mayo 25, 2009 - 6 Comentarios
Kebabs y amor
La semana pasada encontré en la tele un programa muy interesante, lo pasan en nat geo y se llama Comidas para llevar. En cada capitulo se ve como un adolescente pide su plato favorito de comida rápida: una pitzza, un kebab o pollo frito; pero en vez de que un repartidor cualquiera les entregué el pedido el conductor del programa se aparece en la casa de los chicos, con la orden de comida china o las hamburguesas en las manos y, además, les da un boleto para que viajen al país de donde es originaría su comida rápida favorita y durante tres días aprendan sobre el origen del platillo, su historia, y finalmente como cocinarlo ante un reconocido cheff o experto internacional en ese tipo de comida.
La serie es muy divertida; el capitulo que vi era especial y rememoraba lo mejor de varios episodios. De todos estos en especial uno me llamó la atención: un chico de 19 años volaba desde Inglaterra a Estambul a aprender todo sobre el kebab (el kebab, por supuesto, es una de mis comidas favoritas de todos los tiempos). En el show se ve al chico llegando a Estambul acompañado por el nieto del hombre que inventó el kebab. El nieto era su guía a través de la historia y el proceso de preparación del platillo; lo llevó a ver el primer “trompo”(no se si se llame así pero en México así le decimos al artefacto de metal donde se cuece el pastor, un primo hermano de del kebab), donde hacía décadas se había cocinado el primer kebab. Después llevó al chico ingles al campo, a hacerla de pastor; ahí le pide que, con sus propios métodos atrape a uno de los cientos de corderos que corren sobre el pasto de aquí para allá. Una vez que lo agarra, con trabajos, le pide lo lleve a una habitación y luego que lo sujete y que lo mate. El chico está impactado, se pone frío, dice que no puede y apenas voltea a mirar mientras los demás lo matan. Después de un rato se ve al chico triste, conmocionado, mirando al vacío. En la entrevista dice que lo más duro es que él había escogido al carnero y que él lo había llevado a la habitación.
Luego de verlo, conmovido, pensé en lo difícil que sería hacer tantas cosas si tuviéramos presente siempre la consciencia de lo que implican. Lo imposible que sería comer carne, por ejemplo, si antes de cada bocado tuviéramos un atisbo de lo que significa y de las cientos de cosas que tuvieron que pasar para que lo comiéramos y de la cantidad de energía y vida que hay en cada uno.
Tal vez sería muy duro, cansado, o inútil. O tal vez la comida supiera mejor y las disfrutáramos más.
Pensaba en esto y en cómo muchísima gente decide dejar la carne y volverse vegetariana, cuando me llegó a la mente un recuerdo de mi maestro escrito en un libro. Ahí cuenta que cuando era niño su abuelo, que también era maestro, le regaló un pequeño cordero. Mi maestro cuidó de él, lo alimento; lo quería mucho y lo cuidaba con esmero. Hasta que cierto día el abuelo le pidió que lo ayudara a sujetarlo mientras él lo mataba. Mi maestro, conmovido, se horrorizo: ¿Cómo podría matar a su cordero, al que con tanto cariño había cuidado? Su abuelo le dijo antes de matarlo frente a él, que tenía que aprender que todas las cosas en la vida tienen una función.
En seguida me acordé de otro libro, Las siete plumas del Águila, uno de mis libros favoritos que cuenta la historia de Luis Ansa y de cómo, después de perder a su madre, viaja desde Argentina hasta Tiahuanaco en Bolivia, donde conoce a su maestro El Chura, un viejo Indio qué cierto día le dice: “¿Qué pensarías tú si te dijera que los animales, de tanto amor que le tienen al hombre, bajan a las aldeas y se dejan sacrificar para alimentarnos?”. Luis le contesta que no lo cree y El Chura le dice: “¿qué pasaría sin vez de simplemente no creer te preguntaras: por qué no?”.
¿Por qué no? ¿Y sí fuera realmente posible qué cada cosas tuviera una funciona y que cada cosa o ser la aceptara, movido por él amor?. Con sólo pensar en eso mi corazón, como un globo, se expande y sonrió. ¿Sí todo lo imposible e impensable dejara de serlo no latería todo de modo distinto?
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