mick cambiando de conversación–. ¿Te vas a quedar aquí o vienes conmigo?</p>
<p>Judd gritó:</p>
<p>–No vamos a encontrar nada por este lado.</p>
<p>–Es que el camino de vuelta es largo.</p>
<p>–Estamos metiéndonos cada vez más en las colinas.</p>
<p>–Haz lo que quieras. Yo voy a seguir andando.</p>
<p>Sus pasos retrocedieron: le envolvió la oscuridad. Después de un minuto, Judd le siguió.</p>
<p>Era una noche despejada y fría. Siguieron caminando, llevaban los cuellos de las chaquetas subidos para combatir el frío; tenían los pies hinchados. Sobre ellos el cielo se había convertido en un desfile de estrellas. Un triunfo de luz desbordante donde el ojo podía dibujar tantas formas como paciencia tuviera para ello. Después de un rato se cubrieron mutuamente con sus cansados brazos, para darse consuelo y calor.</p>
<p>Sobre las once vieron el resplandor de una luz en la distancia.</p>
<p>La mujer que se encontraba en la puerta de la cabaña de madera no sonrió, pero comprendió su situación y les dejó entrar. Parecía no tener objeto intentar explicar, bien a la mujer, bien a su lisiado marido, lo que habían visto. La cabaña no tenía teléfono ni había indicios de que hubiera algún vehículo; por eso, aunque encontraran algún medio de expresarse no podían hacer nada.</p>
<p>Mediante mímica y gesticulaciones con la cara explicaron que se encontraban hambrientos y exhaustos. Intentaron además explicar que estaban perdidos, maldiciéndose a sí mismos por haber dejado el libro de frases en el Volkswagen. Ella no parecía entender demasiado lo que decían, pero les hizo sentarse junto a un brillante fuego y puso a calentar en la cocina una cazuela con comida.</p>
<p>Comieron una espesa sopa de guisantes y huevos sin sal. De vez en cuando sonreían agradecidos a la mujer. Su marido, que se encontraba sentado junto al fuego, no hizo intento alguno de hablar, ni siquiera miró a los visitantes.</p>
<p>La comida estaba buena. Les levantó el ánimo.</p>
<p>Dormirían hasta la mañana siguiente y entonces emprenderían el largo camino de vuelta. Al amanecer, los cuerpos que yacían sobre el prado serían contados, identificados, embalados, y enviados a sus familias. El aire se llenaría de sonidos tranquilizadores, apagando los gemidos que aún resonaban en sus oídos. Habría helicópteros, camiones cargados de hombres que dispondrían las operaciones de limpieza. Todos los ritos<strong> </strong>y la parafernalia de un desastre civilizado.</p>
<p>Y en un tiempo todo sería digerible. Se convertiría en parte de su historia: una tragedia, por supuesto, pero una tragedia que podrían explicar, clasificar, con la que aprenderían a vivir. Todo iría bien, sí, todo iría bien. Que llegara la mañana.</p>
<p>El sueño, debido a su inmensa fatiga, vino súbitamente. Estaban echados donde habían caído, aún sentados a la mesa con las cabezas sobre los brazos cruzados. Unos cuantos cuencos vacíos y varios mendrugos de pan les rodeaban en desorden.</p>
<p>No sabían nada. No soñaban nada. No sentían nada. Entonces el estruendo comenzó.</p>
<p>En la tierra, en las profundidades de la tierra, unas rítmicas pisadas, como de un titán, se acercaban poco a poco, más y más.</p>
<p>La mujer despertó a su esposo. Apagó la lámpara y fue hacia la puerta. Era una luminosa noche de estrellas. Las negras colinas se cernían a cada lado.</p>
<p>Aún se oía el estruendo: medio minuto entre cada estampido, ahora se oía más fuerte. Y más fuerte a cada paso.</p>
<p>Marido y mujer permanecieron juntos en la puerta escuchando el eco que resonaba en las colinas, delante y atrás. No había relámpago alguno que acompañara el trueno.</p>
<p>Tan sólo el bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Hacía temblar la tierra. Caía polvo del dintel de la puerta, los pestillos de las ventanas crujían.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>No sabían qué se acercaba, pero cualquiera que fuera su forma, tuviera el propósito que tuviera, parecía no tener sentido intentar huir. Donde ellos se encontraban, en el lastimoso refugio de su cabaña, estaban tan seguros como en cualquier rincón del bosque. ¿Cómo podían elegir, entre cientos de árboles, uno que se mantuviera en pie cuando aquel estruendo hubiera pasado? Mejor esperar y observar.</p>
<p>La vista de la mujer no era buena, y dudó de lo que había visto cuando la negrura de la colina cambió de forma y se levantó, ocultando las estrellas. Su marido también lo vio: aquella cabeza inconcebiblemente enorme, más vasta aún en la engañosa oscuridad, se elevaba más y más, empequeñeciendo las colinas mismas.</p>
<p>El hombre cayó de rodillas balbuciendo una oración con sus artríticas piernas retorcidas tras él.</p>
<p>La mujer chilló. No conocía palabras que pudieran mantener a raya a aquel monstruo; ninguna oración, ninguna súplica tenían poder sobre él.</p>
<p>En la cabaña, Mick se despertó. Su brazo extendido se contrajo por un calambre, tirando el plato y la lámpara de la mesa.</p>
<p>Se rompieron.</p>
<p>Judd se despertó.</p>
<p>El grito del exterior había cesado. La mujer había desaparecido de la puerta, y había huido hacia el bosque. Un árbol, cualquier árbol, era mejor que una visión. Su marido aún seguía babeando sartas de oraciones por su inerte boca, mientras la grandiosa pierna del gigante se levantaba para dar otro paso.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>La cabaña tembló. Los platos saltaron del aparador y se rompieron. Una pipa de arcilla rodó por la repisa de la chimenea haciéndose pedazos en el hogar.</p>
<p>Los amantes conocían aquel sonido que resonaba en sus entrañas: el estruendo de la tierra.</p>
<p>Mick estiró el brazo hacia Judd y le cogió del hombro.</p>
<p>–¿Lo ves? –dijo. Sus dientes tenían un color gris azulado en la penumbra de la cabaña–. ¿Lo ves? ¿Lo ves?</p>
<p>Había una especie de rebosante histeria en sus palabras. Corrió hacia la puerta, tropezando con una silla en la oscuridad. Maldiciendo y magullado, salió tambaleando a la noche.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El estruendo era ensordecedor. Esta vez rompió todas las ventanas de la cabaña. En el dormitorio, una de las vigas del techo se quebró; los escombros cayeron al piso de abajo.</p>
<p>Judd se unió a su amante en la puerta. El viejo estaba con la cara sobre el suelo, tenía sus enfermos e hinchados dedos encrespados; los suplicantes labios apretados contra el húmedo piso.</p>
<p>Mick miró hacia arriba, hacia el cielo. Judd siguió su mirada. Había un lugar donde no había estrellas. Era una oscuridad con la forma de un hombre; una vasta, extensa figura humana, un coloso que se elevaba hasta encontrar el cielo. No era un gigante perfecto. Su silueta no era constante; hervía y hormigueaba.</p>
<p>Parecía, también, más ancho que cualquier hombre real. Tenía las piernas anormalmente gruesas y achaparradas, y los brazos no eran tan largos. Las manos, que se abrían y cerraban, parecían extrañamente articuladas y demasiado delicadas para su torso.</p>
<p>Entonces levantó un inmenso pie plano y lo puso sobre la tierra, avanzando hacia ellos.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El paso hizo que el techo se derrumbara sobre la cabaña. Todo lo que había contado el ladrón de coches era verdad. Popolac era una ciudad y un gigante; y se había dirigido hacia las colinas&#8230;</p>
<p>Sus ojos ya se estaban acostumbrando a la luz de la noche. Podían distinguir la estructura de aquel monstruo. Era una obra maestra de ingeniería humana: un hombre hecho enteramente de hombres. Mejor, un gigante sin sexo, construido con hombres, mujeres y niños. Todos los habitantes de Popolac retorcidos y deformados en el cuerpo de este gigante tejido con carne, con los músculos extendidos hasta la máxima tensión tolerable y los huesos a punto de quebrarse.</p>
<p>Podían ver cómo los arquitectos de Popolac habían alterado, sutilmente, las proporciones del cuerpo humano; cómo la criatura había sido construida desproporcionadamente rechoncha para bajar el centro de gravedad; cómo la cabeza se encontraba hundida entre los anchos hombros de manera que los problemas que podía haber causado un cuello débil quedaran minimizados.</p>
<p>A pesar de estas malformaciones, parecía horriblemente vivo. Los cuerpos estaban unidos de tal manera que hacían que la superficie fuese –excepto los arreos– completamente lisa, brillante a la luz de las estrellas como un vasto torso humano. Incluso los músculos estaban bien copiados, aunque simplificados. Podían ver el modo en que los cuerpos atados se empujaban y tiraban uno contra otro, formando sólidas cuerdas de carne y hueso. Podían ver a la gente entrelazada que confeccionaba el cuerpo: las espaldas, como tortugas comprimidas juntas para formar la curva de los pectorales; los acróbatas, atados y anudados en las articulaciones de brazos y piernas, enrollándose y desenrollándose para articular la ciudad.</p>
<p>Pero seguramente la más asombrosa visión de la ciudad era la cara.</p>
<p>Las mejillas hechas con cuerpos; las cavernosas cuencas de los ojos, desde donde unas cabezas miraban fijamente, cinco cabezas unidas formaban cada globo ocular; una ancha, aplastada nariz y una boca que se abría y cerraba, mientras los músculos de la mandíbula se juntaban y separaban rítmicamente. Y de aquella boca revestida de dientes por niños desnudos, la voz del gigante, que ahora sólo era una débil copia de su anterior potencia, emitía una única nota de música estúpida.</p>
<p>Popolac caminaba y Popolac cantaba.</p>
<p>¿Había habido alguna vez en Europa una visión semejante?</p>
<p>Mick y Judd observaban mientras la ciudad daba otro paso hacia ellos.</p>
<p>El viejo se había mojado los pantalones. Llorando y suplicando, se alejó reptando de la cabaña en ruinas, para esconderse entre los árboles cercanos, arrastrando tras él sus piernas muertas.</p>
<p>Los ingleses se quedaron donde estaban, observando el espectáculo mientras se aproximaba. No sentían pavor ni horror alguno, sólo un temor reverencial que los tenía inmovilizados. Sabían que aquello era una visión que nunca podrían volver a ver; era la cumbre, tras esto sólo había experiencias corrientes. Era mejor quedarse, aunque cada paso trajera la muerte mas cerca; mejor quedarse y contemplar aquel espectáculo mientras estuviera allí para poder verlo. Y si aquel monstruo les mataba, al menos habrían vislumbrado un milagro, habrían conocido aquella terrible majestad durante un breve instante. Parecía un trato justo.</p>
<p>Popolac se encontraba apenas a dos pasos de la cabaña. Podían ver las complejidades de su estructura con bastante claridad. Las caras de sus habitantes se concretaban por momentos: blancas, empapadas de sudor, satisfechas en su cansancio. Algunos muertos colgaban de sus arreos, con las piernas balanceándose hacia delante y hacia detrás como los ahorcados. Otros, los niños en particular, habían cesado de cumplir sus ejercicios, y habían relajado sus posiciones de manera que la forma del cuerpo se estaba degenerando, comenzando a borbotear con los hervores de las células rebeldes.</p>
<p>A pesar de todo aún caminaba, y cada paso suponía un incalculable esfuerzo de coordinación y potencia.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>El paso que alcanzaba la cabaña llegó antes de lo que pensaban.</p>
<p>Mick vio cómo se levantaba la pierna; vio las caras de la gente de la espinilla, del tobillo y del pie –ahora tenían su mismo tamaño–, todos ellos hombres inmensos elegidos para llevar el peso de la gran creación. Muchos de ellos estaban muertos. La planta del pie, según pudo ver, era un amasijo de cuerpos aplastados y ensangrentados, presionados hasta morir por el peso de sus conciudadanos.</p>
<p>El pie descendió con un rugido.</p>
<p>En cuestión de segundos la cabaña quedó reducida a astillas y polvo.</p>
<p>Popolac ocultó completamente el cielo. Se convirtió durante unos instantes en el mundo entero, cielo y tierra; su presencia llenaba los sentidos hasta desbordarlos. A esta distancia, una mirada no podía abarcar al gigante, el ojo tenía que oscilar hacia delante y hacia atrás sobre su volumen para poder abarcarlo e, incluso entonces, la mente rehusaba aceptar toda la verdad.</p>
<p>Un fragmento de piedra, que había salido violentamente despedido de la cabaña mientras ésta se derrumbaba, dio de lleno en la cara de Judd. Oyó en su cabeza el golpe mortal, como una pelota golpeando un muro: fue una muerte de patio de recreo. No sintió ningún dolor: ningún remordimiento. Se extinguió como una llama, una pequeña, insignificante llama; su grito de muerte se perdió en aquel estruendo infernal, su cuerpo quedó escondido entre el humo y la oscuridad. Mick no vio ni oyó morir a Judd.</p>
<p>Estaba demasiado ocupado mirando fijamente cómo el pie se apoyaba, sólo un momento, sobre las ruinas de la cabaña, mientras la otra pierna reunía la voluntad necesaria para moverse.</p>
<p>Mick aprovechó su oportunidad. Aullando como un demonio, corrió hacia la pierna, anhelando abrazarse al monstruo. Tropezó entre las ruinas y, ensangrentado, se levantó de nuevo, intentando alcanzar el pie antes de que éste se levantara y lo dejara atrás, Hubo un clamor de agónico aliento cuando el mensaje que ordenaba moverse llegó al pie; Mick vio cómo los músculos de la espinilla se agrupaban y unían mientras la pierna comenzaba a levantarse. Hizo una última embestida sobre el miembro cuando éste iniciaba su ascenso, aferrándose a un arreo, o a una cuerda, o al pelo humano, o a la carne misma; cualquier cosa que le sirviera para asirse a este milagro pasajero y formar parte de él. Mejor ir con él a cualquier parte, servir a su propósito, cualquiera que fuese; mejor morir con él, que vivir sin él.</p>
<p>Cogió el pie, y encontró un asidero firme en su tobillo. Chillando en un éxtasis absoluto por su éxito, sintió cómo la enorme pierna se levantaba, y echó una mirada hacia abajo entre un torbellino de polvo, hasta el lugar donde había estado; se iba alejando mientras la extremidad subía.</p>
<p>La tierra había quedado por debajo de él, era el autoestopista de un dios: la vida sencilla que había dejado no significaba nada ahora, o nunca. Viviría con este ser, sí, viviría con él, mirándolo y mirándolo, devorándolo con los ojos hasta que muriera de pura glotonería.</p>
<p>Gritaba y aullaba, se columpiaba en las cuerdas saboreando su triunfo. Abajo, allá abajo, vio por un instante el cuerpo de Judd, acurrucado, pálido sobre el oscuro suelo, irrecuperable. El amor, la vida y la cordura habían desaparecido; se habían ido como el recuerdo de su nombre, de su sexo, o de su ambición.</p>
<p>No significaba nada. Nada en absoluto.</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Bum&#8230;</p>
<p>Popolac caminaba, el sonido de sus pasos se alejaba hacia el este. Popolac caminaba, el murmullo de su voz se perdía en la noche.</p>
<p>Un día después, llegaron pájaros, llegaron zorros, moscas y mariposas, llegaron avispas. Judd se movió, Judd cambió de sitio, Judd dio a luz. Los gusanos buscaron el calor de su estómago, la buena carne de sus muslos fue devorada en la madriguera de una raposa. Después de eso, todo fue rápido: sus huesos se volvieron amarillos, sus huesos se desmoronaron: pronto, aquel espacio que una vez había estado lleno de aliento y de opiniones quedó vacío.</p>
<p>Oscuridad, luz, oscuridad, luz. Ni siquiera interrumpió con su nombre</p>

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		<title>La máquina de languidecer</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Feb 2010 08:54:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2010/02/la-máquina-de-languidecer.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Hace algunas semanas en uno de mis programas de radio favorito <em><a href="http://www.rtve.es/podcast/radio-3/la-libelula/">(La líbélula</a></em>, de radio nacional de España) escuché algunos cuentos de un escritor español llamado Ángel Olgoso y quedé gratamente sorprendido. Los dos cuentitos que reproduzco son extraidos de su último libro <a href="http://www.adamar.org/ivepoca/node/1140">&#8220;La máquina de languidecer&#8221;</a> -qué gran título- integrado por 100 microrelatos&#8230; no he leído el libro completo pero las dos siguientes microficciones que escuché en la transmisión de <em>La libélula</em> me dicen que sera muy buena idea hacerlo cuanto antes. ¡Lastima que el libro no se consiga de este lado del charco! Si alguien viene de España pronto, traígamelo, regálemelo o véndamelo:  ¡quiero leerlo!</p>
<p><strong>CONJUGACIÓN</strong></p>
<p>YO grité. Tú  torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos  olvidarán”.</p>
<p><strong>EN LA GALERÍA</strong></p>
<p>EN UNA EXPOSICIÓN El desconocido, como los que saben que pronto volverán al cauce mudo de la soledad, no dejó de hablar durante toda la tarde. Coincidimos en la valoración de los dibujos de José Hernández expuestos en la galería, y ello estableció una proximidad de algún modo amistosa. Había algo gallináceo en su aspecto de empleado que agita nerviosamente el portafolios con una mano y arruga El Eco del Comercio con la otra. Yo apenas abrí la boca mientras fluía el curso de sus reflexiones y me aleccionaba en voz baja sobre morbosas patologías artísticas, antiquísimas creencias o los estigmas físicos de los mitos. No le presté especial atención hasta que un comentario suyo me provocó escalofríos. Dijo que las manos de los demonios no tienen dorso, que son palmas por ambos lados. Miré con cautela alrededor. No había ya público y la noche crecía tras el cristal de la entrada. De pronto quise evitar aquella conversación, aquella compañía, aquella sala de arte. Me despedí verbalmente del desconocido, que pareció quedar un tanto contrariado, entre la sorpresa y la curiosidad, a la espera tal vez de un gesto menos seco, de que le tendiera una tarjeta o estrechara su mano. Me alejé con las mías en los bolsillos del pantalón, de donde en ningún momento las había sacado, y reparé en lo mucho que me sudaban las palmas. Las cuatro. &#8230;</p>

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		<title>Si pudieras leer mi mente</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Sep 2009 04:57:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<category><![CDATA[La canción]]></category>
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		<description><![CDATA[...Tal vez tenga algo que ver o tal vez no. Pero me siento algo pesado, algo oscuro. Extraño algo. Ayer tuve otro sueño: me encontraba con una niña con la que había estudiado la primaria y nos enamorábamos y paseabamos de la mano riéndonos por las calles, acompañados. ¡Se sentía muy bien tener su mano en la mía y estar acompañado! Fuaaaaaaa. Tal vez me sienta así porque hace un par de semanas corté con la chica que salía...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/09/si-pudieras-leer/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;">¿Sabes que puedes escuchar esta entrada? Descarga el podcast, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. </span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/09/Si-pudieras-leer-mi-mente.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Si pudieras leer mi mente. Ahora. Al tiempo que mis manos aprietan las teclas: Estoy algo ansioso, me siento algo cortado, algo triste, algo pesado. En general estoy bien, estoy contento con mi vida. Pero en este momento me siento así, como si quisiera decir muchas cosas, como si los sentimientos se agolpara intentando salir a través de mi piel, de mi brazo izquierdo.</p>
<p>Estoy haciendo muchas cosas, estoy terminando un cuento de terror que se llama el <em>Cúmulo negro</em> y tengo que terminar de leer el <em>Dragón rojo</em> de Thomas Harris para el martes. Tal vez sea eso: he estado demasiado metido en sueños oscuros, en mi relato de terror, en los cuerpos destrozados de las historias de los asesinos seriales. La otra vez tuve un sueño que creo que tiene que ver con esto: soñé que dominaba a una gran serpiente venenosa que descansaba  y a la cual yo, por mi arrogancia, trataba de someter. Y lo hacía: pero ella escupia su veneno y este tocaba mi piel y yo lo sentía correr dentro de mi, poco a poco y  no sabía si sería mortal, si podría salvarme. Estaba arrepentido; por mi arrogancia me había acercado al monstruo; no era necesario hacerlo, él descansaba tranquilo. Yo lo despertaba y lo sometía.</p>
<p>Tal vez tenga algo que ver o tal vez no. Pero me siento algo pesado, algo oscuro. Extraño algo. Ayer tuve otro sueño: me encontraba con una niña con la que había estudiado la primaria y nos enamorábamos y paseabamos de la mano riéndonos por las calles, acompañados. ¡Se sentía muy bien tener su mano en la mía y estar acompañado! Fuaaaaaaa. Tal vez me sienta así porque hace un par de semanas corté con la chica que salía; las cosas no estaban funcionando, nos veíamos dos o tres horas a la semana y los dos nos sentíamos cansados y con ganas de dormir. Y además una parte mía me decía que ella en realidad no me gustaba tanto, que no sentía nada especial. Y a ella le pasaba lo mismo, me  lo dijo el último día que nos vimos en un café en Filomeno mata. Pero esto sólo pasó las últimas dos semanas. Cuando la conocí sentí esa clase compañía del sueño con la niña de la primaria.</p>
<p>Si pudieras leer mi pensamiento ahora. O más que eso, si pudieras al leer sentir esta extraña sensación, ácida, negra, pasajera, que ansia compañía. Me siento algo seco, algo vacío, me gustaría besar a alguien ahora, hasta que nuestros labios se derritieran. Y después dormir abrazado a ella.</p>
<p>La canción de esta semana habla de todo esto. La canta Johny Cash y el compositor dice lo siguiente:</p>
<p style="text-align: center;">Si pudieras leer mi mente, amor,<br />
que cuento contarían mis pensamientos.<br />
Como una película vieja<br />
Acerca de un fantasma<br />
venido de un pozo de los deseos.<br />
En un castillo oscuro o en una fortaleza,<br />
con cadenas sobre sus pies.<br />
Sabes que ese fantasma soy yo,<br />
y que no seré libre<br />
hasta que puedas verme.</p>
<p style="text-align: center;">Si pudiera leer tu mente, amor,<br />
que cuento contarían tus pensamientos,<br />
como una novela de bolsillo,<br />
de las que venden en los aeropuertos.<br />
Tu lees la parte en la que el dolor en el corazón llega,<br />
yo soy el héroe,<br />
pero el héroe a menudo fracasa,<br />
y tu no leerás el libro otra vez,<br />
por que el final es muy duro y triste.</p>
<p style="text-align: center;">Yo me alejo como una estrella de cine,<br />
que termina mal en un triangulo amoroso.<br />
Entra el número dos en el triangulo:<br />
una reina de película que en la escena<br />
saca todas las cosas buenas que hay en mí.<br />
Pero por ahora, amor, seamos realistas;<br />
Nunca pensé que pudiera sentirme de este modo<br />
y tengo que decir que simplemente no lo entiendo.<br />
No sé cuando las cosas empezaron a ir mal,<br />
pero el sentimiento se ha ido<br />
y no puedo hacer que vuelva.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">Si pudieras leer mi mente, amor,<br />
que cuento contarían mis pensamiento.<br />
Como una película vieja<br />
Acerca de un fantasma<br />
venido de un pozo de los deseos.<br />
En un castillo oscuro o en una fortaleza,<br />
con cadenas sobre sus pies.<br />
Pero las historias siempre terminan,<br />
y si pudieras leer entre líneas,<br />
sabrías que sólo estoy tratando de entender<br />
los sentimientos que ya no tienes,<br />
Nunca pensé que pudiera sentirme de este modo<br />
y tengo que decir que simplemente no lo entiendo.<br />
No sé cuando las cosas empezaron a ir mal,<br />
pero el sentimiento se ha ido<br />
y no puedo hacer que vuelva.</p>
<p style="text-align: left;">La canción la canta Johny Chash en su disco <em>American V: A Hundred Highways, </em>pero la compuso Gordon Lightfoot, al que algunos han nombrado el Bob Dylan canadiense.<br />
Vean <a href="http://www.youtube.com/watch?v=jqMG3VR5PP4&amp;feature=related">aquí su versión</a> de esta rola.</p>
<p><strong> </strong><br />
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		<title>El emisario</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Sep 2009 03:19:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Perros]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[El país de Octubre]]></category>
		<category><![CDATA[Escritores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Ray Bradbury]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[El cuento del mes es El emisario de Ray Bradbury. Un cuento de un perro que le trae amigos, olores y colores a un niño enfermo en cama.  Si descargas el podcast,  la versión del cuento que escucharás ahí será la de la quinta edición del Pais de Octubre publicada por Minotauro de 1975. Es una versión muy diferente (mucho más viajada) que la podrás leer aquí abajo, que es la de la edición de Minotauro...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/09/el-emisario/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;">¿Sabes que puedes escuchar esta entrada? Descarga el podcast, sólo da click en el iPod, ve a archivo/guardar como y sálvalo. </span></h5>
<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/09/El-emisario.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>El cuento del mes es <em>El emisario</em> de Ray Bradbury. Un cuento de un perro que le trae amigos, olores y colores a un niño enfermo en cama.  Si descargas el podcast,  la versión del cuento que escucharás ahí será la de la quinta edición del <em>Pais de Octubre</em> publicada por Minotauro de 1975. Es una versión muy diferente (mucho más viajada) que la podrás leer aquí abajo, que es la de la edición de Minotauro de 1985. No sé porque la diferencia, la traducción de ambas versiones es de Francisco Abelenda. Si alguien sabe porque es esto, avísenme.</p>
<p>Es una gran, gran cuento. Uno de mis favoritos.</p>
<p align="center"><strong>EL EMISARIO</strong></p>
<p>SUPO QUE HABÍA LLEGADO de nuevo el otoño, porque Torry entró retozando en la casa, trayendo con él un refrescante olor a otoño. En cada uno de sus perrunos rizos negros llevaba una muestra del otoño: tierra húmeda, con la humedad peculiar de aquella estación, y hojas secas, color de oro pajizo. El perro olía exactamente igual que el otoño.</p>
<p>Martin Christie se incorporó en la cama y alargó una mano pálida y pequeña. Torry ladró y exhibió una generosa longitud de lengua, la cual pasó una y otra vez por el dorso de la mano de Martin. Torry la lamía como si fuera una golosina. &#8220;A causa de la sal&#8221;, declaró Martin, mientras Torry se encaramaba a la cama de un salto.</p>
<p>—Baja —le advirtió Martin—. A mamá no le gusta que te subas a la cama. —Torry aplastó sus orejas—. Bueno&#8230;—condescendió Martin—. Pero sólo un momento, ¿eh?</p>
<p>Torry calentó el delgado cuerpo de Martin con su calor perruno. Martin aspiró intensamente el olor que se desprendía del perro, un olor a tierra húmeda y a hojas secas. No le importaba que mamá gruñera. Después de todo, Torry era un recién nacido. Recién salido de las entrañas del otoño.</p>
<p>—¿Qué has visto por ahí, Torry? Cuéntamelo.</p>
<p>Tendido allí, Torry se lo contaría. Tendido allí, Martin sabría qué aspecto tenía el otoño; como antes, cuando la enfermedad no le había postrado en la cama. Ahora, su único contacto con el otoño era el perro, con su olor a tierra húmeda y a hojas secas, color de oro pajizo.</p>
<p>—¿Dónde has estado hoy, Torry?</p>
<p>Pero Torry no tenía que contárselo. Martin lo sabía. Había trepado hasta lo alto de una colina, por un sendero tapizado de hojas secas, para ladrar desde allí su canino deleite. Había vagabundeado por la ciudad pisando el barro formado por las intensas lluvias. Allí había estado Torry.</p>
<p>Y los lugares visitados por Torry, podían ser visitados después por Martin; porque Torry se los revelaba siempre por el tacto, a través de la humedad, la sequedad o el encrespamiento de su piel. Y, tendido en la cama, con l mano apoyada sobre Torry, Martin conseguía que su mente reconstruyera cada uno de los paseos de Torry a través de los campos, a lo largo de la orilla del río, por los senderos bordeados de tumbas del cementerio, por el bosque&#8230;A través de su emisario, Martin podía ahora establecer contacto con el otoño.</p>
<p>La voz de su madre se acercaba, furiosa.</p>
<p>Martin empujó al perro.</p>
<p>—¡Baja, Torry!</p>
<p>Torry desapareció debajo de la cama en el mismo instante en que se abría la puerta de la habitación y aparecía mamá, echando chispas por sus ojos azules. Llevaba una bandeja de ensalada y jugos de fruta.</p>
<p>—¿Está Torry aquí? —preguntó.</p>
<p>Al oír pronunciar su nombre, Torry golpeó alegremente el suelo con la cola.</p>
<p>Mamá dejó la bandeja sobre la mesilla de noche, con aire impaciente.</p>
<p>—Ese perro es una calamidad. Siempre está metiendo las narices por todas partes y cavando agujeros. Esta mañana ha estado en el jardín de Miss Tarkins, y ha excavado uno enorme. Miss Tarkins está furiosa.</p>
<p>—¡Oh! —Martin contuvo la respiración.</p>
<p>Debajo de la cama no se produjo el menor movimiento. Torry sabía cuándo tenía que mantenerse quieto.</p>
<p>—Y no es la primea vez —dijo mamá—.¡El de hoy es el tercer agujero que cava esta semana!</p>
<p>—Tal vez esté buscando algo.</p>
<p>—Lo que se está buscando es un disgusto. Es un chafardero incorregible. Siempre está metiendo las narices donde no le importa. ¡Dichosa curiosidad!</p>
<p>Hubo un tímido pizzicato de cola debajo de la cama. Mamá no pudo evitar una sonrisa.</p>
<p>—Bueno —concluyó—, si no deja de cavar agujeros en los patios, tendré que atarle y no dejarle salir más.</p>
<p>Martin abrió su boca de par en par.</p>
<p>—¡Oh, no, mamá! ¡No hagas eso! Si lo hicieras, yo no sabría&#8230;nada. Él me lo cuenta todo.</p>
<p>La voz de mamá se ablandó.</p>
<p>—¿De veras, hijo mío?</p>
<p>—Desde luego. Sale por ahí y cuando regresa me cuenta todo lo que ocurre.</p>
<p>—Me alegro de que te lo cuente todo. Me alegro de que tengas a Torry.</p>
<p>Permanecieron unos instantes en silencio, pensando en lo que hubiera sido el año que acababa de transcurrir sin Torry. Dentro de dos meses, pensó Martin, podría abandonar el lecho, según decía el médico, y salir de nuevo a la calle.</p>
<p>—¡Sal, Torry!</p>
<p>Murmurando palabras cariñosas, Martin ató la nota al collar del perro. Era un cartoncito cuadrado, con unas letras dibujadas en negro:</p>
<p>Me llamo Torry. ¿Quiere hacerle una visita a mi dueño, que está enfermo? ¡Sígame!</p>
<p>La cosa daba resultado. Torry paseaba aquel cartoncito por el mundo exterior, todos los días.</p>
<p>—¿Le dejarás salir, mamá?</p>
<p>—Sí, si se porta bien y no cava más agujeros.</p>
<p>—No lo hará más. ¿Verdad, Torry?</p>
<p>El perro ladró.</p>
<p align="center">***</p>
<p>El perro se alejó de la casa, en busca de visitantes. El día anterior había traído a mistress Holloway, de la Elm Avenue, con un libro de cuentos como regalo; el día antes Torry se había sentado sobre sus patas traseras delante de míster Jacob, el joyero, mirándole fijamente. Míster Jacob, intrigado, se había inclinado a leer el mensaje y se había apresurado a hacerle una corta visita a Martin.</p>
<p>Ahora, Martin oyó al perro regresando a través de la humeante tarde, ladrando, corriendo, ladrando de nuevo&#8230;</p>
<p>Detrás del perro, unos pasos ligeros. Alguien tocó el timbre de la puerta, suavemente. Mamá respondió a la llamada. Unas voces hablaron.</p>
<p>Torry corrió arriba, se encaramó al lecho de un salto. Martin se inclinó hacia delante, excitado, con los ojos brillantes, para ver quién subía a visitarle esta vez. Quizás miss Palmborg, o míster Ellis, o miss Jendriss, o&#8230;</p>
<p>El visitante subía la escalera hablando con mamá. Era una voz femenina, juvenil, alegre.</p>
<p>Se abrió la puerta.</p>
<p>Martin tenía compañía.</p>
<p align="center">***</p>
<p>Transcurrieron cuatro días, durante los cuales Torry hizo su trabajo, informó de la temperatura ambiente, de la consistencia del suelo, de los colores de las hojas, de los niveles de la lluvia, y, lo más importante de todo, trajo visitantes.</p>
<p>A miss Haight, otra vez, el sábado. Miss Haight era la joven sonriente y guapa con el brillante pelo castaño y el suave modo de andar. Vivía en la casa grande de Park Street. Era su tercera visita en un mes.</p>
<p>El domingo vino el reverendo Vollmar, el lunes miss Clark y míster Henricks.</p>
<p>Y, a cada uno de ellos, Martin les explicó su perro. Cómo en primavera olía a flores silvestres y a tierra fresca; en verano tenía la piel caliente y el pelo tostado por el sol; en otoño, ahora, un tesoro de hojas doradas ocultas entre su pelaje, para que Martin pudiera explorarlo. Torry demostraba este proceso a los visitantes, tendiéndose boca arriba, esperando ser explorado.</p>
<p>Luego, una mañan, mamá le habó a Martin de Miss Haight, la joven guapa y sonriente.</p>
<p>Estaba muerta.</p>
<p>Había fallecido en un accidente de automóvil en Glen Falls.</p>
<p>Martin estaba cogido a su perro, recordando a Miss Haight, pensando en su modo de sonreír, pensando en sus brillantes ojos, en su maravilloso pelo castaño, en su delgado cuerpo, en su andar suave, en las bonitas historias que contaba acerca de las estaciones y de la gente.</p>
<p>Ahora está muerta. No sonreiría ni contaría historias nunca más. Porque estaba muerta.</p>
<p>—¿Qué hacen en la tumba, mamá, debajo del suelo?</p>
<p>—Nada.</p>
<p>—¿Quieres decir que se limitan a estar tendidos allí?</p>
<p>—A descansar allí —rectificó mamá.</p>
<p>—¿A descansar allí&#8230;?</p>
<p>—Sí —dijo mamá—. Eso es lo que hacen.</p>
<p>—No parece que tenga que ser muy divertido.</p>
<p>—No creo que lo sea.</p>
<p>—¿Por qué no se levantan y salen a dar un paseo de cuando en cuando si están cansados de estar allí?</p>
<p>—Bueno, ya has hablado bastante por hoy —dijo mamá.</p>
<p>—Sólo quería saberlo.</p>
<p>—Pues ahora ya lo sabes.</p>
<p>—A veces creo que Dios es tonto.</p>
<p>—¡Martin!</p>
<p>Pero Martin estaba lanzado.</p>
<p>—¿No crees que podría tratar mejor a la gente, y no obligarla a permanecer allí tendida, sin moverse? ¿No crees que podía encontrar un sistema mejor? Cuando yo le digo a Torry que se haga el muerto, lo hace durante un rato, pero cuando se cansa mueve la cola, y parpadea, y le dejo que se levante y salte a mi cama&#8230;Apuesto lo que quieras a que a esas personas que están en la tumba les gustaría poder hacer lo mismo, ¿verdad Torry?</p>
<p>Torry ladró.</p>
<p>—¡Basta! —dijo mamá, en tono firme—. ¡No me gusta que hables de esas cosas!</p>
<p align="center">***</p>
<p>El otoño continuó. Torry corrió a través de los bosques, a lo largo de la orilla del río, por el cementerio, como era su costumbre, y arriba y abajo de la ciudad, sin olvidar nada.</p>
<p>A mediados de octubre, Torry empezó a obrar de un modo muy raro. Al parecer, no podía encontrar a nadie que viniera a visitar a Martin. nadie parecía prestar atención a su cartoncito. Pasó siete días seguidos sin traer a ningún visitante. Martin estaba profundamente desilusionado por ello.</p>
<p>Mamá se lo explicó.</p>
<p>—Todo el mundo está ocupado, hijo mío. La guerra, y todo eso&#8230;La gente tiene otras preocupaciones para andar leyendo los cartoncitos que un perro lleva colgados al cuello.</p>
<p>—Sí —dijo Martin—, debe de ser eso.</p>
<p align="center">***</p>
<p>Pero la cosa era algo más complicada. Torry tenía un extraño brillo en los ojos. Como si en realidad no buscara a nadie, o no le importara, o&#8230;algo. Algo que Martin no conseguía imaginar. Tal vez Torry estaba enfermo. Bueno, al diablo con los visitantes. Mientras tuviera a Torry, todo iba bien.</p>
<p>Y entonces, un día, Torry salió de casa y no regresó.</p>
<p>Martin esperó tranquilamente al principio. Luego&#8230; nerviosamente. Luego&#8230; ansiosamente.</p>
<p>A la hora de cenar oyó que papá y mamá llamaban a Torry. No ocurrió nada. Fue inútil. No hubo ningún sonido de patas a lo largo del sendero que conducía a la casa. Ningún ladrido desgarró el frío aire nocturno. Nada, Torry se había marchado. Torry no iba a regresar a casa&#8230; nunca.</p>
<p>Unas hojas cayeron más allá de la ventana. Martin hundió el rostro en la almohada, sintiendo un agudo dolor en el pecho.</p>
<p>El mundo estaba muerto. Ya no había otoño, porque no había ya ninguna piel que lo trajera a la casa. No habría invierno, porque no habría unas patas humedecidas de nieve. No habría más estaciones. No habría más tiempo. El emisario se había perdido entre el tráfago de la civilización, probablemente aplastado por un automóvil, o envenenado, o robado, y no habría más tiempo.</p>
<p>Martin empezó a sollozar. No tendría ya más contacto con el mundo. El mundo estaba muerto.</p>
<p align="center">***</p>
<p>Martin se enteró de que había llegado la fiesta de Todos los Santos por los tumultos callejeros. Pasó los tres primeros días de noviembre tumbado en la cama, mirando al techo, contemplando en él las alternativas de luz y de oscuridad. Los días se habían hecho más cortos, más oscuros, lo sabía por la ventana. Los árboles estaban desnudos. El viento de otoño cambió su ritmo y su temperatura. pero sólo era un espectáculo en la parte exterior de su ventana, nada más.</p>
<p>Martin leía libros acerca de las estaciones y de la gente de aquel mundo que ahora no existía. Escuchaba todos los días, pero no oía los sonidos que deseaba oír.</p>
<p>Llegó el viernes por la noche. Sus padres iban a ir al teatro. Miss Tarkins, la vecina de la casa contigua, se quedaría un rato hasta que Martin cayera dormido, y luego se marcharía a su casa.</p>
<p>Mamá y papá entraron a darle las buenas noches y salieron al encuentro del otoño. Martin oyó el sonido de sus pasos en la calle.</p>
<p>Miss Tarkins se quedó un rato, y cuando Martin dijo que estaba cansado, apagó todas las luces y se marchó a su casa.</p>
<p>A continuación, silencio. Martin permaneció tendido en la cama, contemplando las estrellas que se movían lentamente a travé del cielo. Era una noche clara, iluminada por la luz de la luna. Una noche para vagabundear con Torry a través de la ciudad, a través del dormido camposanto, a lo largo de la orilla del río, cazando fantasmales sueños infantiles.</p>
<p>Sólo el viento era amistoso. Las estrellas no ladraban. Los árboles no se sentaban sobre sus patas traseras con expresión suplicante. Sólo el viento agitaba su cola contra la casa de cuando en cuando.</p>
<p>Eran más de las nueve.</p>
<p>Si Torry regresara ahora a casa, trayendo con él algo del mundo exterior&#8230; Un cardo, empapado en escarcha, o el viento en sus orejas. Si Torry regresara&#8230;</p>
<p>Y entonces, en alguna parte, se produjo un sonido.</p>
<p>Martin se incorporó en la cama, temblando. La luz de las estrellas se reflejó en sus pequeños ojos. Tendió el oído, escuchando.</p>
<p>El sonido se repitió.</p>
<p>Era tan leve como una punta de aguja moviéndose a través del aire a millas y millas de distancia.</p>
<p>Era el fantástico eco de un perro&#8230; ladrando.</p>
<p>Era el sonido de un perro acercándose a través de campos y arroyos, el sonido de un perro corriendo, lanzando su aliento al rostro de la noche. El sonido de un perro dando vueltas y corriendo. Se acercaba y se alejaba, crecía y disminuía, avanzaba y retrocedía, como si alguien lo llevara cogido de una cadena. Como si el perro estuviera corriendo y alguien le silbara desde atrás y el perro retrocediera, dando la vuelta, y echara a correr de nuevo hacia la casa.</p>
<p>Martin sintió que la habitación giraba a su alrededor, y la cama tembló con su cuerpo. Los muelles se quejaron con sus vocecitas metálicas.</p>
<p>El débil ladrido siguió avanzando, creciendo más y más.</p>
<p>¡Torry, ven a casa! ¡Torry, ven a casa! ¡Torry, muchacho, oh, Torry! ¿Dónde has estado? ¡Oh, Torry, Torry!</p>
<p>Otros cinco minutos. Cada vez más cerca, y Martin pronunciando el nombre del perro una y otra vez. Perro malo, perro malvado, marcharse de casa y dejarle solo tantos días&#8230; Perro malo, perro bueno, ven a casa, oh, Torry, ven a casa y cuéntamelo todo&#8230; Las lágrimas cayeron y se disolvieron sobre el edredón.</p>
<p>Más cerca ahora. Muy cerca. En la misma calle, ladrando. ¡Torry!</p>
<p>Martin oyó su respiración. El sonido de las patas del perro en el montón de hojas secas, en el sendero que conducía a la casa. Y ahora&#8230; junto a la misma casa, ladrando, ladrando, ladrando. ¡Torry!</p>
<p>Ladrando junto a la puerta.</p>
<p>Martin se estremeció. ¿Bajaría a abrir al perro, o debía esperar que papá y mamá regresaran a casa? Esperar. Sí, tenía que esperar. Pero sería insoportable si, mientras esperaba, el perro volvía a marcharse. No, bajaría a abrir, y su querido perro saltaría a sus brazos otra vez. ¡Torry!</p>
<p>Había empezado a escurrirse de la cama cuando oyó el otro sonido. La puerta que se abría. Alguien había sido lo bastante amable como para abrirle la puerta a Torry.</p>
<p>Torry había traído un visitante, desde luego. Mr. Buchanan, o Mr. Jacobs, o quizás Miss Tarkins.</p>
<p>La puerta se abrió y se cerró y Torry corrió escaleras arriba, entró en la habitación y se encaramó al lecho de un salto.</p>
<p>—¡Torry! ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho toda esta semana?</p>
<p>Martin reía y lloraba al mismo tiempo. Se abrazó al perro. Y entonces dejó de reír y de llorar, repentinamente. Se quedó mirando a Torry con ojos asombrados.</p>
<p>El olor que había traído Torry era&#8230; distinto.</p>
<p>Era un olor a tierra. A tierra muerta. A tierra que olía a putrefacción, a tumba. De las patas de Torry se desprendieron pegotes de tierra putrefacta. Y&#8230; algo más. Un pequeño trozo blanquecino de&#8230; ¿piel?</p>
<p>¿Lo era? ¡Lo era! ¡LO ERA!</p>
<p>¿Qué clase de mensaje le traía Torry? ¿Qué significaba aquel mensaje? La tierra era&#8230; la espantosa tierra del cementerio.</p>
<p>Torry era un perro malo. Siempre cavando donde no debía.</p>
<p>Torry era un perro bueno. Siempre haciendo amigos con la misma facilidad. Torry era un perro bueno. Todo el mundo simpatizaba con él. Y Torry traía a la gente a casa.</p>
<p>Y ahora, el último visitante estaba subiendo la escalera:</p>
<p>Lentamente. Arrastrando un pie detrás del otro, penosamente, lentamente, lentamente, lentamente.</p>
<p>—¡Torry, Torry! ¿Dónde has estado? —gritó Martin.</p>
<p>Un pegote de tierra húmeda se desprendió del pecho del perro.</p>
<p>La puerta de la habitación se abrió.</p>
<p>Martin tenía compañía.</p>
<p>La foto del perro es de ni anverso ni reverso, aquí su<a href="http://www.flickr.com/photos/nianversonireverso/3007949932/"> flickr</a>.</p>

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		<title>Mis recuerdos privados de la experiencia estigmática Hoffer</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Aug 2009 17:15:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ale</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[El cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Podcasts]]></category>
		<category><![CDATA[Asco]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Dan Simmons]]></category>
		<category><![CDATA[Escritores]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Malformaciones]]></category>
		<category><![CDATA[Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Acabo de leer un cuento que hace unas tres semanas mi maestro de literatura fantástica, <a href="http://www.editorialenlinea.com/horrorcain/01cont/semb/biogra1.html">Ricardo Bernal</a>, hizo a bien llegar a mi buzón de correo; por una u otra razón no había tenido tiempo de leerlo, así que hoy, sábado en la tarde, lo leí al fin y puedo decir que ahora tengo una extraña sensación, parecida a tambalear, parecida a haber recibido un fuerte e inesperado porrazo en la cabeza...<a class="continue-reading-sm" href="http://diariodeunchicotrabajador.com/2009/08/mis-recuerdos-privados-de-la-experiencia-estigmatica-hoffer/"/>sigue leyendo</a>
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			<content:encoded><![CDATA[<h5 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"> </span></h5>
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<h4 style="text-align: center;"><span style="color: #808080;"><a href="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/08/Mis-recuerdos-privados-de-la-experiencia-estigmática-de-hoffman.mp3"><img src="http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/themes/papercut/images/9399.png" alt="" width="61" height="61" /></a></span></h4>
<p>Acabo de leer un cuento que hace unas tres semanas mi maestro de literatura fantástica, <a href="http://www.editorialenlinea.com/horrorcain/01cont/semb/biogra1.html" class="broken_link">Ricardo Bernal</a>, hizo a bien llegar a mi buzón de correo; por una u otra razón no había tenido tiempo de leerlo, así que hoy, sábado en la tarde, lo leí al fin y puedo decir que ahora tengo una extraña sensación, parecida a tambalear, parecida a haber recibido un fuerte e inesperado porrazo en la cabeza.</p>
<p>El cuento se llama <em>Mis recuerdos privados de la experiencia estigmática Hoffer, </em>de Dan Simmons y lo he escogido como el cuento de la semana, principalmente por que hacía mucho que no leía un final, y que digamos un final, un planteamiento y un desarrollo tan poderoso e impactante.</p>
<p>No adelanto mucho de la trama, sólo que en mi opinión, debajo de esas caras con uvas carnosas, dientes malformados, papilomas transparentes rellenos de puso amarilla a punto de reventar, que somos los humanos, hay, estoy seguro, escondido entre todas esas montañas de mierda y chismes y miedo y deseo de poder y sadismo, luces más segadoras y brillantes que en el cielo; hay transparencia y claridad y amor. Sólo que no creo que una epidemia como la estigmática de Hoffman pudiera hacer que esta otra cara, todavía más oculta, surgiera por arte de magia; estoy seguro que para que ello ocurriera quien quisiera tendría que cruzar un arduo camino, no exento de riesgos y monstruosidades.</p>
<p>El cuento es de <a href="http://www.dansimmons.com/index.html">Dan Simmons</a>. Pueden encontrar <a href="http://www.levity.com/corduroy/simmons.htm">aquí</a> algunos otras cosas suyas en ingles.</p>
<p>La foto es una interpretación del cuento por <a href="http://www.flickr.com/photos/balamha">Balam.</a></p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">MIS RECUERDOS PRIVADOS<br />
DE LA EPIDEMIA ESTIGMÁTICA<br />
DE HOFFER</p>
<p style="text-align: center;">Por Dan Simmons</p>
<p>Mi queridísimo hijo:</p>
<p>No importa que nunca leas esto. Peter, hijo mío, creo que es hora de explicarte los hechos sucedidos hace treinta años. Siento una gran urgencia por hacerlo, aunque hay mucho que no comprendo (mucho que nadie comprende) y la época anterior al Cambio hace mucho que se ha convertido en algo vago y ensoñador para la mayoría de nosotros. Creo todo, creo que tu madre y yo te debemos una explicación, y haré todo lo posible por proporcionártela.<br />
Estaba viendo la televisión cuando llegó el Cambio. Supongo que la mayoría de los americanos estaban sentados delante de sus televisores aquella noche. Da la casualidad de que estaba viendo las noticias nocturnas con Dan Rather en la CBS, y como vivíamos en la zona este entonces, las noticias eran en directo.<br />
Algunos piensan que como el Cambio se produjo primero en nuestro hemisferio, fue el resultado de que la Tierra atravesara una especie de cinturón de radiación cósmica. Otros “expertos” sugieren que fue un microvirus que se filtró a través de la atmósfera ese día y se extendió como algas en un estanque contaminado. Los religionistas (cuando había religionistas) solían decir que el juicio de Dios empezó en América porque era la Sodoma y Gomorra de nuestro tiempo. Pero la verdad es que nadie sabía entonces de dónde demonios vino el Cambio, ni qué lo causa, ni por qué empezó primero en el hemisferio occidental, y la verdad es que nadie lo sabe ahora.<br />
Y para ser sinceros, Peter, a nadie le importa un pimiento.<br />
Sucedió; y yo estaba viendo las noticias nocturnas con Dan Rather en la CBS cuando sucedió. Tu madre estaba preparando la cena. Tú estabas en la cuna que teníamos en el comedor. Dan Rather estaba hablando de los palestinos cuando de repente puso expresión de asombro, como cuando unos años antes uno manifestantes se colaron en el estudio y empezaron a destrozar todo mientras él estaba en el aire, sólo que esta vez se encontraba solo.<br />
Lo que sucedía es que la cara de Dan se estaba fundiendo. Bueno, no se fundía exactamente, pero fluía, corría hacia abajo como si se hubiera convertido en cera y la hubieran metido en un horno caliente.<br />
Durante un momento pensé que era la televisión o la maldita compañía de cable otra vez, e iba camino al teléfono para darles un rapapolvo cuando vi que Dan Rather había dejado de hablar y se agarraba la cara mientras fluía y cambiaba y se reformaba como gelatina, así que colgué el teléfono y volví a sentarme en el sillón y grité:<br />
-¡Myra, ven aquí!<br />
Tuve que gritar otra vez, pero tu madre vino por fin, secándose las manos en un paño y quejándose de que nunca terminaría la cena si no dejaba de gritarle y&#8230; se detuvo a media frase.<br />
-¿Qué le está pasando a Dan?- dijo entonces.<br />
-No lo sé. Una especie de broma, tal vez.<br />
No parecía una broma. Era horrible. El rostro maduro pero todavía atractivo de Dan había dejado de moverse como cera derretida pero se retorcía y reformaba en otra cosa. Los músculos y los huesos bajo la piel del rostro se movían como ratas bajo una lona. El ojo izquierdo parecía estar&#8230; bueno, emigrando, moviéndose por la cara como un pedazo de pollo blanco flotando en un cuenco de sopa color carne.<br />
Hubo gritos fuera de cámara, la imagen se nubló y rebotó, luego pasaron al logotipo, pero unos segundos después volvieron a ofrecer la imagen de Dan ante la mesa, como si alguien en la sala de control o como quiera que se llame el sitio donde trabaja el director hubiera decidido que esto era noticia y al demonio con todo.<br />
Dan se había puesto de pie y se tambaleaba, con las manos en la cara, obviamente mirándose en los monitores como si fueran espejos. Pasara lo que pasase, pude ver que la parte gelatinosa había acabado. Nada se movía bajo aquellos dedos extendidos. Dan emitía sonidos entrecortados, aunque el micrófono se había soltado y los sonidos eran distantes. Entonces Dan bajó las manos.<br />
-Jesucristo- dijo tu madre. Nunca maldecía, nunca tomaba el nombre de Dios en vano-. Jesucristo- dijo una segunda vez.<br />
La cara de Dan Rather se había convertido en algo salido de uno de esos episodios de Historias de Ultratumba que solíamos editar en HBO. Pero no era así en realidad, porque por muy bueno que sea el maquillaje, siempre sabes que es maquillaje. Pero aquí se notaba que esto era real.<br />
La cara de Dan Rather había Cambiado. Su frente se había desplomado, de forma que su flequillo gris (advertimos entonces que acababa de cortarse  el pelo esa semana) se encontraba donde se hallaba el puente de la nariz  dos minutos antes. Ya no tenía nariz, sólo un agujero abierto en el morro, una especie de probóscide de oso hormiguero que se extendía por debajo de la barbilla y terminaba en una latiente membrana rosa que parecía lo que tú imaginas que es tu oído si estuviera infectado. Y cada vez que latía podías ver en la cara de Dan (no me refiero a sus ojos ni nada, me refiero al interior de su cara) todas las cosas verdes y mucosas que allí había, y huesos y carne interior y otras cosas brillantes.<br />
El ojo izquierdo de Dan había dejado de emigrar hacia el lugar donde solía estar su pómulo izquierdo. Ese ojo parecía mucho más grande ahora y era amarillo brillante. Su otro ojo estaba bien y parecía familiar, pero por encima y por debajo empezaban a crecer verrugas rojas. Las verrugas colgaban de donde estaba la mejilla y lo que antes era su entrecejo y parecían congregarse a lo largo de aquel promontorio huesudo y escamoso que había crecido en la mejilla derecha como las escamas de la espalda de un estegosaurio.<br />
Y los dientes de Dan. Bueno, pronto supimos lo que significaba todo, la probóscide hipócrita, las escalas de abuso de poder en la mejilla, los diente de Ambición retorciéndose en la piel alrededor de la boca saturada de carne&#8230; pero tienes que comprender que era la primera vez que veíamos el Cambio y no teníamos ni idea de que los estigmas tenían que ver con el IQ de una persona, su temperamento o su carácter.<br />
Dan Rather trató de gritar entonces, los dientes de Ambición atravesaron el músculo de la mejilla, y tu madre y yo gritamos por él. Entonces el director sí cortó (para pasar a publicidad), y tu madre dijo:<br />
-¿Y en los otros canales?<br />
-No –conseguí decir-. Estoy seguro de que sólo es Dan.<br />
Pero cambie a la ABC y allí estaba Peter Jennings tirando de lo que parecía un pulpo rosa medio destripado que se había agarrado a la cara. Tardamos casi un minuto, boquiabiertos, en advertir que aquélla era su cara.<br />
Tom Brokaw era el menos afectado, pero se colocó las manos sobre las escamas de abuso de poder que brotaban en su mejilla, mandíbula y cuello y salió corriendo del plató. Lo vimos más tarde grabado. Pero en ese momento todo lo que vimos fue el plató vacío de NBC y oímos un sonido como un coyote haciendo gárgaras. Descubrimos después que era John Chancellor gritando cuando las mucosidades empezaron a brotar de sus poros.<br />
Finalmente apagué la tele, demasiado aturdido para seguir mirando. Además, entonces ya había anuncios en todas partes. Me volví hacia tu madre para decir algo, pero el Cambio había empezado ya en ella.<br />
Señalé y traté de decir algo, pero tenía la boca seca, como si la tuviera llena de patatas fritas o algo así. Tu madre me señaló y gritó. El sonido parecía filtrado al atravesar las filas de dientes de ballena que habían sustituido sus dientes y hacían que su cara pareciera la parrilla de un Buick del 48. El resto de su cara estaba todavía fluyendo y goteando y desmoronándose.<br />
Sentí mi propia cara retorcerse. Me llevé las manos a las mejillas. Había otra cosa: algo que parecía un puñado de uvas carnosas y latientes. Algo me había crecido en la frente y bloqueaba la visión del ojo izquierdo.<br />
Tu madre y yo nos miramos mutuamente, volvimos a señalar, gritamos al unísono, y corrimos hacia el espejo del cuarto de baño.<br />
Tengo que decirte, Peter, que tú estabas bien. Cuando finalmente pudimos volver a pensar, fuimos al comedor y nos asomamos a la cuna con cierto nerviosismo, pero tú eras el mismo bebé de diez meses sano y guapo que media hora antes.<br />
Cuando nos miraste, empezaste a llorar.<br />
No buscaré ninguna excusa, querido hijo. Tenía los carnosos cuernos sangrientos que sólo desarrollaban los adúlteros. No supimos lo que significaba durante unas cuantas semanas. Tardamos algún tiempo en averiguar las cosas. Pero tuvimos tiempo de sobra. El cambio era permanente. No necesariamente completo, aprendimos pronto, pero permanente. No había vuelta atrás.<br />
Las masas pulposas de uvas de carne que crecían en mis mejillas y mi cuello fueron llamadas después papilomas Barrabás por quien quiera que pusiera nombre a todas esas cosas. El Cirujano General, tal vez. En todo caso, los papilomas Barrabás sólo aparecían si jugabas un poco rápido con el dinero de los demás y lo perdías. Conmigo fue sólo por unos cuantos miles de pavos pasados por alto en algún impreso de Hacienda. Pero Cristo, tendrías que haber visto las fotos de Donald Trump en The National Enquirer el mes siguiente al Cambio. Tenía papilomas tan gruesos que parecía una parra ambulante, sólo que no era tan bonita, ya que podías ver a través de la piel las venas y el líquido amarillo y todo eso.<br />
La boca de ballena de tu madre, descubrimos más tarde, estaba conectada a chismorreos maliciosos. Si ella parecía un Buick del 48, tendrías que haber visto a Barbara Walters, Liz Smith y todas ésas. Cuando aparecieron sus fotos, pensamos que estábamos viendo una flota de Buicks.<br />
El ojo Quasimodo de tu madre y el maxilar mantis eran los resultados de pequeñas crueldades, prejuicios raciales ocultos y estupideces autoimpuestas. Yo tenía los mismos síntomas. Casi todo el mundo los tenía. En cosa de un mes me sentí feliz de tener sólo los cuernos de sangre adúlteros, un puñado moderado de papilomas Barrabás, maxilar mantis, un rastro de Rathermorro, algunos huesos apáticos que convertían mi frente en bordes Neanderthalenses y el caso habitual de lepra de mentiroso que me ocupaba la oreja izquierda y la mayor parte de lo que quedaba de la aleta izquierda de la nariz  antes de que aprendiera a controlarlo.<br />
Tengo que decir de nuevo que tú estabas intacto. Peter. La mayoría de niños de menos de doce años lo estaban. Veíamos tu cara cuando nos mirabas desde la cuna y tú estabas perfecto.<br />
Perfecto.<br />
Aquellas primeras horas y días fueron terribles. Algunas personas se suicidaron, otras se volvieron locas, pero la mayoría nos quedamos en casa y vimos la televisión.<br />
En realidad, se parecía más a la radio, ya que nadie quería aparecer delate de las cámaras. Durante algún tiempo intentaron mostrar una fotografía pre-Cambio del periodista o presentador  o de quienquiera que oyeras la voz al fondo, más o menos igual que cuando daban informe por teléfono desde Bagdad durante la guerra hace algunos años, pero eso enfurecía a la gente, y después de unos cuantos miles de llamadas telefónicas olvidaron las fotos y sólo mostraron el logotipo de la cadena mientras alguien leía las noticias.<br />
Anunciaron que el presidente se dirigiría a la nación a las diez de la noche hora del este, pero pronto lo cancelaron. No explicaron por qué, pero todos lo sabíamos. Dio un discurso por radio la noche siguiente.<br />
Ninguno de nosotros se sorprendió cuando las fotos del presidente se filtraron por fin, aunque los cuernos de sangre y los tumores traicioneros fueron un pequeño shock. Fue su esposa quien sorprendió a todo el mundo. Tenía tan buena prensa que medio esperábamos ver que no había Cambiado. Durante varios meses no oímos ni supimos de ella, pero cuando por fin apareció en público pudimos ver a través de su velo de Hombre Elefante que no sólo tenía múltiples cuernos, sino la cara vuelta dentro afuera del Síndrome de Arrogancia Definitiva.<br />
Con todo, le fue mejor a Nancy Reagan. Se rumoreaba que la antigua Primera Dama no era ni siquiera reconociblemente humana durante los primeros minutos del Cambio y que fue acribillada por sus propios guardias del Servicio Secreto. La noticia oficial fue que la señora Reagan murió por el shock producido por la visión de su esposo después del Cambio. Es cierto que el caso de Ron de lepra de Mentiroso, apatía ósea y sarcoma de estupidez era impresionante, pero el viejo caballero se lo tomó con calma y probablemente no habría interrumpido siquiera su calendario de apariciones públicas pagadas si no se hubiera producido la muerte de Nancy.<br />
En cuanto al actual vicepresidente&#8230;; bueno, se decía que había que verlo para creerlo. La prensa y los medios de comunicación habían sido desagradables con él los años anteriores, pero descubrimos que sus desagradables observaciones sobre la limitada inteligencia el vicepresidente se habían quedado dramáticamente cortas. El joven que se había quedado a las puertas de la presidencia se derritió como cartón mojado por la lluvia. Dicen que el sarcoma de estupidez era tan extendido que no quedó más que un traje, camisa y corbata a franjas rojas y azules tendidas en medio de un montón de morros retorcidos.<br />
La esposa del vicepresidente se convirtió en un caso de libro de texto de dentitus Ambición. No es cierto que no quedaran de ella más que los dientes de quince centímetros, pero ésa es la impresión que tuvimos en el momento.<br />
Antes de que te formes una idea equivocada, Peter, tienes que comprender que no me estoy cenando a los republicanos. Tampoco lo hicieron los estigmas. Ambos lados de la cámara sufrieron por igual. Nuestros oficiales electos fueron golpeados con tanta fuerza por el Cambio que el verbo “senadorear” pronto se usó para describir a alguien que hubiera perdido casi toda su humanidad bajo los estigmas. Hubo un puñado de resistentes, y algunos (como Ted Kennedy, según dicen) se pusieron a cazar nuevas conquistas sexuales antes de que los papilomas, sarcomas, masas fibroides, distorsiones supraorbitales y surcos longitudinales dejaran de latir y manar.<br />
Durante una temporada la televisión no dejó de pasar reposiciones y viejos anuncios (obviamente ninguno de los actores o presentadores se salvaron del Cambio), pero con el tiempo empezaron a filmar cosas nuevas. Tardamos un año antes de poder ir al cine y ver a los actores del post-Cambio, y para entonces ya estábamos preparados. Entonces no me molestó ver el rostro vuelto hacia fuera del síndrome de AD de Dustin Hoffman, ni las marcas de viruela-albina racista de Eddie Murphy o el amasijo de cara con tentáculos de obseso sexual y el goteo de ego absoluto que la personalidad de Warren le había dado, pero ya no podía soportar mirar las imágenes de la gente del pre-Cambio. Me parecían tan extraños como alienígenas. La mayoría de la gente sentía exactamente lo mismo.<br />
Pero me estoy adelantando. Lo siento, Peter.</p>
<p>Esas primeras semanas fueron una locura, por expresarlo con suavidad. Casi nadie fue a trabajar. Se rompieron espejos. Suicidios y homicidios y ataques sin provocación alcanzaron un nivel tan alto que todo el país empezó a tener cifras de muertes tan altas como las de Nueva York. No estoy exagerando.<br />
Hoy, por supuesto, la violencia de Nueva York casi ha desaparecido ahora que las diferencias raciales pasan casi inadvertidas y las bandas han desaparecido después de que se demostrara que las lesiones de pus en los labios y cejas eran el resultado inevitable de pertenecer a una banda (aunque algunos todavía llevan las lesiones con orgullo&#8230;, pero esos idiotas son fáciles de evitar). Además, los papilomas Barrabás desanimaron a un montón de ladrones y&#8230;<br />
Lo siento, me estoy adelantando otra vez.<br />
Aquellos primeros días y semanas fueron una locura. Nos quedamos en casa, escuchamos la tele, esperamos las conferencias de prensa del Centro de Control de Enfermedades daba dos veces al día, rompimos nuestros espejos, evitamos a nuestras esposas y luego pasamos un montón de tiempo buscando nuestros reflejos en cualquier superficie brillante que no hubiéramos destruido: tostadoras, platos de plata, cuchillos de mantequilla&#8230; Fue una locura, Peter.<br />
Un montón de parejas se separaron entonces, Peter, pero tu madre y yo nunca lo pensamos siquiera. Tardé algún tiempo en explicar los cuernos de sangre, pero pasaban tantas cosas que entonces no parecían demasiado importantes.<br />
Con el tiempo la gente empezó a regresar al trabajo. Algunos nunca dejaron de hacerlo: periodistas (los periodistas de prensa escrita permanecieron en sus trabajos con más frecuencia que los de televisión), bomberos, un montón de personal médico de bajo nivel (los doctores ricos estaban muy ocupados tratando sus malformaciones glúteas de Usura), ladrones (que rápidamente se pusieron capuchas para ocultar su peculiar cadena de papilomas de Barrabás) y policías.<br />
La de la policía fue tal vez la menos afectada de todas las profesiones. Como individuos, conocían desde hacía años la basura y el pus y las almas malformadas que se ocultaban tras la blandura de la carne y el hueso pre-Cambio. Ahora tendían a mirar sus propias distorsiones, se encogían de hombros y continuaban con su trabajo que, si acaso, había sido facilitado por la gente que llevaba su interior en la cara. Fuimos los demás (las multitudes que habíamos pretendido que la naturaleza humana era esencialmente benigna)  los que tuvimos problemas para adaptarnos.<br />
Pero finalmente nos adaptamos. Primero nos aventuramos a salir a la calle con capuchas y pasamontañas y sombreros viejos sacados del armario, encontramos a otras personas en los supermercados y licorerías encapuchados y ocultos de la misma forma y descubrimos que la vergüenza no es tan mala cuando todo el mundo está en la misma situación.<br />
Volví al trabajo después de una semana. Llevé la gorra de baseball con el velo de mosquitera durante los primeros días en la oficina, pero tenía problemas para ver el monitor y pronto empecé a quitármela cuando estaba trabajando. MacGregor de contabilidad todavía lleva su máscara de República Bananera hoy día, pero sabemos que los papilomas de Barrabás están allí&#8230;, se pueden oler. Nuestro jefe no apareció durante casi un mes, pero cuando lo hizo no tenía nada en la cabeza. Hizo falta valor porque su sarcoma de estupidez era tan acusado que nuevas pústulas fibroides le aparecieron entre el almuerzo y la hora de marcharnos.<br />
Todo el mundo explotaba y hacía gotear y reventaba y apretaba sus papilomas y pústulas en los lavabos, y muy pronto la compañía adoptó la política de que lo hiciéramos en la intimidad de los retretes, donde se instalaron espejos y toallas. El único tipo que conozco que se hizo rico durante aquellos primeros meses post-Cambio fue Tommy Pechota de Mezclas y Adquisiciones, que invirtió en acciones de Kleenex.<br />
Pero volvamos a aquellos primeros días.<br />
Los rusos tuvieron unas diez horas para partirse de risa y hablar de la decadente Enfermedad Occidental antes de que el Cambio los alcanzara. Los golpeó con fuerza. Había incluso un estigma peculiar para los tipos de la KGB, antiguos y actuales, que convertía sus rostros en el equivalente de un bicho aplastado en la carretera que no puedes identificar del todo y al que no quieres acercarte. Gorvachov y Yeltsin recibieron su ración de lo que un analista moscovita llamó el Acné Comunista, pero Gorbie tenía más problemas que unas cuantas dificultades cosméticas. El Cambio hizo que la Revolución de Marzo se acelerara y antes de que empezara el verano los nuevos líderes estaban en el poder. Tampoco tenían mucho mejor aspecto (algunos tenían dientes de Ambición), pero al menos ninguno rezumaba viruela comunista.<br />
Los japoneses se lo tomaron muy a pecho y empezaron a ver cómo afectaría el Cambio al mercado internacional. Los europeos se volvieron un poquito salvajes; los franceses lanzaron un misil nuclear a la luna por ningún motivo en particular (pero pareció calmarlos un poco) y el Parlamento Británico aprobó una ley que convertía en ofensa criminal comentar el aspecto de los demás y luego se disolvió para siempre, y los alemanes permanecieron tranquilos durante tres meses y luego, casi como acto reflejo porque la atención mundial estaba distraída, invadieron Polonia.<br />
Nadie había anticipado la malformación Agresora-simple. Verás, pensábamos que el cambio era más o menos completo. No sabíamos en ese momento que incluso la participación pasiva en un acto maligno nacional podía añadir nuevas y dramáticas arrugas a la fisonomía.<br />
Ahora lo sabemos. Sabemos que el rostro humano puede retorcerse, doblarse y plegarse tan dramáticamente durante los dolores de la dinámica Agresora-simple que un ser humano puede caminar con la cara que es casi indistinguible de un ano con ojos. Es muy fácil hoy día distinguir a un alemán que apoyó la incursión polaca, o a un israelí o un palestino, ya que la mayoría de ellos sufrieron la Agresión-simple durante el Cambio en sí, o a alguien (y aquí hablamos de varios millones de personas) demasiado activo  en el complejo industrial-militar americano.<br />
Personalmente, Peter, aquello me hizo alegrarme de tener los estigmas que tenía.</p>
<p>Las iglesias se llenaron durante las primeras semanas y meses, aunque una mirada a la mayoría de los ministros, pastores y sacerdotes hizo bastante para vaciar los bancos. En justicia, un alto porcentaje de los hombres y las mujeres que vestían hábitos no eran ni mejor ni peor que el resto de nosotros durante el Cambio. Es que resulta demasiado difícil concentrarse en un sermón cuando una lepra de Mentiroso se está comiendo los párpados de alguien mientras escuchas. Eso no demostraba que la religión fuera una mentira, sólo que la mayoría de aquellos que predicaban la religión pensaban que estaban mintiendo.<br />
Los ministros televisivos fueron los peores, por supuesto. Peor que los senadores, peor que los vendedores de seguros (todos recordamos esos estigmas) e incluso peores que los estigmas de tentáculos en lugar de lengua, y pólipos en vez de labios de los vendedores de coches.<br />
Tu madre y yo lo vimos por cable aquella primera noche, Peter, cuando los ministros televisivos se autodestruían frente a las cámaras, uno tras otro. Los pailomas de Barrabás fueron los primeros, desde luego, pero esos papilomas eran infinitamente perores que los simples tumores que picoteaban mi mejilla y mi cuello. La mayoría de los teleevangelistas no eran más que papilomas, tentáculos y pólipos. Incluso sus ojos tenían bultos y verrugas. Luego la lepra de Mentiroso empezó a comerlos,  sus papilomas supuraron y explotaron, los centros de sus caras empezaron a crecer hacia adentro en un estilo similar al modo de Agresión-simple sólo para pustular de nuevo en algo que parecía mucho a un hemorroide inflamado&#8230; y luego el proceso empezaba otra vez. Vimos a Jimmy Swaggart atravesar este ciclo tres veces antes de poder cambiar de canal y acudir a vomitar al cuarto de baño.<br />
Ahora no quedan en antena muchos de esos telepredicadores.</p>
<p>Supongo que me he salido del tema, Peter. Te prometí una explicación&#8230; o lo más cercano a una que pudiera darte.<br />
Bueno, no es una explicación, pero iré a los hechos y puede que sea suficiente.</p>
<p>Lo más difícil de todo era mirar a los niños. Normalmente empezaban su propio Cambio a los once o doce años, a veces en la pubertad pero no siempre, aunque algunos niños Cambiaron mucho más jóvenes y unos cuantos duraron hasta los diecisiete o dieciocho años.<br />
Todos Cambiaron.<br />
Y pudimos ver el motivo. Éramos nosotros. Los padres. Los adultos. Los que impartíamos cultura y compartíamos sabiduría.<br />
Sólo que la cultura producía la viruela albina racista en los niños, y la sabiduría compartida tendía a aumentar su sistema de estupidez y una docena de otros estigmas.<br />
Era doloroso mirarlos, no sólo por los efectos del Cambio, sino por lo que aquéllos decían de nosotros. Entonces nacieron los primeros bebés post-Cambio y los estigmas eran menores, innatos, pero ya en su sitio y creciendo. Nuestros genes llevaban ahora la información de los estigmas y nuestras personalidades se habían marcado en los fetos durante el Cambio.<br />
Pero tú eras perfecto, Peter. En junio tenías ya un año, y eras sano, feliz y perfecto.<br />
Recuerdo que era una noche agradable en la ciudad cuando tu madre y yo te vestimos con tus mejores ropitas azules, te pusimos una gorra porque las noches eran todavía frescas y te llevamos al parque de la ciudad. De hecho, tu madre te llevaba en brazos mientras yo cargaba una gran caja con todas nuestras fotografías del pre-Cambio, álbumes de fotos, películas caseras y cintas de video. No había ningún anuncio oficial sobre aquella primera Reunión de Catarsis en el parque, pero la noticia debía de haber corrido de boca en boca desde días antes, si no semanas.<br />
Recuerdo que no hubo ningún orador oficial y nadie de entre la multitud habló tampoco. Simplemente nos reunimos alrededor del montón de madera y muebles rotos impregnados en keroseno cerca de la piscina municipal. Había silencio a excepción del ladrido nervioso de unos cuantos perros: silencio a excepción de los ladridos y los llantos y los gritos rápidamente silenciados de unos cuantos de los cientos de niños que habían sido llevados.<br />
Entonces alguien (no tengo idea de quién) se adelantó y encendió la hoguera. Una mujer mayor con toda una vida de estigmas avanzó entonces y empezó a vaciar su caja de fotografías. Durante un momento fue una silueta solitaria contra las llamas y entonces algunas personas más empezaron a avanzar, normalmente hombres, mientras las mujeres se quedaban con los niños, y sin diálogo ni sentido de la ceremonia, empezamos a deshacernos de nuestras cajas de fotos. Recuerdo cómo las cintas de video se fundieron y arrugaron y restallaron&#8230; igual que nuestras caras durante el Cambio.<br />
Entonces todos vaciamos nuestras cajas y mochilas y retrocedimos, una mano alzada para proteger nuestros rostros del terrible calor de la enorme hoguera. No podíamos ver la ciudad tras nosotros ahora, sólo las llamas y las chispas elevándose a la noche sin estrellas sobre nosotros y las caras estigmatizadas y enrojecidas por el calor de nuestros vecinos y amigos y conciudadanos.<br />
Recuerdo lo excitados que estaban tus ojos azules. Peter. Tus mejillas eran rojas a la luz reflejada de la hoguera y tus ojos eran luminosos e intentabas sonreír, pero un aroma de locura en el aire hizo que tu sonrisa de un año se volviera un poco trémula.<br />
Recuerdo lo tranquilo que yo estaba.<br />
Tu madre y yo no lo habíamos discutido y no lo discutimos ahora. La miré con mi ojo bueno y ella me miró y ya nuestras nuevas caras parecían normales y necesarias.<br />
Entonces te puso en mis brazos.<br />
La mayoría de los que se acercaban ahora a la hoguera eran los padres, aunque había algunas mujeres (madres solteras posiblemente) e incluso un puñado de abuelos. Algunos de los niños empezaron a llorar mientras nos acercábamos al círculo de calor.<br />
Tú no lloraste, Peter. Volviste la cara hacia uno de mis hombros y cerraste los ojos y los puños como si pudieras espantar un mal sueño sólo con no mirar.<br />
No hubo vacilación. El hombre que tenía al lado arrojó en el mismo segundo, con el mismo movimiento que yo. Su hijo chilló mientras volaba hacia la hoguera. No oí nada por tu parte mientras te alzabas sobre la periferia exterior de las llamas, pareciste gravitar un segundo como considerando volar hacia arriba con las chispas y entonces caíste al corazón de la rugiente hoguera.<br />
Todo duró menos de diez minutos.<br />
Tu madre y yo regresamos a casa y cuando miré atrás, todo el mundo se había marchado excepto los miembros del departamento de bomberos, que esperaban con un camión para asegurarse de que la hoguera se consumiera sola. Recuerdo que tu madre y yo no hablamos durante el camino de regreso a casa. Recuerdo lo frescos y maravillosos que olían aquella noche los céspedes recién segados y los jardines regados.</p>
<p>No fue aquella noche, sino tal vez una semana más tarde, cuando vi por primera vez la pintada en una pared cerca de la estación de tren:</p>
<p>Las monstruosidades que caminaban por las calles era las caras de<br />
algunas personas tan inacabadas como sus mentes.<br />
Eric Hoffer</p>
<p>No sabía entonces quién era Eric Hoffer y admito que no he tenido tiempo de averiguarlo. No sé si estará aún vivo, pero espero que sí. Espero que estuviera presente durante el Cambio.<br />
Vi ese eslogan escrito en varias partes después, aunque han pasado años desde que lo vi y tal vez he escrito mal las palabras. Sé que algunas personas del CDC se refieren al cambio como una epidemia estigmática de Hoffer, pero creo que se refieren al neurólogo alemán que fue el primero en presentar la teoría de la plasticidad ampliada del ARN-activo o como se llame ese retrovirus.<br />
Magnífico. Ya no importa nada porque incluso los expertos admiten que el Cambio es definitivo y no hay vuelta atrás.<br />
No queremos volver atrás. El Cambio fue doloroso; un nuevo Cambio sería horrible de soportar. Además, sería casi imposible vivir en un mundo donde hubiera que imaginar qué papilomas y surcos y lesiones acechaban ocultos bajo las sonrientes y rosadas pieles de nuestras parejas, amigos y colaboradores.</p>
<p>Eso es todo, Peter. Ya es casi la hora de las noticias de la CBS, así que tengo que marcharme.<br />
Me siento bien después de haberte escrito. Pondré la carta en la caja del desván con las ropas de bebé que tu madre dobló tan cuidadosamente hace tantos años.<br />
Sólo quería explicar lo que pasó.<br />
Explicar y decir que sigo siendo&#8230;</p>
<p>Tu padre, que te quiere[podcast]http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/08/Mis-recuerdos-privados-de-la-experiencia-estigmática-de-hoffman.mp3[/podcast][podcast]http://diariodeunchicotrabajador.com/wp-content/uploads/2009/08/Mis-recuerdos-privados-de-la-experiencia-estigmática-de-hoffman.mp3[/podcast]</p>

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